Desde mi lecho de enfermo (II Parte), Santander Tristán Medina, Educador

La opinión del Abogado…..

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Santander Tristán Donoso

Hace más de dos meses, mi padre, Santander Tristán Medina, escribió un artículo de su columna sabatina del Diario el Panamá América intitulado “Desde mi lecho de enfermo”. Allí a pesar de una grave neumonía, volvía a reiterar su compromiso con la democracia y los valores morales.

Sin embargo, luego de ese período mi padre se realizó nuevos exámenes en el bastión de salud del pueblo panameño, la Caja de Seguro Social (que tantos escritos hizo para su mejoramiento) así como en el Hospital Santa Fe, descubriéndose una mortal enfermedad, que se apodera de su cuerpo paulatinamente y de manera terrible e injusta.

Los esfuerzos del Instituto Oncológico de Panamá, hospital de lujo para nuestra gente, intentaron encontrar caminos para enfrentar este mortal enemigo, pero fueron inocuos, por lo avanzado del caso. Todavía está fresca la frase que expresó nuestro padre desde la ventana del cuarto piso cama N° 24 frente al Cerro Ancón: …cuando el amor es fuerte, el corazón se abre como pétalos para cantarle al viento… y seguidamente dijo… no tengas miedo, vive la vida… es decir esa vida de compromiso y dignidad, que él ha mantenido y mantiene cada segundo.

Una vez más, el guerrero de los valores ciudadanos y del periodismo honesto y constructivo, el hombre sencillo, el educador consagrado y el cristiano militante, abandona su pluma para desafiar la muerte aferrado al amor de Jesús.   En esa lucha dramática, acompañados por su esposa Mita, con quien cumplió 60 años de matrimonio feliz, y sus hijos Reyna, Lourdes y Santander y sus nietos y nietas, así como junto a toda su familia, observamos entre una mezcla de dolor y alegría como cada día que transcurre, Don Santa nos enseña cosas nuevas, nos recuerda a su madre Eva María, la música del Parque de Santiago, de su normal de Santiago, de su pueblo La Mesa de Veraguas, de su lucha como defensor del humilde maestro de las zonas rurales, pero sobre todo de los que no han tenido voz para denunciar los problemas sociales.

Su lucidez, afectada en intervalos, retoma su sonrisa para continuar la lucha, y el personal que lo atiende solo reitera la colaboración del Sr. Santander en todo el tratamiento paliativo.

Don Santa, ha vivido comprometido como el peregrino que no balbucea ni es charlatán, simplemente avanza y comparte su palabra y sus sandalias, sin pretensiones mezquinas, sin aspirar a canonjías, simplemente levanta su voz y ofrece su palabra.

En esa misma dirección y con la misma sencillez lo hizo en el coro de la Parroquia de Nuestra Señora de Los Ángeles, a pesar de ser un músico y cantor excepcional.  El arte lo puso a la disposición de la reunión familiar, del recuerdo de las buenas canciones de Agustín Lara, Pedro Vargas, Enrique Chía, José Luis Rodríguez (de Santiago de Veraguas) y del recuerdo.

Nunca falló en su responsabilidad de escribir su Columna periodística, pero además enseñó con su ejemplo a los que dialogaron con él.   Supó actuar con prudencia y firmeza y nunca traicionó sus principios, de la joven Veraguas, de su semanario El Punto y tantas otras luchas.

Nuestro padre sigue luchando, y por ello le consulté escribir irreverentemente este artículo pues él no quería olvidar a sus lectores, y desde su lecho de enfermo, decirles que la vida no se detiene con la muerte, que lo más importante es el amor a la familia y a la Patria.

Don Santa, la Razón del Ciudadano, su libro escrito donde compila su pensamiento y su mensaje a la cotidianidad de la vida, ha decidido no cejar hasta que la voluntad de Dios lo indique, por ello nuestra familia solo le pide a los amigos y amigas sus oraciones.

Agradecemos no comunicarse telefónicamente para mantener la privacidad de su esfuerzo físico, pero divulgar su batalla por la vida y por el amor.

En estos tiempos de pascuas de resurrección, siempre volvemos a nacer y vivir, no importa las amenazas de ayer, de hoy y de siempre. Por ello la victoria de mi padre es nuestra victoria.

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Este artículo se publicó el 10 de abril de 2010 en el diario El Panamá América, a quienes damos, lo mismo que al autor, todo el crédito que les corresponde.

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