Reduciendo brechas

La opinión de…

Tony Lake 

Durante décadas hemos aceptado el hecho de que un bebé nacido en una comunidad o un país rico tiene probabilidades mucho mayores de disfrutar de una vida más larga y saludable que uno que nace en la pobreza.

Pese a nuestros esfuerzos por construir un futuro mejor para todos los niños y niñas, esta inequidad se nos presenta a muchos de quienes integramos la comunidad internacional de ayuda como una dura realidad casi imposible de revertir.

Consideremos, por ejemplo, todas las desventajas que tienen los niños nacidos en los países más pobres. De cada 10 niños nacidos en África subsahariana, uno o dos morirán por causas tan fáciles de prevenir como una picadura de mosquito.

Cerca de cuatro sufrirán el irreversible retraso del crecimiento provocado por la desnutrición. Tres nunca asistirán a la escuela ni un solo día. Y en lugar de vivir un promedio de 80 años, como en los países industrializados, su expectativa de vida se reducirá a unos 50 años.

Hace un decenio, el mundo acordó ocho Objetivos de Desarrollo del Milenio (ODM) a fin de mejorar estas cifras terribles para 2015. Hemos avanzado. Sin embargo, en muchos ámbitos, un examen profundo de las cifras nos muestra que, junto con el progreso, ha crecido la disparidad entre los más y los menos desfavorecidos: en materia de mortalidad infantil, más de un 10% en algunos casos.

Esta semana, jefes de Estado y de gobierno de todo el mundo se reunieron en la sede de las Naciones Unidas para revisar los ODM. La pregunta es: ¿podemos alcanzar esas metas más rápido?

Podemos; no solo invirtiendo más dinero, sino invirtiéndolo con más eficiencia. Esta es la conclusión de Reducir las brechas para cumplir los objetivos (Narrowing the Gaps to Meet the Goals), el nuevo estudio que Unicef publicó la semana pasada. Cuidadosamente investigado y revisado, Reducir las brechas ofrece no solo un nuevo análisis, sino también un nuevo enfoque.  El estudio cuestiona la creencia común de que se salvan más vidas en los países pobres centrándose en las personas más fáciles de alcanzar, y sostiene que poner a los más pobres primero en la lista está bien en teoría, pero mal en la práctica.

Los resultados logrados por Unicef demuestran que, en su trabajo, la teoría y la práctica están estrechamente relacionadas. Un enfoque de “equidad” (dirigido a los más desfavorecidos) salvará más niños por cada dólar que se invierta.

¿Por qué? En parte porque hemos aprendido mucho sobre salud desde el año 2000; por ejemplo, que una buena nutrición en los primeros dos años de vida puede evitar el retraso del crecimiento que afecta a casi 200 millones de niños y niñas del mundo en desarrollo. Y en parte porque las nuevas tecnologías, como los teléfonos celulares, nos permiten comunicarnos con los pueblos más aislados del planeta.

Esta combinación significa que ahora podemos ayudar a los pobres de manera más eficiente con soluciones sencillas. Para los cientos de miles de mujeres que mueren cada año durante el embarazo y el parto, en general porque dan a luz sin asistencia especializada, podemos capacitar profesionales no médicos para que puedan realizar cesáreas. Para los 850 mil niños y niñas que mueren cada año de malaria, podemos proporcionar mosquiteros que reduzcan esa mortandad en un 20%.

El enfoque en la equidad no significa abandonar los valiosos proyectos en curso, sino desarrollarlos. Y el modelo del estudio de Unicef demuestra que si desarrollamos esos proyectos centrando nuestros esfuerzos futuros en las zonas más pobres, alcanzaremos muy buenos resultados.

Para 2015, por ejemplo, cada millón de dólares que los países más pobres deriven hacia el nuevo enfoque salvará cerca de un 60% adicional de niños cada año.

Para los últimos cinco años de una misión establecida con tanta esperanza y llevada adelante con tanta dedicación, exhortamos a nuestros asociados que se reunieron en la Cumbre de las Naciones Unidas a ayudar a la mayor cantidad posible de niños centrándose en aquellos que más lo necesitan.

Y exhortamos a los lectores a reconocer que el destino de esos niños está ligado al destino de nuestros propios hijos. Si queremos crear un mundo mejor para todos nuestros niños, sin importar dónde hayan nacido, debemos reducir las disparidades. Este nuevo estudio ofrece una visión audaz de un mundo en el que la pobreza ya no tiene que ser una sentencia de muerte para ningún niño.

<> Este artículo se publicó el 23  de septiembre de 2010 en el diario La Prensa, a quienes damos,   lo mismo que al autor,  todo el crédito que les corresponde.
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