El Buen Samaritano

La opinión del Empresario….

RAFAEL CARLES
rcarles@cableonda.net
La parábola del Buen Samaritano es una de los relatos más bellos y entrañables de las Sagradas Escrituras. Y aunque no está directamente relacionada con la época de Adviento, nos enseña quién es nuestro prójimo y cómo se ha de vivir durante todos los días del año: Un hombre bajaba de Jerusalén y cayó en manos de unos salteadores que después de haberle despojado, le cubrieron de heridas y se marcharon, dejándolo medio muerto.

 

Muchos seguidores y escritores cristianos antiguos identifican a Jesús con el Buen Samaritano; el hombre que cayó en manos de ladrones es una figura de la Humanidad herida y despojada de sus bienes por el pecado original y los pecados personales. Los salteadores del camino son el demonio, las pasiones que incitan al mal y a los escándalos. El levita y el sacerdote que pasaron de largo simbolizan la antigua alianza, incapaz de curar. La posada era el lugar donde todos pueden refugiarse y representa la fe.

La parábola del Buen Samaritano además aconseja acercarnos a nuestros semejantes para remediar sus males materiales o espirituales, con compasión para que nunca pasemos de largo ante el sufrimiento ajeno. Debemos aprender a pararnos, sin prisas, ante quien, con las señales de su mal estado, está pidiendo socorro físico o espiritual.

Pero la clave de la parábola está en la pregunta de un doctor de la ley, que se cuestiona ¿Quién es mi prójimo? Para que a todos les quedara claro, Jesús hizo desfilar ante el herido diversos personajes. Bajaba casualmente por el mismo camino un sacerdote; y viéndole pasó de largo. Asimismo un levita, llegando cerca de aquel lugar, lo vio y pasó de largo. Pero un samaritano que iba de camino llegó hasta él, y al verlo se movió a compasión, y acercándose vendó sus heridas echando en ellas aceites y vino, lo hizo subir en su propia cabalgadura, lo condujo a la posada y él mismo lo cuidó.

La parábola nos enseña que nuestro prójimo es todo aquel que está cerca de nosotros y necesite nuestra ayuda, sin distinción de raza, de afinidades políticas o de edad. Es decir, compasión efectiva y práctica que pone remedio oportuno a cualquier persona que encontremos lastimada en el camino de la vida. Estas heridas pueden ser muy diversas: lesiones producidas por la soledad, por la falta de cariño o por el abandono; necesidades de cuerpo: hambre, vestido, casa, trabajo; la herida profunda de la ignorancia…; llagas en el alma producida por el pecado.

Debemos estar atentos a remediar estas situaciones de indigencia material, opresión injusta, enfermedades físicas y psíquicas. Recordemos que la miseria humana es el signo manifiesto de la debilidad congénita en que se encuentra la Humanidad desde sus orígenes y que cuando nos acerquemos a quien padece hemos de hacerlo con caridad y compasión.

La parábola del Buen Samaritano nos indica cuál debe ser la relación de cada uno de nosotros con respecto al prójimo que sufre, y nos pide que no pasemos de largo, con indiferencia, sino que paremos junto a él. Buen samaritano es todo hombre, que se para junto al sufrimiento de cualquier otra persona, No siempre son actos heroicos y difíciles; por el contrario, muchas veces las circunstancias solo nos piden una sonrisa, una palabra de aliento, un buen consejo, saber callar ante una palabra molesta o impertinente, visitar a un amigo que se encuentra enfermo o un poco solo, ejercitarnos en las muestras de educación habituales, como el saludo, dar las gracias, etc.

Hay profesiones que son una continua obra de misericordia, como en el caso del médico o de la enfermera, del abogado, del carcelario o del policía comunitario.  Pero cualquier oficio exige un trato atento, compasivo y respetuoso con las personas con las que el trabajo nos pone en relación. A todos hemos de acercarnos en sus necesidades, pero debemos dirigirnos de modo muy particular a quienes están más próximos, porque Dios los ha puesto allí —familia, amigos, vecinos, colegas— o porque ha querido, a través de las circunstancias de la vida, que pasemos a su lado para cuidarles.

La lección de esta parábola es muy clara, y ahora debemos saber que cuando encontramos a una persona herida a nuestro lado, hemos encontrado algo que vale más que un tesoro: el poder cuidarlos. No dejemos pues de hacerlo, especialmente en esta época de Navidad.

*

<> Este artículo se publicó 21  de diciembre de 2010  en el Diario La Estrella de Panamá, a quienes damos,  lo mismo que al  autor,  todo el crédito que les corresponde.
Más artículos del   autor  en: http:
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