La crisis del agua y la planificación

La opinión del Profesor Universitario e Investigador asociado al CELA….

MARCO  A.  GANDÁSEGUI
gandesegui@hotmail.com

Hace varias semanas los panameños residentes de la ciudad de Panamá y sus alrededores no tienen agua para satisfacer sus necesidades básicas. Desde el 8 de diciembre de 2010, fecha en que un frente climatológico procedente del norte sorprendió a la región con lluvias torrenciales, el Instituto de Acueductos y Alcantarillados Nacionales (IDAAN), está improvisando para resolver su desgreño administrativo. Por un lado, ha dejado de distribuir agua a gran parte de la ciudad capital. Por el otro, produce agua impotable que no pueden beber los habitantes del área metropolitana de la urbe capitalina.

El gobierno nacional ha culpado a la ‘naturaleza’ por el desastre urbano. Alega que las lluvias han ‘enturbiado’ las aguas del lago Alajuela, que provee a la ciudad del líquido precioso.   La excusa no tiene sustento alguno en la medida en que hay que tomar en cuenta que el istmo de Panamá recibe fuertes cantidades de lluvia todos los años y que los distintos gobiernos fomentan la deforestación de las cuencas de los ríos.

La causa del desastre administrativo es la falta de planificación por parte de las autoridades electas por el pueblo.   Cuando el IDAAN ‘descubrió’ que no podía controlar la situación creada por el alto nivel de sedimentación en su planta potabilizadora, debido a la falla de piezas claves, comenzó a buscar una solución.   Lo primero que hizo fue emitir un comunicado señalando que las piezas no le habían llegado a tiempo.   Después le pidió las piezas a la Autoridad del Canal de Panamá (ACP) y al gobierno de Costa Rica.   Solicitó algunos días de ‘paciencia’ por parte de la población para resolver la falta de distribución de agua en la metrópolis panameña, lo que hace más de un mes no logra.

Hay un gran parecido entre lo que pasa en el IDAAN y lo que acontece a nivel del gobierno nacional.   El presidente Ricardo Martinelli plantea que el país ‘está abierto a los negocios’.    Todo es medido con la vara empresarial.   Si la iniciativa arroja una ganancia entonces debe emprenderse inmediatamente.    No importa cuales puedan ser las consecuencias para el país o para la población. Si la actividad no es rentable, entonces es abandonada (no recibe mantenimiento) y las autoridades gubernamentales se desentienden.

Los gobiernos de turno – y el actual no es una excepción – nunca han entendido que para hacer lo que el presidente Martinelli llama ‘negocios’, un país necesita una infraestructura sólida que incluye una distribución de agua potable, la recolección sistemática de la basura, vías de circulación, transporte público y energía eléctrica. Igualmente, tiene que tener una población educada y servicios de salud   ‘igual para todos’ para que la población pueda acudir sana y sin interrupciones a sus trabajos.

Las políticas neoliberales de las dos últimas décadas han tirado por la borda toda noción de planificación. Apurados por acumular riqueza basada en la especulación financiera, inmobiliaria y comercial los políticos han construido ‘castillos de arena’ que la marea ya se está llevando.

La semana pasada, apenas, el gobierno nacional le dio a los ex – productores de arroz del país, que protestaban por el abandono del sector, un porcentaje de las cuotas de importación de ese producto fundamental en la dieta panameña. Medida demagógica que convierte a todos los panameños en perdedores. Gobernantes y oposición partidista celebran ‘el crecimiento económico’ del país cuando saben que tal incremento es sólo fruto de su afiebrada imaginación.

Según cifras oficiales, hace dos décadas los sectores productivos del país están estancados y todo indica que han comenzado a decrecer.

Lo que crece es la expansión del crédito financiero. Hay una pequeña minoría de panameños y extranjeros que especulan con la expansión del crédito y compran bienes raíces, viviendas, carros, paseos y mercancías de toda clase.    El desenfreno, producto de la especulación y no de la producción, es la causa de la crisis del agua. Crisis que fue antecedida por el problema de la recolección de la basura, aún sin solución. La especulación abanicada por el gobierno también es la causa de la crisis del transporte, de la falta de vías de comunicación tanto en la ciudad como en el interior y el colapso de los dos puentes que cruzan el Canal de Panamá.

La única solución al problema del agua en la ciudad de Panamá es la planificación a mediano y largo plazos. Así se hizo durante gran parte del siglo XX. ¿Por qué abandonaron la planificación los malos políticos neoliberales hace 25 años?

 

 

*

<> Este artículo se publicó el 13  de enero de 2011   en el Diario La Estrella de Panamá, a quienes damos,  lo mismo que al  autor,  todo el crédito que les corresponde.

Realidades y mitos de la producción de alimentos

La opinión del Ingeniero Agrónomo…

Eduardo A. Esquivel R.

Quisiera aportar mi opinión, como productor y agrónomo no comprometido con ningún sector económico o político, respecto a la producción de alimentos.

Ante todo, reconocer el hecho indiscutible de que desde hace años los alimentos incrementan sistemáticamente su precio en el mercado minorista y que, como reconocen los propios funcionarios, el sector agropecuario está en crisis. Los gobiernos tienen la culpa de esto, porque en Panamá la política económica estatal es apoyar al sector servicios (turismo, banca, construcción, comercio, etc.) y dejar en un tercer o cuarto término al sector agropecuario, que solo aporta cerca del 15% del PIB del país. Se tiene la idea de que es más “fácil” importar los alimentos que producirlos. Es por esto que el o los gobiernos sí tienen parte de la culpa por el alto precio de los alimentos.

Sin dudas, es una concepción ecléctica e idealista que los agricultores dejen de usar fertilizantes químicos, insecticidas, fungicidas, herbicidas, etc. Para producir alimentos sanos y baratos, porque no gastarían en estos insumos. Pero la realidad es que las experiencias en agricultura orgánica demuestran que no es rentable, ni siquiera en los países desarrollados en los que se aprecian estos productos, y su valor es el doble de los no orgánicos.

Es verdad que la agricultura orgánica es más sana, pero es falso que sea más barata. Un cultivo cualquiera, por ejemplo el maíz, sin fertilizantes químicos y sin agroquímicos con suerte produce un 20% de lo normal. O sea que su costo es cinco veces mayor que el producido con agroquímicos. Hace poco leía los comentarios de un agricultor que intentó cultivar tomates orgánicos en EU, y decía que al final cada tomate le salió costando 36 dólares. Además, la incidencia de plagas y enfermedades en los orgánicos es alta. Es por esto que los productos orgánicos son mucho más caros que los no orgánicos.

Además, desde la revolución verde las tendencias de la genética de las plantas alimenticias se orientan a altos consumos de agroquímicos. Algunas de estas variedades ni siquiera llegan a producir sino se fertilizan masivamente. Esto sin mencionar las variedades transgénicas, que de cierto modo podrían resolver el problema del alto consumo de fertilizantes. Por ejemplo, una variedad de arroz o maíz que fijara nitrógeno en las raíces, con genes de una leguminosa.

El Gobierno sí tiene la culpa, o al menos, la responsabilidad del incremento de la canasta básica, porque éste orienta y controla las políticas agrícolas y comerciales: Pero los intermediarios y los comerciantes son los que se hacen millonarios, importando alimentos o comprando barato al productor y vendiendo con un 200% o 300% de margen de ganancia en los supermercados. Solo controlando esto se abarataría la canasta básica en más del 30%. Al final el problema no será que los alimentos estén caros, sino que no habrá qué comprar.

<>
Este artículo se publicó el  3  de enero de 2011   en el diario La Prensa, a quienes damos,  lo mismo que al autor, todo el crédito que les corresponde.

Consenso de Seúl a Washington

La opinión de…


ALEXIS   SOTO
sotopanama@gmail.com

En los años ’90 se impuso la corriente del Consenso de Washington, la liberalización unilateral de mercados, privatizaciones y reducciones drásticas del déficit.  Era el ritmo al que bailaban nuestros países en ese tiempo y la música la imponían los organismos multilaterales (Banco Mundial, FMI, etc.).

Panamá tuvo que adoptar muchas de estas medidas a costas de graves sacrificios en nuestras políticas de desarrollo interno, so pretexto de que de otro modo quedaríamos aislados del mundo.

Bajo estas premisas, nuestros productores agropecuarios aceptaron drásticas reducciones de aranceles, la apertura del mercado nacional, así como el desmantelamiento y demonización de todo apoyo estatal o subsidio al agro a partir de la adhesión a la OMC en 1998 y así durante todos los gobiernos subsiguientes estas políticas fueron paulatinamente dejando en la postración a nuestro sector agropecuario.

Hoy, casi dos décadas después, el mundo ha dado muchas vueltas, aquel mundo regido por las economías más poderosas desde la II Guerra Mundial ha tenido que dar un espacio a los llamados países emergentes. Así la ONU aceptó ampliar el Consejo de Seguridad y el G20 se abrió para dar entrada a Corea, Argentina, México y Brasil.   El texto de la última cumbre del G20 celebrada en Corea hace dos semanas, conocido como el ‘Consenso de Seúl’ es reflejo de ese cambio de ritmo.

Ahora se habla de un equilibrio entre crecimiento económico y desarrollo social, pero sobretodo se habla de políticas nacionales de desarrollo que no sean impuestas desde afuera. Tanto el Director del FMI como del Banco Mundial coincidieron en que las políticas económicas de los países deben ser consecuentes con su realidad doméstica y no pueden uniformarse para todos.

Hoy vivimos otro mundo. La crisis del petróleo en 2007 que devino en una crisis de precios de los alimentos llevó a la FAO a instar a los países a desarrollar políticas de desarrollo agropecuario y de seguridad alimentaria, parte del texto del ‘Consenso de Seúl’ reitera estas prioridades enfatizando en la necesidad de retomar las discusiones de la ‘Ronda de Doha’.

Ahora cuando nuestro país avanza en la negociación de Tratados de Libre Comercio y Acuerdos Fiscales con países miembros de la OCDE, es importante que nuestras autoridades tomen en cuenta los nuevos paradigmas globales. No se trata de regresar a políticas arcaicas de sustitución de importaciones, se trata de fomentar la producción nacional tanto agropecuaria como industrial para aumentar nuestras exportaciones y no sacrificar la primera so pretexto de impulsar la segunda. El crecimiento del país no puede darse a espaldas del desarrollo de nuestra industria y del sector agropecuario ya que son los que nos darán el necesario valor económico y la seguridad alimentaria.

<> Este artículo se publicó el 30 de noviembre de 2010  en el Diario La Estrella de Panamá, a quienes damos,  lo mismo que al  autor,  todo el crédito que les corresponde.
Más artículos del   autor  en: https://panaletras.wordpress.com/category/soto-alexis/

Verdades a medias

La opinión de…

Gabriel A. Conte G

Con mucha frecuencia escuchamos en los distintos medios de comunicación expresiones vertidas por algunos técnicos del sector agropecuario y especialistas en nutrición y otras disciplinas, quienes esgrimen conceptos referentes a la supuesta contaminación de los alimentos que a diario consumimos, sean estos de origen animal o vegetal. La supuesta contaminación, según algunos, radica en el uso indiscriminado de pesticidas y de medicamentos de uso veterinario por nuestros productores; análisis que considero no se enfoca en una verdadera realidad en nuestro medio, por varias razones, tanto de índole económica como técnica.

Se especula que nuestros agricultores utilizan productos químicos cuyo uso ha sido eliminado en otros países del mundo, cosa que no es cierta. Que se utilizan hormonas para el engorde de aves, cerdos y bovinos en forma indiscriminada no es cierto, dado al alto costo de los agroquímicos, lo que impide que los productores los utilicen como se asevera.

Además, la mayoría de los productos que en la actualidad se usan en las labores del agro en Panamá tienen lo que se denomina EPA (siglas en inglés), o sea, la autorización de la Agencia de Protección del Ambiente de Estados Unidos. De ahí que no sabemos de dónde sacan esos conceptos inexactos los detractores del agro.

En el pasado, hace más de 35 ó 40 años, cuando se utilizaron los productos derivados del DDT y de algunos organofosforados de alta residualidad, como también carbamatos y mercuriales, pudo darse uno que otro episodio de contaminación química de los alimentos; así como cuando se utilizó en las décadas de 1950 y 1960 el Dietil-estilbestrol, como coadyuvante a la ceba de animales, hoy en desuso.

Esas aseveraciones sin ningún sustento científico no prueban lo que indican, son más gustos y apreciaciones con cierto grado de individualidad, con las que pareciera se desea descartar de una vez por todas el consumo de productos de origen animal, por considerarlos dañinos a la salud. El ser humano está acondicionado biológicamente para la digestión de la proteína animal y sus grasas sin ningún problema. Que existan algunos individuos (idiosincrasias) con problemas en su organismo para la digestión y asimilación de dichos productos, lo acepto, pero no todos estamos en esas condiciones patológicas, por lo tanto, esgrimir esos conceptos abiertamente va en perjuicio de la producción y de la salud de muchas personas.

La Organización Mundial de la Salud hace algunos años publicó que los habitantes de los montes Cárpatos presentaban la mayor longevidad en el mundo, y que se alimentaban básicamente de lácteos (yogur, kumis, kefir, quesos, etc.), ¿y qué decir de los esquimales? ¿o estos no son seres humanos? Por consiguiente, en estos aspectos hay verdades a medias. Desde luego, la ingesta en exceso de cualquier tipo de alimento, incluso de frutas y vegetales, puede ser dañina.

Los pueblos de mayor progreso y desarrollo en el mundo, si la historia no nos falla, han sido aquellos cuya dieta se basaba en altos contenidos proteínicos.

*

<> Este artículo se publicó el 13  de noviembre de 2010  en el diario La Prensa, a quienes damos,  lo mismo que al autor, todo el crédito que les corresponde.
Más artículos del autor  en: https://panaletras.wordpress.com/category/conte-g-gabriel-a/

Regulando plátanos

La opinión del Empresario…

John A. Bennett Novey

El título de una noticia de La Prensa del domingo 3 de octubre pasado, sugiere que el “IMA debe regular el precio del plátano”, lo cual llama a la pregunta: ¿por qué? o ¿para qué? El artículo sugiere que esta medida obedece a la preocupación que sienten los productores ante el drástico bajón que ha sufrido el precio del producto, y añade que no saben a qué se debe, si a abundancia o carencia.

Comencemos por señalar que si no saben el porqué del bajón menos deben meterse a regular precios.   Cualquier estudio somero de la historia humana mostrará que todos los intentos de usar la regulación de precios como medio de protección de algunos, desfavorece a otros y termina afectando negativamente a todos.

Muchas de las hambrunas más horribles a través de la historia fueron atribuibles a la regulación de precios, y el mero hecho de que existen funcionarios que se creen capacitados para intervenir en procesos de un mercado que no entienden es manifestación de soberbia.

Si ni los mismos economistas se pueden poner de acuerdo respecto a los fenómenos del mercado, ¿cómo creen los “burrócratas” que ellos tienen la capacidad de intervenir exitosamente?

Supongamos que mañana todos los panameños decidimos sembrar plátano; es obvio que los precios se irían a pique. Quizás el mercado estaría informándonos que: existe una sobreproducción de plátanos; o que los precios estaban tan altos que la gente comenzó a sustituirlo por otros productos más asequibles a su bolsillo; o que de pronto todos los panameños perdieron el apetito por esta fruta.

El deseo de “planificar” las cosas y lograr una mejor redistribución de las riquezas, por más lindo que suene, trae más problemas que remedios, tanto para productores como para consumidores. Lo que para uno es un “precio justo” para el otro no lo es, y al final terminamos con un intervencionismo opresivo y descontento generalizado.

Lo esencial aquí es que ningún funcionario es el manantial del estándar ético que le permitiría decidir sobre estas cosas; ya que su verdadera función es la de evitar abusos y no la de jugar a Dios.

No es nada fácil decidir cómo lograr los reales, y recién vimos que los precios del plátano habían estado escalando. Obvio que esto envió un mensaje a los productores de que el momento era ideal para sembrar plátano y quizás se les fue la mano. Frente a ello, ¿tiene algún sentido que el Gobierno diga que no se puede vender a menos de tanto o a más de tanto?

Si un productor tiene toneladas de plátano que no puede colocar, ¿acaso no tiene el derecho de venderlo a menor precio para no perder tanto? Y si otro produce los mejores plátanos del país, porque se las ingenió para ello, ¿acaso no tiene el derecho de cobrar más por su ingenio?

En cuanto al intermediario, este presta un servicio al igual que los productores. Resulta fácil echar culpas, pero a menudo no hay “culpables” sino situaciones fortuitas, tal como sequías o lo contrario, y no tenemos otra que lidiar con ello, sin la necesidad de conjurar al Chapulín burócrata para que juegue a ser un rey Salomón. Y en todo caso, el tiempo que pierden en lo que no deben es tiempo que desaprovechan para pillar a los juega vivo.

No existe otra alternativa que el sistema competitivo y cualquier intento que procura igualdades termina produciendo desigualdades. Además, si eliminamos la competitividad, por más que esta sea dura de tragar, flaco favor nos hacemos.   Si hay alguna realidad de este mundo que es imperativa es la de la competencia por la supervivencia, y ningún funcionario puede apagar a su albedrío este mecanismo. Cada uno de nosotros vino a este mundo porque se dio una competencia contra miles en la fecundación del óvulo.

Siempre habrá un platanero que podrá lograr ganancias a menor precio y sería injusto quitarle la ventaja que logró con ingenio y trabajo. Aun bajo un régimen socialista ideal en donde el producto económico del trabajo fuese repartido por igual a todos, habría áreas de producción más exitosas que otras en donde la repartición crearía desigualdades entre estos y otros grupos menos productivos.

El resultado de manipular mercados, tal como fue sugerido en el artículo mencionado, es que quizás se pueda beneficiar a algunos plataneros, pero siempre quedarán por fuera otros, y ni hablar de los tomateros, ñameros, etc.   En algún momento los esfuerzos de unos se verán afectados por circunstancias imprevisibles, ya sea a favor o en contra, y si se intenta proteger a unos contra inclemencias, mientras que se previene que otros logren mayor ganancia “inmerecida” porque fue fortuita o basada en su mayor habilidad, la remuneración dejaría de ser el factor determinante y quedaríamos todos en manos de los “burrócratas”.

*

<> Este artículo se publicó el 1  de noviembre de 2010  en el diario La Prensa, a quienes damos,  lo mismo que al autor, todo el crédito que les corresponde.
Más artículos del autor  en: https://panaletras.wordpress.com/?cat=20457758

La fiebre no está en las sábanas

La opinión de…

Héctor Rodríguez G.

Aunque plausibles por su intencionalidad, los esfuerzos oficiales desde siempre tratando de sacar adelante el tan manoseado atraso rural panameño, siguen cayendo en el foso de ignorar el real origen del mal, pero, con el agravante de que otros países, cuyas brújulas sí señalan acertadamente el norte, nos están tomando en cada temporada más y más ventaja, de suerte que cuando por fin entendamos la verdad, nos será aun más difícil alcanzar la meta del desarrollo sostenible, por cuanto los nichos de los mercados ya estarán rotulados incluso por países menos favorecidos por la naturaleza que el nuestro.

Veamos qué ocurre con los tres elementos o factores del desarrollo rural: trabajo, tierra y capital, empezando por los dos últimos. Por tierra, entendemos el entorno natural, disponibilidad hídrica, calidad y cantidad de suelo, climatología, topografía, vías de acceso, etc., que se enmarcan en lo que llamamos vocación de la tierra. En verdad, la vocación de la tierra depende de encontrarle a cada dedo su anillo; es decir, el objetivo justo. Hasta las topografías más empinadas tienen su vocación rentable: la forestación. El único requisito infranqueable para la viabilidad de cualquier explotación es que sea amigable con la naturaleza, con los biomas locales.

El capital o aspecto financiero, tiene históricamente la disponibilidad de recursos para el desarrollo del campo, sin embargo, ha propiciado las piedras de escándalo, ya por las desviaciones de los créditos, ya por la falta del correcto seguimiento a los proyectos. Es que según el esquema, los bancarios deben presentarle a los banqueros los resultados de colocar los recursos del Estado (financiamientos de fomento) en forma masiva; el después es lo de menos, puesto que ya han ganado la intermediación y si el usuario no paga pues pierde el bien dado en garantía. Claro que además se han visto exabruptos, como el legislar subsidios nacionales a favor exclusivamente de productores chiricanos.

Nos queda el primer elemento en la producción rural y este sí es el problema grave. Nuestro protagonista del trabajo, la masa campesina carece de la suficiente infraestructura cultural, de cara a la competitividad de hoy y del futuro. Lo dicho, en vez de escocer debe suscitar la reflexión de quienes tienen en sus resortes la posibilidad (entiéndase: la obligación) de propiciar el desarrollo.

Debemos asumir de manera rotunda la imperiosa necesidad de empezar por educar a la gente en los verdaderos principios y valores morales y éticos que, como todos sabemos se encuentran bastante postrados; sostenida la personalidad en esa columna vertebral, sí podrá establecer su criterio propio y emitir la autocrítica y la crítica, condiciones sólidas para acumular a nivel cognitivo las tecnologías de producción sostenible enmarcadas en disciplinas amigables con el medio ambiente. El productor rural nutrido intelectualmente, eliminará con suficiencia los defectos vistos en los otros dos elementos de la producción.

Ello catapultará la iniciativa privada afianzando el sentido de pertenencia, lo cual conlleva al desarrollo endógeno que a su vez desplazará el recurrente paternalismo, fuente de pírricos logros y de abultada corrupción ya no del sector primario, sino del país.

Saldríamos del elemental modelo familiar “de la mano a la boca” sin acumulaciones ni ahorro, pasando al menos al “justo a tiempo” para crear los nichos y los ulteriores privilegios de mercados cautivos, aún exteriores; consecuentemente sería normal hablar de la meta tan anhelada por los industriales: “Calidad total” que nos conllevaría al éxito de posicionar sólidamente más productos y más marcas país.

Diversas y no pocas sociedades en el mundo disponen ahora del suficiente poder adquisitivo para consumir los alimentos certificados y acreditados como naturales y limpios, y en Panamá, en donde contamos con la bendición de los entornos naturales expeditos, solo nos falta crear y afianzar la cultura y la idoneidad para desarrollar los abastecimientos permanentes de tales productos, sometidos a las más severas normas de control, como la trazabilidad, y asumir sin temores ni complejos los serios compromisos de suministro (TLC, Euregat, etcétera).

Claro que este marco de estrategia, debe concitar a todos los estamentos, pretiriendo en los sectores secundario y terciario, el complejo de Caín  ¿soy yo acaso guardia de mi hermano?   Mil gracias.

*
<> Este artículo se publicó el 25  de octubre de 2010  en el diario La Prensa, a quienes damos,  lo mismo que al autor, todo el crédito que les corresponde.
Más artículos del autor  en:  https://panaletras.wordpress.com/category/rodriguez-g-hector/

¿Cuál es la política agropecuaria?

La opinión de la Abogada y Ex Diputada de la República…

MIREYA LASSO

En nuestro concepto, y expresado en términos simples, una política agropecuaria debe contemplar un sistema que lleve riqueza al campo y alimentos nutritivos a bajo costo a la mesa del consumidor.

En la estructura de gobierno panameño, el sistema es responsabilidad de las entidades que deben complementar sus actividades, como el MIDA, que es el rector del sistema, con financiamiento del BDA, con el mercadeo de productos del IMA, con nuevas tecnologías del IDIAP y con seguros contra riesgos del ISA. Lamentablemente la nuestra ha demostrado ser una historia de maltrato o abandono del sector, aunque se le pretenda maquillar con frases bonitas.   Prueba fehaciente del abandono es que, en los once años desde 1999 a la fecha, el sector ha sido dirigido por siete ministros diferentes —un promedio de menos de dos años por jefatura—, produciéndose una evidente inestabilidad por la ausencia de seguimiento y liderazgo continuado, aun cuando los tres presidentes involucrados han sido oriundos del interior del país.

Muchos factores se deben conjugar armónicamente para que el sistema funcione. La tarea no es sencilla, pero requiere, sobre todo, de objetivos claros, dejar de lado intereses económicos de unos pocos y voluntad política para tomar decisiones críticas. Lograrlo no debería ser difícil, porque, según reza el Plan Estratégico 2010—2014 del gobierno, la agricultura es el sector de ‘alta prioridad’ que constituye, junto con el turismo y el Canal, el principal motor de desarrollo.

El Plan basa su estrategia agrícola en la sustitución de la producción tradicional por nuevos cultivos con mayores rendimientos, que posibiliten la exportación de los productos del campo. Bajo ese esquema, para generar hasta 250000 nuevos empleos, se promete diseñar un programa de inversiones con políticas públicas y mejoras en las estructuras administrativas para aumentar las tierras arables, los rendimientos por hectárea, el acceso al crédito y a la tecnología, la agroindustria para producir jugos y conservas, mientras se continuarán produciendo alimentos básicos, como el arroz, para protegernos contra cambios en precios internacionales y garantizarnos un suministro nacional mínimo.

Pero tan loables objetivos contrastan con quejas y frustraciones que adelantan diferentes gremios y actores del sector agropecuario, que se han visto reflejadas recientemente en los medios de comunicación.

Así, el desplazamiento de la producción nacional de productos hortícolas fue denunciado por la Asociación de Productores de Tierras Altas de Chiriquí, cuando se manifestó contra la segunda rebaja de los aranceles de importación de esos productos decretada por el presente gobierno.

Cabe notar que la Unión de Consumidores de Panamá ha denunciado que la modificación de aranceles de importación no redunda en una rebaja de los costos de la canasta básica de alimentos, porque los únicos beneficiados por esa medida son importadores y comerciantes que venden sus productos al nivel de precios locales, aprovechando un margen elevado de especulación y la escasez de la producción doméstica.

Por su lado, el permiso otorgado por la Autoridad de Seguridad de Alimentos para la importación de maíz, tomates, ajos y otros productos, y la importación, a destiempo, de 180000 quintales de cebolla, significaron rudos golpes a la producción nacional de esos rubros.

Mientras los arroceros de Veraguas protestaban por el rechazo de molineros a comprar su cosecha, debido a la falta de espacio por la importación del grano extranjero, la Asociación Nacional de Ganaderos acusaba al BDA de ser ‘una agencia de empleos para préstamos políticos’, denunciaba la reducción de sus préstamos y los productores de raíces y tubérculos de Herrera se hacían eco de la mora en los préstamos agropecuarios.

La Cámara de Comercio de Panamá se sumó a la preocupación expresada, por lo que considera ser la situación crítica que sufre hoy el sector agropecuario. Como la Cámara, abogamos porque este sector goce de políticas y facilidades, hasta ahora otorgadas con mezquindad, que le permita producir con eficiencia y rentabilidad. Hay mucho por hacer para poder ver resultados concretos.

<> Artículo publicado el 29  de septiembre  de 2010  en el diario La Estrella de Panamá,  a quienes damos,  lo mismo que a la autora,   todo el crédito que les corresponde.