La construcción de una pesadilla

La opinión de…

 

Guillermo Sánchez Borbón

Yo nací en Bocas del Toro, donde pasé muchos años de mi vida, empezando por todos los de mi infancia y mocedad. Explico esto no para gloriarme,   sino para que se entienda lo que viene a continuación.    En esos años, como todos mis paisanos, bebí únicamente deliciosa agua de lluvia. No había otra. Afortunadamente, la naturaleza era pródiga con nosotros. Llovía con una frecuencia a veces desesperante para los muchachos, que no podíamos jugar en la calle; pero todos sabíamos que una semana sin que cayera sobre nosotros un aguacero torrencial, era una sequía y nuestros padres nos racionaban el agua. Recuerdo que nos bañábamos con una velocidad vertiginosa. Pero a la sazón, la selva virgen nutría pródigamente al régimen de lluvia, y las sequías (o lo que nosotros llamábamos así) nos fastidiaban una vez cada tres o cuatro años, durante cinco o seis días.

La población del país era muy escasa por entonces, y la mano del hombre no le había infligido a la naturaleza un daño irreparable (la peor plaga de nuestro planeta es el hombre, que, entre todos los seres vivos es el único capaz de destruirlo).

En 1944 vine a vivir a la capital. En aquel tiempo, el agua de las dos ciudades terminales tenía la justificada fama de ser la mejor del mundo (aunque a veces, en mis ataques de nostalgia, añorara el agua que en mi pueblo natal compartíamos generosamente con los gallinazos).

Después de la Segunda Guerra Mundial se inició el éxodo masivo de los campesinos hacia las ciudades (un fenómeno global, exhaustivamente estudiado por especialistas de todas las latitudes). Ellos no tenían la culpa de haber nacido y crecido en la cultura del peladero. Y se inició la tala masiva de árboles bajo nuestras propias narices.

Y la población seguía creciendo desaforadamente con personas convencidas de que los árboles fueron hechos para derribarlos. No fue culpa de los flamantes campesinos (me complace admitir que los descendientes de aquellos pobladores están aprendiendo a respetar el árbol. Confortables chalets han ido reemplazando las casas brujas, y sus patios empiezan a ser embellecidos por las mismas especies que arrasaron sus abuelos.

No son muchos, pero revelan que algo ha empezado a cambiar en nuestro pueblo. Justicia poética: muchos de los ecologistas descienden de los enemigos de la naturaleza. Aunque tratan de salvar los árboles, otros continúan asesinándolos con el apoyo de nuestras lamentables autoridades. La más reciente hazaña de estos bárbaros ha sido la destrucción de una arboleda que se pavoneaba hermosamente a la vera de Calle Quinta. Pese a la protesta de los vecinos, fue arrasada por los nuevos agentes del peladero para construir una casa tan fea como su dueño.

¿Qué vamos a hacer con un país cuyo presidente actual es un agente de los enemigos de la naturaleza? Hace muy poco, él mismo, o sus paniaguados, autorizaron a una empresa extranjera a destruir un bellísimo bosque a fin de que estos delincuentes puedan saquear unas briznas de oro, cuyo precio ruego a Dios que se haya caído al piso cuando se dispongan a venderlo.

Desde mi infancia he oído un cuento que viene al caso. Un campesino (no diré de dónde para evitarme problemas), agobiado por el calor del mediodía, se refugió bajo un frondoso árbol. Cuando se hubo refrescado, se dirigía a su casa. De pronto se dio media vuelta, y dijo: “Jó, que lindo palo pa tumbarlo”. El cuento en verdad no tiene ninguna gracia, pero caracteriza mejor que un tratado la mentalidad durante mucho tiempo prevaleciente en nuestros campos. (Capítulo aparte merecen los empresarios y constructores que han convertido nuestra ciudad en una visión de pesadilla).

A propósito de cuentos: voy a relatarte uno que no tiene nada que ver con nuestro tema, pero quiero premiarte con él por la paciencia con que has seguido esta lata. Es un cuento que vi–leí hace 70 años, por lo menos, y se me quedó grabado para siempre en la sesera.   Al fondo del cuadro se ve a un caballero que está saboreando con deleite un huesecillo. En el primer plano dos señoras, que ostentan, a guisa de adorno, un hueso fijado a la cabeza de cada una de las dos no recuerdo con qué. Una de ellas, muy orgullosa, le dice a la otra, señalando al mondador de dientes: –¡A mi marido le encantan los niños!

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Este artículo se publicó el 15  de enero de 2011   en el diario La Prensa, a quienes damos,  lo mismo que al autro, todo el crédito que les corresponde.
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