Minutos

La opinión de la Comunicadora Social…

 
BELKIS   HIDALGO   HOYOS 

Queridos amigos:  Hace unos días sucedió algo que caló en mí profundamente y me ha hecho reflexiva sobre lo que acontece últimamente a mi alrededor. Salí muy tarde del Hospital Arnulfo Arias Madrid (Seguro Social de Transístmica), como todos los días, pensativa.

Mientras tomaba el taxi, justamente afuera del hospital, escuché un chasquido a mi lado. Por el sonido, pensé que era una rama que había caído sobre el piso mojado.

Al apartar mis pensamientos para mirar a un costado, a escasos 6 o 7 metros, calculo, la ‘rama’ tenía cabellos lacios, bata celeste, semblante desmejorado y una leve sonrisa. Era una joven paciente, quien se había tirado por el balcón de la sala en que estaba recluida en ese hospital.

Como era en el mismo centro, llegaron de inmediato los guardias de seguridad, quienes llamaban por radio para que personal médico viniera a atender lo sucedido. Pasaba, un minuto, otro minuto, otro minuto… y nadie llegaba a la parte exterior, a pocos pasos de la puerta del hospital, sitio del hecho.

Corrí a la sala más cercana que está en planta baja. Le pedí apoyo a la enfermera de turno y expliqué que nadie llegaba a la puerta donde un paciente del mismo hospital se había causado daño. La enfermera, preocupada, tomó el teléfono y llamaba, llamaba… Pasaba un minuto, otro minuto… Al darse por vencida, decidió ir ella misma. Antes, corrió a avisar a otra área, porque no obtenía respuesta telefónica… Pasaba un minuto, otro minuto…

Después de la gran sumatoria de minutos, llegó el grupo tan esperado a ver a la joven mujer bajo los cuidados del nosocomio. La camilla no tardó en dar media vuelta, pero impecable, vacía. Ya no podía transportarla. Solo quedaba esperar al fiscal.

Estoy segura de que antes de que llegara al suelo, el autor del tiempo, conocedor de su valor, actuó de inmediato. Dios la recogió en sus brazos. Tengo la certeza de que no sintió. Estaba enferma y su caso fue comprendido por Dios.

Aclaro, que no afirmo en esta nota que con la llegada oportuna hubiesen logrado algo, pues, Señor de la Vida solo hay uno. Sin embargo, ante mis reflexiones sobre la vida y la muerte, me impacta el letargo que a veces nos mecaniza y nos impide tomar acción.

En esencia, el tiempo es vida, para el caso que sea. Los minutos marcan al compás de los latidos de nuestro corazón.

Deben haber sido muy fuertes sus sentimientos de desesperación e impotencia por el deterioro de su salud o alguna causa para ella irremediable para su lamentable decisión. Lo desconocemos, aunque quién sabe si hubiera sido evitable. Pasaron pocos minutos y ya no había nadie a su alrededor. Todo había pasado. Solo quedaba el cuerpo y el silencio, luego de partir su alma, esperando a la autoridad competente.

Por coincidencia, un sacerdote se encontraba visitando a otro que se encontraba hospitalizado, a quien pude ubicar para que le diera la bendición.

Todo en un lugar donde se atienden urgencias, que proviene de urgir, donde se efectúa rápidamente lo que sea necesario, donde estoy segura que, por su parte, Él así lo hizo. Gracias, Doctor Celestial, por tu asistencia inmediata. Bendiciones.

 

<> Este artículo se publicó el 14 de noviembre de 2010  en el Diario La Estrella de Panamá, a quienes damos,  lo mismo que a la  autora,  todo el crédito que les corresponde.
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