¡Una estatua para Marc Cisneros!

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La opinión del Educador…


Pastor E. Durán E.

Si le hicieron una estatua al invasor de la época de la Conquista, Vasco Núñez de Balboa, ¿por qué no hacerle una también a Marc Cisneros, el invasor contemporáneo que comandó la invasión a Panamá en diciembre de 1989?

Ni el Presidente Martinelli, ni la gobernadora Correa ni el Alcalde Vallarino se opondrían, pienso yo. ¿Qué méritos tiene Balboa que no los tiene Cisneros? ¡Ah! ¿Que Balboa “descubrió” el Mar del Sur? Ese es un cuento chino de la historia eurocentrista que muchos se regocijan en creer, pues el Mar del Sur (Océano Pacífico) ya estaba descubierto por los nativos panameños desde hacía miles de años.

Según investigadores de la talla de Richard Cooke, Olga Linares y Omar Jaén Suárez, hay indicios de que el ser humano (homo sapiens) se encuentra en Panamá desde hace por lo menos 12,000 años.

Si es por la matanza de panameños, algunos cronistas de la Conquista contabilizaron, más o menos los nativos asesinados por Balboa en sus incursiones. Pero en el caso de la invasión de diciembre del ’89, hasta la fecha nadie sabe decir ni con la más mínima precisión cuántos muertos hubo. Sólo se sabe que fueron varios miles.

Cuando el invasor Balboa cruzó el Darién en septiembre de 1513 para ver por primera vez el Mar del Sur, ya había estado antes en las costas orientales del Caribe panameño en 1502 en la invasión de Rodrigo de Bastidas. Desde entonces no regresó a España pues se quedó en República Dominicana donde fue dueño de tierras y de indios. En aquella ocasión que vino con el invasor Bastidas, robaron mucho oro y secuestraron indios para llevarlos a Dominicana como esclavos.

Con el invasor Martín Fernández de Enciso –según el cronista Pedro Mártir de Anglería en su “Década del Nuevo Mundo”-, Balboa participó en el ataque al poblado del cacique Comagre donde fundaron Santa María La Antigua (1510), pusieron fuera de combate a cerca de 500 nativos y robaron “dos mil libras de oro en collares, bronchas, manillos, zarcillos y otros joyeles…”.

Durante su travesía hacia el Mar del Sur, Balboa y sus soldados mataron a 600 indios en las tierras del cacique Torecha. También asesinaron a 40 indígenas travestis. Bartolomé De Las Casas dice en su “Historia de Indias”: “…¿quién hizo juez a Vasco Núñez…, en señorío y jurisdicción ajena, siendo él súbdito de aquellos naturales señores… y que de justa justicia, por sus… invasiones y robos… por toda ley natural, divina y humana…, podían hacerlos cuartos y tajadas?”

Durante la invasión del ‘89 hubo también saqueos, pero éstos los cometimos los mismos panameños.  ¿Tiene o no también méritos Marc?

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<>Artículo publicado el 20  de diciembre  de 2010  en el diario El Panamá América,   a quienes damos,  lo mismo que al autor,  todo el crédito que les corresponde.
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Preparativos de la invasión injusta a Panamá

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La opinión del Diputado de la República…

Dorindo Jayan Cortez 

Los hechos ocurridos en los primeros días de diciembre de 1989, apuntaban hacia los preparativos para la invasión.   Para esa fecha, en un “no extraño” proceder, soldados norteamericanos realizan actos de abierta provocación a las Fuerzas de Defensas.  Para el 15 de diciembre es herido, por efectivos panameños, el soldado Child Jaile Michael, al no obedecer la orden de “alto”. Poco después fallece. 

La misma “suerte” la correría, al día siguiente, el Tte. Robert Paz-Fisher, quien en compañía del capitán Richard Haddad, se dirigían desde el Fuerte Clayrton al Hotel Marriott.   Según se dijo después, los oficiales se extraviaron introduciéndose en la avenida A, donde estaba ubicado el Cuartel de las FF.DD.   Nuevamente (qué casualidad), la orden de “alto” fue obviada. El capitán Haddad intentó traspasar la barricada, lo que motivó los disparos que impactan a Paz-Fisher.

F. Kempe, en su libro sobre la invasión, dice que la “historia de Panamá cambiaría para siempre debido a una de las balas que penetró… en la espalda del Teniente Paz”. Una bala, abría que decir, que tenía ya su historia escrita desde las élites del poder en Washington.   En verdad ello sería el pretexto para lanzar sobre Panamá el más brutal ataque de la historia de las intervenciones que ese país imperial, ha hecho en América Latina. Tan brutal en armamento como en las palabras: llamaron a semejante genocidio “causa justa”.

Los acontecimientos corrían a favor de la política guerrerista del Presidente Bush. Paralelo a los hechos arriba mencionados, se habían dictado dos resoluciones que serían usadas por el invasor para justificar la guerra. En la Resolución 10, del 15 de diciembre, se resolvía declarar “a la República de Panamá en estado de guerra, mientras que dure la agresión desatada contra el pueblo panameño por los Estados Unidos”. Seguidamente, en Resolución 11, se investía al “General Manuel Antonio Noriega como jefe de Gobierno, con todas las responsabilidades y misión de conducir al país mientras permanezca el Estado de Guerra…”.

En la tarde del 19 de diciembre, el General Noriega asiste a la ceremonia de inauguración de la cerca del Cuartel de la ciudad de Colón.   A las 8:00 p.m., es sacado del Cuartel un hombre con gran seguridad, y llevado al populoso barrio de “El Vaticano”.   Ese no era Noriega, se trataba de un simulacro. Pocas horas después, donde se suponía que estaba el General, caen las primeras bombas de la invasión.   El tradicional diciembre de regalos, dulces y jamón, sería ahora de muertes y de sangre de inocentes. Los muertos serían militares, pero también de hombres, mujeres y niños ajenos a la confrontación cuyo fin era instaurar un nuevo modelo de hegemonía en la región.

Para dictar las pautas de ese nuevo modelo, el ejército de los Estados Unidos se lanzó sobre Panamá bajo la concepción de la “guerra total”, tratando por igual a civiles y a militares. El armamento más sofisticado se puso a prueba; los cuerpos y las propiedades de los nacionales panameños, fueron el blanco de un juego de guerra que sembró mucho sufrimiento.

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<>Artículo publicado el  21  de diciembre  de 2010  en el diario El Panamá América,   a quienes damos,  lo mismo que al autor,  todo el crédito que les corresponde.

La invasión, 21 años de olvido

La opinión de…

Humberto López-Tirone

El 20 de diciembre de 1989, con la mitad de los efectivos militares usados en Vietnam, el imperio rapaz de los estadounidenses invadió nuestro territorio, llenando de luto y dolor a América Latina.

En las primeras 24 horas cayeron más de 200 bombas de alto poder destructivo y se utilizó la más alta tecnología de guerra. Jamás panameño alguno aceptará las razones políticas o morales, inspiradas en supuestos valores cívicos, que justifiquen semejante crimen. La mentira epistolar de que buscaban arrestar a un hombre y sus allegados, el mundo civilizado no la creyó.

Las familias y amigos demás de los 4 mil muertos, 8 mil heridos, 5 mil detenidos en campos de concentración, 18 mil damnificados, 25 mil botados de sus puestos de trabajos, jamás podremos olvidar la agresión más sangrienta y criminal que ejército alguno, en la historia haya perpretado para derrocar un régimen e imponer otro que respondiera a sus intereses hegemónicos.

Encontrándose desde el día anterior bajo la protección de los norteamericanos, y aglomerados en un frío salón de una base militar estadounidense, tomó posesión el nuevo gobierno encabezado por Guillermo Endara Galimany. Le tocó escribir la página más negra de nuestra historia, encabezar un gobierno al servicio de los intereses norteamericanos y aplaudir como cómplices mudos la masacre de todo un pueblo, que sigue esperando justicia por sus muertos, perseguidos, exiliados, heridos y mutilados, que están a la espera de la “Comisión de la Verdad” para acabar con tantas mentiras ocultas y verdades mutiladas.

A partir de ese momento se instauró una dictadura militar extranjera que gobernó bajo un gobierno títere, encabezado por Endara y dirigido por el general Cisneros. Este gobierno tenía un coordinador militar norteamericano en cada ministerio y con la complicidad de haber masacrado a cientos de panameños enterrándolos en fosas comunes. Han pasado 21 años en los que los mismos gobiernos de los partidos afectados e infectados por la invasión se hicieron los ciegos y genuflexos ante los invasores.

En Coclesito, el 21 de diciembre, 400 paracaidistas yankees se tomaron la población por 48 horas, bajo la información falsa de que allí había grandes cantidades de armamentos y guerrilleros para enfrentar a los invasores. El proyecto agropecuario fue tomado por autoridades del nuevo gobierno, permitiendo el cuatrerismo, protegido por las autoridades, robándose más de 500 búfalos, 300 reses y destruyendo, por el abandono, una represa que proporciona luz a poblados.

Ni el gobierno de Pérez Balladares ni el de Martín Torrijos Espino le hicieron justicia a Coclesito. Ni un solo proyecto agropecuario que les permitiera recuperar lo que le habían arrebatado con la invasión. Ni una sola demanda ante las autoridades de La Pintada prosperó. Pero lo más dramático es que el gobierno de Martín Torrijos fue catalogado por la familia Bush como el de más confianza y mejor aliado, admirado por los artífices de la invasión y planificadores del magnicidio de Omar. Recordamos 21 años de vergüenza, de traiciones, olvido y falta de moral histórica de los que debieron no olvidar semejante humillación.

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<> Este artículo se publicó el  21  de diciembre de 2010  en el diario La Prensa, a quienes damos,  lo mismo que al autor, todo el crédito que les corresponde.

Desde que tú no estás…

La opinión de la Periodista….

DORIS HUBBARD-CASTILLO 
dehubbard.castillo@gmail.com

Tu ausencia me ha convertido en mejor persona, porque perderte fue y ha sido como un despertar, hoy estoy más consciente de las personas a las que amo y de que las amo, porque no quiero que me vuelva a suceder lo mismo que contigo.

Lamento tanto, cada día desde que te fuiste, que nos hayamos tenido que separar para que tu presencia en mi vida fuera más fuerte, más evidente y más sentida por mí. Tú nunca tuviste ese problema, siempre me demostraste que me querías, pese a mi aparente indiferencia.

Ale, en nuestro Panamá ha pasado mucho… y no ha pasado nada, en estos… 21 años. Los panameños seguimos siendo iguales, nobles, pero animales de costumbres, nos enredamos por tonterías, siempre tenemos una emergencia y lo realmente importante lo dejamos a un lado, para después, cuando haya tiempo. Este 20 de Diciembre nos encuentra con muchos de nuestros hermanos literalmente en la calle; muchos han tendido su mano solidaria, ya sabes, siempre es así, pero mucho otros solo están preocupados por las compras de Navidad y otras nimiedades; pero, ¿lo importante? Ya te digo, a veces nos cuesta definir qué es lo importante sin primero entrarnos a golpes, insultarnos y criticarlo todo, para luego dar con las soluciones y ponerlas en práctica.

Los temas relacionados a la invasión militar de EE.UU. a nuestro país en 1989, como cantidad de muertos, por ejemplo, siguen en el limbo; el Barrio Mártir, sigue siendo mártir, pero hasta allí, por definición propia… ningún gobierno ha tenido la entereza, por decirlo de alguna manera, de cerrar este capítulo con, por lo menos, un censo, siendo algo tan fácil.

Hemos progresado en ciertas áreas, pero en otras, como educación, valores, familia, nacionalismo, damos tres pasos al frente y dos para atrás, creo que a veces cuatro… En estas fechas es importante la reflexión, pero muchos solo le aconsejan a otros que la hagan, pero no practican lo que profesan.

Dios quiera que un día logremos ese Panamá con el que tú soñabas, igual que otros muchos panameños de antes y hoy.

Querido Alejandro… es otro 20 de Diciembre y sigo teniendo la esperanza de que un día de estos me dejes en ridículo por decir que te asesinaron en esos días de 1989… durante la ‘Causa Justa’, y te aparezcas vivo, con tu amplia sonrisa, ojalá sea en la puerta de mi casa… Ya sé cómo reaccionaré… me quedaré un buen rato callada frente a ti, mirándote de arriba a abajo, incrédula, —¿recuerdas cómo te miraba cuando me enojaba contigo?—… luego, me acercaré y te acariciaré la mejilla, como hacía siempre que nos encontrábamos, te jalaré hacia mí y, tras decirte ‘¡pero sí que eres idiota, ¿dónde carajo estabas?!’, te daré un abrazo, me quedaré pegada a ti unos minutos y luego te haré pasar a la sala, para que veas el Nacimiento y la vela roja que prendo en estas fechas por ti… hermano querido, ¿cuándo regresas?..

* Hermana de Alejandro Antonio Hubbard Torrero.

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<> Este artículo se publicó el 20  de diciembre de 2010  en el Diario La Estrella de Panamá, a quienes damos,  lo mismo que a la  autora,  todo el crédito que les corresponde.

Jack Shea y la invasión de 1989

La opinión del Comunicador Social….

 

ERNESTO A. HOLDER
ernestoholder@gmail.com

Hoy es 20 de Diciembre. Hace 21 años en esta fecha, se dio una de las violaciones más flagrantes de nuestra soberanía como nación, cuando los Estados Unidos irrumpen en territorio nacional con el pretexto de adelantar una ‘Causa Justa’ para derrocar a Manuel Antonio Noriega. Veintiún años después nadie sabe a ciencia cierta cuántas personas murieron o permanecen desaparecidas.

Los que tenemos un recuerdo claro sobre los fatídicos incidentes tenemos nuestra propia historia sobre cómo se desenvolvieron los hechos a nuestro alrededor. Los que lo apoyaron contarán bondades y tendrán recuerdos gratos sobre lo que consideran una liberación. Los que perdieron a sus seres queridos, mantienen un vacío indescriptible. Comparto con ustedes parte de mis vivencias y recuerdos sobre aquellos días que no debe olvidar ningún panameño.

Al mediodía del 19 de diciembre de 1989, salía de la sucursal del IRHE en Balboa cuando sentí la necesidad de mirar hacia el cielo. Observé un avión militar Hércules C-141 que aterrizaba en dirección a la base área de Howard con un silencio anómalo.

Regresé a mi área de trabajo y me encontré con mi compañero y amigo ya fallecido, Jack Shea, un veterano camarógrafo de la guerra de Vietnam. Muchas personas no tomaban en serio a Jack.   Era alcohólico, muchas veces impertinente y sufría internamente los dolores y desavenencias de la guerra que le tocó fotografiar y filmar. Había fotografiado los cadáveres de muchos de sus amigos que habían muerto en el campo de batalla.

Como siempre había ido a su casa a almorzar. Se asustó cuando, entre arbustos y matorrales alrededor de su casa, reconoció los cuerpos de soldados camuflados.   Habían sido dispuestos para proteger a los americanos que vivían en el área.

Jack se acercó y se presentó como el sargento mayor retirado John Shea Jr., de la compañía tal más cual, del ejército de los Estados Unidos. Un teniente devolvió la presentación. Conversaron como camaradas de guerra y sentimientos y al despedirse le dijo a Jack que tuviera cuidado: ‘Tonight we are going to kick some ass’ (‘esta noche patearemos algunos culos’).

Me dijo que no sabía qué iba a pasar, pero que también tuviera cuidado. Como a las 2:30 de la tarde, el supervisor gringo convocó una reunión urgente. Nos dijo en inglés: ‘hagan lo que hagan hoy, no entren a la ciudad y no anden por la central’, y que nos retiráramos a nuestras casas.

Estos tres eventos, el H-C 141, el comentario de Jack y las indicaciones de mi supervisor norteamericano, más que cualquier otro evento que había sucedido antes y que me permitió observar y analizar las reacciones de los gringos con los que trabajaba, me alertaron sobremanera de que, en esta ocasión, algo serio y muy grave estaba por ocurrir.

Sentí la urgente obligación de alertar a mis seres queridos. En un mundo sin correos electrónicos, computadores y celulares hoy parece una tarea verdaderamente difícil. Fui a la Universidad de Panamá, y les compartí a apreciados amigos lo que había conocido minutos antes. Tres fueron receptivos, uno de ellos mostró escepticismo. Hice dos llamadas, una de las cuales tenía la intención de alertar a muchas personas, con el fin de evitar algún suceso inesperado. La otra tenía el potencial de expandir el mensaje por Santa Ana, lugar en donde pasé algunas épocas de mi vida.

En la página 172 de El Libro de la Invasión, escrito por Pedro Rivera y Fernando Martínez, Gumercinda Ramea de Torrero relata que: ‘El 21 todavía el cuerpo de mi hijo estaba tirado en la calle. Pachi, un joven muy amigo de mi hijo, me vio llorar y fue a la Cruz Roja. Cuando volvió me dijo $< $< Señora Mami busque una sábana, porque lo vamos a llevar al Jardín El Rancho. Allí lo recogerá un pick up de la Cruz Roja$>$>. (…) Escribí su nombre en un masking tape para que lo llevaran a la morgue…’.

Un halo mordaz e incierto ha cubierto muchas verdades sobre la invasión de 1989, sobre el patriotismo y la entrega de muchos de los que lucharon y se expusieron por el país.   Sobre los que perdieron seres queridos. Hay muchas historias, muy dolorosas, que no tienen nada que ver con Noriega. Aún persiste un desdén por los que vieron la invasión como una ocupación extranjera a nuestro territorio.

Jack Shea quiso mucho a Panamá. En 1981 sufrió la muerte del general Torrijos. Se vistió de saco y corbata para hacer acto de presencia en su funeral en la plaza Catedral.   Nunca hubiera querido que el dolor de la guerra, el sufrimiento y los fantasmas que él sufrió hasta su muerte, acecharan a la familia panameña. Es hora de reconocer la verdad de lo ocurrido.

 

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<> Este artículo se publicó 20  de diciembre de 2010  en el Diario La Estrella de Panamá, a quienes damos,  lo mismo que al  autor,  todo el crédito que les corresponde.

Implosión social

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La opinión del Abogado y Administrador de Empresa, Profesor Universitario….

Miguel A. Boloboski Ferreira

El término subdesarrollo es controversial. La Real Academia de la Lengua lo define como “el atraso de un país o región que no habría alcanzado determinados niveles socioeconómicos y culturales”. Además de económico y cultural el subdesarrollo es un problema social, político y de administración que tiene su génesis en la orfandad de una sólida educación.  Profundizar en las causas del subdesarrollo es ahondar en los por qué de la pobreza, la marginación y por sobre todo de la “Inequidad”. Un país que no promueva y garantice la “Equidad” en las oportunidades (entre ellas el acceso a tiempo a la educación) esta condenado al subdesarrollo.

Según la III Encuesta Nacional, entre 2003 y 2008 la pobreza en Panamá disminuyó; aunque aún persisten grandes diferencias entre los hogares que tienen mucho y los que viven en la indigencia, principalmente en provincias y áreas comarcales.   El 20% de los hogares más pobres (extrema pobreza) dispuso del 5.1% del ingreso nacional, pero el 20% de los hogares con más ingresos tuvo acceso al 29% de estos ingresos en el mismo periodo. Tal disparidad es insostenible y tenemos que encontrar una solución a corto plazo si queremos evitar una Implosión Social.

No hace falta ser genio para saberlo, ni pretendemos fungir de pitonisos infalibles, no obstante es justo cuando menos avisar. Dice Horacio Galeano Perrone que las sociedades también “explotan hacia adentro”. El que te roba o asalta; El que te secuestra; resulta ser tu propio vecino quien ve en tu progreso una afrenta; y te agrede. Es el fin de una forma de vida que privilegiaba la solidaridad y el cuidado mutuo entre pares, y que ahora actúa como disparador del odio y la violencia. Una guerra civil silenciosa en donde se asesina por un auto, un celular o un par de zapatillas.

Una alternativa de solución nos la ofrece “El Índice de Oportunidades Humanas” (IOH) elaborado por el Banco Mundial. Imaginemos un país en donde el futuro de nuestros hijos/nietos no dependa de cuánto dinero ganan sus padres, del color de su piel, del género (hombre o mujer), y menos en qué tipo de cuna nació. Imaginemos que sus circunstancias personales al nacer; (aquellas sobre las que no tiene control ni responsabilidad) no condicione sus oportunidades y las de sus hijos. Imaginemos que la educación oportuna, el agua potable o la conexión eléctrica sean realidades concretas. Mientras que la igualdad es controversial, la equidad cuenta con apoyo unánime a lo largo del espectro político.

“Que nadie se haga ilusiones de que la simple ausencia de guerra sea sinónimo de una paz verdadera, aun siendo tan deseada. No existe verdadera paz sino viene acompañada de Equidad, verdad, justicia, y solidaridad” (Juan Pablo II)

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<>Artículo publicado el  8 de diciembre  de 2010  en el diario El Panamá América,   a quienes damos,  lo mismo que al autor,  todo el crédito que les corresponde.

Aquel 7 de diciembre

La opinión de…

 

Guillermo Sánchez Borbón

Ese día –como todos los domingos– me había pasado la tarde entera bañándome en el mar con mis amigos de entonces. Para mejor inteligencia de lo que sigue, debo agregar que en aquel tiempo la planta eléctrica de Bocas del Toro se apagaba a las 6:00 a.m. y volvía a encenderse a las 6:00 p.m.   Siempre fue así, desde que tengo memoria. Doy estos detalles para que se comprenda lo que viene a continuación.

Me bañé bajo la ducha de mi casa para limpiarme de la picante agua de mar, me vestí y salí a dar una vuelta. Al pasar por calle cuarta, mi querida amiga Margarita Escovar (este apellido es tal como lo he transcrito, porque el nombre, corrientemente se escribe con b) me llamó desde el balcón de su casa para darme la noticia:

–¡Guillermo, los japoneses atacaron a los gringos en Pearl Harbor!

Yo no tenía la menor idea de dónde quedaba Pearl Habor (supongo que ella tampoco). Lo cierto es que yo me apresuré a ir directamente hacia una de las dos cantinas que, a la sazón, había en Bocas. En una de ellas, perteneciente al también dueño de la panadería, podía uno, con toda confianza –y sin sentirse obligado a consumir ni una soda– oír las noticias del día hasta altas horas de la noche. De cuando en cuando le pedíamos al cantinero “agua bien fría”, que él, obedientemente, nos servía.

Pues bien, esa noche la cantina estaba más llena que de costumbre. Todos los clientes querían ansiosamente conocer los pormenores del ataque. Después de escuchar todos los detalles, muchos se retiraron a sus casas. Yo, con otros clientes, nos fuimos directamente al Parque Bolívar, a discutir las terribles novedades. Y escuché toda clase de conjeturas. Según una de ellas, después de Pearl Harbor atacarían a Bocas del Toro (después me enteré de que esta conversación se repitió puntualmente en todos lo villorrios de Estados Unidos y de América Latina). Nosotros estábamos aterrados. Hasta que un realista, de esos que nunca faltan, preguntó:

–¿Por qué habrían de atacar a Bocas del Toro? Aquí únicamente hay casas que se caen solas de puro viejas, sin necesidad de que arrojen bombas carísimas sobre nuestro pueblo. Si bombardearan algo sería al Canal de Panamá.

Aquella observación, tan realista, provocó en todos los presentes un ataque de incontenible hilaridad. Y con esta alegría nos separamos todos y cada uno se fue a su casa a dormir, sin miedo a que las bombas japonesas turbaran nuestro sueño o pusieran fin a nuestras vidas.

Aquí hay algo incomprensible para mí. Alemania no estaba obligada por el pacto tripartita (Alemania, Italia y Japón) a declarar la guerra a Estados Unidos. Japón nunca se la declaró a la Unión Soviética, trabada a la sazón en una lucha a vida y muerte con los alemanes. ¿Por qué, entonces, lo hizo? Para esas fechas la Unión Soviética había detenido –muy cerca de Moscú–, el avance arrollador del ejército alemán, a un coste espantable de bajas para los dos países. Momento que los rusos eligieron para declarar la guerra a una nación dotada de formidables recursos industriales y agrícolas. He leído que los alemanes fueron víctimas de su propia propaganda, según la cual, Estados Unidos era un país en decadencia, minado por los judíos que en él vivían. Una explicación mejor que esa pertenece a un orbe incomparablemente más antiguo: “los dioses enloquecen a quienes quieren perder”.

Con la entrada en la guerra de Estados Unidos –dueño de una formidable maquinaria industrial y agrícola– era cuestión de tiempo para que Alemania fuera hecha pedazos por sus viejos y nuevos enemigos. Y con todo, pasaron casi tres años sangrientos para que Alemania fuera derrotada.

Cuando, en la primera reunión de los tres grandes, Roosevelt exigió la rendición incondicional de Alemania, Stalin y Churchill quedaron estupefactos;  pero Roosevelt, a juicio mío, tenía la razón. En la primera guerra mundial, los dos jefes militares de las Fuerzas Armadas, dijeron a su monarca que Alemania estaba derrotada y que había que pedir urgentemente la paz. Después, los dos jefes militares germanos corrieron a inventar –para consumo popular– la patente mentira de que Alemania perdió la guerra porque fue apuñalada por la espalda por los socialistas y los liberales.    Posteriormente, Hitler se aferró a esta estupidez y la vociferó en todos sus discursos, y quienes conocían a fondo los hechos tal como ocurrieron, fueron incapaces de contrarrestar esta patente mentira con la verdad histórica. Y así propiciaron el ascenso de los nazis al poder.

Roosevelt –que conocía a fondo la verdad– tenía la razón y se la impuso a los otros dos grandes, que no tuvieron más remedio que aceptarla. El presidente de Estados Unidos tenía la razón, desde luego, como lo reconocieron eventualmente los otros dos grandes.

<> Este artículo se publicó el 11 de diciembre de 2010  en el diario La Prensa, a quienes damos,  lo mismo que al autor, todo el crédito que les corresponde.