Urinarios

La opinión del Periodista y Docente Universitario…

MODESTO A. TUÑÓN F.
modestun@yahoo.es

La destartalada unidad del Diablo Rojo entró a la calle 23, Este y antes de llegar al ‘mercadito’ de Calidonia, exactamente frente a las casetas donde se expende el coco rallado, detuvo la marcha.   El conductor bajó, se acercó a un lado de la parte delantera y allí descargó su vejiga para bañar de orine una de las llantas anteriores. Resuelta la molestia, volvió a subir, quitó la palanca de la posición neutral y prosiguió su camino.

Eran las dos de la tarde y los pasajeros debieron esperar que el ‘chof’ terminara la micción para continuar el recorrido urbano.

La escena es cotidiana en el espacio de la urbe capital.   En un costado del parque Urracá, en la Cinta Costera, en los corredores, en la sección de la avenida Juan Pablo II, dentro del bosque, o en la Vía de la Amistad se aprecia en cualquier hora del día, taxis, buses o autos particulares y a un lado, hombres que resuelven problemas de ‘plomería’ o urgencias fisiológicas que dejan de ser íntimas para convertirse en públicas.

Nuestro organismo requiere liberar sus aguas residuales y hemos tomado la costumbre de buscar el primer lugar que se nos ocurra para dar rienda suelta a esta extroversión costumbrista, sin advertir que existen locales donde por veinticinco centavos —y que cuentan al menos con un mínimo de gestión sanitaria— se puede satisfacer aquella importante función de desalojo corporal.

La primera vez que visité Alemania, me llamó la atención —además de su cronométrico sistema de transporte— la existencia de sitios para resolver estos ‘apuros’.    Los transeúntes entraban al local público, pagaban una moneda a una funcionaria impecablemente vestida (posiblemente municipal) y se internaban para ‘resolver’. La dependiente se aseguraba de que el sitio estuviera muy aseado.

El pequeño espacio urbano era limpio y satisfacía un requerimiento ciudadano tan importante. Luego, me enteré de que en muchas ciudades europeas existían baños públicos, cada uno de acuerdo a las costumbres locales, brindaba diferentes servicios.

En las carreteras —freeways— de Estados Unidos, a cada cierta distancia, se encuentran lugares, como postas para que los conductores hagan un alto y los interesados puedan atender dichos asuntos del cuerpo; además, tomen café, adquieran alguna golosinas o ‘donas’, descansen y luego prosigan su camino.

Cuando en México se empezó a construir el sistema del metro en la década de los setentas, se concibieron las características de las estaciones de ese transporte público que reducía los tiempos de traslado de un punto a otro de la megápolis y se adecuaron áreas en ciertas terminales para la satisfacción de las tendencias mingitorias y otras ‘ganas’ del usuario.

Es por eso que sorprende, que se haya dicho en la Secretaría del Metro en el país, que el modelo panameño no va a contar con servicios sanitarios, porque los flujos de utilización del novedoso transporte, son de un tiempo ínfimo que no hacen necesaria aquella opción.   Además, se plantea que de acuerdo con recomendaciones, allí es alto el índice de atracos.

Imagino las portadas de los diarios ‘Apuñalado mientras ‘meaba’ en el Metro’, ‘Lo plomearon cuando se disponía a echar un c…’, ‘Le roban en el servicio de la estación del Metro en Fernández de Córdoba’ u otras peores, según la imaginativa mente de los tituladores.

Todavía estamos a tiempo de que la institución responsable del macroproyecto de transporte, dé una salida a esta urgencia y pueda agregar los espacios para atender aquel requerimiento en los diseños de las estaciones.  Peor sería contestar demandas de alguien a quien se le reventó la vejiga, mientras el Metro esperaba que se restituyera el fluido eléctrico y pudiera continuar su marcha, precisamente en su segmento subterráneo.

Es una lástima que no se ayude a resolver ese gran problema de reservorios de las orinas de los ciudadanos locales y visitantes.   Se tendrá que hacer evaluaciones exactas cuando se sale de la casa y se utiliza el Metro para ir al trabajo o viceversa, tiempo que en las actuales condiciones de los autobuses es ‘incalculable’.

Usted ahora sabe que con el ‘subte’ (como llaman por cariño al tren subterráneo) va a demorar un tiempo exacto en llegar a su destino.   Por favor, tómese un momento antes de salir, porque el final del recorrido será dentro de unas dos horas y hasta entonces, podrá llegar a un baño público.

No ponga en peligro sus tripas, planifique su desalojo líquido y, por favor, no lo practique ni en el parque o la carretera, porque es una malacrianza y un atentado a la sanidad pública.

 

Este artículo se publicó el  16  de febrero   en el Diario La Estrella de Panamá, a quienes damos,  lo mismo que al  autor,  todo el crédito que les corresponde.
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Por una cultura del conocimiento

La opinión de…

 

Francisco Díaz Montilla

Según Averroes, filósofo medieval de origen musulmán, “hay cuatro cosas que no pueden ocultarse por mucho tiempo: el conocimiento, la estupidez, la riqueza y la pobreza”.

Si consideramos los indicadores macroeconómicos, sobre todo en los términos que suelen presentar quienes dirigen el Gobierno, Panamá es un país donde se genera mucha riqueza.   Aunque, por supuesto, la generación de riqueza no significa que el país sea rico.    El éxito de pocos no es el éxito de todos, como la riqueza de algunos no es la riqueza de todos.    Es un error lógico (falacia de composición) afirmar –como hacía el actual presidente hace dos años en campaña– que si a uno le va bien, le va bien a todo el país (falacia del todo).   El hecho cierto es que pese a los indicadores y a la desproporcionada retórica aliciesca de los gobernantes, seguimos siendo un país pobre, aunque haya –repito– quienes crean lo contrario. Riqueza en manos de pocos y pobreza como condición de muchos son fenómenos ostensibles…

Con respecto a la estupidez, si es infinita, como señalara Einstein, no habría nada que decir, salvo el hecho de que hay en nosotros una especie de regocijo atávico con ella.  Somos altamente (infinitamente) estúpidos los panameños; por ello, somos muy proclives a la manipulación en todas sus formas o a vivir la vida sin un proyecto personal donde la dignidad, la autonomía, el respeto a sí mismo o al otro sean valores que lo sustenten. En nuestra estupidez, la vida se reduce a un mero estar por instinto, como las moscas, las cucarachas o las lombrices.

Lo que sí se complace en ocultarse, tal vez por más tiempo del que debiera, es el conocimiento; no porque seamos mentalmente tullidos, de hecho puedo dar fe de mucho talento individual de no pocos jóvenes que se preparan en universidades locales y extranjeras. Pero como sucede, en las mayorías de los casos, es un talento del cual el país como tal no se beneficia, ya sea porque esos jóvenes emigran o porque son absorbidos por la mediocridad concomitante a la estupidez

Personalmente creo en la división social del trabajo intelectual, un trabajo que realizan básicamente científicos, matemáticos, filósofos, juristas y artistas, entre otros; cada uno de ellos con diferentes medios, recursos y metodologías. Estos individuos, para mí, tienen un importantísimo reto que asumir, a saber, la constitución de una cultura del conocimiento como alternativa a la cultura de la estupidez que hasta ahora ha imperado en nuestro país.

La dificultad inicial radica en la necesidad de que cada uno de ellos se replantee el sentido de lo que hace. Habitualmente el científico asume que su labor tiene como confín el laboratorio; el matemático vive atrapado en su mundo de ficciones matemáticas; el filósofo –¿existe en Panamá?– en aras de asir lo universal, suele perderse en divagaciones intrascendentes y alejadas de su entorno inmediato; el jurista no siempre es consciente de la dimensión formativa de la ley, de la cual suele sacar ventajas; y el artista en pocas ocasiones supera la burbuja del mundo del arte.   En fin, al parecer han perdido de perspectiva que sus actividades son actividades que educan y, en consecuencia, humanizan.

Una cultura del conocimiento como ideal nacional no solo posibilitará individuos más educados, responsables, autónomos, etc., sino que nos inmunizará contra la estupidez, permitirá generar más riqueza y hará de la pobreza algo atípico que puede ser erradicado y no algo ante lo cual hay que resignarse.

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Este artículo se publicó el 6 de febrero  de 2011   en el diario La Prensa, a quienes damos,  lo mismo que al autor, todo el crédito que les corresponde.

Comentario

La opinión de…

Dimas  L.  Pitty

Coincido parcialmente con lo que opina Juan B. Gómez en su artículo “Sobre las grandes obras literarias”, aparecido en el Panamá América, en la edición del 22 de enero pasado.

Me parece que, efectivamente, la superficialidad, el consumismo y la mediocridad predominan en la hora presente. Para la mayoría es más importante el tener que el ser.

Sin embargo, en cuanto al interés por las grandes obras literarias y la trascendencia de éstas, no comparto su apreciación, porque la grandeza, la profundidad y la vigencia de una obra no dependen de la cantidad de lectores, sino de los valores y virtudes que ella contiene y expresa, por un lado; por otro, de que prenda en unos cuantos espíritus de cada generación, que son los que mantienen viva la llama del entendimiento y la cultura.

Obras como La Odisea, La Iliada, Edipo rey, el Cantar de los cantares, El arte de amar, los Comentarios de la guerra de Las Galias, las Confesiones de San Agustín, el Elogio de la locura, los Ensayos de Montaigne, la poesía de San Juan de la Cruz, la Fenomenología del espíritu, de Hegel, etcétera, no han sido leídas por millones y millones de seres, pero sí han sido comprendidas y revitalizadas por los que importan, que son los que mantienen el rumbo. Eso sucede en todas partes, en todas las lenguas, en todos los tiempos.

Por lo tanto, no debe angustiarnos que una obra de Sábato, por ejemplo, tenga muchísimos menos lectores que una novelita rosa de Corín Tellado o de cualquiera de sus congéneres.

La primera seguirá siendo expresión de lo mejor y más hondo del hombre contemporáneo; la otra, simple y fugaz pompa de mal jabón.

Y en la ciencia, ¿cuántos, en tres siglos, se ocuparon de las contribuciones matemáticas de Newton? No obstante, el conocimiento acumulado, conservado por unos pocos, permitió que alguien como Einstein hiciera lo que hizo.

En fin, la historia de la sociedad humana muestra que lo esencial y auténtico perdura, que lo frívolo se esfuma y que las aberraciones pasan.

¿Recuerdan que en Farhenheit 451, la novela de ciencia ficción de Bradbury, los libros han sido proscritos y, paradójica y demencialmente, los bomberos son los encargados de quemarlos? Sin embargo, aun en ese panorama ominoso y deprimente, unos cuantos espíritus mantienen vivos el amor a los libros y la esperanza en el futuro.

Entonces, en el mundo real de nuestros días, aunque el desinterés y la ignorancia se extiendan, no debemos claudicar ante la confusión, los farsantes, el disparate y la mentira.

<>Artículo publicado el  1 de febrero  de 2011  en el diario El Panamá América,   a quienes damos,  lo mismo que al autor,  todo el crédito que les corresponde.  El resaltado es nuestro.

Un remanso de música

La opinión de la Arquitecta y Ex Ministro de Estado…

MARIELA SAGEL
marielasagel@gmail.com

El pasado sábado 15 de enero culminó, con gran éxito, la octava versión del Panama Jazz Festival, actividad que se ha establecido con fuertes bases en nuestro país y que atrajo, en esta ocasión, grupos de Francia, Estados Unidos, Chile y España, entre otros, que estuvieron presentándose todas las noches, además que incluyó clases, interacción entre músicos panameños y extranjeros y un merecido homenaje a nuestro gran maestro, Víctor ‘Vitín’ Paz.

Recuerdo cuando Danilo Pérez, el gran músico panameño, realizó su primer festival en el 2003. Y también recuerdo los jam sessions que hacía hace años en los bares de la ciudad, a los que tuve el privilegio de asistir. Celebro con gran alegría que hoy el Jazz Festival sea una actividad establecida y que la Fundación Danilo Pérez continúe con esa misión de conseguir becas para estudiantes de música en las mejores escuelas de las Américas. El festival celebra la identidad panameña con un estilo de música libre, comunitaria y global del jazz.

Son muchos los patrocinadores de esta actividad cultural que se suman anualmente a apoyar su realización, al igual que instituciones como el Instituto de Cultura, la Alcaldía, la Autoridad de Turismo, la Oficina del Casco Antiguo y varias embajadas acreditadas en nuestro país. Fue una semana de delirio jazzístico, que nos hizo olvidarnos por un rato que no hay agua para tomar ni para jalar la cadena, o que salió otro Wikileaks que embarra más –si eso es posible— al gobierno en el narcotráfico y lavado de dinero.

Danilo Pérez es un orgullo nacional. Su último disco ha sido nominado a mejor álbum de Jazz Instrumental en los Grammy del 2011. Ha demostrado, con el compromiso que adquirió desde la celebración del primer festival, que es fiel creyente que los cambios se hacen desde una cultura de paz, que es posible apostar a ella para lograr sacar del pandillerismo, la drogadicción y la perdición a nuestra juventud. La cultura es una herramienta social de cambio, y quien no lo entienda o no lo adopte va camino a emplear solamente medidas represivas y que no logran nada sino más deserción y aflicción a nuestra sociedad.   Deberíamos apostar todos a la cultura.

Sé que cuando uno dice cultura la gente se asusta, pensando que somos unos finos y snobs. El Panama Jazz Festival demostró que no es así y nos brindó un remanso de paz en medio del desasosiego.

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<> Artículo publicado el 17  de enero de 2011  en el diario  El Siglo, a quienes damos,   lo mismo que a la autora, todo el crédito que les corresponde.

Crisis del agua: ¿ficción o realidad?

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La opinión de…

 

Joany De Gracia 

Hasta hace poco la mayoría de los capitalinos con solo abrir el grifo tenía agua potable a su disposición, un privilegio que en vez de ser valorado se despreciaba despilfarrándolo. Mientras a muchos les llega, otros la derrochan lavando autos, pisos y llenando piscinas.

La escasez de agua potable, producto de las inclemencias del tiempo y otros factores, es una lección para que aprendamos a valorarla. Las imágenes que muestran a centenares de panameños desesperados por llevar algo de agua a sus hogares, antes sólo la veíamos en fotografías de países de África, donde escasea.

Muchas dificultades hemos pasado en más de un mes. Suficiente para comprender que sin este vital líquido la vida se extingue. Después del aire, el agua es la sustancia más necesaria para sostener la vida; sin alimentos el hombre puede vivir por más de un mes, sin agua solo una semana.

Con el agua avivamos los ojos aún soñolientos, nos aseamos, calmamos nuestra sed, preparamos los alimentos, limpiamos la casa, regamos las plantas, funciona el inodoro, los restaurantes, y los engranajes de las industrias.

El agua da vida a nuestro cuerpo. Estamos compuestos por 65% de agua y necesitamos tomar al menos ocho vasos de agua al día para estar saludables.

De acuerdo a los expertos, el futuro del hombre en cuanto al agua es terriblemente crítico. Se prevé que en lugar de ducharnos nos limpiaremos con toallas húmedas y nos alimentaremos mediante cápsulas. Las probabilidades de vida serán muy cortas y las enfermedades gastrointestinales, urinales e infecciones de la piel serán las principales causa de muerte. Nuestros predecesores no dejarán de maldecirnos por ello. Aunque suene a ficción, vamos camino a convertirlo en una realidad.

El mundo estará literalmente muriéndose de sed, debido a la contaminación y al despilfarro actual del vital líquido. En el mundo hay mil millones de personas que no tienen acceso al agua potable.

El último Informe Mundial sobre el Desarrollo de los Recursos Hídricos indica que el 67% de la población (unos 5 mil millones de personas en todo el mundo) seguirá sin poder acceder a agua potable en 2030.

Hace falta desarrollar una cultura del agua y eso significa trabajar los valores y las creencias. Creemos que hay una cantidad ilimitada de agua en el mundo, cuando en realidad sólo el 3% del 70% del agua que cubre la superficie terrestre, es dulce.

Afortunadamente, aún estamos a tiempo de detener semejante desastre.    Panamá es un país rico en recursos hídricos, pero sin no lo manejamos bien vamos a tener una verdadera crisis, no la que estamos afrontando producto de factores climáticos.

Es tiempo de que tomemos conciencia de esta situación que ya afecta a muchas regiones del mundo. Es responsabilidad de todos preservar este invaluable recurso natural, haciendo uso racional del mismo, no contaminando los ríos y afluentes, cuidando la flora, sembrando árboles. Todos podemos aportar nuestro granito de arena para mantener con vida nuestro hogar: el planeta Tierra.

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<>Artículo publicado el 15  de enero de 2011    en el diario El Panamá América,   a quienes damos,  lo mismo que al autor,  todo el crédito que les corresponde.

Agua: convivencia o caos

La opinión del Rector de la Universidad de Panamá…


Gustavo García de Paredes

El asueto navideño, con su natural aire festivo, trajo consigo otras preocupaciones que motivan serias reflexiones a todos los panameños y, sobre todo, a los responsables de orientar la vida educativa y cultural del país.
Los estragos causados por los fenómenos naturales que acarreó luto y dolor en miles de hogares panameños, puso a prueba nuestra capacidad para enfrentar situaciones que exigen sacrificios colectivos y solidaridad con nuestros compatriotas, amigos y familiares.
El daño causado por las crecientes de los ríos en el sistema de purificación y distribución del agua en el área metropolitana y alrededores, impuso una racionalización del vital líquido para que este pudiera paliar las necesidades de la población de manera equitativa y responsable.    No obstante, el llamado fue desoído por gran parte de la ciudadanía que prefirió llenar sus piscinas, lavar sus terrazas y autos, o regar sus jardines.

Para los panameños el agua no sólo está vinculada a su existencia material; nuestra toponimia, forma de vida y producción material están determinadas por el inapreciable líquido. Igualmente ha sido trocha, ruta para exploraciones, aventuras, apertura al mundo, fuente de conocimiento, de economía y crecimiento.

 

Tan acostumbrados estamos a su abundancia que no ponderamos los peligros y amenazas que se ciernen sobre ella como recurso que se visualiza escaso en un futuro no muy lejano. El disfrute que hoy tenemos de ella y de los recursos que prodiga puede sufrir un grave desequilibrio, si no tomamos las previsiones y formalizamos políticas para su protección y preservación. Recordemos el sabio dicho popular que “nadie sabe lo que tiene hasta que lo pierde”.

 

La suspensión general del suministro el día tres de enero provocó una histeria generalizada y precipitó a miles de personas al acaparamiento y consecuente especulación del agua embotellada en los supermercados; generó la protesta de otros y dio motivo a un número plural de acciones callejeras.

 

Como en una de esas películas apocalípticas vimos en televisión hombres, mujeres y niños escanciar vasijas para obtener un poco de agua. La naturaleza puso una ligera prueba a nuestra precaria capacidad para enfrentar las crisis, pero sobre todo al espíritu de solidaridad que enhebra los intereses comunes.   Se reveló, de un solo golpe, la carencia de una cultura de convivencia que debe ser la columna vertebral de la vida colectiva.    Pasaron antes nosotros las imágenes de los conflictos de la vida colectiva.   Pasaron ante nosotros las imágenes de los conflictos norafricanos y del Medio Oriente en que el control de un manantial o el curso de un río suplantan la ancestral lucha por el petróleo.

 

La posición geográfica de la cual emana nuestra riqueza, el potencial económico de que disponemos y la confluencia del comercio mundial en nuestras playas nada significa, si no tenemos la actitud y responsabilidad para disfrutar adecuadamente del bienestar que brinda la tecnología y el mejoramiento en la vida material.

 

El desperdicio del agua, la irresponsabilidad en el manejo, la violencia desenfrenada y otras conductos que asoman a diario no pueden ser cambiadas por programas fragmentados o esporádicas campañas mediáticas. Es necesaria la construcción de una cultura de convivencia como política de Estado, que contribuya a modificar las atávicas deformaciones en nuestro comportamiento social, que debe basarse en el respeto mutuo, la tolerancia, la solidaridad y la autoestima.

 

La Universidad de Panamá, que históricamente ha suplido al país de profesionales idóneos y cuya evolución ha estado aparejada a las transformaciones del país, al igual que a las reivindicaciones populares y reclamaciones soberanas, se enfrenta hoy a un nuevo escenario.

 

Superadas las instancias de lucha territorial, el compromiso con la renovación de los paradigmas del conocimiento, la actualización y producción científica-tecnológica, son los propósitos que la ocupan. Nos enfrentamos a la tarea de reconvertir el modelo educativo  con el compromiso de hacerlo compatible con los imperativos de la globalización y el desarrollo humanos sostenible. Reconversión cuyos efectos deben permear todos los niveles del sistema educativo, con el propósito de formar un hombre y mujer panameño que participe realmente con responsabilidad y solidaridad de las bondades del progreso económico y social del siglo XXI, al cual todos tenemos derecho.

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<>Artículo publicado el  14  de enero de 2011  en el diario El Panamá América,   a quienes damos,  lo mismo que al autor,  todo el crédito que les corresponde.  El resaltado es nuestro.

Nuestra ‘politizada’ cultura

 

La opinión de…

 

Olmedo Miró

¿Es posible la “unidad nacional”? Un amigo, quien había participado en la política criolla y decidió no seguir en ella me comentaba, con la sinceridad que da tener algunos tragos encima, sobre la frustrante experiencia que tuvo cuando participó de la política.

“El problema” –me confesaba mi amigo– es que en política tú nunca puedes estar bien con todos. Si quieres ayudar a fulanito entras en conflicto con sultanito, a quien no ayudaste, y así va un conflicto de nunca acabar que te crea más enemigos que amigos. Mi amigo, quien no es dado a grandes filosofías, inconscientemente manifestó la esencia del problema político en este país y cualquier otro con un Estado grande y distribucionista como el nuestro, que mientras más Estado más división y menos unidad.

Hay que tener claras dos cosas: la política es decidir quién manda y, más importante aún, quién obedece; la otra, el Gobierno no crea nada, el Gobierno es solo el uso de la coerción para distribuir riqueza ya creada. Quién decide quién paga y quién recibe se resuelve en el ruedo político. “Vomitan su bilis y la llaman periódico”.

Así describía el filósofo Nietzsche al referirse al modo como los asuntos políticos y la permanente lucha por el control de la “opinión pública” trasciende en los periódicos. La cosa solo se ha puesto peor con el porcentaje de la participación del Estado en la economía, que ha crecido dramáticamente, ya sea a través de impuestos, gasto y regulaciones. Cada vez es más importante no caer en el grupo de los que pagan la cuenta, los gobernados.

Así, es simplemente lógico concluir que en este sistema las campañas políticas “negativas” serán la regla más que la excepción. En un sistema donde para que alguien gane otro tiene que perder es imprescindible hacer que el otro pierda para que tú puedas ganar. Así, las campañas políticas negativas son problema del sistema no de personalidades. Hay que destruir la imagen del contrincante antes de hacer la tuya.

El escritor mexicano Gabriel Zaid describe este sistema, en referencia a su país México, utilizando la metáfora de una pirámide en la cual todos, o por lo menos la clase media, intentamos trepar a un nivel más alto. El problema con una pirámide, dice Zaid, es que a medida que subes el espacio se hace más limitado, estrecho, hasta que solo queda espacio para uno solo, la presidencia.

Aunque todos aspiramos a llegar más alto, pronto nos damos cuenta de que la única forma de llegar más alto es empujando al compañero, aquel que está en el mismo nivel que tú, hacia abajo, simplemente no hay más espacio y no se va a crear más. De allí que no nos sorprendan las divisiones y los permanentes conflictos y nuestra patológica incapacidad de trabajar en equipo.

Otra víctima insospechada de este devenir es, la objetividad. Decía un intelectual español al preguntársele sobre el rol de los intelectuales en la política que; “un intelectual metido a política es un traidor”. Con esto, este pensador se refería al rol de los intelectuales, ya sea en las ciencias o las letras, de mirar el mundo desde un punto de vista analítico u objetivo indiferente a las circunstancias o conveniencias.

Es obvio que entrar en política es “tomar bando” por eso de que no todos pueden mandar y obvio, de allí en adelante tu misión es hacer que tu bando triunfe, indiferente a tratar a las ideas de manera objetiva, porque eso sería una traición a tu bando. De allí esta característica de nuestra cultura donde estamos a favor o en contra del algo, pero nunca sabemos dar razones y argumentos.

Tal como el famoso político criollo de quien se decía absorbía la personalidad de aquellos a quienes tocaba con su carisma, convirtiéndolos en borregos más que en seguidores; la política tiene la tendencia de volvernos tontos, incapaces de llegar al fondo de las cosas, solo llegar a estar a favor o estar en contra. En política, lenta pero inexorablemente, muere la ciencia, la filosofía, las artes.

El historiador de la cultura Jacques Barzun hace un brillante análisis acerca de la muerte de la astrología (la adivinación) y el surgimiento de la astronomía, el entendimiento del movimiento de los astros, durante el renacimiento. Para Barzun, no era un problema “educativo” o de falta de conocimiento, los astrólogos eran personas particularmente educadas relativo al resto de la población, no, era cuestión de propósitos y para quién trabajaban.

Los astrólogos trabajaban para el poder, el rey, y eran sus apologistas justificando el estado de las cosas a través del movimiento de los astros. Mientras que los astrónomos surgieron de la necesidad del comercio, del intercambio voluntario, para extender sus rutas de navegación con el entendimiento preciso del movimiento de los astros. Así la ciencia reemplazó la superstición, y la libertad de comercio fue su motivador.

Hacer de una sociedad panameña más armoniosa además de más ilustrada y científica solo será posible con la disminución del tamaño del Estado y la capacidad decisoria de sus gobernantes sobre nuestras vidas.

 

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Este artículo se publicó el 10  de enero de 2011   en el diario La Prensa, a quienes damos,  lo mismo que al autor, todo el crédito que les corresponde.