Lo que no está bien en el sector agropecuario

La opinión del Ingeniero Agrónomo…

EDUARDO  A.  ESQUIVEL  R.
eesquivelrios@gmail.com

En la interesante sección ‘Capital’ de La Estrella de Panamá del 20 de diciembre de 2010, el titular dice: ‘Algo no esta bien en las cosechas’ refiriéndose a los registros recientes de la Contraloría de la Republica que revelan que cada vez se produce menos café, arroz y maíz, entre otros productos básicos alimenticios.

Aunque muchos le atribuyen la disminución de la producción al mal clima de los últimos meses, la verdad es que la producción agrícola panameña en general ha venido disminuyendo progresivamente desde hace años.

Curiosamente, en la misma sección del periódico mencionado, hay una página pagada por el Gobierno que explica claramente que es lo que está sucediendo con el sector agropecuario, Titulada ’Comunicado: la Economía de Panamá sigue creciendo’ según datos de la Contraloría, el Producto Interno Bruto de Panamá (PIB) esta compuesto del aporte de los siguientes Sectores, en orden de importancia: 1- Transporte, almacenamiento y telecomunicaciones, 2-Actividades inmobiliarias, empresariales y de alquiler,   3-Comercio al por mayor y menor,   4 – Construcción, 5- Hoteles y Restaurantes y 6-Intermediación Financiera. ¿Y el sector agropecuario? Ni es mencionado.

¿Y todavía se asombran de que ‘Algo no anda bien en el agro? Por cierto, el mismo informe indica que ‘la inflación se mantiene baja’, lo que es bastante increíble, viendo el brutal incremento de los precios de todos los productos básicos.

Así que el problema está en que las políticas de gobierno relegan el sector Agropecuario a un lugar terciario, dándole prioridad a servicios y el comercio.   Fatal error en un mundo en que los alimentos y el agua son de vital importancia para la estabilidad social y política de los Estados.

El Ministro del MIDA, Emilio Kieswetter, dice en la misma Sección que no hay razón para que los alimentos aumenten sus precios. Pero las razones sobran, y el problema al final no va a ser que el arroz va a tener un precio alto, sino que no va a haber arroz que comprar.    Lo mismo con los demás alimentos de la Canasta Básica. La autosuficiencia alimenticia no se logra con subsidios ni directos ni disfrazados. Las importaciones solo benefician a los grandes empresarios del comercio de alimentos, que tienen enormes ganancias sin cultivar un solo metro cuadrado de tierra.

Panamá tiene solo poco más de 3 millones de habitantes y tierra agrícola para alimentar a más de 10 millones. Hace tiempo se pensó en el concepto ‘Una producción agropecuaria para un país’, es decir, producir lo necesario para la autosuficiencia alimenticia económica y socialmente viable. Desarrollar tecnologías propias para el clima / suelo del país, como variedades y razas, a través del mejoramiento genético o la biotecnología.

El IDIAP debe empezar a trabajar en estos campos y dejarse de elucubraciones bizantinas. Darle prioridad a los suelos agrícolas para producción de alimentos para el consumo interno, y no para la exportación. Resulta contradictorio que un país con falta de alimentos para su Pueblo, exporte alimentos buscando divisas que no revierten al sector.

Esto en si es un factor inflacionario e incrementa los costos de los insumos agrícolas.

Es absurdo que se crea que el costo de los alimentos va a bajar cuando se incrementa desproporcionadamente el precio del combustible Diesel, básico para la producción agrícola. Y con ello suben todos los insumos utilizados por los agricultores y finalmente el aumento termina en el producto alimenticio.  Definitivamente peor que un ciego que no quiere ver, es un ciego que no quiere oír.

Este artículo se publicó el 17 de enero de 2011   en el Diario La Estrella de Panamá, a quienes damos,  lo mismo que al  autor,  todo el crédito que les corresponde.  El resaltado es nuestro.

Realidades y mitos de la producción de alimentos

La opinión del Ingeniero Agrónomo…

Eduardo A. Esquivel R.

Quisiera aportar mi opinión, como productor y agrónomo no comprometido con ningún sector económico o político, respecto a la producción de alimentos.

Ante todo, reconocer el hecho indiscutible de que desde hace años los alimentos incrementan sistemáticamente su precio en el mercado minorista y que, como reconocen los propios funcionarios, el sector agropecuario está en crisis. Los gobiernos tienen la culpa de esto, porque en Panamá la política económica estatal es apoyar al sector servicios (turismo, banca, construcción, comercio, etc.) y dejar en un tercer o cuarto término al sector agropecuario, que solo aporta cerca del 15% del PIB del país. Se tiene la idea de que es más “fácil” importar los alimentos que producirlos. Es por esto que el o los gobiernos sí tienen parte de la culpa por el alto precio de los alimentos.

Sin dudas, es una concepción ecléctica e idealista que los agricultores dejen de usar fertilizantes químicos, insecticidas, fungicidas, herbicidas, etc. Para producir alimentos sanos y baratos, porque no gastarían en estos insumos. Pero la realidad es que las experiencias en agricultura orgánica demuestran que no es rentable, ni siquiera en los países desarrollados en los que se aprecian estos productos, y su valor es el doble de los no orgánicos.

Es verdad que la agricultura orgánica es más sana, pero es falso que sea más barata. Un cultivo cualquiera, por ejemplo el maíz, sin fertilizantes químicos y sin agroquímicos con suerte produce un 20% de lo normal. O sea que su costo es cinco veces mayor que el producido con agroquímicos. Hace poco leía los comentarios de un agricultor que intentó cultivar tomates orgánicos en EU, y decía que al final cada tomate le salió costando 36 dólares. Además, la incidencia de plagas y enfermedades en los orgánicos es alta. Es por esto que los productos orgánicos son mucho más caros que los no orgánicos.

Además, desde la revolución verde las tendencias de la genética de las plantas alimenticias se orientan a altos consumos de agroquímicos. Algunas de estas variedades ni siquiera llegan a producir sino se fertilizan masivamente. Esto sin mencionar las variedades transgénicas, que de cierto modo podrían resolver el problema del alto consumo de fertilizantes. Por ejemplo, una variedad de arroz o maíz que fijara nitrógeno en las raíces, con genes de una leguminosa.

El Gobierno sí tiene la culpa, o al menos, la responsabilidad del incremento de la canasta básica, porque éste orienta y controla las políticas agrícolas y comerciales: Pero los intermediarios y los comerciantes son los que se hacen millonarios, importando alimentos o comprando barato al productor y vendiendo con un 200% o 300% de margen de ganancia en los supermercados. Solo controlando esto se abarataría la canasta básica en más del 30%. Al final el problema no será que los alimentos estén caros, sino que no habrá qué comprar.

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Este artículo se publicó el  3  de enero de 2011   en el diario La Prensa, a quienes damos,  lo mismo que al autor, todo el crédito que les corresponde.

Para frenar el alto costo de la comida

La opinión de…

 

Jesús Armenteros

Constantemente, oigo a todos quejarse por el alza eterna del costo de la canasta básica familiar, en los medios de comunicación. La mayoría de estas personas usan este tema para achacarle la culpa al gobierno de turno. En realidad, estas personas que reclaman por el alto precio de los alimentos no tienen la mínima idea de por qué los precios de la comida están tan altos e ignoran que la cosa se pondrá peor si no se hace algo al respecto, y pronto.

La agricultura es un negocio como todos.   Hay que mostrar ganancias para continuar trabajando, porque nadie compra huevos para vender huevos.

En los últimos años oímos a los agricultores quejarse de los altos costos de producción, y tienen toda la razón. Hace escasos años los fertilizantes comunes costaban, más o menos, 20 dólares el quintal. Hoy, lo mismo cuesta casi 50 dólares.

Al utilizar abonos químicos, que se componen de amoniacos y sales, se contaminan los suelos y se destruye la materia orgánica, que es en sí lo que da la vida a los cultivos. A medida que se aplican estos abonos químicos, cada año aumentan los requisitos de los suelos, o sea, que cada año la producción cuesta más y, por ende, el consumidor es el que paga esa alza en los costos de los alimentos.

Un peor y nefasto efecto tienen los herbicidas, fungicidas y pesticidas que se usan indiscriminadamente en el cultivo de hortalizas, arroz y maíz. La mayoría son de venta prohibida en los países en los que se manufacturan, pero a países como el nuestro sí se los pueden vender. Los medios han publicado todo esto, sin embargo, los mismos químicos siguen vendiéndose al público y nadie hace nada.

El interés de las compañías que venden insumos químicos es eso mismo: vender y mostrar ganancias de dinero. Son negocios de millones de dólares anuales. A ellos no les interesa la conservación de los suelos ni el bienestar de la agricultura panameña. Simplemente, vender sin importarles que por comer alimentos contaminados con químicos haya altas incidencias de cáncer, diabetes y enfermedades coronarias en nuestra población, lo que crea una carga al Estado y un problema social. Si no, miren cuántos hospitales nuevos se están construyendo en todo el país. ¿Y qué hay de los jóvenes que se alimentan mal, con comidas que no tienen los apropiados ni suficientes nutrientes y, por ende, no rinden en los estudios?

Bueno, y entonces ¿qué hacemos? Habría que hacer un trabajo de concienciar a los productores para que reduzcan el uso de pesticidas y fertilizantes químicos y los reemplacen por abonos verdes, que fijan el nitrógeno al suelo naturalmente, haciéndolos fértiles. Enseñarlos a usar repelentes y pesticidas orgánicos que se pueden fabricar en las fincas sin costo. Lo único que el agricultor tendría que pagar es la mano de obra. Nada más.

Así los costos bajarían, la comida sería más sana y barata, el Estado tendría menos problemas sociales, no habría gente abandonando el campo y emigrando hacia las ciudades, trabajando como jardineros o empleadas domésticas sin aspiraciones a estudios y superación personal.

Nuestras autoridades agrícolas del Mida e Idiap están anuentes a todo esto, tienen científicos, agrónomos, zootecnistas e investigadores muy capacitados que pueden poner en marcha un programa masivo de re-reestructuración del agro en nuestro país, pero necesitan un poquito más de respaldo de los gobiernos de turno para implementar dicho cambio.

Los cambios climáticos que ocurren actualmente también encarecen los costos de los alimentos, y en nuestro país no hay ni soberanía ni suficiencia alimentaria, allí estamos totalmente a la deriva.

El panameño de a pie siempre verá como culpable del alto costo de los alimentos al gobierno. Hagan algo, señores, por favor, para tener una población más sana y contenta y para que el precio de la comida sea más razonable.

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<> Este artículo se publicó el 24 de diciembre  de 2010  en el diario La Prensa, a quienes damos,  lo mismo que al autor, todo el crédito que les corresponde.

La agricultura panameña

La opinión de….

Hirisnel Sucre Serrano

En una conversación que sostuve con Alberto Velásquez, comunicador especializado en el agro, y Ángelo Chen, prestigioso ingeniero agrónomo, en referencia al desarrollo del sector agropecuario de Costa Rica (que tiene un considerable peso en el PIB de ese país) les señalé que no recordaba que nuestro mismo sector hubiese superado el 5% del PIB en los últimos años, con la diferencia que de este escuálido aporte depende el 40% de la población del país, que en su mayoría vive en pobreza media y extrema ¿cuál será mejor? Y se me ocurrió preguntarle a estos amigos ¿a qué se debía esto? Rápidamente me contestó el ingeniero Cheng que ello era así, “porque Costa Rica no tenía un Canal”.

Esa respuesta la consideré acertada, porque en una ocasión escribí en este periódico que nuestro país tiene geográficamente dos economías: la primera se desarrolla desde Capira hasta la frontera con Costa Rica, y desde Chepo hasta la frontera con Colombia; la segunda está comprendida entre las áreas metropolitanas de La Chorrera, Panamá, San Miguelito y Colón.

La primera economía es de tipo agrario, igual a la centroamericana, y la segunda es de servicios y comercio, tipo Miami;  desarrollada a base de la construcción del ferrocarril, el Canal, los puertos, la existencia de la ex Zona del Canal y, por supuesto, la existencia de bases militares norteamericanas en esa franja, que ya no existe, pero que mantiene sus efectos económicos, sociales y culturales promotores de una robusta actividad comercial y de servicios, creadora desde hace décadas de un “espejismo”, causa principal de una intensa migración de la población del campo a la ciudad en busca de empleo, educación y viviendas, afectando el crecimiento ordenado en estas regiones, provocando un déficit en los servicios básicos, transporte, viviendas y recolección de basura en estas áreas de crecimiento urbano, no planificado. Fenómeno difícil de corregir para cualquier autoridad.

En buena hora hemos conocido, gracias a los medios de comunicación, que el titular del Mida presentó al Consejo de Gabinete un plan estratégico para apoyar al sector agropecuario, con una inversión de 700 millones de dólares en los cuatro años próximos, fortaleciendo el presupuesto de funcionamiento de este ministerio, de tal forma que se establezca un eficiente servicio de extensión agropecuaria que le permita a los técnicos y especialistas de las instituciones del sector público agropecuario llevar a los productores conocimientos y técnicas modernas de producción de alimentos para el consumo nacional y la exportación.

Estoy convencido de que con acciones como estas, ejecutadas como política de Estado, podremos mejorar la productividad (costo/beneficio) para que el productor reciba las utilidades necesarias que le inspiren a continuar en la producción de alimentos, a la vez que se da una oferta de productos superior a la demanda, de forma que los intermediarios en la cadena de comercialización no sean los mayores beneficiarios, y que tanto el productor como el consumidor obtengan beneficios, potenciando la agricultura familiar y la seguridad alimentaria.

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<> Este artículo se publicó el 19  de octubre de 2010  en el diario La Prensa, a quienes damos,  lo mismo que al autor, todo el crédito que les corresponde.

Más sobre el aceite de cocina usado

La opinión de….

Sebastián Vásquez Bonilla

Una de las razones que me motiva a continuar escribiendo artículos de opinión es el hecho de que luego de mis publicaciones, a corto o mediano plazo, observo alguna evidencia que me dice que alguien ha tomado en cuenta mis opiniones. Desde luego, en la mayoría de los casos solo he puesto un granito de arena en un clamor popular.

El ejemplo más elocuente lo encontré al leer una noticia recientemente publicada en La Prensa, en donde se anuncia que el Ministerio de Desarrollo Agropecuario (Mida) producirá biodiésel a partir de aceite de palma y aceite de cocina usado. La noticia sale dos meses después de la publicación de mi artículo “El aceite de cocina usado no es pienso”, en el que denuncio el uso de este aceite como alimento de ganado, cuando hay la alternativa de convertirlo en biodiésel. Felicito al Mida por esta iniciativa porque reduce nuestra dependencia del petróleo y, sobre todo, porque es en beneficio de nuestra salud.

Estimo oportuno dar algunos consejos sobre cómo reducir en casa la formación de las toxinas identificadas en aquel artículo (compuestos aromáticos policíclicos, dioxinas, PCB, etc.).   De nada vale que nos preocupemos por no consumir carne animal con alto contenido de esas toxinas si en casa no tomamos las medidas necesarias para reducir su formación al cocinar. Podríamos comenzar con no reusar tanto el aceite, así como no cocinar demasiado nuestros alimentos.   Sé lo riquísimo que es una tortilla bien frita, pero no debemos comerla todos los días.   Sé lo sabroso que es un crujiente “concolón” o pan bien tostado, pero tampoco debemos comerlos todos los días. Recordemos que el problema está en llevar el alimento a ese color dorado que tanto nos gusta, peor aún si lo quemamos parcialmente. Es allí donde se producen las toxinas antes mencionadas.

Luego de aquel artículo también fui informado de que algunos empresarios utilizan aceite de cocina usado como combustible de caldera.   Esta es una práctica prohibida en otros países, debido a que la formación de las toxinas antes indicadas es aún mayor en las zonas más frías (menos calientes) de una caldera, como lo son los intercambiadores de calor.   En esos países solo se permite el uso del aceite vegetal usado como combustible en hornos de plantas de cemento y en incineradores en los que se alcancen temperaturas suficientemente altas como para evitar la formación de dioxinas, y aun en tales casos, los procesos de combustión deben contar con sistemas para controlar las emisiones del ácido clorhídrico (ácido muriático) que se produce a esas elevadas temperaturas. Recordemos que el aceite de cocina usado contiene mucha sal (cloruro de sodio), donde el cloro se convierte en dioxinas en las zonas más frías, y en ácido clorhídrico, en las zonas más calientes de una caldera.

Espero que las autoridades panameñas tomen las acciones correspondientes para prohibir esta mala práctica que está contaminando aquellas comunidades que se encuentran alrededor de empresas con ese tipo de calderas.   Espero que no hagan caso al pretexto de que el bunker está muy caro y que el aceite de cocina es una alternativa para ofrecer productos más baratos a la población.

Esa es una excusa similar a la de los pesticidas, donde se utilizan razones económicas para justificar el uso de insumos baratos, aunque terminen intoxicándonos.

<> Este artículo se publicó el 16  de octubre de 2010  en el diario La Prensa, a quienes damos,  lo mismo que al autor, todo el crédito que les corresponde.
Más artículos del autor en: https://panaletras.wordpress.com/category/vasquez-b-sebastian/

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Fin de la era chatarra

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La opinión del Empresario…

RAFAEL CARLES

Todo indica que las fritangas y alimentos grasientos saldrán de las tienditas y kioscos escolares a partir del próximo ciclo escolar.   También entiendo que las bebidas azucaradas, gaseosas y demás alimentos poco saludables lo harán paulatinamente en un futuro cercano.   Así lo han decidido las autoridades de Salud,   gracias al esfuerzo que han realizado grupos importantes a nivel mundial que defienden el bienestar de los consumidores.

Sin duda, será vital añadir a estas medidas campañas nacionales de orientación alimentaria, controles a la publicidad de alimentos y bebidas dirigidas a la infancia,  sanciones al etiquetado engañoso de productos y establecer bebederos de agua potable en los planteles.    Igualmente, los padres de familia deberán vigilar los alimentos y bebidas que se ofrecen en las escuelas y prohibir todo tipo de publicidad y patrocinio empresarial de alimentos chatarras al interior de los planteles escolares. Por supuesto, es fundamental la capacitación de los maestros, porque juegan un papel clave en el proceso de recuperación de la salud alimentaria.

Históricamente, a Panamá le ha faltado una dirección clara hacia el desarrollo de una verdadera educación alimentaria que revierta los hábitos actuales, que haga accesibles las frutas, las verduras, los cereales integrales, y demás alimentos naturales.    No hay duda de que el consumo de alimentos procesados impacta la salud, agrava la pobreza, trastorna los hábitos alimentarios saludables, propicia adicciones y destruye las economías agrícolas locales.   En el interior del país, por ejemplo en las zonas rurales, la mayoría de los niños en edad escolar consumen refrescos azucarados en alguna hora del día, conducta que parece estar relacionada con el tiempo que pasan ante el televisor.   El impacto en la salud se verá en pocos años, como ya ocurre con sus familias, pues cuatro de cada diez panameños padece de obesidad o diabetes.

Además, la presencia de comida chatarra en las zonas rurales constituye un problema de seguridad nacional, porque esos alimentos destruyen la agricultura local y causan daños a la salud de esa población, que transfiere sus limitados recursos económicos hacia las empresas procesadoras de alimentos y bebidas, lo cual perpetúa sus condiciones de pobreza y dependencia.   En el interior existen dos problemas, cada uno más difícil de solucionar:   Por un lado, las sodas y demás refrescos procesados contienen una proporción altísima de azúcar, lo que convierte a los niños en adictos al endulzante; y por otro, una de cada cuarto escuelas carece de agua potable,   sin embargo, a la mayoría de los pueblos les llega el camión que vende refrescos.

Lo trágico es que esos sectores marginados se encuentran atrapados por un mercado cruel que los lleva a consumir grandes cantidades de comida de bajo contenido nutricional, incluso como parte de un deseo aspiracional, difundido por la televisión y cumplido por la escuela.   Esto es lamentable, porque los comedores escolares podrían ofrecer mejores alimentos a menores costos, respaldando procesos de economía solidaria y garantizando la seguridad alimentaria.

De igual forma, es lamentable el grado de devaluación que ha sufrido la gastronomía interiorana e indígena. Por ejemplo, hace años una huerta en la comunidad de Copé, en Coclé, podía contener más de 40 variedades de alimentos y el conocimiento tradicional reconocía más de 60 plantas comestibles. Esa riqueza fue desplazada por el mercado de comida chatarra, con el apoyo de las políticas oficiales.   El cambio en los patrones alimentarios es el resultado de decisiones de gobernantes que han renunciado a su función de servidores públicos sin dejar de cobrar por ello. Y con ello han permitido una expansión desmesurada de la comida chatarra. Por eso, hoy se requieren medidas estrictas empezando por la regulación y prohibición de los alimentos procesados con respecto a su potencial tóxico.

Ciertamente, los daños que están ocasionando los alimentos procesados ponen en riesgo la viabilidad de nuestro país por los estragos que ya causa en la salud pública. El consumo de la comida chatarra causa daños a la salud muy similares al tabaquismo, llámese cáncer, padecimientos cardiovasculares y enfermedades crónicas. Por eso, aplaudimos la decisión del Estado de prohibir las frituras, sodas y refrescos azucarados de las escuelas, y de garantizar la salud y la alimentación sana para todos los panameños. De no hacerlo, nos convertiríamos en rehenes de las grandes marcas corporativas y los sectores más pobres seguirían viviendo en desnutrición, con el grave daño metabólico que esto conlleva.

<> Artículo publicado el 12  de octubre de 2010 en el diario La Estrella de Panamá, a quienes damos,    lo mismo que al autor,   todo el crédito que les corresponde.

Sé consumidor responsable

Si adoptamos medidas responsables de consumo, podremos cambiar prácticas dañinas al medio ambiente.  La opinión de…

ISIS PINTO  

Te has preguntado alguna vez sobre la procedencia de los alimentos que consumes?   Generalmente no lo hacemos; sin embargo, es una acción muy importante que puede hacer una gran diferencia en la conservación de nuestros recursos.   Como consumidores, tenemos una responsabilidad, pero también tenemos un poder. Con nuestra forma de consumir podemos influir de una forma directa.

¿Sabías que anualmente se extraen más de 95 millones de toneladas de productos del mar por pesca y acuicultura?   En el caso de la pesca, esta gran demanda ha llevado a los mercados a incrementar sus tecnologías para capturar más productos, posiblemente sin considerar el impacto negativo que esto ocasiona al ambiente marino y que repercute contra nuestra propia existencia.   Por ello, en este espacio mencionaré algunos casos que deberíamos conocer; sin embargo, se podrían listar otros más.

Cada vez son más los expertos que manifiestan que varias de las especies marinas de interés comercial están declinando sus poblaciones. Una de las causas es la pesca de juveniles (animales que no se han reproducido; es decir, que no han dejado descendencia).

Panamá no escapa de esta realidad, de nuestros mares se están extrayendo pargos juveniles, probablemente para abastecer el mercado que busca el ‘pargo tamaño de plato’, aquel que cabe en un plato, siendo más estético para el cliente.

Otro producto que se puede encontrar en algunos restaurantes es el cambute, el cual debido a sus bajas poblaciones está protegido por una normativa nacional que establece una veda por 5 años a partir de este año.

La langosta es otra de las fuentes de proteínas que consumimos y que los científicos recomiendan establecer tallas adecuadas (tamaño del ejemplar) para el consumo de este recurso, ya que consumir ejemplares por debajo de esta talla significa que estás consumiendo langostas juveniles.

También, como consumidores, deberíamos conocer la técnica bajo la cual se capturó el producto. Algunas artes de pesca son poco selectivas y arrasan con todo lo que encuentra a su paso para luego quedarse con una pequeña parte de todo lo capturado, camarones.

Este daño lo ocasionan las redes de arrastre, su poca selectividad captura tortugas marinas, tiburones pequeños, peces, crustáceos y otras especies que no son el objetivo de este tipo de pesca y que luego es devuelto al mar, pero muerto.

En ocasiones, en Panamá algunos barcos se atreven a arrastrar muy cerca de la costa, lo cual por norma es prohibido debido a que capturan especies juveniles, degradan hábitats costeros y destruyen fondos de praderas marinas.

Las capturas accidentales pueden constituir un problema grave por el despilfarro de los recursos.

La FAO considera que la pesca de arrastre del camarón es la principal fuente de descartes (aproximadamente 70% de la captura se descarta).

También sería interesante conocer de dónde proviene el pescado que consumimos. Si ha sido extraído de un área marina protegida cumpliendo con las normas establecidas para reducir el daño sobre otras especies o ecosistemas o si proviene de un grupo de pescadores artesanales que se distinguen por acogerse al código de buenas prácticas de pesca propuesto por la FAO y adoptado por varios países.

Ya es tiempo de que como consumidores nos hagamos este tipo de cuestionamientos sobre los productos que adquirimos y tomemos acción inmediata para motivar a nuestros mercados a ser más responsables con el ambiente.

Cambiar nuestras prácticas habituales toma tiempo y un buen inicio podría ser tomar la decisión de reducir el consumo de productos cuya cosecha/captura pone en riesgo nuestro abastecimiento de alimento (proteína) y la existencia de otras especies.

<>Artículo publicado el 10 de septiembre de 2010  en el diario La Estrella de Panamá, a quienes damos,  lo mismo que al autor,  todo el crédito que les corresponde.