Egipto, adiós al futuro

 

La opinión del Politólogo…

MARCEL SALAMÍN CÁRDENAS
msalamin@yahoo.com

 

 

H ace poco visité Egipto, uno de los pilares de la civilización occidental, el puente fecundo que enriqueció y trasladó el patrimonio de las civilizaciones asiáticas a la Acrópolis ateniense y a las siete colinas romanas, para desde allí, sembrarla en las comarcas fecundas de Hispania, Galia, Britannia, Sajonia, Germanía, Lusitania, Mauritania, Cyrenaica, Aegiptus, Arabia Petraea y el Regnum Parthicum.

Fue una zambullida profunda y estremecedora en más de 6,000 años de historia de la Humanidad. Me faltaba ese eslabón en la comprensión de ese largo camino que desde el Imperio Celeste y del Imperio de Bharata, nos llevó a Alejandro Magno y a los Ptolomeos, para luego pasar por Julio César, Marco Antonio y Napoleón, hasta traernos a nuestros tiempos.

Todas las claves están allí, unas más enterradas que otras, y algunas que solo se pueden intuir, o adivinar, entre las dunas, siguiendo los rastros dejados por la antigua sabiduría de los augures. Arte y cultura milenaria que han logrado sobrevivir al paso, doloroso cuanto demoledor, de los conquistadores de todas las cualidades que desde la Mesopotamia y el Mare Nostrum Occidental —persas, griegos, macedonios, romanos, turcos, mamelucos y europeos— le quebraron la columna vertebral al Imperio de los Faraones, le impusieron a hierro y fuego sus creencias, valores e instituciones, y le asignaron una función político—militar tan perversa en sus matrices de dominio geopolítico y de estabilidad estratégica regional, que todo le debe ser sacrificado, vida, democracia y libertad, para preservarla.

La experiencia de esa visita me desgarró el corazón y me alertó de una falla estructural y sistémica en los muros de contención construidos por terceros en el Egipto contemporáneo para detener el tsunami del fundamentalismo islámico. Junto a los vestigios de pirámides, esfinges, tumbas, palacios y necrópolis, como congelados en el tiempo y apartados a empellones por millones de turistas, los egipcios siguen atrapados por el pasado remoto, mirando hacia atrás a la búsqueda de un camino y viviendo una vida tan miserable, tan llena de penurias, enfermedades, suciedad, indefensión y abandono, que juro nunca haber experimentado tanta incomodidad, desazón y rebeldía ante las evidencias de ese costo tan insoportable como humillante.

El Cairo, es una ciudad sobrepoblada, sin agua, sin cloacas fuera del perímetro histórico, contaminada a morir, atrapada en las garras del desierto, ajetreada y maltratada por la faena inacabable del grueso de sus ciudadanos, pobres en todos los sentidos y desempleados, que para sobrevivir a toda costa, venden cuanto pueda tener algún valor, piden con escopeta, sustraen todo lo que quede mal colocado y, de la misma manera que tiran todo desperdicio y excrecencia a los meandros del Río Nilo que lo cruzan una y otra vez, son capaces de bañarse en sus terribles aguas, jugarse la vida contra el cólera en cada apretón de mano y pescar junto a una vaca muerta que flota en sus estancadas aguas.

Túnez es la chispa de una explosión que no ha llegado a su máxima combustión, pero que se mueve veloz e indetenible hacia el Oriente del Norte Africano conmoviendo desde sus cimientos a Egipto, para pasar a la Península de Arabia y de allí saltar al Asia Central, talibán y chiita.

Si Egipto implosiona, como ‘la singularidad de un hueco negro’, arrastrará a su vórtice a todos los gobernantes que en esa región optaron por sacrificar a sus pueblos a cambio de un teléfono rojo o blanco en el comando de los centros de rescate y control de daños colaterales del colonialismo, del neocolonialismo y de la globalización salvaje.

La paradoja que implosiona es la insostenible pobreza de millones frente a la impúdica e inmoral riqueza de un puñado de sátrapas corruptos y prestos a saltar empijamados al avión. Y si bien Jordania ya tiene que correr a emparapetar su maltrecho régimen monárquico, esa, ni la monarquía saudita, son ni remotamente el núcleo de la masa crítica.

El acelerador es Afganistán y el núcleo de la masa crítica es Pakistán, con su centenar de bombas nucleares a un tris de caer en manos del fundamentalismo islámico.   Y no nos engañemos. La ruptura del dique que abrirá paso a esta crisis involutiva regional es el golpe de Estado que le dieron a Mubarak.   El verdadero tornillo maestro es la fuerza armada egipcia, que no abrirá fuego, mientras tengan la certeza de que conserva el dominio de los resortes geoestratégicos del poder.

Esta crisis está por modificar radicalmente la correlación de fuerzas militares y políticas de ese inmenso bloque regional. Y si ello es así, éstas deben ser horas muy tensas y dramáticas en Israel.   Si se desploman sus ‘cómodos enemigos’ y el fundamentalismo islámico, la única fuerza estructurante en la región, se toma el poder, que ellos se acerquen al Muro de los Lamentos y que cada uno de nosotros se agarre de su Santo Patrón.  Son los remanentes de la civilización occidental los que han llegado a su fin en Egipto.

 

Este artículo se publicó el 15 de febrero  de 2011   en el Diario La Estrella de Panamá, a quienes damos,  lo mismo que al  autor,  todo el crédito que les corresponde.
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