La última tarea de Carlos Andrés… I parte

La opinión del Politólogo…


MARCEL SALAMÍN-CÁRDENAS
msalamin@yahoo.com

Una vida entera dedicada al desarrollo y fortalecimiento de la democracia, la libertad y la justicia social en Venezuela, en América Latina y en África. No hay lugar de la geografía política que no tocara en su constante peregrinar, con o sin la banda presidencial, para llevar una voz de aliento a aquellos que luchaban; para abogar por ellos ante sus gobiernos, o darles refugio y apoyo cuando se cerraban las puertas.

Su opinión franca y sin dobleces en defensa de la democracia y la libertad lo enfrentó a gobernantes y líderes de izquierda y de derecha, pero ni los reveses menguaron su proverbial terquedad para desbrozar el camino a las fuerzas democráticas ni nunca, como buen taurófilo que era, se rindió o tiró el capote hasta terminar la faena. Desde Rubio, su pueblo natal en los Andes tachirenses, joven imberbe aún, se lanzó a la lucha clandestina contra la dictadura de Juan Vicente Gómez y no paró nunca más. Su huella temprana está en aquel breve eclipse democrático que llevó a la Presidencia de Venezuela a Rómulo Gallegos en 1948; esa impronta se evidencia en el derrocamiento del dictador Marco Pérez Jiménez en 1958 y de manera clara y prominente en la victoria democrática de Rómulo Betancourt que abrió Venezuela a la vida democrática por cuarenta años.

Sumergido en la lucha clandestina, hombro con hombro con Rómulo Betancourt, organizaron y construyeron ese formidable partido popular y social-demócrata que durante más de seis décadas fuera Acción Democrática. En los setenta años de su intensa vida política, Carlos Andrés Pérez fue blanco de persecuciones, atentados, carcelazos, conspiraciones y vivió largos períodos de exilio y nunca, ni siquiera bajo el fuego granado de los golpistas de 1992, cedió a la tentación de echar por la borda su profunda y conmovedora fe en la democracia. En esa ocasión, con el Palacio Presidencial tomado por los golpistas, desembarcó del extranjero y se tomó el Palacio de Miraflores con su pistola en mano y al mando de sus fieles soldados y amigos. Chávez prefirió quedarse escondido cuando se enteró del arrojo y la valentía de su víctima.

Como secretario privado del presidente Betancourt y luego como su ministro del Interior, le tocó enfrentar a los muchos destacamentos guerrilleros del archipiélago ideológico de la izquierda radical venezolana. Los derrotó política y militarmente. Pero no los vejó, ni los humilló. En parte porque el grueso provenía de desprendimientos de Acción Democrática, en parte porque entendía las razones que les llevaron a la montaña, aunque no compartiera los medios.

Y salvo pocas excepciones —naturales en la turbulencia de los enfrentamientos militares contra la insurgencia civil y las intentonas golpistas castrenses que nunca cesaron— los máximos dirigentes de esa aventura militar, incorporados exitosamente a la vida democrática, han reconocido posteriormente que tuvieron en Carlos Andrés un contendor valiente, firme y decidido, pero gallardo, respetuoso del orden jurídico y dispuesto a un diálogo y a un entendimiento que permitió luego finalmente cerrar este capítulo de la historia de Venezuela.

Dos veces fue Carlos Andrés Pérez elegido con abrumadora mayoría a la Presidencia de la República. En la primera, nacionalizó la industria petrolera y la de los minerales básicos, poniéndolas bajo la propiedad y gestión del Estado. La OPEP es una criatura tan suya como lo es el plan de becas Gran Mariscal de Ayacucho, motor del enorme salto de calidad de la educación y la cultura de la Venezuela de nuestros días.

Las consecuencias sociales, políticas y económicas de ese acto, todavía hoy son determinantes para entender la Venezuela contemporánea. El orden social conservador y autoritario de la Venezuela agraria —que había parido tantos dictadores— se derrumbó y abrió el paso a uno nuevo, modernizante, progresista y democrático. Los saltos de calidad se expresaron a lo largo y ancho de toda la actividad de los venezolanos, aunque no pudieron borrar ni superar todas las deformaciones del viejo orden social.

Así como las drogas fuertes, si son mal manejadas, pueden producir adicciones rápidas y crisis sistémicas, el monto sin precedentes de los ingresos petroleros ciertamente que enriqueció a los venezolanos y transformó toda la infraestructura nacional, pero el descuido en su administración y dosificación, derivó en el surgimiento de una poderosa cultura clientelar y de corrupción que lentamente hegemonizó el quehacer privado y público hasta arrastrar la República a la crisis en la cual se debate.

Sigue mañana…

*

<> Este artículo se publicó el31 de diciembre de 2010   en el Diario La Estrella de Panamá, a quienes damos,  lo mismo que al  autor,  todo el crédito que les corresponde.
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