La paja en el ojo ajeno

La opinión de…

Paco Gómez Nadal

 

Hay déficits de espejos en Panamá. Parece mentira en estos tiempos que corren, cuando la imagen es tan importante y el maquillaje hace tan poco, que el excelentísimo (Zúñiga dixit) no tenga espejos para mirarse y para mirar a su Gabinete antes de andar señalando la paja en el ojo ajeno sin percatarse de la viga que lleva atravesada en su cristalino.

Martinelli asegura que no busca la reelección en 2014, porque al terminar su administración va a “gozar la vida” y a divertirse, pues tiene “muchas otras cosas más interesantes que hacer en la vida que estar en este puesto [el de Presidente],   aquí me critican por todo lo que suceda en el país, es el puesto más solo que hay, amigos falsos y enemigos verdaderos”, según reseñaba Telemetro después de entrevistarlo.   Desde El Malcontento nuestra más absoluta solidaridad con este hombre que sufre cada día por un puesto que le costó millones de dólares y años de rejuego político.

Debe ser por eso que al Presidente le molestan tanto los insultos; quizá por eso mandó a Agustín Shellhorn a presentar la iniciativa para penalizar el difícil y sutil arte de insultar en el que solo incurrimos los que no somos cargos electos. Si Martinelli y su tropa (tropa no es insulto) utilizaran espejos, quizá deberían primero modificar su lenguaje.

¿Recuerdan aquel bello poema de José Raúl Mulino dedicado a los obreros de Suntracs:   “Maleantes de mierda”?; ¿se han olvidado de cuándo el Presidente, en plena crisis de Bocas del Toro, dijo que “en el PRD hay un poco de kamikases a quienes les importa un bledo el país o cuando calificó al Parlacen como “una cueva de ladrones”?; ¿quizá habrá que recuperar aquellas magníficas aseveraciones de Mulino y de Alma Cortés calificando a los bocatoreños como indígenas borrachos y maleantes?   Esta pequeña lista quizá le hubiera servido a Shellhorn para responder a la pregunta de Álvaro Alvarado sobre qué es un insulto para él.

Pero la cosa es más sutil. A falta de espejos, el Ejecutivo se olvida de otra forma de insultar más refinada que ha utilizado desde el principio de su mandato: las acusaciones falsas para ensuciar el nombre de las personas.

Algunos ejemplos recientes: las inspecciones tributarias “sospechosas” a periodistas reconocidos en el país; los ataques permanentes a la procuradora Ana Matilde Gómez; Giselle Burillo acusando a la sociedad civil organizada de ser responsable de “una conspiración perversa contra el Gobierno y la paz social en Panamá”; varios miembros del Ejecutivo y de la alianza oficialista distorsionaron hasta la estupidez las declaraciones de Mauro Zúñiga sobre la desaparición de Valentín Palacios hasta convertir en verdad una mentira; la dirección de Migración aseguró en repetidos comunicados que el autor de esta columna era un defraudador de impuestos y cuando demostré lo contrario no pidió disculpas ni públicas ni privadas…

También podría considerarse como un insulto al país el hecho de que un tercio de la población lleve sin agua potable desde hace casi un mes, o que la oficina de la primera dama pida donaciones para los damnificados de las lluvias, cuando el Gobierno contrata sin licitación con la alegría de quien no ha puesto la plata, o que las víctimas de la represión de Bocas del Toro sigan esperando una justicia que no va a llegar…

Ante este gobierno maltratador y grosero en el uso del lenguaje parece un chiste de mal gusto la propuesta de condenar con cárcel a los que, según ellos mismos, insulten al Presidente o a cualquier funcionario electo.

Revista Sospechosa de Noticias (nuevo apartado para pelar el ojo):

1. Aparece de la nada la asociación Ngäbe Jädrán Nigwe Nirien que tiene plata para pagar una página completa de publicidad en los periódicos nacionales, que es recibida al día siguiente por el ministro de Comercio y que, “casualmente”, está a favor de la explotación minera de Cerro Colorado.

2. Como ya denunció Asvat, Crítica da una versión sin fuentes decómo fue el ataque panameño a los campamentos de las FARC. Nuevos dueños, nuevas técnicas de contaminación informativa.

3. Se van conociendo datos del Censo y todos son sorprendentes. Algunas conclusiones: la población afrodescendiente del país debe estar utilizando polvos blancos para esconderse; los ngäbe tienen razón al pedir más territorio comarcal, si más de la mitad de su población vive en Bocas del Toro.

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Este artículo se publicó el 11  de enero de 2011   en el diario La Prensa, a quienes damos,  lo mismo que al autor, todo el crédito que les corresponde.
Más artículos del autor  en:

Sobre censo e inundaciones

La opinión del Escritor…

Guillermo Sánchez Borbón

Ya no recuerdo exactamente cuándo, ni por qué entré a trabajar en la oficina que preparaba el censo de 1950, el primero rigurosamente científico que se realizaba en Panamá. Trabajábamos todos (técnicos y nosotros los burócratas) en una oficina enorme.

Nuestras jefas Carmen Miró y Ana Casís eran, como es natural, las únicas empleadas que tenían oficinas propias.   Todo el éxito de esta empresa se debe a estas dos mujeres extraordinariamente competentes.

Mis funciones eran bastante vagas. Un día enriqueció nuestras filas el gran pintor Eudoro Silvera (sus funciones eran muy precisas y tenían que ver con sus extraordinarios talentos y habilidades). Tengo que decir que todos trabajábamos arduamente, pero que nos divertíamos como locos en los pocos ratos libres que teníamos.

Trabajaba en el Departamento de Relaciones Públicas un conocido periodista que tenía la costumbre de escupir continuamente. Todos nos hacíamos los desentendidos, porque era una bella persona y un funcionario muy competente. Excepto Silvera, a quien este tic sacaba de quicio. Y un buen (o mal) día estalló, y escribió una nota que empezaba, más o menos, así:

“El Departamento de Higiene Pública, considerando que Fulano de Tal tiene la costumbre asquerosa de escupir continuamente”;

“Que en la actualidad azota a Panamá una severa epidemia de poliomielitis”;

“Que la saliva puede ser una de las principales fuentes de contagio”;

“Que el funcionario Fulano de Tal tiene la antihigiénica costumbre de esparcir continuamente, a diestra y siniestra, su saliva, seguramente portadora del terrible mal”;

“Resuelve”:

“Exhortar, como en efecto se exhorta al mencionado funcionario que se aguante las ganas de escupir en horas hábiles para hacerlo a gusto en su casa, cuando haya completado su jornada de trabajo en horas hábiles”.

“Dado en la ciudad de Panamá a los tantos días del mes tal de 1950”.

El periodista tomó muy a mal todo esto y me llenó de improperios acusándome de ser el autor de esta broma. Estaba tan enojado, que no me atreví a revelar quién era el verdadero responsable del desaguisado.   Y no volvió a hablarme.   En cambio, siguió manteniendo buenas relaciones con Silvera.

La historia del periodista hubiera debido terminar en este punto, pero no fue así.

Un día fue a Estados Unidos, donde, en una clínica famosa, lo aliviaron para siempre de la sordera. Supongo que a los  cirujanos se les fue la mano, porque cuando regresó a Panamá oía mejor que la persona más hiperestésica del mundo.

Al principio estaba contentísimo, pero desgraciadamente el hombre no fue hecho para una felicidad duradera.   Pronto nuestro periodista empezó a oír más de la cuenta. Y los ruidos de la calle, el ruido de un moscardón, los pasos sigilosos de una hormiga resonaban en sus oídos como cañonazos.

Escribió a su cirujano para que le devolvieran la sordera, porque el insomnio lo estaba matando. Pero el cirujano le respondió que eso (al menos en ese tiempo) era imposible. Y le formuló una pregunta muy pertinente: “si era feliz con su sordera, ¿por qué se operó?”.

A todo se acostumbra uno, aun a la hiperestesia. Aunque nuestro periodista nunca se consoló de que le hubieran devuelto su oído.


A medida que se acercaba la fecha del censo, empezaron a darnos cursos intensivos sobre el papel que nosotros íbamos a desempeñar; uno de esos cursos era para que se los retransmitiéramos a los empadronadores.   A mi hermano Rodrigo y a mí nos enviaron a Bocas del Toro, nuestra provincia natal. A mí me asignaron la zona bananera. A mi hermano Rodrigo el resto de la provincia, incluyendo las regiones indígenas. Nuestro general en jefe era una persona sobremanera capaz, inteligente y responsable, que andando el tiempo fue ministro del gobierno de Omar Torrijos.

La primera crisis se presentó en cuanto llegamos a Bocas del Toro. Entre los indígenas se había corrido el rumor de que nuestra misión en realidad era reclutarlos para que fueran a pelear a la guerra de Corea, que a la sazón tendría unos seis meses. Costó Dios y ayuda convencerlos de que nuestras intenciones no podían ser más pacíficas, tarea en la que nos ayudaron decisivamente los guaymíes que habían hecho su escuela primaria en la cabecera de la provincia. Y logramos superar la crisis.

De acuerdo con nuestras instrucciones, lo primero quehice fue darles unos cursos de preparación a quienes iban a ser los empadronadores en nuestra provincia. En una jornada relámpago les expliqué –lo mejor que pude– el trabajo de campo que les tocaba hacer.

Y llegó el gran día. Con la ayuda del equipo rodante de la empresa bananera –solicitado por el Gobierno Nacional– distribuimos a nuestros empadronadores por los poblados y villorrios de la zona. Todos estaban en sus puestos de trabajo a las 7:00 a.m. Yo tenía un carro de línea, que la empresa puso a disposición del censo. Con él recorría el área, asegurándome de que todos nuestros empadronadores estuvieran en sus respectivos puestos de trabajo. De cuando en cuando absolvía sus dudas.

Todo marchaba sobre ruedas. Al rato noté que uno de los empadronadores no se había movido de la primera casa de las varias que le habían asignado. Soy tan mal pensado, que mi cerebro se llenó vertiginosamente de levantes y otros percances. Cuando volví a pasar, casi al mediodía, el hombre no se había movido.

Fui a ver qué ocurría. Muy orgulloso, el empadronador me mostró el fruto de su trabajo. El hombre no sólo había anotado los nombres de las personas que vivían en esa casa, sino los de todos sus parientes, vivos y ya finados, hasta donde alcanzaba la memoria de los empadronados.

Soy un tigre en aritmética. Calculé que a ese ritmo terminaría dentro de dos años, y mis exigentes jefas habían ordenado que todo estuviera listo a las 5:00 p.m. o 6:00 p.m. (no recuerdo la hora exacta). Le expliqué al empadronador que su trabajo consistía en contar a los vivos que estuvieran presentes, y que dejara a los muertos en paz (ninguno de ellos iba a protestar porque lo pasaran por alto). Y lo acompañé a la siguiente casa donde yo mismo –en un dos por tres y en su presencia– empadroné a sus ocupantes.

Pese a esos percances, censamos a todos los habitantes de la provincia y sus vacas (porque era un censo agropecuario). Aunque hubo ciertas dificultades. Una de las preguntas que era preciso hacerles a los empadronados era la clase de servicio higiénico que tenían.   Han pasado 60 años desde entonces y, por supuesto, no recuerdo todas las respuestas. Ello no obstante, se me quedó indeleblemente grabada ésta, también anotada por un censor bocatoreño:   “Servicio: de agua, directo al mar”.

Mis jefas no habían sido bendecidas (o maldecidas) con mi sentido del humor, y no le encontraron ninguna gracia a ésta y otras respuestas.

Nos tambaleábamos de crisis en crisis. Un censo, para que sea fiel a la realidad, debe hacerse en un solo día en todo el país. Pero no contaban con la madre naturaleza. Los ríos en nuestra patria tienen un siniestro sentido del humor. En los momentos más inoportunos les da por desbordarse. El censo en Darién (al menos en uno de sus distritos) no pudo realizarse porque a los ríos más malhumorados les dio por salirse de madre precisamente ese día. No hubo más remedio que posponer el evento hasta que la madre naturaleza se calmara.

Cuando las aguas volvieron a su nivel, nos enviaron al licenciado Noel Morón Arosemena y a mí para que dirigiéramos el censo en ese distrito desfigurado por la inundación. Los dos estábamos muy jóvenes y llenos de brío, y no nos dejamos intimidar por la misión imposible que nos asignaron nuestras jefas. Tampoco nos dejamos intimidar por esperadas (e inesperadas) dificultades de orden práctico, que tendré que contarte el próximo sábado, porque noto que me he quedado sin tiempo y sin espacio.

 

<> Este artículo se publicó en dos entregas,  el 18 y el 25 de diciembre de 2010  en el diario La Prensa, a quienes damos,  lo mismo que al autor, todo el crédito que les corresponde.

A propósito del Censo 2010

La opinión del Sociólogo…

CARLOS CASTRO GÓMEZ

Así como algunos ciudadanos suelen afirmar alegremente que… ‘el Estado es un pésimo administrador’, igualmente, frente a un singular hecho reciente, otros se habrían visto, posiblemente, tentados a decir que… ‘la empresa privada es una pésima organizadora de los censos nacionales’.

Ambas expresiones, sin lugar a dudas, ligeras, especiosas y poco esclarecedoras podrían ser útiles para justificar, en un momento dado, un cierto estado de cosas. Sin embargo, su capacidad explicativa la pondríamos en duda. A pesar de eso, las mismas podrían ser oportunas, por lo menos, para entender, parcialmente, algunas situaciones en apariencia caóticas.

Obviamente, el censo es un mandato constitucional, cuya responsabilidad recae fundamentalmente en el Estado.

En este sentido, la función básica del Estado es la de administrar y esto está fuera de toda discusión. Si lo hace bien o lo hace mal es un asunto a debatir.

Esto quiere decir, igualmente, que la planificación, administración y ejecución de los censos está también fuera de los cálculos del lucro o el beneficio personal propio de la iniciativa privada y del mercado.

Sin embargo, dado el entusiasmo generalizado que tiende a calificar las acciones de la actual gestión gubernamental como empresarial, habría que pensar en aislar, como dicen los técnicos y analistas, el factor cálculo/beneficio. No obstante, debatir sobre estas responsabilidades, en este momento, sería un hecho colateral y no apuntaría a lo fundamental.

Lo fundamental es que mientras se deslindan responsabilidades, en mi opinión hay dos situaciones cuyo esclarecimiento ayudaría mucho a entender lo que ocurrió el 16 de mayo. En primer lugar, la confiabilidad de los censos, que ha sido cuestionada en razón de circunstancias reales y objetivas que no se han podido ocultar. En segundo lugar, la polémica generada sobre la identificación y/o autoidentificación étnica de los afropanameños. Lo primero es un asunto técnico que deberá esclarecerse cuanto antes, y que no solo comprometería al INEC, sino también, de paso, a organismos como el CELADE, ALAP, el Banco Mundial y otras instituciones que certifican proyecciones de población y que tendrían algo que decir al respecto.

Con relación a la autoidentificación étnica, habría que señalar que quizás nos encontramos frente a otro de los muchos cuellos de botella que nos imponen los organismos internacionales. Es bien conocido que la ‘label’ o etiqueta distintiva que utiliza la Asamblea General de las Naciones Unidas, a través del PNUD, para referirse a la población negra, principalmente en Latinoamérica, es la de ‘afrodescendiente’.

En mi humilde opinión, considero que este término es muy neutro, distante, displicente y hasta cierto punto eurocéntrico. No implica ningún compromiso, no es explicativo; a duras penas es descriptivo. Recordemos que los negros no solo tienen una historia en África, también la han tenido y siguen teniéndola en Latinoamérica y el Caribe. Así, tenemos afrochilenos, afroperuanos, afrocolombianos, afrocubanos, afrouruguayos y, desde luego afrolatinoamericanos y afrocaribeños. Creo que las cosas habrían sido diferente si nos hubiéramos identificados como ‘afropanameños’ y no como ‘afrodescendientes’.

No se trata de un problema semántico. Se trata simplemente de conocer la historia y saber para qué sirve. Esperemos que para el próximo censo alcancemos a comprender la importancia de la autoidentificación, que hoy se ha puesto en evidencia a propósito de un censo.

Pero que en otros países ha salido a relucir solo después de sangrientas guerras civiles y largas jornadas de lucha por el respeto a los derechos civiles de negros, indígenas, mestizos y cholos.

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Artículo publicado el 19 de junio de 2010  en el  Diario La Estrella de Panamá , a quienes damos, lo mismo que al autor, todo el crédito que les corresponde.

Tres millones y pico

La opinión del periodista y Docente Universitario…

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MODESTO A. TUÑÓN F.

Cuando Panamá llegó al primer millón de habitantes, a finales de los años 50, hubo algarabía. Se organizó una celebración festiva con el ‘niño millón’, Cándido. Al nacer este bebé, se le prometió todo tipo de obsequios para que superara una futura y humilde existencia, llena de necesidades y a partir de esa época, la gente se interesó por saber cuántos éramos.

La Dirección Nacional de Estadística y Censo organizó sus tareas en función de diversificar la información sobre los indicadores sociales más importantes y, convirtió la faena de contarnos en su quehacer de creciente eficiencia; con la honrosa distinción de hacernos un país ejemplar en cuanto al procesamiento de los datos poblacionales.

El desarrollo frecuente de publicaciones sistematizadas como Panamá en cifras y estrategias del tipo de Encuestas de hogares, le han permitido a esta institución avanzar por delante en cuanto a los modelos a aplicar para hacer del censo un ejercicio con un alto nivel de precisión.

Una vez que cumplía una misión en Sambú, Darién, durante una caminata hacia Garachiné, encontré a un funcionario que trataba de reconstruir sobre papel un conjunto de cambios o movilización de algunas comunidades indígenas que habían dejado de existir, porque se habían movido o creado un núcleo poblacional más concentrado sobre un área que les permitiría una mejor vida.

El funcionario se ‘rompía la cabeza’, pues con la información sobre el nuevo poblado, inexistente en los informes emanados del censo anterior, y como se acercaba el siguiente —aproximadamente, en unos ocho meses—, debía readecuar el mapa, situar el nuevo conglomerado humano y hacer las estimaciones correspondientes; pues era confuso trabajar con esta circunstancia de caseríos y pueblos desaparecidos y surgimiento de nuevas comunidades.

Unas explicaciones sobre la dinámica indígena bastaron para crear una información en el mapa que ayudara a los empadronadores que posteriormente recorrerían esa región con la misión de registrar la nueva realidad de esos conglomerados rurales. Esta es la dinámica a que nos acostumbró ese equipo del censo, cuyos resultados son esclarecedores con los datos y publicaciones consolidados.

Pese a esta historia, los saldos del recuento de este año han dejado más conjeturas que balances esclarecedores; mayor confusión que certezas y una extraña sensación en el ánimo de quienes hemos admirado por décadas el trabajo que cumple este ente. El primer síntoma es de duda, porque las previsiones de los últimos años del ente de las estadísticas manifiestan un crecimiento poblacional que nos hacía llegar alrededor de los 3.5 millones de habitantes; sin embargo, la cifra final según el primer avance, era de 3.18, que dista mucho del balance previsto. Y lo extraño es que la diferencia, no es hacia arriba, sino hacia abajo; es decir somos menos de lo que pensábamos. Un informe inicial expuso que se habían producido algunas contingencias que afectaron el desarrollo del empadronamiento. Normalmente la institución conoce de medidas alternas para superar estas circunstancias.

Se oyen quejas de un importante porcentaje de personas de que a su residencia no fueron a hacer las entrevistas. La veracidad de este reclamo se puede comprobar fácilmente. En cualquier oficina, habría que consultar al conjunto de los compañeros y hacer un balance. Con toda seguridad, por lo menos una o dos personas asegurarán que no fueron visitadas. Si se utilizan estos datos de gente que considera o afirma que no fue empadronada y se hace una proyección estadística a partir de los esquemas de probabilidad, se encontrará la cifra perdida para ajustar esas previsiones del propio organismo rector de los censos. Y esto significaría que la actividad de recabar insumos no fue suficientemente completa.

La inseguridad o vacilación en los resultados del censo de 2010 tiene un doble peligro para los planes nacionales de desarrollo. En principio, porque genera dudas en el ejercicio de proyección que el instituto estadístico ha elaborado en años recientes, así como en la consolidación de tendencias en la progresión de los estimados. Además, los resultados del censo son los indicadores oficiales que posibilitan la planificación de la inversión y ésta no puede basarse en cifras irreales. Si de algo tenemos que estar seguros es del índice de crecimiento y del tamaño real de la población panameña. Ese dato, al igual que la dimensión y los puntos de referencia de las fronteras, son información que todo coterráneo debe conocer y en los últimos años, nos hemos dado la satisfacción de saberlas y en todas las reuniones internacionales, se brinda todo tipo de referencias sobre estos temas.

El desajuste de los indicadores locales más tradicionales, puede crear diferentes escenarios de conflictos para Panamá y sus actividades económicas. ¿Podría imaginarse la planificación de la producción de los rubros más estratégicos como arroz, leche, entre otros, para una población específica y resulta que es mayor que los estimados? ¿A quién se deja por fuera entonces? O, en otro orden, ¿cuál sería el impacto real de las obras de desarrollo? Pensar que 2000 jóvenes de una región requieren un centro escolar; ejecutar la obra y entonces darse cuenta que la cifra real, es 10000 y no caben los chicos, porque el censo no generó los datos adecuados.

Se explicó que hubo incidencias de orden institucional que afectaron el censo, como el cambio de administración, movimiento del recurso humano con poco tiempo de preparación de los nuevos funcionarios, lo que demuestra que este tipo de ejercicios no corresponde a un gobierno específico, sino a un Estado; es decir, es un patrimonio de todos los panameños.

Lo importante es tener un claro panorama de lo que ha sucedido realmente, preparar un informe minucioso y aplicar los correctivos necesarios para devolver al Instituto de Estadística y Censo la credibilidad necesaria. Todos queremos saber realmente cuántos somos. Hay necesidad de dar prioridad a estas perspectivas para que se recupere la confianza en las estadísticas fundamentales de la sociedad de este pequeño istmo.

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Artículo publicado el 9 de junio de 2010  en el  Diario La Estrella de Panamá, a quienes damos, lo mismo que al autor, todo el crédito que les corresponde.

El censo, un retrato de familia

La opinión de…..

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OLMEDO  BELUCHE

El censo de población, como el que acaba de pasar, debe ser considerado como uno de los ejercicios de ciudadanía más importantes, y la controversia que ha generado debe ser asumida como parte del debate democrático de la sociedad.   El censo es una foto de familia que nos dice mucho de los que aparecen en ella, así como de los “ausentes”. Al ver un álbum familiar uno puede intuir el carácter de cada miembro viendo sus caras, pero también puede preguntarse: ¿Por qué no aparece la tía Agnes?

Los censos siempre han sido controversiales. El censo para el ciudadano romano, era la garantía de sus derechos políticos y económicos, y no ser contado era un desastre que amenazaba el estatus social. Para los pueblos sometidos por el Imperio, el censo era negativo, porque estaba asociado al cobro de los impuestos. Hasta nuestros días, muchos no son veraces respecto a sus propiedades y situación económica.

Las preguntas que se hacen también nos dicen mucho sobre la mentalidad de la sociedad. Los romanos solo registraban el nombre del jefe (patrón) de la casa, el resto de los hombres, mujeres y esclavos se los contaba, pero no se registraban sus nombres. La sociedad romana era esencialmente patriarcal. El primer censo realizado en Estados Unidos contó los esclavos negros, pero tampoco registró sus nombres. La edad de los hombres blancos solo interesó precisar cuántos eran mayores de 16 años, en función de un posible reclutamiento militar.

El Estado panameño hace censos desde 1911, pero la índole de las preguntas ha ido variando. Desde el inicio se preguntó por la “ raza ” de las personas, pero no hubo intento serio de registro de nuestros pueblos indígenas hasta 1930 y solo llegó a sus comunidades remotas en 1940. En este último se incluyen aspectos sociales, como la vivienda. En los años 70 se separan los censos agropecuarios de los de población.

Por ello es legítimo que, en 2010, la población afropanameña exigiera la inclusión de preguntas que lleven a esclarecer su situación poblacional y social. Las polémicas emanadas de esta inclusión eran de esperarse. Desde el racismo, abierto o soterrado, de quienes no querían las preguntas (o las omitían) hasta quienes se declaraban ofendidos con ellas, aún exhibiendo claros rasgos negroides, en el otro extremo quienes no teniendo rasgos evidentes, deseábamos revindicar al abuelo/a negro que corre en nuestra sangre.

Parece que faltó más esclarecimiento, porque muchas personas estaban confundidas. Las preguntas sobre etnicidad no exigen una respuesta biológica, sino de autopercepción cultural.  Cómo la persona se identifica a sí misma.   Sugerimos al INEC que todas las preguntas de este tipo deben unirse en una sola sección, incluyendo grupos indígenas, pero también la identidad hispana (o mestiza), y otras.

Llaman la atención los fallos de logística en una institución como la Contraloría, que mancha su prestigiosa reputación. Hay que preguntarse si la causa no debemos buscarla en la esencia de clase de la actual administración, para la que la política social es sinónimo de beneficencia, que no da importancia a lo que no suena en la caja registradora y que bota funcionarios como si fueran papel higiénico.

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Este artículo se publicó el 28 de mayo de 2010 en el diario La Estrella de Panamá, a quien damos, lo mismo que al autor, todo el crédito que les corresponde.

Solo cuatro gatos

La opinión de…..

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Paco Gómez Nadal

¿Y ahora, qué hacemos? Si es que se los tengo dicho, la Iglesia católica tiene razón y hay que evitar los condones como al demonio.

Somos cuatro gatos y, según el presi, a veces montando un zaperoco.

O puede ser que los genios del censo se hayan equivocado y hayan preguntado menos de lo debido, que el bochinche es fuente confiable y ellos la descartan.

Que si fulanita parió pero escondida, que si hay 28 senegaleses debajo de la mesa, que si Punta Pacífica estaba vacía porque los blanqueadores no gustan de empadronamiento,  que si los ngäbes no entendían las preguntas y se dividían por cuatro, que si las amantes y los amantes podían ponerse como parte de la familia…

Somos pocos o estamos mal contados mientras el Canal ampliamos.   Lo grave es que la cifra que salga del recuento de papelitos es la que determinará las políticas durante los próximos 10 años, los presupuestos, las ayudas escasas internacionales… así que si la amiga del presi ha metido la pata hay que esperar que alguien meta las manos para arreglar el entuerto.

Claro que, visto con frialdad, esto es bueno.   Hará falta menos sociedad civil organizada para representar a tan poca gente. Es decir que con la partida discrecional de Presidencia podemos solventar los problemillas:   una operación en Estados Unidos, un cajón para el muertecito del interior, una ayuda para los niños cantores de la parroquia de no sé dónde, y un par de micrófonos para los que tienen debilidad artística y hablan como si cantaran.

También deberemos adaptar todas las estadísticas del país: seguro que ahora somos menos pobres, más felices, nos sobran tierras, ya no hace falta construir más hidroeléctricas, se redactará un decreto congelando el crecimiento de la construcción y el final del hacinamiento.   Nos sobra razones para estar contentos y nos falta gente para justificar tanto ministerio y tanta policía.   Es más, podemos fusionar y dejar que el Presidente descanse mientras la pareja de la buena educación Mulino–Cortés gobierna el país (si somos pocos, ellos se bastan y sobran).

También podemos hacer que el Conep se haga cargo de la seguridad del país, ya que organizan marchas por la paz (¿de dónde? ¿desde cuándo estamos en guerra? ¡Avisen!) que encantan al poder y que a pesar de ser inútiles y vacías logran que las cadenas de televisión inicien una guerra para hacerse con el show.   Llenarán en la cinta costera, eso sí, el vacío existencial en el que nos tiene el alcalde Bosco (tan discreto que no sabemos si tenemos alcalde) y con un poco de suerte pueden organizar para diciembre la cantada orgiástica de Noche de Paz a ver si a pesar de ser pocos logramos un récord mundial que no sea el de la estupidez.

Pero, sigamos viendo las ventajas del pírrico recuento: la seguridad alimentaria está garantizada por los Súper 99; nadie va a trabajar mucho porque una vez ampliado el Canal nos repartirán las utilidades a todos los censados y con eso podremos disfrutar de hamaca y brisa; podemos invitar a miles de gringos y europeos a que ocupen las casas vacías; se puede seguir con el plan de regalar costas y ríos porque no nos van a hacer falta y en caso de construir la carretera de Darién podemos volver a solicitar el ingreso en la Gran Colombia y nos ahorramos tomar decisiones; el Presidente podrá hacer audiencias públicas con todos los habitantes y para eso se contratará a Oderbrecht (parte de la familia panameña) para que construya una gigantesca plaza de reuniones en Mañanitas a donde llegará el metro para permitir el cómodo acceso de las masas a los diligentes oídos presidenciales…

Yo estoy orgulloso de ser uno de los pocos que vive acá, uno de los orgullosos cuatro gatos de los que el presi tan mal hablaba y que ahora parece que somos todos… Tenía la estúpida percepción de que éramos más y he asistido a algunos nacimientos, pero debe ser que no me están invitando a los funerales… Mi vida social está mal enfocada en este desierto humano en el que las tendencias son contrarias a las del resto del planeta.

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Este artículo se publicó el 25 de mayo de 2010 en el diario La Prensa, a quien damos, lo mismo que al autor, todo el crédito que les corresponde.

Censo 2010, parece que no nos contaron a todos

La opinión del Primer Subsecrectario de Asuntos Jurídicos del MOLIRENA…..

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Lisímaco Jacinto López y López

El 3 de junio de 2006, en un artículo publicado en la página de Opinión del diario La Prensa, titulado “Estadísticas sobre la Ampliación”, señalaba:   “El país (Panamá) tiene un índice de natalidad del 1.98% entre los años 2002 al 2005, que posiblemente se mantenga hasta después del 2020. En cifras, aproximadas, nacen 70 mil panameños y mueren 15 mil por año, lo que quiere decir que el país crece en población a un mínimo, para el año 2004, de 55 mil panameños por año, lo que me indica que si este es el ritmo promedio anual y se sostiene, mínimamente, para el año 2020 seremos casi 800 mil panameños más. Para el año 2005 éramos 3 millones 285 mil panameños. Si le sumamos 800 mil, para el año 2020 seremos 4 millones 85 mil, aunque por las estadísticas oficiales deberemos ser 4 millones 200 mil”.

Esos datos eran sacados de los Boletines de Proyecciones de la Dirección Nacional de Estadísticas y Censo, hoy Instituto Nacional de Estadística y Censo. (ver cuadros adjuntos).

Si revisamos el Boletín número 11: “Boletín N° 11: Estimaciones y Proyecciones de la Población Total, Urbana-Rural en la República, por Provincia, Comarca Indígena, según Sexo y Grupos de Edad: Años 2000-10”, cuadro número 1 la proyección para el 2010 era de 3,504,483 habitantes.

Hoy nos han presentado unos datos “Preliminares” que ni siquiera coincide con las proyecciones del 2005 ya que para ese año se estimaba la población en 3,228,186 habitantes y nos dicen que el censo arrojó como resultado que solo vivimos en esta hermosa República de Panamá 3,186.177 personas. 386,162 habitantes más que los 2,839,177 que éramos en el 2000.

En los resultados “Preliminares” están haciendo falta no menos de 200,000 panameños, si es cierto que se mantiene la Tasa de Natalidad del 2% anual ya que de acuerdo con los nuevos resultados la Nueva Tasa de Natalidad será de 1.22%.

Yo no dudo de las proyecciones que presentaba este instituto, porque son, básicamente, obtenidas de los hospitales y de la Dirección General del Registro Civil de las Personas, dependencia del Tribunal Electoral, en donde se registran los reportes de nacidos y fallecidos.

Los datos divulgados hoy, pareciera que indican un fracaso de la campaña del Censo y un total desconocimiento de los reportes que, con regularidad presentaba esa institución que añora, estaba considerada como una de las dependencias estatales más profesionales y confiables.

No quiero especular los resultados nacionales e internacionales de la divulgación de “Zamarro” error estadístico, ni añadirle que no hay estadísticas claras de los extranjeros que residen aquí.

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Este artículo se publicó el  23  de mayo de 2010 en el diario  El Panamá América a quienes damos, lo mismo que al autor, todo el crédito que les corresponde.