Soledad

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Soledad

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Por:  John A. Bennett Novey
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Hoy me encontré contigo, soledad
Estaba en medio de una muchedumbre algarabía pero estaba solo.
El ruido de la gente era insoportable,
y yo estaba solo.
Era gente querida,
pero estaba muy solo.

¿Cómo se puede estar solo
en medio de tantos?
Porque la soledad no se trata de compañía,
la soledad es una aflicción del alma.
La soledad es lanzar un grito en una cañada
sin jamás escuchar el eco.

Soledad es recibir un beso ausente;
es sentir frío en un abrazo;
es saber que llegaste solo
y saber que te iras solo;
es gemir en silencio;
y es llorar sin lagrimas.

Soledad es amarte enmudecido;
es dar caricias sin recibirlas;
es estar tan cerca de ti,
que no puedo siquiera verte;
es el rechazo de un beso;
es cuando esquivas mis abrazos.

Curioso es que se puede estar solo acompañado
y se puede estar acompañado estando solo.
La soledad es la compañera del silencio;
pero no del silencio ruidoso,
sino del silencio del sentido;
del silencio del alma.

Me siento solo cuando te miro y no me miras;
cuando te lloro y no me lloras;
cuando te amo y no me amas;
cuando estando en mi lecho siento frío;
cuando disfruto tu ausencia;
Y cuando debo mendingar tus besos.

La soledad es algo insólito;
es recordar que venimos de la nada;
es saber que nos marchamos sólo con fe;
La soledad es entrar al paraíso sin ser invitado;
es irte sin ser despedido;
y la soledad es escribir estos versos en soledad.

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Publicado en Facebook el 3 de julio de 2009.  Reproducido con autorización del Autor.

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El sendero de la vaca

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El sendero de la vaca
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Por Sam Walter Foss
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Traducción por John A. Bennett N., en recuerdo a mi padre.

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Un día a través del bosque primaveral,
una vaca regresó a casa como deben hacerlo las buenas vacas;
pero al hacerlo dejó un sendero tortuoso, como es natural de toda vaca.
desde entonces han pasado trescientos años e infiero que la vaca ha muerto,
pero aun persiste su sendero y de allí reza la moraleja de este cuento.

El sendero lo tomó el día siguiente un perro solitario que por allí pasaba
y luego una oveja guía retomó el sendero, sobre monte y a través de valles,
y trajo consigo a su rebaño, tal como lo hacen las buenas ovejas guías.
Y desde ese día, por las lomas y los valles, a través de esos viejos bosques, se hizo una vereda
y muchos hombres siguieron la zigzagueante vereda, subiendo y bajando,
profiriendo palabreas de divina indignación al tener que seguir tan tortuososa excursión,
pero aun así la siguieron – no se rían – las primeras migraciones de esa vaca, que a través de la sinuosa vereda boscosa anduvo, pues se bamboleaba al caminar.
La vereda se convirtió en camino real, que retorcía y viraba y volvía a virar;
y este retorcido camino real se convirtió en carretera,
donde muchos fueron los jamelgos que con sus cargas,
laboraron bajo el ardiente sol, viajando tres millas en una.
Y así durante un siglo y medio, trillaron el camino de la vaca.
Los años pasaron veloces, y la carretera se convirtió en calle de pueblo;
y esto, antes que el hombre percatar pudiese, populosa vía pública de ciudad.
Y pronto fue la calle central, de renombrada metrópolis;
por la cual hombres por dos siglos y medio, siguieron el sendero de la vaca.
Cada día cien mil hombres volvían a seguir el sendero de la vaca,
todo el tráfico de un continente, siguiendo en los pasos de un rumiante.
Cien mil hombres fueron guiados por una vaca hace trescientos años muerta.
Todavía seguían ciegamente el sinuoso andar, perdiendo cien años al día;
pues tal reverencia es dada, a un establecido precedente.
Esto encierra una moraleja, si fuese yo ordenado y llamado a predicar;
pues los hombres son dados a andar a ciegas por los caminos vacunos de la mente,
y laboran de sol a sol, haciendo lo que otros hombres han hecho.
Siguen el trillado camino, de aquí allá, ida y vuelta,
apegados al errante proceder, cumpliendo la faena que otros le legaron.
Mantienen el camino como sendero iluminado, todas sus vidas a el apegados;
pero como ríen los viejos dioses del bosque, habiendo conocido a la fenecida vaca.
Cuantas cosas podría esta anécdota enseñar, pero no he sido ordenado a predicar.
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Comentarios del Traductor.
Guardo recuerdo de mi juventud, en un mundo lejano y disperso por las ventiscas del tiempo, de haber leído el cuento del Sendero de la Vaca, en la oficina de mi padre o quizá en algún cuarto de la vieja casa empedrada en la cual crecí, no recuerdo. Ahora hace muchos años que mi padre también es un recuerdo, pero un recuerdo que tiene muchas formas de hacerse presente; como el día en que mi viejo me dio a leer el cuento del Sendero de la Vaca.
Años más tarde, trabajando en un puesto público, puede apreciar el alcance de aquel cuento. ¡Con que facilidad lo burocrático se arraiga como camino santificado! aunque sus fieles seguidores no tengan la menor idea del origen y razón de semejante proceder. Prácticamente podía escuchar la risa de picardía de mi padre cuando me entregaba algún prenda recogida en el camino de su vida. Bien conocía el Sr. Foss la naturaleza humana: que para tomar una medicina hace falta mezclarla en un vaso con algo que la haga más potable. Allí lo tienen: una moraleja mezclada en un cuento de vaca, . . ¡buen provecho!
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Publicado en Facebook el 3 de julio de 2009.  Reproducido con autorización del Autor.

El diablo rojo

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El diablo rojo
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Por:  John A. Bennett Novey
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Bramido estrepitoso
arte estrambótico
y un demente al volante

Gases nauseabundos
música estridente
pasajero transigente

Pito impertinente
anunciando la llegada
de la próxima partida

Público indolente
resignado resiente
el trato insolente

Político descarado
burla la nómina
del pueblo amedrentado
Cupo es palabra
sustantivo concreto
que anhela el palanca

Irisela en parabrisas
el poder en el costado
Anabela por detrás

Rambo es el macho
que admira el conductor
aunque tiene el ojo gacho

El tongo y la boleta
despreocupa al maquinista
que exonera algún atleta

Es el perdedor
el pueblo transportado
que no encuentra redentor

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Publicado en Facebook el 3 de julio de 2009.  Reproducido con autorización del Autor.

El cirio navideño


El cirio navideño
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Por: John A. Bennett Novey
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Un discreto cirio en quieta noche
de divino alumbramiento luce diminuta
palidez, casi temeroso de turbar con su tenue
fulgor el sueño del recién nacido…

El tierno Redentor abre sus ojos,
y bosteza con lánguida somnolencia infantil.
Sus tiernos ojos vacilan errantes en la estancia
y por un instante se detienen al contemplar
el pálido cirio.

Una gutural risa infantil rompe el silencio,
y el cirio siente que su pequeño ardor no ha sido en vano.

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Publicado en Facebook el 3 de julio de 2009.  Reproducido con autorización del Autor.

Cata

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Cata
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Por: John A. Bennett Novey
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Hoy he ahogado mil llantos.
Me los he tragado uno a uno
como se traga una fiera sus presas,
que aun estando vivas
luchan por salirse de sus fauces.
La muerte llegó de noche,
sigilosa como un ladrón
y se llevó a Cata.
No la conocí
y esa es parte de mi angustia,
pero he vivido su partida
en la desesperanza de mi amigo.
Llegó a la iglesia
cargando una pequeña caja
que contenía en ella
toda su vida.
La colocó en un pedestal
y se quedó allí parado.
En el recinto
todos sus amigos y allegados
hacían por rendirles su pesar.
pero aun no estaba listo,
que el aceptar esos saludos
era como aceptar por fin
aquello que luchaba por no aceptar.
Que su amada de toda una vida
se había ido en la noche;
muy callada
y sin decirle adiós.
Al amanecer
ya no estaba;
había dejado su frío cuerpo en la cama,
y se llevó su calor y su alma.
Ahora en la iglesia,
ni eso;
sólo una caja con cenizas.
Pero…
sí dejo algo…
dejó su imagen grabado
en el rostro de una hija.
Una hija de marfil
que le arrullaba
con una serenidad de espanto.
Que contraste aquel;
del desconsuelo y la templanza;
de lo viejo y lo nuevo;
de la tarde y la mañana;
del misterio de la vida.
Ya quedan muy pocos en la iglesia
y estamos con Juan Carlos.
Él nos acoge con la calidad de amigos.
Y curiosamente
Ambos mi mujer y yo
le regalamos igual consuelo.
¡Que hija tan extraordinaria tienes!
Con un saludo de vida,
que la muerte cansa.
Su hija nos pregunta:
“¿quienes son ustedes?
“Nosotros pertenecemos a otros tiempos”
le contesta mi Ely.
Somos el pasado
que está presente
en la vida y en la muerte.
Somos también
aquello que se fue
y que algún día habrá de volver.
Somos
simplemente amigos.
Luego de la misa,
nos vamos a la casa de mi hermano,
que el trabajo no es sitio para este día.
Tito y Lili están por partir,
que deben ir junto a un hermano
que despide la partida de una nieta
que apenas había llegado al mundo;
que las angustias
todavía no habían terminado.
En una pequeña iglesia,
escondida en un barrio,
estaba la familia.
Luego de los saludos
sin pesares que no me salen,
al volver a mi puesto,
paso junto a una pequeña caja blanca;
no la había notado.
Dentro hay una muñeca.
“Que curioso”
pienso.
Han puesto la imagen de la niña.
Luego veo la madre
que se acerca
y le acomoda el vestido
con un cariño infinito
y cierra para siempre
la caja de sus anhelos;
y yo debo tragarme
otros mil llantos.
El cura nos recuerda
que la misa es de gloria;
de la muerte
que es la resurrección y la vida.
Y aunque estoy conforme con esto,
son cosas
que están en mundos paralelos:
la risa y el llanto;
el cielo y el infierno;
el día y la noche.
Parece que no puede existir
el uno sin el otro.
Que para que haya vida
debe haber muerte;
que para que haya risa
debe haber llanto;
y que el camino al cielo,
pasa por el infierno.
Este día llegó a su fin,
pero en la penumbra noche
debo confrontar la vida.
Tengo que colocar cada prenda
Recogida en este día
y colocarla en algún sitio.
Te lo debo contar,
pues haciéndolo
lo entiendo yo mejor.
Ya amanece.
Ayer ahogué mil llantos…
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Publicada en Facebook el 2 de julio de 2009.   Reproducida con autorización del autor.

Mi amada peregrina

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Mi amada peregrina
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Por:  John A. Bennett  Novey
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Qué solos se quedan los desamados
como los nidos de las aves que ya se han ido.

Que profundo es el silencio
de una cópula sin amor.

Qué yermo está mi lecho
con el aroma de tu ausencia.

Y que silencioso es mi aposento
cuando se llena de tu indiferencia.

¿Acaso, amada mía
me he vuelto tan cotidiano como el café en la mañana?

¿O es que sólo soy para ti
el cómodo puerto donde amarras tu barca antes de partir en otra aventura?

¿Será que sólo vuelves para partir nuevamente?
¿O será que en mi distancia está tu nube con bordes de plata?

No sé lo que está en tu alma.
Sólo sé lo que dices cuando callas.

Tu silencio es el castigo de mis faltas
Tu indiferencia son navajas que laceran mis entrañas.

¿Acaso tendré que viajar en mi barca hasta el borde del infinito
para arrancar de tu alma mis quimeras?

¿O es que viviré hasta el final de mi angustia
ansioso de arrancar de tus entrañas un ¡te quiero!?

¿Seguiré en la ribera de tu existencia
viendo pasar el río de tu afecto?

Se posarán mis “¡te quiero! Como flores marchitas
En los remansos de tus aguas turbulentas.

¡Ho amada mía!
¿Sabrás que hasta busco tu voz en los caracoles de las playas?

Y en las noches sin estrellas
busco la luz de tu mirada en los estanques perdidos del tiempo.

Regresa pronto ausente viajera,
no sea que un día al regresar sólo encuentres mi recuerdo,
y el viejo papel borrado por el tiempo
en donde escribí estos versos,
recuerdos de aquel día cuando soñé
que me dabas un beso de amor.

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Publicado en Facebook el 2 de julio de 2009.   Reproducido  con autorización del autor.

Cantos de penumbra

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Cantos de penumbra

Por: John  A. Bennett Novey
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Una alborada de aves
rasga el velo de Morfeo
y en ese lánguido remanse,
mullido entre sábanas y almohada,
descubre el nuevo día.

Más allá de la puerta,
entre el frío y la niebla matinal,
un horizonte de cantos
anuncia el final
del grillo nocturnal.

¡Que alegría infunde!
la desenfrenada algarabía
de cantantes ataviados
con suntuosos plumajes,
de exagerados colores.

No se si defienden su espacio
o claman su pasión,
lo cierto es que alegra el corazón
semejante prefacio
a un nuevo día.

Conoced los actores
de fábulas en albores:
el del pecho amarillo
revienta primero
su trino hidalgo.

Le responde el pardo ruiseñor
seguido por algún coronel,
o el ubicuo azulejo,
y no hay que extrañar aun
el agudo tilín de un picaflor.

Y así van desperezando,
entre rubores y cantos,
en sabanas y llanos
y aun en suburbios dormidos,
las odas matinales.

¿Cómo sería una mañana, áfona?
Una mañana en que,
nadie relevara al grillo,
y sólo un silencioso bramido
anunciara el nuevo día.
Bendigo a Dios
por los cantos despertares,
y le suplico jamás vivir
el silencio aterrador
de una mañana sin alegrías cantarinas.

Pero las aves también claman
al final del día.
Celebran el despunte
y celebran el ocaso,
en acrisolada armonía.

¡Que hermoso ser como las aves!
Regresar al mundo cantando,
lanzando al viento
el espíritu arrogante
y despedirlo en vespertinas coplas.

Pero hay que ser prudente,
pues no es sabido
qué vecino desorejado
podría también,
su emoción desatar.

Mejor será
dejar a las aves
el oficio heraldo,
que anuncie la llegada
de una nueva jornada.

Y al llegar la tarde
pregonar el ocaso
como lo hace el capacho,
en su danza de altibajos
y gritos de alegría.

O quizás gallito de monte,
trémulo en lontananza,
lanzando sus ansias,
odas al sol moribundo
en las campiñas ya dormidas.

Más allá, sólo está la noche,
loca de grillos
perdida en parajes
de luna y estrellas
y en cantos de búhos.

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Publicado en Facebook el 2 de julio de 2009.   Reproducido con autorización del autor.