Por una cultura del conocimiento

La opinión de…

 

Francisco Díaz Montilla

Según Averroes, filósofo medieval de origen musulmán, “hay cuatro cosas que no pueden ocultarse por mucho tiempo: el conocimiento, la estupidez, la riqueza y la pobreza”.

Si consideramos los indicadores macroeconómicos, sobre todo en los términos que suelen presentar quienes dirigen el Gobierno, Panamá es un país donde se genera mucha riqueza.   Aunque, por supuesto, la generación de riqueza no significa que el país sea rico.    El éxito de pocos no es el éxito de todos, como la riqueza de algunos no es la riqueza de todos.    Es un error lógico (falacia de composición) afirmar –como hacía el actual presidente hace dos años en campaña– que si a uno le va bien, le va bien a todo el país (falacia del todo).   El hecho cierto es que pese a los indicadores y a la desproporcionada retórica aliciesca de los gobernantes, seguimos siendo un país pobre, aunque haya –repito– quienes crean lo contrario. Riqueza en manos de pocos y pobreza como condición de muchos son fenómenos ostensibles…

Con respecto a la estupidez, si es infinita, como señalara Einstein, no habría nada que decir, salvo el hecho de que hay en nosotros una especie de regocijo atávico con ella.  Somos altamente (infinitamente) estúpidos los panameños; por ello, somos muy proclives a la manipulación en todas sus formas o a vivir la vida sin un proyecto personal donde la dignidad, la autonomía, el respeto a sí mismo o al otro sean valores que lo sustenten. En nuestra estupidez, la vida se reduce a un mero estar por instinto, como las moscas, las cucarachas o las lombrices.

Lo que sí se complace en ocultarse, tal vez por más tiempo del que debiera, es el conocimiento; no porque seamos mentalmente tullidos, de hecho puedo dar fe de mucho talento individual de no pocos jóvenes que se preparan en universidades locales y extranjeras. Pero como sucede, en las mayorías de los casos, es un talento del cual el país como tal no se beneficia, ya sea porque esos jóvenes emigran o porque son absorbidos por la mediocridad concomitante a la estupidez

Personalmente creo en la división social del trabajo intelectual, un trabajo que realizan básicamente científicos, matemáticos, filósofos, juristas y artistas, entre otros; cada uno de ellos con diferentes medios, recursos y metodologías. Estos individuos, para mí, tienen un importantísimo reto que asumir, a saber, la constitución de una cultura del conocimiento como alternativa a la cultura de la estupidez que hasta ahora ha imperado en nuestro país.

La dificultad inicial radica en la necesidad de que cada uno de ellos se replantee el sentido de lo que hace. Habitualmente el científico asume que su labor tiene como confín el laboratorio; el matemático vive atrapado en su mundo de ficciones matemáticas; el filósofo –¿existe en Panamá?– en aras de asir lo universal, suele perderse en divagaciones intrascendentes y alejadas de su entorno inmediato; el jurista no siempre es consciente de la dimensión formativa de la ley, de la cual suele sacar ventajas; y el artista en pocas ocasiones supera la burbuja del mundo del arte.   En fin, al parecer han perdido de perspectiva que sus actividades son actividades que educan y, en consecuencia, humanizan.

Una cultura del conocimiento como ideal nacional no solo posibilitará individuos más educados, responsables, autónomos, etc., sino que nos inmunizará contra la estupidez, permitirá generar más riqueza y hará de la pobreza algo atípico que puede ser erradicado y no algo ante lo cual hay que resignarse.

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Este artículo se publicó el 6 de febrero  de 2011   en el diario La Prensa, a quienes damos,  lo mismo que al autor, todo el crédito que les corresponde.

¿La Singapur de las Américas?

La opinión de…

FRANKLIN  CASTRELLON

Una de las anécdotas que se atribuye al general Omar Torrijos cuenta que cuando se aprobaba la ley que creó el Centro Financiero Internacional de Panamá, un prestigioso economista afirmó, palabras más, palabras menos, “general, Panamá será la Suiza de las Américas”, a lo que Torrijos ripostó lacónicamente, “¿Dónde están los suizos?” Y Torrijos tenía razón; con la idiosincrasia que tenemos los panameños, es imposible convertir a Panamá en “la Suiza de las Américas”, aunque –justo es reconocerlo– el Centro Financiero es uno de los pocos éxitos de los que nos podemos vanagloriar.

Ahora, el presidente de la República, Ricardo Martinelli, ha señalado que Panamá será la Singapur de las Américas. Pero, parodiando a Torrijos, ¿Dónde están los singapurenses? Esta aspiración, expresada desde poco después de haber iniciado su gobierno, se vio fortalecida durante la visita oficial que hizo a Singapur del 17 al 19 de octubre de 2010. Tras reconocer las similitudes entre ambos países, Martinelli y su colega S.R. Nathan se comprometieron a impulsar la cooperación para que ambos países se beneficien del status especial que tienen como hubs marítimo y aéreo y como centros financieros.

Singapur y Panamá son naciones pequeñas: la primera tiene 697 kilómetros cuadrados y su litoral costero es de 193 kilómetros, mientras que Panamá tiene 75 mil 517 kilómetros cuadrados y 2 mil 988 kilómetros de costas. Ambas están estratégicamente situadas en las principales rutas del comercio marítimo; por Panamá pasan unas 145 rutas uniendo a todos los continentes, mientras que Singapur es el principal centro del comercio inter Asia y con los demás países del mundo.

A diferencia de Singapur, que limita sus recursos a los pesqueros y a sus puertos de alto calado, Panamá cuenta con una riqueza ecológica envidiable, incluyendo sus parques naturales, amplias tierras aptas para la explotación agrícola y ganadera y una variedad de recursos minerales.   Sin embargo, con todas las ventajas a nuestro favor, Singapur ha logrado convertirse en una de las naciones más desarrolladas del mundo, mientras Panamá no atina a salir del subdesarrollo.

Con un ingreso per cápita de 36 mil 537 dólares, Singapur multiplica varias veces el ingreso per cápita de Panamá (menos de $6 mil), con la ventaja adicional de que su riqueza está mucho mejor distribuida.

Pero, si Panamá tiene más recursos naturales que Singapur y comparten las mismas ventajas geoestratégicas, ¿Por qué Singapur ha logrado alcanzar el nivel de uno de los países más desarrollados del mundo, mientras que Panamá se debate en el subdesarrollo? Basta con leer los indicadores que miden el comportamiento de las economías del mundo en temas clave para el desarrollo, para comprender las causas.

Mientras que Singapur (86.1 puntos) ocupa el segundo lugar del Índice de Libertad Económica 2010, Panamá (64.7 puntos) ocupa el puesto 60 por debajo de Chile (77.2), El Salvador (69.9), México (68.3), Perú (67.6) y Costa Rica (65.9). Preparado por The Heritage Foundation y The Wall Street Journal, este índice mide el comportamiento de los países en áreas tales como libertades de hacer negocios, comercial, de inversión, financiera, fiscal, económica, laboral, monetaria, derechos de propiedad, gasto del gobierno y percepción de corrupción.

En el Informe 2010, el índice señala que la libertad económica de Panamá está limitada por debilidades institucionales (control del Ejecutivo sobre otros órganos del Estado que deberían estar libres de su influencia). Y tan o más grave, el documento subraya que el “sistema judicial se mantiene vulnerable a la interferencia política, abrumada por la mora judicial, y laxa en vigilar el cumplimiento de los contratos” con el Estado.

Otra de las grandes debilidades del gobierno es su enorme, costosa e ineficiente burocracia. A pesar de promesas de los dos últimos gobiernos para reducir su tamaño y su peso sobre las finanzas públicas, ellas han cedido al clientelismo político con el resultado de que la misma ha aumentado de manera escandalosa. Mientras que Singapur, con un producto interno bruto de 36 mil 537 millones de dólares, cuenta con 124 mil funcionarios, Panamá, con un PIB de 19 mil 374 millones de dólares, se da el lujo de tener 176 mil 800 funcionarios.

Al problema de la burocracia hay que agregar lo siguiente: Mientras que la nuestra es una de las más ineficientes y, con frecuencia, corrupta, la de Singapur es una de las más eficientes del mundo.   De hecho, el Sistema de Consulta sobre Riesgo Político y Económico (PERC por sus siglas en inglés) escogió en 2010 a la burocracia de Singapur como la más eficiente de Asia.   En este escenario, sobran las intenciones, expresadas por nuestro Presidente, de convertir a Panamá en la Singapur de las Américas. A menos que se decida a enderezar el rumbo de su gobierno.

<> Este artículo se publicó el 27 de diciembre de 2010  en el diario La Prensa, a quienes damos,  lo mismo que al autor, todo el crédito que les corresponde.

Suenen las trompetas

La opinión de…

 

BERNA  CALVIT
bdcalvit@cwpanama.net

Las fiestas de fin de año llegan ensombrecidas por la pérdida de vidas y bienes causados por la inclemencia de lluvias sin precedentes e inundaciones devastadoras. Los que no sufrieron los rigores extremos de la naturaleza, y porque las cosas son como son, festejarán Navidad como siempre, con juguetes para los niños, con el Santa Claus que otra vez opaca la celebración del nacimiento del Niño Jesús; habrá regalos y fuegos artificiales y música; y en las mesas, jamón, tamales, ron ponche.   Así será porque es propio de la naturaleza humana, aun en medio de las penas, procurarse alegrías, y compartirlas; y es comprensible, especialmente si se tiene la satisfacción de haber aliviado con algún gesto solidario a las víctimas de una naturaleza que se cobra el maltrato que recibe.

La llegada de un nuevo año es propicia para revisar logros y fracasos. Es grato repasar lo que resultó bien; y a los fallos, no pasarles el borrador de la memoria debería servir, no para la amargura, sino para enmendarlos o evitar repetirlos.

Este año ni deseos tengo de tararear el alegre Burrito Sabanero; la ciudad, cada vez más enloquecida, es irritante hija descarriada del orden y la limpieza. Casi todas las noticias me espelucan. Al 11/12/2010 el gobierno había hecho compras directas por casi $500 millones.

¿Habrán aprovechado para llegar a los $600 millones en medio de tanta fiesta y tanto jolgorio mientras nos distraen con la reelección; con los muñecos de Bosco Vallarino; con el presidente Martinelli, como un Santa Claus, donando aturdidamente dinero del erario a la Teletón? Me pregunto: ¿Qué habré hecho para merecer el castigo de ver y oír a un locuaz y desfachatado diputado calentar las orejas del presidente Martinelli con lo de reelegirse; o será que no es así el asunto, sino más bien que le pusieron de tarea agitar las aguas de la reelección inmediata? ¿Hasta cuándo el diputado Tito Afudólares nos va a atormentar con su máscara de inocencia en el caso Cemis? ¿Se hará realidad la “Monstruotusa” en la Avenida Balboa, que en tenaces pesadillas nocturnas imagino persiguiéndome y aplastándome; y las que me causa el almibarado ministro Ferrufino, que corre tras de mí para entregarme un cheque del programa Cien para los Setenta, mientras grito, desesperada, “¡No, no se me acerque, no los necesito, estoy pensionada!”?

Obstinada, me digo a mí misma: “Lo que viene no puede ser peor;   “no hay mal que dure cinco años ni cuerpo que lo resista”. Sería fácil decir, como muchos panameños apáticos, indiferentes, “todo está igual, no está peor; siempre ha sido así; lo que diga o haga no va a cambiar nada”.   No. Rehúso aceptar, resignada, las malas acciones de los que ven el poder como un botín; los costosos desvaríos de planes faraónicos que anteponen a las necesidades reales e inmediatas.   El Presidente prometió que todo cambiaría para mejor. Pero los hechos indican que de la silla presidencial fluyen ondas, influjos, o maleficios que vuelve ciegos, sordos y tercos a los que se acercan a ella.

Es larga la lista de lo que no ha cambiado, y de lo que ha empeorado. Para muchos la popular sopa de carne con ñame, otoe, zapallo y yuca, es lujo, comida dominguera o especial para cuando hay invitados; las compras y obras sin licitación son escandalosas y los argumentos para justificarlas no convencen; las presiones y amenazas contra periodistas han sobrepasado las fronteras nacionales; la Contraloría es morisqueta al servicio de los caprichos del gobierno; las ciudades son basurero y la capital, Panamá, el trono de los desperdicios; crecemos alocadamente, sin orden ni concierto, arruinando nuestra riqueza natural; los diputados siguen haciendo de las suyas, y a disposición del Ejecutivo. La economía de Panamá, dijo recientemente el economista Rubén Lachman, “crece en áreas muy particulares que no se están vinculando a otra áreas”, lo que para mí significa que riqueza mal repartida sigue siendo pobreza; razón para que 2010 también haya sido un año de “mucho para pocos” y “poco para muchos”.

Pese a todo, renuevo mi fe en más y mejores ciudadanos; en los que participan, opinan y actúan para tratar de que los gobernantes enderecen el errático rumbo que llevan. Un nuevo año siempre abre ventanas de esperanzas a mejores días. A los que aquí, o lejos de la patria la aman, mis deseos de que en 2011 suenen para ellos las trompetas de la paz, la equidad y la justicia.

<> Este artículo se publicó el 20 de diciembre de 2010  en el diario La Prensa, a quienes damos,  lo mismo que a la  autora, todo el crédito que les corresponde.

Para una definición de la avaricia

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La opinión del Pedagogo,  Escritor, Diplomático…


PAULINO ROMERO G.

La avaricia no es una pasión intelectual en cuanto a su objeto, pues se adhiere a los bienes materiales por excelencia, a la riqueza; pero lo es en cuanto a su forma, puesto que le basta poseer esos bienes, y solo concibe y admite su uso en idea. La avaricia es función del temperamento. Pareciera estar sometida a la ley de la transmisión hereditaria. Pero, sean cuales fueren sus causas, la avaricia es invariable en su naturaleza. Es, en primer lugar, insensibilidad o dureza de corazón. ¡El avaro no es más que avaro!     Encuentra medio de ser a la vez el individuo más desprovisto de imaginación y el más devorado por la codicia, y justamente porque es capaz de imaginar y de sentir los únicos placeres que reconoce, aquellos que pueden darle riqueza, se adhiere exclusivamente a los signos que representan esos placeres y a los medios que lo procuran.

Por su estrechez de espíritu y su falta de simpatía, el avaro tendrá un carácter cerrado, inflexible y duro.   Su voluntad, dirigida hacia un fin único, es enérgica y tenaz. El avaro apenas se atreve: lo que en él domina es la desconfianza.   Su conducta se caracteriza por el predominio de las reacciones defensivas sobre las expansivas. La sociedad no representa para él una necesidad;   si la busca, es por vanidad, porque le gusta la deferencia. Lleva a toda sociedad, aun a la familia, la desconfianza y el espíritu de dominación. Es sigiloso, rodea de misterio sus negocios, sus ingresos, sus colocaciones de dinero; oculta sus pensamientos tanto como su oro. Es autoritario, déspota: esposa, hijos, empleados son sus esclavos sumisos.    Se hace temer por la impresión que da de su fuerza, por el misterio de que se circunda, por su impenetrabilidad, su frialdad.    Dueño de sí, se hace también respetar, y las gentes, habituándose, se adhieren a él, se pliegan a sus manías.

¡Es muy fácil mostrar los defectos o las lagunas del avaro, sus contradicciones, su locura! Seguramente, es un espíritu estrecho y falso, que carece de autocrítica, que no se conoce, que no se juzga, que no se confiesa su vicio; mucho más: que razona mal, que no entiende su propio interés. La avaricia es una fuerza asimiladora y organizadora. Se apodera de elementos extraños, los incorpora, hace de ellos su sustancia. Así, el avaro sabe sacar partido de las circunstancias y de las personas. Hace servir a los demás para sus designios, explota sus sentimientos, buenos y malos. En fin, el avaro es el tipo del intelectual puro, en el sentido que está desprovisto de todo sentimiento que no sea el amor a la riqueza, y que este amor mismo se adhiere a una abstracción, a una idea: la riqueza en sí.

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<>Artículo publicado el  6  de diciembre  de 2010  en el diario El Panamá América,   a quienes damos,  lo mismo que al autor,  todo el crédito que les corresponde.

Lucha de clases

La opinión de…

Xavier Sáez–Llorens

El término “lucha de clases” denota la presencia de conflictos sociales por el contraste en recursos y privilegios entre personas de distintos estratos políticos o económicos. La frase fue originalmente acuñada para resaltar las diferencias entre gobernantes y gobernados. Maquiavelo identificó cuatro tipos de clases que incluían aristocracia (los del poder), ciudadanía (poseedores de bienes), plebe (masa urbana) y campesinado (tropa rural). Marx redujo todo a burguesía (propietarios de empresas o jefes de asalariados) y proletariado (trabajadores pagados por su labor).

En su momento, el concepto ayudó a fortalecer la democracia en EU y Europa occidental, evitando la excesiva autoridad de mandatarios y la explotación del obrero por sus patronos. Aunque, en los países subdesarrollados, todavía persisten estas anomalías, la expresión es también aprovechada por gente resentida para enfrentar a los que más tienen con los que menos. Esta conducta no solo hace daño a la convivencia pacífica entre compatriotas sino que traduce complejos de inferioridad. Garantizar salarios razonables y servicios básicos de primera a todos es función exclusiva del Estado, no de sus contribuyentes.

Tener mucho o poco depende de diversos factores. Obviando la riqueza fraudulenta, desafortunadamente más regla que rareza en naciones tercermundistas, los elementos indispensables para generar ingresos son influencia familiar, capacidad intelectual, educación alcanzada y sacrificio laboral. Si el dinero se gana con legitimidad, no encuentro ninguna razón ética para poner techo a esa fortuna, restricción que violaría libertades individuales. Tomemos el ejemplo de Bill Gates. Salvo alguna denuncia sobre prácticas monopólicas, las arcas de este ingenioso empresario son legales. He escuchado sus conferencias y valorado el impacto de su fundación filantrópica en la erradicación de infecciones en regiones necesitadas. Para aplaudir. Si el caudal de este señor estuviera en manos del Estado, sería utilizado para comprar armas y no vacunas.

Pese a estar en desacuerdo con aplicar límites al capital de un particular, la obsesión por tener más puede tornarse enfermiza, provocar trastornos sicosomáticos y pérdida de amistades. La felicidad, además, no guarda relación con la solidez financiera. Ser exitoso tampoco es poseer más. El éxito de un individuo reside en su excelencia profesional, sus virtudes como pareja, progenitor o compañero y la impronta que deje su actuar en los demás. Me fastidia asistir a una reunión donde se hable de dólares, marcas famosas y artículos de lujo como táctica para impresionar al entorno. Me paro, emigro y no regreso. Prefiero los círculos donde se discutan temas sociales, filosóficos o deportivos y todos los asistentes son mirados genuinamente de igual a igual.

Algunas personas satanizan a los ricos que viven en áreas residenciales pomposas. Eso, a mi juicio, refleja envidia y frustración de fondo. Conozco muchos individuos decentes, éticos y solidarios que pertenecen a estos segmentos pudientes. Asimismo, otras catalogan de vagabundos, antihigiénicos y maleantes a los que habitan comunidades humildes. Pues, también soy amigo de numerosos pobres que, aún con severas limitaciones, exhiben cualidades dignas de alabar y emular.

Urge retomar el significado inicial de “lucha de clases” para lograr que todos los ciudadanos seamos contrapeso a las actuaciones de la estirpe gobernante hasta que, algún día, depuremos corrupción, tráfico de influencias, clientelismo político y conflictos de interés, los verdaderos males que nos asfixian. Triste es saber que, con contadas excepciones, los que buscan dirigir puestos públicos lo hacen pensando en ser millonarios a corto plazo, usurpando el patrimonio estatal y levantando negocios con base en la información privilegiada a que solo ellos tienen acceso inmediato.

Todo, como señalaba Ghandi, a expensas del silencio de los seres honrados.

Finalizo con un consejo. Para estar en concordia con el prójimo y en satisfacción con uno mismo debemos concienciarnos de que, por un lado, la riqueza no equivale a la cantidad de divisas que poseemos sino a la calidad de atributos que exhibimos; y por el otro, que aunque el dinero no asegura bienestar, es casi lo único que nos compensa por no tenerlo. La felicidad está en el equilibrio. Búscalo.

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<> Este artículo se publicó el 28  de noviembre de 2010  en el diario La Prensa, a quienes damos,  lo mismo que al autor, todo el crédito que les corresponde.
Más artículos del autor  en: https://panaletras.wordpress.com/category/saez-llorens-xavier/

Está resucitando

La opinión del  Sociólogo, escritor y educador…

Raúl Leis R. 

raulleisr@hotmail.com

Vengo de El Salvador, de un encuentro de educadores latinoamericanos que se inició visitando la tumba de Monseñor Oscar Romero, a los 30 años de su asesinato. Es imposible permanecer impasibles o indiferentes frente a la fuerza de su testimonio, de su vida y de sus palabras que impregnan a su país, y tienen mucha vigencia en la problemática que vivimos en nuestro país.

Así, frente a un crecimiento económico que no reduce desigualdades ni alcanza a ser desarrollo integral, Monseñor reclama: “Yo denuncio sobre todo la absolutización de la riqueza. Ese es el gran mal de El Salvador: la riqueza, la propiedad privada como un absoluto intocable y ¡ay del que toque ese alambre de alta tensión, se quema!    No es justo que unos pocos tengan todo y lo absoluticen de manera que nadie lo pueda tocar, y la mayoría marginada se está muriendo de hambre… ¿De qué sirven hermosas carreteras y aeropuertos, hermosos edificios de grandes pisos, si no están más que amasados con sangre de pobres que no los van a disfrutar?… No nos cansemos de denunciar la idolatría de la riqueza, que hace consistir la verdadera grandeza del hombre en tener, y olvida que la verdadera grandeza es ser. No vale el hombre por lo que tiene, sino por lo que es.

En relación a la violación e irrespeto a los derechos humanos, a la libertad de expresión, explicita que la denuncia es fundamental, tal como lo demostró en los días del atentado contra la planta de transmisión de la radio emisora católica YSAX, en febrero de 1980 un mes antes de su asesinato: “Con ese atentado se pretende querer callar a la voz profética y pastoral de la arquidiócesis precisamente porque está tratando de ser voz de los que no tienen voz, porque ha estado denunciando la sistemática violación de los derechos humanos, porque ha estado tratando de decir la verdad, defender la justicia y difundir el mensaje cristiano, que desde la época de Jesús escandalizó a los poderosos de su tiempo y, como ahora también, sólo fue escuchado y aceptado por los pobres y los sencillos.”

Ante esto la iglesia, los cristianos y yo diría todas las personas de buena voluntad no pueden permanecer pasivos o ganados por el miedo: “La Iglesia no puede callar ante esas injusticias del orden económico, del orden político, del orden social. Si callara, la Iglesia sería cómplice con el que se margina y duerme un conformismo enfermizo, pecaminoso, o con el que se aprovecha de ese adormecimiento del pueblo para abusar y acaparar económicamente, políticamente, y marginar una inmensa mayoría del pueblo. Esta es la voz de la Iglesia hermanos… ¡Qué hermoso será el día en que una sociedad nueva, en vez de almacenar y guardar egoístamente, se reparte, se comparta y se divida, y se alegren todos, porque todos nos sentimos hijos del mismo Dios!”

Escribe Pedro Casaldáliga que “Y muchas veces dijo, profetizando un tiempo nuevo, “si me matan resucitaré en el pueblo salvadoreño”. Y, con todas las ambigüedades de la historia en proceso, nuestro San Romero está resucitando en El Salvador, en Nuestra América, en el Mundo.” Así es.

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<>Artículo publicado el  24  de noviembre  de 2010  en el diario El Panamá América,   a quienes damos,  lo mismo que al autor,  todo el crédito que les corresponde.
Más artículos del autor en: https://panaletras.wordpress.com/category/leis-r-raul/

Riqueza, inequidad y la paciencia de los pobres

La opinión del Patólogo, Profesor Univiersitario y miembro de la Asociación Conciencia Ciudadana…

ALESSANDRO GANCI
concienciaciudadana09@gmail.com

Panamá es una nación de contrastes. Por un lado, nuestra economía crece, aumentamos el Índice de Competitividad, colocándonos en el puesto 53 mundial y alcanzando altísimas evaluaciones en accesibilidad a servicios financieros (4), Transferencia de tecnología (7), Solidez bancaria (7), Suscripciones de teléfonos móviles (7) y muy buena evaluación en calidad de infraestructura portuaria, transporte aéreo, capacidad para atraer inversión extranjera, amplitud de banda de Internet y facilidad de acceso a créditos. Mejoramos nuestro grado de inversión, tenemos el presupuesto más alto de la historia y abundantes recursos minerales. Ante este panorama macroeconómico, ‘Vamos bien’, parece un eslogan irrefutable.

Sin embargo, según el informe del Programa de Naciones Unidas Para el Desarrollo (PNUD), ocupamos el tercer lugar en Latinoamérica con la peor distribución de la riqueza y el número 11 a nivel mundial (181 países). El 20% de la población panameña de menores ingresos, solo recibe el 5,1% del ingreso que genera la economía, mientras que el 20% de la población de altos ingresos, recibe el 48,5% de la riqueza. Más del 80% del Producto Interno Bruto (PIB), es generado en las provincias de Panamá (67%), Colón (15%) y Chiriquí (7,8%). A pesar de que el 45% de nuestra población es rural, la producción agropecuaria solo representa el 4% de nuestra economía.

En cuanto a la calidad del empleo de nuestra población económicamente activa (1,5 millones) solo el 17% tiene un ‘empleo decente’, o sea formal y permanente, un 47% tiene empleos formales temporales, 30% informales y 6% desempleados. Los informales aumentan a 80% en aéreas indígenas y alrededor de 50% en las rurales.

La educación por otro lado, es tan asimétrica como la distribución de la riqueza. De cada 100 jóvenes de bajos recursos, solo 56 acuden a la escuela secundaria, mientras que en los sectores de altos recursos económicos 94 de cada 100 jóvenes asisten. Estamos entre los 15 peores países del mundo (139 evaluados), en calidad de la educación en matemáticas y ciencias (129) primaria y sistema de enseñanza superior. El 80% de nuestros ejecutivos elites, son o estudiaron en el extranjero.

La Independencia del Poder Judicial, es ubicada en el lugar 125.

De los recursos mineros, tampoco podemos esperar mucho. Solo cuatro minas tienen riquezas que superan con creces todo lo que podamos obtener del Canal de Panamá. Cerro Colorado, Cerro Quema, Cerro Chorcha y Petaquilla tienen a los precios actuales del oro, cobre, plata y molibdeno una riqueza estimada entre 210 000 a 230 000 millones (11 000 millones por 40 años). EL Estado recibiría anualmente por regalías, entre 220 y 440 millones (2 a 4%). Y en el caso de Petaquilla, la totalidad de la inversión, es deducible del impuesto sobre la renta, al costo de afectar el Corredor Biológico Mesoamericano y una extensión de aproximadamente 13 800 campos de fútbol juntos.

¿Y qué pasa con los pobres entre los pobres, aquellos que sobreviven con menos de un dólar al día y representan el 17,5% de la población no indígena, mayoritariamente campesina y el 58% de la población originaria? ¿Cómo vamos a disminuir esta pobreza?

La extensión de la red de oportunidades a 85 000 familias, solo mitiga, pero no cambia en nada la realidad. Tampoco la minería, cuyos puestos de trabajo en conjunto difícilmente sobrepasarán los 4000. El campo, fuertemente afectado en su producción, en parte por factores ambientales y en parte por la rebaja masiva de aranceles, ha visto postergada la inversión de las 12 presas y drenajes, necesarios para mejorar la producción y que representaban una inversión conjunta de 1250 millones. La inversión en infraestructura turística se concentra mayoritariamente entre Colón, Panamá y Coclé.

Esta asimetría en la distribución de la riqueza, origina dos realidades diferentes, El Panamá que va bien macroeconómico, empresarial, referencial, educado, importador de bienes y exportador de servicios; y el otro pobre, ignorado, mal empleado, con baja educación y oportunidades de equidad. La paciencia de los pobres se agota, provocando un sentimiento de frustración, represión e incluso ira, caldo de cultivo de la inestabilidad social.

Así como en tiempos del viejo capitalismo el Estado tenía el deber de defender los derechos fundamentales del trabajo, así, ahora con el nuevo capitalismo, el Estado y la sociedad tienen el deber de defender los bienes colectivos que, entre otras cosas, constituyen el único marco dentro del cual es posible para cada uno conseguir legítimamente sus fines individuales… Juan Pablo Segundo en su encíclica Centesimus Annus.

<> Este artículo se publicó el 23 de noviembre de 2010  en el Diario La Estrella de Panamá, a quienes damos,  lo mismo que al  autor,  todo el crédito que les corresponde.
Más artículos del   autor  en: https://panaletras.wordpress.com/category/ganci-c-alessandro/