La vida, la muerte y el DDT

La opinión del médico y biólogo….
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Henry I. Miller
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La vida, la muerte y el DDT

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Recientemente se detectó la primera evidencia de resistencia a la más efectiva medicina contra el paludismo, la artemisinina.

Esto podría convertirse en una catástrofe porque la malaria, transmitida por zancudos anófeles, es una de las peores enfermedades que sufren los países pobres del trópico. Ocurren entre 350 y 500 millones de casos de paludismo cada año y 41% de la población mundial vive en el trópico.

El paludismo o malaria impone inmensos costos a individuos, familias y gobiernos. Alrededor del 40% de la población mundial, unas 1,300 millones de personas, viven en el sureste asiático, donde ocurren más de 120 mil muertes por esa enfermedad cada año.

En 1972, la Agencia Protectora del Medioambiente prohibió el uso en Estados Unidos del DDT, un efectivo y barato pesticida. Posteriormente, bajo el Convenio de Estocolmo sobre Contaminantes Orgánicos Persistentes se extendió, en el año 2001, esa prohibición a casi todo el resto del mundo.

Los regulaciones que prohibieron el uso del DDT no tomaron en cuenta lo poco efectivo que resultan las alternativas. Al no poder utilizar el DDT, las autoridades gubernamentales encargadas de exterminar plagas y mosquitos derrochan sus presupuestos en alternativas que no son efectivas, por lo que han aumentado los casos de dengue y malaria. Por ello, en 2006, luego de unos 50 millones de muertes que se hubieran podido evitar, la Organización Mundial de la Salud de la ONU dio marcha atrás y aprobó el uso del DDT.

Sin embargo, en mayo de este año ese mismo organismo de la ONU anunció que su objetivo es reducir a 30% para el año 2014, la utilización de DDT a nivel mundial y totalmente para el 2020. Eso equivaldría a asesinatos masivos y al triunfo definitivo de la politiquería ambiental sobre la salud pública.

¿Cómo evitar esa tragedia?   Primero los gobiernos deben evaluar la documentación elaborada sobre el DDT y permitir su uso dentro de las viviendas. Segundo, los gobiernos deben suspender todos los aportes a organismos de las Naciones Unidas que se opongan al uso de la mejor tecnología para controlar enfermedades transmitidas por mosquitos.   Por último, las autoridades sanitarias deben lanzar una campaña informativa para educar a funcionarios y al público sobre la importancia del buen uso del DDT.

Para poder controlar el flagelo de la malaria hay que eliminar el estigma que erradamente se le impuso al DDT, haciendo buen uso de él y poder evitar así la muerte de millones de personas.

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Publicado el 5 de octubre de 2009 en el diario El Panamá América a  quien damos, lo mismo que al autor, todo el crédito que les corresponde.

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