Sobre guerrillas y guerrilleros

La opinión de…

 

Guillermo Sánchez Borbón n

Ante todo, debo recordar las circunstancias en que R.M Koster y yo escribimos el libro In the Time of the Tyrants.     Yo estaba en Miami a la sazón, alejado de todas mis habituales fuentes de información.   Koster, a su vez, permaneció en Panamá; pero todo el que haya vivido en los últimos años de la dictadura sabe lo difícil (y peligroso) que era escribir, en esas circunstancias, nuestro libro.   Hacer muchas preguntas era casi suicida.   Privado yo de mis habituales fuentes de información, tuve que recurrir a mi memoria, que en esa época era fenomenal pero falible.   El tiempo me había borrado muchas cosas, otras apenas si las recordaba borrosamente. Ello no obstante, el relato que escribí con Koster en los años atroces de la dictadura, es asombrosamente fiel a la realidad, salvo detalles a los que entonces no teníamos acceso.

Richard viajaba periódicamente a Miami -donde yo vivía a la sazón- y compulsábamos los capítulos que él iba escribiendo a medida que terminábamos de discutirlos. No puedo pensar en método menos adecuado para escribir un libro que abarcaría el tiempo transcurrido desde el golpe de Estado a la invasión de Panamá por Estados Unidos.

Era natural que el paso del tiempo me hubiera desdibujado algunos hechos y trastocado la jerarquía de los que se habían grabado en mi memoria. Otros los ignorábamos de plano. A pesar de todo lo cual, no obstante, al releer ahora el libro me asombra comprobar lo fiel que es –en líneas generales- a la tragedia que todos vivimos con el corazón en la boca.

Hoy habríamos cambiado el énfasis que pusimos en algunos acontecimientos, y corregido algunos errores fácticos, que, dadas las circunstancias de aquel “tiempo de tiranos” en que lo escribimos, se deslizaron en nuestra obra. Sin embargo, la fidelidad a los hechos generales tal como entonces se conocían, resulta sencillamente asombrosa. Hoy corregiríamos algunos errores fácticos que inevitablemente (dadas las circunstancias en que lo escribimos), se deslizaron en esa obra.

El libro –cuya publicación retrasamos deliberadamente a petición de nuestro editor- vio la estampa al mismo tiempo que otros dos sobre el mismo tema, escritos por autores estadounidenses. Ellos utilizaron fuentes a las que nosotros no tuvimos acceso, y las dos obras, aunque muy meritorias, adolecen de un defecto capital: ambas hacen consistir nuestro drama en una lucha titánica entre el Gobierno estadounidense y Noriega. No hay ni una sola alusión a nuestro país, ni a su gente, ni a su riquísima historia.

En esta esquina Noriega, en la otra Estados Unidos. No hay una referencia a nuestra patria, a la Guerra de los Mil días, al hecho asombroso de habernos independizado de España primero y después de Colombia sin derramar una gota de sangre. Pese a la plétora de sus informaciones, no tienen absolutamente ningún interés en la verdadera víctima de este drama: el pueblo panameño. Las suyas se reducen a una lucha entre dos titanes. En esta esquina el Gobierno norteamericano, en la otra Manuel Antonio Noriega.

El pueblo panameño no participa en esa confrontación. No puedo pensar en nada más ridículo, ni más irrespetuoso de los hombres y mujeres de nuestra patria, que pusieron la vida en el tablero (y muchos la perdieron) que esta visión maniquea de hechos sobremanera complejos y dolorosos. Pero prisioneros de su superficialidad y de su ignorancia de nuestro país y de su rica historia, no pudieron ver más allá de sus narices.

Con todo, los dos tuvieron acceso a fuentes que estaban fuera de nuestro alcance. Ambos, por ejemplo, transcriben la conversación telefónica (grabada por los gobiernos francés y norteamericano) que sostuvieron Papo Córdoba y Manuel Antonio Noriega (que estaba en París) el día que detuvieron a Hugo Spadafora: “Papo Córdoba -Tengo al perro rabioso”. Noriega: -¿Y qué hace uno con un perro rabioso?”.

Ninguno de los dos autores arriba mencionados comprendió cabalmente el significado siniestro de esta conversación. Para mí no puede ser más clara. Noriega fue ayudante de laboratorio, antes de ir a estudiar milicia en Lima. Y como tal sabía que -al menos en aquel tiempo- cuando un perro sospechoso de padecer de rabia mordía a un cristiano, se mataba al perro y se le sacaba el cerebro para ver si tenía los cuerpos microscópicos característicos de los que sufrían de rabia. Noriega puede decir misa si hay quien se la quiera oír, pero para quienes nos movimos en el universo del laboratorio, estas palabras constituyen una tortuosa confesión.

Las tesis de los dos periodistas, aunque valiosas e instructivas, dejan fuera de juego al pueblo panameño, el actor principal de esta atroz pesadilla.

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Este artículo se publicó el 29  de enero de 2011   en el diario La Prensa, a quienes damos,  lo mismo que al autor, todo el crédito que les corresponde.
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