Lamento por el Canajagua

La opinión de …

ANTONIO PINZON-DEL CASTILLO

“No se puede entender a Rusia con la razón, no se puede medir en yardas. Tiene un carácter especial, en Rusia, solo se puede creer”. Siempre he amado este noble fragmento de un poema creación de un connotado bardo de la tierra de los zares, porque me hace reflexionar sobre mis propios lares y el pensamiento de mi gente; porque es difícil comprender la mentalidad de nuestros coterráneos, muchas veces totalmente errática, barnizada, pero carente de toda forma y solidez; otras veces imbuida de un supuesto amor por la cultura, tergiversado en la borrachera de la juerga y otras veces postulante de un arte soso y mal enjalmado, ofreciendo pan en unos sitios, mientras se carece en trigo en los propios.

No se puede entender a esta nación con medidas o encuestas, ni con meses raciales, ni festivales a raudales; primero hay que comprender a la patria chica y entender su engranaje en el conjunto de su multietnicidad. A veces, para que la seda del entendimiento roce la esterilla mental de algunos, es necesario descender a su vocablo coloquial y hacer malabares con las palabras para que algo de luz entre al oscuro tugurio de ideas que flota en sus cabezas.

Tal vez sea culpa de nuestra multiculturalidad lo que nos hace tan diferentes y lo que a veces en vez de unirnos nos aleja, tal vez lo sean otros factores más o menos educativos o sociales, lo cierto es que tenemos un carácter especial, y a veces, al igual que Rusia, solo podemos creer para confiar en días mejores en que dejemos de vender el alma por tres pesos, empecemos a valorarnos y a ser autocríticos, pues barriendo las hojas de nuestros mangos podremos hablar sobre la hojarasca de los cortijos vecinos. No se puede entender con la razón lo baladí, lo fatuo, la inconsciencia y la desunión entre hombre y natura en nuestra propia morada, clamando esta última por piedad.

Canajagua ha sido traicionado por sus propios vástagos, por quienes serviles le venden, cuales fenicios, en el mercado de esclavos y le embarcan hacia la deriva en que yace nuestro terruño de incomprensiones y desencantos. Nos estamos pudriendo, porque las bases del santeñismo tambalean entre las manos de los que tienen muy poca o ninguna noción de gobierno y justicia.

¿A quiénes damos el privilegio de regir los destinos de la patria de Porras, a quiénes concedemos el caro honor de izar la gran nación?

Primero Cerro Quema y ahora Canajagua, heridos sagazmente, a traición, apuñalados con la rúbrica de sus propios retoños y la miseria colectiva del mercantilismo. ¡Cuán difícil y trabajosa faena puede ser el tratar de entender a nuestra gente! ¿Es que acaso la ignorancia ríe a carcajadas y junto al cinismo nos hace muecas desde la comodidad del negociado de algunos? Es que mi corazón orejano no quiere creer lo que los ojos leen, porque al igual que Céspedes, prefiere que un dardo lo atraviese o que un alfanje cercene las entrañas del cuerpo adolorido, antes que resignarse a la pérdida paulatina y mordaz de los grandes símbolos de la tierra de las nostalgias. Un lamento se escucha en el monte, las mejoranas han enmudecido y la cascá no ha salido a volar; se han guardado todas las polleras, los diablicos han dejado caer sus castañuelas, los violines no tocan sollozos más y el acordeón de Gelo prefiere callar. Los versos de Sergio se desgranan al mirar al promontorio gritar, malherido, avasallado… Los Santos está de luto, su cielo se ha tiznado de lóbregas cenizas y muchos, sí, muchos queremos llorar.

Este artículo se publicó el 27 de mayo  de 2016  en el Diario La Prensa de Panamá, a quienes damos,  lo mismo que al  autor,  todo el crédito que les corresponde.
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La construcción de una pesadilla

La opinión de…

 

Guillermo Sánchez Borbón

Yo nací en Bocas del Toro, donde pasé muchos años de mi vida, empezando por todos los de mi infancia y mocedad. Explico esto no para gloriarme,   sino para que se entienda lo que viene a continuación.    En esos años, como todos mis paisanos, bebí únicamente deliciosa agua de lluvia. No había otra. Afortunadamente, la naturaleza era pródiga con nosotros. Llovía con una frecuencia a veces desesperante para los muchachos, que no podíamos jugar en la calle; pero todos sabíamos que una semana sin que cayera sobre nosotros un aguacero torrencial, era una sequía y nuestros padres nos racionaban el agua. Recuerdo que nos bañábamos con una velocidad vertiginosa. Pero a la sazón, la selva virgen nutría pródigamente al régimen de lluvia, y las sequías (o lo que nosotros llamábamos así) nos fastidiaban una vez cada tres o cuatro años, durante cinco o seis días.

La población del país era muy escasa por entonces, y la mano del hombre no le había infligido a la naturaleza un daño irreparable (la peor plaga de nuestro planeta es el hombre, que, entre todos los seres vivos es el único capaz de destruirlo).

En 1944 vine a vivir a la capital. En aquel tiempo, el agua de las dos ciudades terminales tenía la justificada fama de ser la mejor del mundo (aunque a veces, en mis ataques de nostalgia, añorara el agua que en mi pueblo natal compartíamos generosamente con los gallinazos).

Después de la Segunda Guerra Mundial se inició el éxodo masivo de los campesinos hacia las ciudades (un fenómeno global, exhaustivamente estudiado por especialistas de todas las latitudes). Ellos no tenían la culpa de haber nacido y crecido en la cultura del peladero. Y se inició la tala masiva de árboles bajo nuestras propias narices.

Y la población seguía creciendo desaforadamente con personas convencidas de que los árboles fueron hechos para derribarlos. No fue culpa de los flamantes campesinos (me complace admitir que los descendientes de aquellos pobladores están aprendiendo a respetar el árbol. Confortables chalets han ido reemplazando las casas brujas, y sus patios empiezan a ser embellecidos por las mismas especies que arrasaron sus abuelos.

No son muchos, pero revelan que algo ha empezado a cambiar en nuestro pueblo. Justicia poética: muchos de los ecologistas descienden de los enemigos de la naturaleza. Aunque tratan de salvar los árboles, otros continúan asesinándolos con el apoyo de nuestras lamentables autoridades. La más reciente hazaña de estos bárbaros ha sido la destrucción de una arboleda que se pavoneaba hermosamente a la vera de Calle Quinta. Pese a la protesta de los vecinos, fue arrasada por los nuevos agentes del peladero para construir una casa tan fea como su dueño.

¿Qué vamos a hacer con un país cuyo presidente actual es un agente de los enemigos de la naturaleza? Hace muy poco, él mismo, o sus paniaguados, autorizaron a una empresa extranjera a destruir un bellísimo bosque a fin de que estos delincuentes puedan saquear unas briznas de oro, cuyo precio ruego a Dios que se haya caído al piso cuando se dispongan a venderlo.

Desde mi infancia he oído un cuento que viene al caso. Un campesino (no diré de dónde para evitarme problemas), agobiado por el calor del mediodía, se refugió bajo un frondoso árbol. Cuando se hubo refrescado, se dirigía a su casa. De pronto se dio media vuelta, y dijo: “Jó, que lindo palo pa tumbarlo”. El cuento en verdad no tiene ninguna gracia, pero caracteriza mejor que un tratado la mentalidad durante mucho tiempo prevaleciente en nuestros campos. (Capítulo aparte merecen los empresarios y constructores que han convertido nuestra ciudad en una visión de pesadilla).

A propósito de cuentos: voy a relatarte uno que no tiene nada que ver con nuestro tema, pero quiero premiarte con él por la paciencia con que has seguido esta lata. Es un cuento que vi–leí hace 70 años, por lo menos, y se me quedó grabado para siempre en la sesera.   Al fondo del cuadro se ve a un caballero que está saboreando con deleite un huesecillo. En el primer plano dos señoras, que ostentan, a guisa de adorno, un hueso fijado a la cabeza de cada una de las dos no recuerdo con qué. Una de ellas, muy orgullosa, le dice a la otra, señalando al mondador de dientes: –¡A mi marido le encantan los niños!

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Este artículo se publicó el 15  de enero de 2011   en el diario La Prensa, a quienes damos,  lo mismo que al autro, todo el crédito que les corresponde.

¿Y tu promesa ambiental de año nuevo?

La opinión de…

 

Ricardo Brown Salazar

Cada fin de año nos proponemos metas que esperamos cumplir en el nuevo año que comienza: bajar de peso, pasar más tiempo con la familia, trabajar más duro, leer más libros, terminar un posgrado… pero ¿hemos incluido en esta lista alguna meta orientada a la conservación de nuestro planeta?

Como dijo Mahatma Gandhi: “Sé el cambio que quieres ver en el mundo”. Continuar pensando que cualquier cosa que hagamos no afecta a otros seres, no tiene sentido alguno, pues de hecho es imposible negar que cada acción, por mínima que sea, tiene un efecto acumulativo a corto, mediano y largo plazo.

Este año observemos nuestro comportamiento personal y busquemos una cosa que podamos cambiar en nuestra vida diaria, una sola para empezar, no nos compliquemos queriendo cambiar todo, escojamos una sola, pero con la condición de que ese cambio sea permanente.

Hay miles de pequeñas cosas que podemos hacer que no solo son beneficiosas indirectamente para la sociedad y nuestra nave espacial, llamada Tierra, sino también para nuestra salud y la de los seres vivientes con los que cohabitamos Gaia.

Este cambio puede incluir la más elemental de las normas de urbanidad básicas como dejar de tirar basura en la calle o algo más interesante como dejar de fumar, no aceptar más bolsas plásticas innesarias y llevar bolsas reutilizables al hacer compras; si la economía de la casa lo permite, instalar paneles solares, apagar las luces, desconectar los cargadores de celular y los televisores cuando no los usamos; regar las plantas con el agua usada para lavar la ropa, comprar más productos orgánicos (y si no hay, exigirlos frecuentemente hasta que haya), no poner el aire acondicionado a enfriar como si fuera un congelador, usar menos agrotóxicos en los cultivos, separar la basura, dejar de quemar las hojas secas y usarlas para hacer una abonera o un biodigestor para producir gas para cocinar.

También, podemos consumir menos carnes y más productos nacionales o regionales. Por lo general, el costo ambiental de la producción de carne de res, cerdo y aves es mucho mayor que el de la producción de granos, vegetales y frutas; y cada vez que compramos productos importados, aunque aparentemente sean más baratos, estos generalmente tienen un costo ambiental más alto, debido a los derivados del petróleo quemados para su transporte y mantener refrigerados los contenedores.

En la calle podemos caminar más, y en el carro podemos arreglar esa vieja fuga de aceite, pitar menos o eliminar la tronera (contaminación auditiva), mantener correctamente infladas las llantas para reducir el consumo de combustible, compartir el carro más seguido (carpooling) con otros en la misma ruta o usar más transporte público, dejando el carro en casa, especialmente, los que vivimos en ciudad de Panamá, cuando aumente la cobertura del Metro Bus e inicie el tan esperado Metro; en el interior del país, y en donde se pueda, usar la bicicleta, aunque sea una vez a la semana, para transportarnos. ¿Y por qué no? de ñapa ser más pacientes con los conductores chambones o los agresivos con problemas mentales.

Cambiar nuestros focos incandescentes a fluorescentes también ayuda, pero cuidado con el mercurio que la mayoría de ellos contiene y la radiación electromagnética que producen, especialmente, los focos fluorescentes compactos (CFL por sus siglas en inglés) para los que necesitamos, urgentemente, un programa de reciclaje o, al menos, de manejo de desechos, de lo contrario podríamos tener serios problemas por contaminación con mercurio.

Finalmente, no nos olvidemos del poder de una sola persona, multiplicada por 7 mil millones alrededor del mundo, de los cuales somos 3 millones y sencillo en Panamá: el consumidor. Cuando sabemos que una empresa no está haciendo las cosas bien, simplemente, dejemos de comprar sus productos o contratar sus servicios. Igualmente, mantengamos siempre presente que desde que salimos de la dictadura las personalidades políticas en cargos de elección están allí, porque nosotros los escogimos. Si sabemos que algo se está haciendo en detrimento del ambiente, y en consecuencia perjudicándonos a todos, entonces reclamemos, usando todos los canales posibles.

Pongamos como fecha el 11/11/11 para empezar ese pequeño cambio personal permanente de forma que, a partir de ahora, tengamos casi un año para decidir qué podemos modificar en nosotros mismos para beneficio del planeta.

Las personas interesadas en comprometerse con esta iniciativa de cambio personal pueden visitar la página de Facebook 3P@311: My PPP (Personal Pledge for the Planet) on 11/11/11”, para intercambiar ideas o simplemente conocer cómo otras personas proponen este año hacer un cambio, aunque sea pequeño, en sus vidas en beneficio de la sociedad y el planeta.

¿Y tú? ¿Cuál será tu compromiso ambiental para el planeta este año?

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Este artículo se publicó el 7  de enero de 2011   en el diario La Prensa, a quienes damos,  lo mismo que al autor, todo el crédito que les corresponde.

La importancia de Cancún

La opinión de la Embajadora de Estados Unidos en Panamá….

PHYLLIS M. POWERS
cordovaaa@state.gov

Hoy en día, alrededor del mundo, ya estamos viendo los efectos dañinos del cambio climático, desde temperaturas que aumentan y glaciares que se derriten hasta elevados niveles del mar y sequías cada vez más largas.   El costo para nuestro planeta solo empeorará si la comunidad internacional no fortalece sus esfuerzos para atender este problema. La próxima conferencia climática de las Naciones Unidas en México ofrece una oportunidad para dar un importante paso hacia adelante —y debemos aprovechar este momento, juntos.

Estados Unidos está comprometido en trabajar con Panamá y nuestros otros socios internacionales para enfrentar este gran reto global.

En Cancún, debemos trabajar para construir sobre el progreso obtenido el año pasado en Copenhague y adelantar todos los elementos claves de las negociaciones— mitigación de emisiones, transparencia en las acciones, financiamiento, adaptación, tecnología, y la protección de nuestros bosques.  Al avanzar, debemos también evitar socavar lo logrado en Copenhague, donde los líderes dieron un paso significativo y sin precedentes en nuestro compromiso colectivo de enfrentar el reto del cambio climático. Como parte del Acuerdo de Copenhague por primera vez todas las principales economías se comprometieron a realizar acciones para limitar sus emisiones y hacerlo en una forma transparente a nivel internacional. El acuerdo también incluye disposiciones para asistencia financiera, con el fin de apoyar el desarrollo de tecnología limpia, la adaptación y la protección de los bosques en esos países que más lo necesitan. Estas disposiciones consisten de un compromiso de financiamiento para ‘inicio rápido’ por naciones desarrolladas que se acerca a $30 mil millones en los años 2010 — 2012 y un compromiso de movilizar $100 mil millones anualmente de fuentes públicas y privadas para el 2020 en el contexto de mitigación y transparencia significativas.

Al ejecutar su compromiso para el inicio rápido, Estados Unidos ha aumentado de forma significativa su financiamiento climático en el 2010 a un total of $1,700 millones, $1,300 millones de asistencia asignada por el Congreso y $400 millones en créditos para finanzas de desarrollo y exportación.

Estados Unidos también está trabajando fuertemente para reducir sus propias emisiones. La Ley de Recuperación del presidente Obama brindó más de $80 mil millones para apoyar la transición a una economía de energía limpia.  Hemos establecido los estándares de ahorro de combustible y emisiones de tubos de escape más ambiciosos que hemos tenido en Estados Unidos. Estamos dando pasos importantes para reducir las emisiones de nuestras mayores fuentes de contaminación. El presidente Obama continúa comprometido con la creación de leyes sobre energía doméstica y el clima.

Al viajar por Panamá veo preocupación sobre los impactos actuales y las amenazas potenciales que presenta el clima cambiante, pero me animan las acciones que se están realizando.

Panamá está promoviendo fuentes de energía renovable, revisando su política de ahorro reducido en las emisiones y está realizando los pasos técnicos necesarios para prepararse para participar en el programa colaborativo de reducción de las emisiones que se originan por la deforestación. Las impresionantes organizaciones ambientales de Panamá están creando conciencia en el público, analizando las opciones que representan las políticas y están promoviendo la eficiencia energética.

El Acuerdo de Copenhague es, y la próxima reunión sobre el cambio climático en Cancún deberá ser, un paso importante en nuestro compromiso colectivo de acelerar la transición a una economía sostenible y de energía limpia, dejando un planeta más limpio y más saludable para todos.

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<> Este artículo se publicó el  7 de diciembre de 2010  en el Diario La Estrella de Panamá, a quienes damos,  lo mismo que a la  autora,  todo el crédito que les corresponde.
Más artículos de la   autora  en: https://panaletras.wordpress.com/category/powers-phyllis-m/

La maduración del verde

La opinión del Médico…

JUAN CARLOS  MAS  C.
juancarlosmas@hotmail.com

La naturaleza manifestándose, avisa la maduración de sus productos vitales: amarillo y rojo, son sus indicadores.   Lo anterior es el referente ambiental para el abordaje de un tema social surgente: el florecimiento del ecologismo latinoamericano. Debo mencionarlo con ese nombre y no el de ambientalista, porque el último tiene connotaciones que encierran preocupación por la preservación ambiental, pero no encierra necesariamente el desarrollo hacia la vinculación con los fenómenos sociales.

Hoy está comprobada la estrecha vinculación entre cambios sociales y ambientales.   Todo ello debido a que fue el trabajo, y los instrumentos concebidos para liberar al humano de la necesidad, lo que logra los útiles cambios adaptativos iniciales, y precipita los perjudiciales cambios ambientales actuales, explicados por la inagotable ambición humana.

La intención de la especie, de librarse de la necesidad, arrastra la pretensión de unos humanos de prevalecer sobre otros, heredera del egoísmo biológico, y es la esencia del peligro actual.

En la realidad geo—global la vocación de lucro desmedido se monta sobre la posibilidad tecnológica para incrementadas ganancias a las dos únicas fuentes de riqueza: el trabajo humano y la entraña ambiental.

Al disiparse las nieblas del enfrentamiento ideológico de la guerra fría, que incorporaba dentro de sí al conflicto de clases, quedó al descubierto el conflicto ambiental.

Entonces, reconocemos la necesidad de nuevos conceptos que abarquen los dos conflictos: el anterior no resuelto aun y el ambiental emergente.

Prontamente en Europa circularon pronunciamientos para construir una alternativa rojiverde en España. (Véase un pronunciamiento del PC de España, de principios de los 90s titulado ‘Por la izquierda europea: el polo rojiverde’; también de Koel y Lowi ‘Un manifiesto ecosocialista’, publicado en París 2001; y la reseña en Rebelión de ‘Marx rojiverde’ de J.B. Foster.

En el clima germano post guerra fría se instaló una alternativa verde que, pareciendo distinta, no compite con el establecimiento. Ello dio lugar a que quienes no consideraban necesario abandonar lo social reflotaran la alterativa roja (Die linke), porque lo verde no maduraba. En Colombia el verde de Mockus no abordaba problemas sociales en un país que los tiene a montones; no vinculaba lo ambiental y lo social enterrado en la fosa común del postergado problema agrario. El verde giraba a amarillo.

En Brasil, ciertas fracciones verdes a la izquierda de Lula constituyen una salida con identidad propia, ejemplificando una maduración girando al rojo. Es notorio que en un clima polarizado, con poco voto sin dirección, el porcentaje de los prescindentes no varió, lo cual hace suponer que los votos verdes fueron en cantidad de 42% hacia la izquierda y 58% hacia la derecha. Este comportamiento revela el difícil camino de las ideas verdes, y activistas sin vinculaciones de clase, hacia posiciones modernamente aceptables que vinculan el ataque contra la naturaleza con el ataque contra los trabajadores. Hay dos rutas conceptuales: a partir de la condición social, o de la convicción científica.

En Panamá, gracias al equivocado manejo gubernamental se ha empujado a los luchadores de lo social y lo ambiental hacia la misma acera.  La objetividad de la vida real demuestra que el concepto pueblo agrupa en la presente coyuntura estratégica a varios grupos de clase y conforma una amplia extensión de múltiples capas de trabajadores de todo tipo: profesionales, técnicos, obreros y productores.

La maduración de lo verde en nuestro país deberá perfilarse hacia tonalidades encarnadas. Será Ecosocialista.

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<> Este artículo se publicó el 4  de diciembre de 2010  en el Diario La Estrella de Panamá, a quienes damos,  lo mismo que al  autor,  todo el crédito que les corresponde.

Reflexión a propósito de declaraciones del Papa

La opinión de…

 

Ángela I. Figueroa Sorrentini

Dice el Papa que la homosexualidad está contra la naturaleza. Habría que comenzar por definir qué es estar “contra la naturaleza”. Si estar contra la naturaleza es atentar contra ésta, actos contra natura –como los llama la Iglesia– serían todas las prácticas de consumo, malos hábitos en la disposición de desechos y proyectos desarrollistas que contaminan las aguas, secan los ríos, devastan millones de hectáreas e inundan otras tantas, acometen contra la flora y la fauna y aumentan de forma amenazadora el calentamiento global.

Aunque algunas y algunos piensan que el sexo gay o lésbico es lo más caliente que existe, les aseguro que no hay prueba científica alguna de que aumente el calentamiento global, afecte el curso de los ríos o coloque en peligro de extinción a especies marinas o aves tropicales.

Si estar contra la naturaleza es actuar en formas que no son inherentes a nuestra biología, sino que van en contra de ésta, la práctica sexual contra natura por excelencia sería la perpetua abstinencia. El sexo entre dos personas del mismo sexo no va contra nuestra biología, pues nacemos con el equipo y el potencial para dar y recibir gratificación sexual, tanto de personas del mismo sexo como del sexo opuesto.

Si el argumento es que va contra nuestra biología, porque dos personas del mismo sexo no pueden procrear, están cometiendo un grave error de razonamiento lógico: el que el sexo sirva para procrear no significa que tiene que limitarse a ese fin. El reducir el sexo a la reproducción de la especie es un argumento religioso, cultural, social, no un imperativo biológico. Además, quienes lo arguyen caen en la hipocresía de la doble moral, pues no condenan como contra natura el sexo entre personas del sexo opuesto, que no resultará en embarazo porque uno o ambos son estériles, porque usan protección o por otras razones. Y pregunto a las y los heterosexuales –sean sinceros (as) por favor– ¿cuándo fue la última vez que usted tuvo sexo cruzando los dedos para que el fruto fuera un embarazo?

Si estar contra la naturaleza tiene que ver con afectar/actuar sobre/transformar lo que se da naturalmente, contra natura sería producir, distribuir y consumir productos enlatados o congelados que prolongan la vida natural de frutas, vegetales, granos, mariscos y carnes. Contra natura sería la electrificación, focos con baterías y velas que prolongan la luz más allá de lo que la naturaleza brinda. También, las tecnologías médicas que permiten prolongar la vida con respiración artificial, transfusiones sanguíneas, trasplantes de órganos y tecnologías   similares.

Lo que nos lleva a un importante planteamiento: no todo lo que va contra la naturaleza es malo o inmoral.   En esta acepción, lo contra natura en materia sexual sería el uso de juguetes sexuales –sin que quiera decir que eso es malo o inmoral– más no el uso de la piel, la mente y toda la riqueza de órganos que la naturaleza nos regala y que sirven muy bien para el disfrute sexual, sea entre personas del mismo sexo o del sexo opuesto.   Ni siquiera sería contra natura el uso de pepinos o plátanos, porque eso también nos lo brinda la naturaleza y crecen sin una inscripción en su cáscara que diga: para alimento solamente.

Si estar contra la naturaleza es, como dice el Papa, “contra la naturaleza de aquello que Dios ha querido originariamente”, entonces no puede afirmarse que haya algo en este mundo contra la naturaleza. Aún si usted cree que existe ese ser sobrenatural que llamamos Dios, no hay forma humanamente posible de conocer qué es lo que esa entidad quiere, originariamente o en el presente. ¿Cómo lo sabríamos? Por la Biblia no, porque es racionalmente demostrable que la Biblia no puede ser la palabra de un ser quien es, por definición de los creyentes, omnisapiente, perfecto y sin error.

Porque lo dice el Papa o la Iglesia tampoco, porque el Papa es un ser humano y la Iglesia es un producto de seres humanos.   Recuerde que son estos seres humanos –no Dios– quienes dicen que su palabra es la palabra de Dios. Creerles sería admitir su fe ciega en hombres, no en Dios.   ¿Porque Dios lo puso en su corazón? Si cree en Dios, cree también en el diablo, ¿cómo exactamente sabe que fue Dios y no el diablo quien se comunicó con usted? ¿Cómo sabe que no es un diálogo de yo con yo? Por reclamos similares en los cuales no se incluye a Dios o a la religión, hay mucha gente internada en hospitales psiquiátricos.

En conclusión: no importa cómo definamos contra la naturaleza, no aplica a la homosexualidad.

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<> Este artículo se publicó el 4 de diciembre  de 2010  en el diario La Prensa, a quienes damos,  lo mismo que al autor, todo el crédito que les corresponde.