De libre mercado, ni el nombre

La opinión de…

Alfonso Grimaldo Poschl

Recientemente, en páginas de este diario, miembros honorables del movimiento colectivista y estatista de nuestro país han plasmado su preocupación de que la presente administración tenga como propósito principal la proscripción del remanente de políticas paternalistas de nuestro Gobierno benefactor en la búsqueda ideológica del libre mercado. Cómo me he reído.

El que vende zapatos es zapatero, no importa cómo se quiera llamar. Las organizaciones políticas deben ser juzgadas, no por su retórica, sino por sus acciones concretas. Bajo ese estándar, espero convencer a los colectivistas y estatistas del país que poco tienen de qué preocuparse.

Los liberales y capitalistas tenemos una filosofía clara y consistente. Creemos en la libertad comercial y económica, defendemos la libertad individual y la propiedad privada, y pugnamos por una reducción del Gobierno a toda costa.

Nos oponemos a casi todo subsidio, prebenda, sinecura, privilegio, inmunidad, arancel, cargo, tributo, contribución, tasa, impuesto, intervención del Gobierno o estímulo financiero, excepto aquellos necesarios para financiar las funciones básicas del Gobierno.

Por este motivo me sorprende ver cuando se le encuentra rebuscadamente una motivación liberal a las políticas de la presente administración.   Como dice la Biblia, “por sus frutos los conoceréis”. Por tanto, veamos los frutos de la presente administración y presentemos los hechos al juicio de un mundo imparcial.

Primero, la presente administración ha incrementado el ITBMS en un 2%, elevando el costo del comercio. Ni liberal ni de libre mercado.

Segundo, la presente administración busca la aprobación por la legislatura de un monstruoso presupuesto de alrededor de 13 mil millones de dólares, que equivaldría a alrededor de 52% de la economía nacional. Ni liberal ni de libre mercado.

Tercero, la presente administración ha reportado un incremento proyectado de 5.6% del saldo de la deuda pública al final de 2010, la cual aproxima los 11.5 mil millones de dólares. En otras palabras, la deuda pública equivale al 46% de nuestra economía nacional. Además, se ha buscado elevar el límite del déficit fiscal para proveer al Gobierno mayor flexibilidad crediticia.   Ni liberal ni de libre mercado.

Cuarto, la presente administración incrementó para 2010, en relación con 2009, el monto otorgado en subsidios y concesiones tributarias en un 43%, totalizando 820 millones de dólares (casi 10 veces el presupuesto del poder judicial para este año) a través de proyectos como “100 a los 70”, el subsidio eléctrico y la beca universal.   Ni liberal ni de libre mercado.

Quinto, el Consejo Económico Nacional ha aprobado un subsidio de 33.8 millones de dólares para la energía eléctrica durante el primer semestre de 2011. Ni liberal ni de libre mercado.

Sexto, la presente administración ha descartado la posibilidad de privatizar tanto el correo nacional como el Idaan. Ni liberal ni de libre mercado.

Séptimo, la presente administración ha iniciado proyectos masivos de infraestructura, como el Metro de Panamá, y públicamente ha anunciado planes para la construcción de una torre financiera que consumiría en su construcción un mayor presupuesto que aquel del poder judicial para este año. Además, ha anunciado la estatización del Corredor Sur.  Ni liberal ni de libre mercado.

Octavo, la presente administración ha regulado o tiene de forma directa o indirecta participación accionaria en los sectores de electricidad, transporte, agua, telecomunicaciones y minería. Ni liberal ni de libre mercado.

Noveno, la presente administración ha centralizado la función municipal de recolectar la basura y ha contemplado la creación de una Autoridad del Agua. Ni liberal ni de libre mercado.

Décimo, durante la presente administración no ha ocurrido ninguna reducción sustancial o importante de los aranceles y tributos que pagan productos necesarios al entrar al país, como el arroz (el precio doméstico del quintal es de 42 dólares y el internacional es de 24 dólares). Ni liberal ni de libre mercado.

Reconocemos que la presente administración ha implementado ciertas reformas del programa capitalista, pero de ahí, obviar todo lo anterior y saltar a la conclusión de que esta es una administración liberal que mira con beneplácito al libre mercado, es algo extremadamente imaginativo, inclusive para aquellos que pasan sus días soñando utopías colectivistas improbables.

Es más, invito a los honorables miembros de la izquierda política a que se relajen, se quiten sus boinas y prendan un puro. Han logrado implementar su agenda sin siquiera haber alcanzado el poder. El Gobierno Nacional controla más de la mitad de la economía nacional, tiene la mayor parte de las utilidades públicas bajo su mando y dirección y redistribuye la riqueza a diestra y siniestra. Esta situación resuena más con las ideas de izquierda de economías dirigidas, que con cualquier programa liberal existente.

Es necesario un debate profundo y extenso sobre qué papel debe jugar el Gobierno en la economía y en la sociedad, pero el primer paso hacia ese debate es llamar al pan, pan y al vino, vino. Llamar liberal o capitalista a la presente administración, resuena a confusión eucarística.

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Este artículo se publicó el 17  de enero de 2011   en el diario La Prensa, a quienes damos,  lo mismo que al autor, todo el crédito que les corresponde.  El resaltado es del Editor.

En busca del mercado que se esfumó

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La opinión del Escritor…

 

Ernesto Endara

En París le dicen “ventre”. Un acierto llamarlo así, los mercados son eso: las panzas de las ciudades. En Panamá lo llamamos mercado, así de común, pero con cariño. No por falta de imaginación, es pereza mental de romper la tradición. Podríamos llamarlo “El bostezo”, o “La paletilla”. El mercado es de los órganos más importantes del cuerpo citadino. Evoquemos un poco lo que fue para nosotros.

En un tiempo cantábamos: «Eres cocina sin fuego. Cuerno de la abundancia eres. Alacena inagotable, mantel sin tenedores, fiesta de fritangas, hálitos de manteca; timbre del desayuno, campanada del almuerzo, cometa de la cena. Eres paseo de domésticas en fragua, de doñas que hierven, de recién casadas complacientes. ¡Eres mi panza, mercado! Condensador donde se acumulan las calorías de mis habitantes.»

Eres (fuiste) el mercado de la ciudad de Panamá.

Todos los días te rellenaban de plátanos, cocos, flores y zapallos; desparramaban sobre bancos de azulejos, buches, filetes, corvinas, hígados, pollos, huevos de toro, lenguas, mondongos, rabos encendidos. Por tus corredores, en los mostradores, en las esquinas, cerros de otoe, yuca, ñame, mazorcas, ñajú; aromas de yerbabuena, de culantro, de berro; quintales de arroz, porotos, guandú. ¿Qué quieren? Aquí lo tienen.. Todo lo brindabas sin masticarlo. Ironía: la tina que ofrece resbaladera, de tan fría, suda.

Eres (fuiste) el malecón del apetito, tentación dolorosa para Dionisio y Francisca que sufren de gastritis. Eres la porfía de los precios y el tintineo de las monedas; el corte de los huesos, la trampa de las básculas. Silbidos requiebros obscenos resbalones burlas palabrotas ladridos una saloma un verso perdido en el aire, son tu música interior.

Te baldeaban de madrugada y dejaban que el sereno de la bahía te secara con su toalla de yodo.

«Cuidado, doñita» –dice Foncho que no tiene nada mejor que hacer–, «este hombre vende carne de perro por carne de res». La doñita mira con ojillos ingenuos los bistés en el alto mostrador. «¿Cuál es de res y cuál de perro?» «Usted es la que paga», contesta el carnicero zalamero, «así que usted decide». Aquí había buen humor. En el mercado siempre había buen humor. El panameño sólo pierde el buen humor cuando tiene hambre… ¿quién no?

Mercado: vacilón y cuchufleta. Servilleta usada, receta universal, comida en suspensivos…

En la terraza, sobre el matadero de gallinas, Perusín vela el botecito negro pegado a la balandra “Azucena”.

(Variaciones de Tic-tac)

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<>Artículo publicado el  26 de diciembre  de 2010  en el diario El Panamá América,   a quienes damos,  lo mismo que al autor,  todo el crédito que les corresponde.

Fallos del mercado y del Estado

La opinión de…

Francisco Íbero

Salvo anarquistas y comunistas, los segundos con excepciones, todos asignamos un rol legítimo al Estado y al mercado. Las diferencias están en las magnitudes respectivas.  Mis convicciones pueden sintetizarse así: Tanto mercado como sea posible, tanto Estado como sea necesario. Tengo preferencia por la interacción voluntaria, lo que no me impide considerar argumentos en contrario.

El mercado nos aparece engañosamente simple, pero es altamente complejo. Ambas circunstancias explican, en cierta medida, nuestra tendencia a fijarnos más en los fallos del mercado que en sus éxitos, y a esperar de la intervención del Estado lo que difícilmente puede dar.

Al discutir los fallos del mercado, merece la pena hacer algunas preguntas. ¿Cuáles son los estándares con los que juzgamos? ¿Exigimos la perfección, sea competencia perfecta, racionalidad perfecta o conocimiento perfecto?   El mercado es una institución humana, por tanto, imperfecta.   El asunto es si funciona mejor o peor que las alternativas.

En días pasados, un economista decía que, como había asimetría de información entre vendedores y compradores, el Estado tenía que suplir la brecha de información.   Su argumento no me convence.    Primero, el comprador tiene muchas formas de eliminar o reducir la asimetría.    Segundo, porque implica un ejército de funcionarios con sus costos respectivos.   Y tercero, porque el consumidor puede ejercer su iniciativa y formar asociaciones que respondan a sus necesidades.

Más preguntas que debemos hacer para evaluar el mercado. ¿Es razonablemente libre? ¿Existen leyes o regulaciones que hacen más difíciles o costosos los intercambios voluntarios? ¿Existe un sistema judicial confiable y rápido que resuelva los inevitables conflictos?   ¿Existen procedimientos burocráticos que hacen lenta o costosa la creación de empresas? ¿Interviene el Estado en la economía para crear ganadores o perdedores mediante subsidios, leyes preferenciales, impuestos diferenciales u otros mecanismos?  ¿Están bien definidos y protegidos los derechos de propiedad?

Veamos un ejemplo de la influencia de la legislación y las instituciones sobre el buen o mal funcionamiento del mercado. Durante los dos últimos años, muchos economistas, políticos y comentaristas locales han atribuido el contraste entre la crisis financiera en Estados Unidos y su ausencia en el mercado panameño al hecho de que aquí tenemos abundantes regulaciones y allí no. La realidad es la contraria. Nuestro mercado financiero tiene menos regulaciones y es más libre. No tenemos banco central que manipule las tasas de interés. Tampoco leyes que obliguen a dar préstamos a quienes no califiquen. No tenemos una compañía estatal que garantice los depósitos bancarios. Tampoco existen monstruos financieros con privilegios públicos. Y sobre todo, no hay ninguna garantía, explícita o implícita, de que el Gobierno rescatará a un banco si toma decisiones equivocadas.

Pasemos a los fallos del Estado. ¿Se aplican los mismos estándares de exigencia al Estado y al mercado para decidir sí están fallando? ¿Cuánto tiempo se necesita para concluir que hay fallos del Estado cuando éste realiza mal alguna de sus actividades? ¿Por qué los fallos del Estado se achacan a los gobiernos aunque todos ellos fracasen? ¿No se supone sin mayor prueba que ciertas actividades tienen que ser, no solo financiadas por el Estado, sino ejecutadas directamente por él? Recientemente un doctor afirmaba que la atención médica debía estar en manos del Estado porque, de otro modo, las ganancias de las aseguradoras la encarecerían demasiado. Dejo de lado que hay alternativas sin que participen las aseguradoras. Si el argumento del doctor fuese válido para la atención médica, habría que aplicarlo también a la producción de alimentos, la construcción de viviendas y prácticamente a todas las actividades económicas.

Si hay una actividad en la que el Estado panameño ha fallado consistentemente durante los últimos 40 años es la educación. Vale la pena preguntarse qué hubiera pasado si la educación hubiera estado en manos privadas con los mismos resultados mediocres que ha tenido el Estado.

Sin duda, se hubiera exigido su estatización. Sin embargo, lo poco que se hace para mejorar la educación estatal supone que el marco básico es el único posible. No lo creo. Pienso que los padres de familia deben tener libertad para quedarse en el sistema o llevarse su cheque escolar al sector privado, que podría dinamizarse con cooperativas de educadores o sociedades anónimas laborales. También, que cada institución privada debe ser libre para establecer su curriculum y otros aspectos del trabajo educativo. Este sería un comienzo para poner la educación en manos de sus legítimos dueños, los actuales convidados de piedra. Nos queda la última pregunta. Si falla el mercado ¿implica esto que el Estado lo haría mejor? No necesariamente. También podría hacerlo peor. A veces es más rápido pasar una ley que esperar un ajuste o corrección del mercado. Pero lo que hoy parece bueno, puede que mañana resulte malo.

<> Este artículo se publicó el 4  de octubre  de 2010 en el diario La Prensa, a quienes damos,   lo mismo que al autor,  todo el crédito que les corresponde.

Equilibrios entre el Estado y el mercado

La opinión del Empresario y Escrito…

RAFAEL CARLES

Desde hace varios años se ha estado realizando una serie de cambios estructurales que son vistos por algunos como reformas del Estado. Si bien muchas de estas reformas no solo son importantes, sino que también eran ineludibles, no creemos que tengan que ser vistas como una verdadera reforma del Estado, sino como una ampliación del papel del mercado. Tal es el caso de las leyes creadas a finales de los años 90, con la intención de promover la competencia, privatizar las empresas públicas e incentivar las fuerzas del mercado, como mecanismo para asignar recursos en toda la gama de actividades en el país.

En este sentido, se entiende que una reforma exitosa del Estado es aquella que logra un adecuado equilibrio institucional entre el Estado y el mercado.  Sin ese equilibrio, la ampliación del papel del mercado seguramente no dará los frutos esperados por todos; es decir, no podrá alcanzarse un desarrollo sostenido ni en el plano económico ni en el social.   Este es claramente un tema relevante en gran parte del mundo. Tanto es así que el Banco Mundial dedicó su último informe anual para recordárselo a los distintos gobiernos que han hecho cambios, pero se han olvidado de los objetivos. La preocupación es especialmente válida en el caso panameño, donde muchas de las reformas se hicieron solo para cumplir con los requisitos de las instituciones financieras, pero sin la elaboración efectiva de las instituciones que deberían ayudar a dar forma al nuevo Estado. Y por esa razón es que vemos en muchas áreas del acontecer nacional un profundo desequilibrio entre el funcionamiento del mercado y el del Estado.

Algunos ejemplos nos pueden ayudar a entender la problemática y vemos que los beneficios del proceso privatizador no han sido del todo automáticos.   Ahora sabemos que dependen de la transparencia, del diseño y de los mecanismos de fiscalización y control de las agentes que operan en cada uno de los mercados; igualmente, obedecen al grado de desregulación y competencia, de la estructura del mercado y de las tecnologías disponibles en los mismos.   La experiencia panameña, salvo algunas excepciones, es claramente deficitaria en estos aspectos. La impactante concentración económica no solo es consecuencia del proceso de globalización y de reformas estructurales inconclusas, sino que en gran parte es resultado de un Estado ausente y cómplice por las pérdidas al bienestar de los consumidores, cada vez que asume posturas monopolísticas cuando patrocina y permite las posturas y fijaciones de precios y mercados.   Del mismo modo, al Estado le ha faltado iniciativas para la puesta en marcha de políticas activas en materia de desarrollo productivo, que no solo requieren capacidad y voluntad para su diseño, sino también, como muestra la experiencia internacional, de una sólida capacidad institucional que permita implementarlas.

Quizás una de las áreas donde más se ha notado la ausencia de esta capacidad institucional es el de las pequeñas y medianas empresas.   Sin duda, un desarrollo económico sustentable requiere de adecuadas instituciones públicas de manera que aseguren previsibilidad y planeamiento conveniente al sector privado, al tiempo que eviten las desigualdades producidas por actos de corrupción y por medidas estatales arbitrarias. Nuevamente la experiencia en este terreno es deficitaria. La falta de una oportuna atención a los sectores más desprotegidos, más allá de su dimensión ética, se torna incompatible con la marcha de la política económica.

Hay muchos casos que pudiéramos citar para ilustrar esta situación respecto de la necesidad de avanzar en la gran reforma estructural pendiente en Panamá. Por ejemplo, junto con la discusión del Estado que queremos, debemos preocuparnos respecto de su financiamiento.   Si bien es difícil pensar que mediante la tributación se pueda mejorar sustancialmente la distribución del ingreso, al menos se pueden evitar algunos efectos negativos. Y es por eso que la mala distribución de los recursos atenta contra el financiamiento de funciones esenciales del Estado y además contra el logro de una mayor equidad.   Si bien es cierto que las demandas de un mundo más globalizado hacen difícil el diseño autónomo de muchos componentes de la estructura tributaria, también es cierto que la evasión es un despropósito que no se puede permitir la sociedad panameña, tal como representan más de 40 millones de dólares en concepto del ITBMS reportados en el primer semestre del año.

Es decir, sin una verdadera reforma del Estado que incremente apreciablemente su capacidad de gestión, será muy difícil alcanzar un desarrollo económico sostenido y una sociedad más equitativa.

<> Artículo publicado el 28 de septiembre de 2010  en el diario La Estrella de Panamá,  a quienes damos,  lo mismo que al autor,   todo el crédito que les corresponde.

¿Lucro o beneficio para la salud?

La opinión de…

Rubén D. Carrera D.

La industria farmacéutica tiene una indudable función social, ya que contribuye a mejorar la salud de las personas y, por lo tanto, coadyuva a mejorar su calidad de vida.

Durante los últimos 25 años, esta industria a nivel mundial ha enfrentado transformaciones aceleradas y profundas, entre ellas un número importante de fusiones y adquisiciones de empresas, multiplicación de alianzas estratégicas entre grandes laboratorios, crecimiento en el gasto dedicado a la investigación y desarrollo; concentración de su capacidad productora en pocos países; el impulso en la producción de medicamentos genéricos intercambiables; el desarrollo de la biotecnología y el inicio de la medicina genómica. La industria farmacéutica está integrada por diferentes divisiones: medicamentos para uso humano, principios activos (fármacos), medicamentos veterinarios, equipos médicos, etc.

El mercado farmacéutico mundial factura más de 700 mil millones de dólares al año. Es la rama más poderosa del sector empresarial después de la industria bélica y del petróleo. En 2002, por ejemplo, las ganancias de las 500 industrias más provechosas según la revista Fortune, reportaron que las 10 compañías farmacéuticas más importantes superaron las restantes 490 empresas. Estados Unidos es el principal mercado y en conjunto con la Comunidad Europea y Japón representan el 88% del total mundial. En Latinoamérica el mercado se concentra en cuatro países: México, Brasil, Argentina y Venezuela.

Esta industria integra redes de conocimiento científico como resultado de los estudios de investigación y desarrollo y posee una importante capacidad de manufactura especializada y vastos sistemas de comercialización y distribución; además, los laboratorios de la industria gastan en actividades de investigación más del 20% de sus ingresos, lo que equivale hoy a 30 mil millones de dólares anuales. Sin embargo, es muy poca la investigación de la industria dirigida a combatir las enfermedades tropicales –malaria, tuberculosis, chagas y leishmaniasis, entre otras–, no obstante ser las causantes del 90% de la mortalidad en el mundo.

La industria, en aras de mejorar sus utilidades, se ha asegurado de que el envejecimiento, la menopausia, la falta de memoria y la infelicidad cuenten con un medicamento a su servicio, según el periodista alemán Ray Moynihan y un colaborador, quienes publicaron un artículo en la revista British Medical Journal. Allí detallan lo que denominan “males inventados”, es decir, la transformación de procesos naturales en enfermedades que requieren medicamentos.

Otra forma de generar ventas es a través del desarrollo de medicamentos inútiles que se conocen con el nombre de “medicamentos yo también” (me too drugs). Son productos que se diseñan y comercializan para sustituir un medicamento anterior, cuya patente está a punto de expirar. Te hacen creer que aportan propiedades terapéuticas novedosas y, por ello, logran aprobarlos como nuevos, así mantienen el monopolio de comercialización por varios años. Este fue el caso de Vioxx®, un antiinflamatorio que, después de su aprobación en 1999, se retiró en 2004 porque producía ataques cardíacos y embolias.

Es pertinente decir que la industria gasta el 30% de su presupuesto total en actividades de publicidad, con el convencimiento de que a mayor publicidad mayor consumo; mejorando notablemente sus márgenes de utilidad.

El mercado farmacéutico en Panamá involucra un monto de transacción anual del orden de los 215 millones de balboas (2008); de ellos 100 millones se comercializan a través de una red de más de mil 500 farmacias distribuidas en todo el país. Los restantes 115 millones de balboas son adquiridos y provistos por el Estado, a través del Ministerio de Salud y la Caja de Seguro Social. Hay seis laboratorios de producción nacional que abastecen entre el 10% y 15% la demanda del mercado, el resto de los medicamentos son adquiridos a través de alrededor de 50 distribuidoras.

No hay, seguramente, otro tipo de producto de uso humano que merezca o exija un tratamiento ético mayor que los medicamentos. Sin embargo, hay algunos rubros de este mundo de los fármacos en que no siempre la ética es una condición o exigencia primordial. No son pocos quienes se rebelan, porque no conciben que la industria productora de medicamentos sea una de las actividades más lucrativas en el mundo.

<> Este artículo se publicó el 18 de septiembre de 2010 en el diario La Prensa, a quienes damos,   lo mismo que al autor,  todo el crédito que les corresponde.

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Vigilantes del mercado

Un consumidor vigilante siempre estará buscando señales de cosas que no encajan de producto o servicio.   La opinión del Abogado y Administrador General de ACODECO…

PEDRO MEILÁN 

Una persona vigilante es aquella que mentalmente es inquieta, que activamente busca nuevas ideas y que frecuentemente presta atención a una amplia variedad de fuentes, cultiva amplias redes comunitarias e interactúa en asuntos sociales. Bajo esta previsión conceptual, sería recomendable que tanto las empresas como las instituciones identifiquen personas con este perfil para que verifiquen e informen sobre todos los aspectos que ocurren con sus productos y servicios, una vez salgan éstos de sus plantas, bodegas y oficinas.

En cuanto a la conveniencia de contratar como consejero a un vigilante, sugiere que este tipo de decisión cada vez se hace más necesaria. Generalmente, los gerentes de empresas y directores de organizaciones se sientan en sus oficinas y ‘miran hacia dentro’, y normalmente no incorporan o aceptan lo que dicen los de afuera. Un consumidor vigilante tendría entonces las credenciales estupendas para cambiar esa situación y hacer que las empresas e instituciones miren hacia fuera y procuren satisfacer mejor las necesidades de sus clientes. Y también existe la posibilidad de que los vigilantes tengan la capacidad para cuestionar las cosas y den pie para refutar el sentido común.

Por ejemplo, un consejero de mercado o un consumidor vigilante pudiera atajar algunos problemas específicos y resolver otros de contexto político y legal que se producen con frecuencia en el mercado. Al estar allí presentes, ven posibilidades y oportunidades prácticamente en cualquier cosa.

Y aquéllos que desarrollen habilidades extraordinarias y conozcan los atributos y ventajas de los productos, pudieran convertirse en instrumentos extremadamente necesarios, especialmente en mercados muy volátiles, complejos y que cambian rápidamente, como por ejemplo el entretenimiento, los medios de comunicación o las telecomunicaciones. A nadie sorprendería que cuando un vigilante empiece a preguntar a los banqueros y administradores de fondos de inversión especulativo sobre cómo deciden y en qué invierten sus dineros, sus respuestas sean evasivas y den traste con propósitos no muy claros. En suma, el reto principal para los consumidores vigilantes es hacer preguntas y hacer que las empresas estén determinadas a cambiar, si así fuese el caso.

A partir de dicha información surgirán más preguntas y se revelarán algunas respuestas, como por ejemplo los tipos y procesos de planificación estratégica, la manera en que se comparte la información entre las fronteras organizativas, y la forma en que se gestiona y supervisa el conocimiento. Un consumidor vigilante siempre estará buscando señales de cosas que no encajan con la definición original de un producto o servicio.

Por ende, siempre creará el espacio mental y organizativo para asegurar que lo que no está en el punto de mira, sea al menos escuchado por la gerencia o las autoridades. Por ejemplo, en un experimento clásico se comprobó que la gente no se daba cuenta de la presencia de un gorila caminando por la cancha de baloncesto porque se les dio instrucciones para que contasen la frecuencia con la que se pasaba la pelota. El simple objetivo de contar rebotes y pases limita tanto su visión que no llegan a ver al gorila. Esto es lo que ocurre con los consumidores descuidados: no ven las ventajas del libre mercado porque están más preocupados en consumir bienes superfluos y amoldarse a modas pasajeras que en proveerse de las primeras necesidades.

<>Artículo publicado el 11 de septiembre de 2010  en el diario La Estrella de Panamá, a quienes damos,   lo mismo que al autor,   todo el crédito que les corresponde.

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Caridad y sostenibilidad

La opinión del Economista, Político y Docente Universitario…

Juan Jované

Hace solo algunos días un connotado funcionario de una empresa cuya actividad ha sido señalada por algunos ambientalistas como dañina para el medio ambiente declaraba, de manera enfática y categórica, que “la caridad no tiene nada que ver con el desarrollo sostenible”.   Se trata, sin duda, de una forma sui géneris de ver el mundo, frase que por su real significado conviene aclarar en su contenido. Para esto, en primer lugar, es conveniente aclarar los conceptos involucrados.

De acuerdo a la primera acepción del diccionario de la Real Academia Española, así como del Catecismo de la Iglesia Católica, la palabra caridad expresa una de las tres grandes virtudes teologales, la que implica el amar al prójimo como a sí mismo.

Por su parte, en la definición clásica del desarrollo sostenible, la cual surgió en el llamado Informe Brundtland de 1987, el mismo se define como una situación en la que se logra “satisfacer las necesidades de las generaciones presentes sin comprometer las posibilidades de las del futuro para atender sus propias necesidades”.

Teniendo esto en cuenta la frase bajo análisis significaría, si es que tiene algún sentido, que la sostenibilidad así entendida se puede lograr efectivamente sin que las personas nos preocupemos consciente y explícitamente por la equidad intrageneracional y, sobre todo, intergeneracional.

Esto último solo sería factible si existiera un mecanismo capaz de lograr por medio de una especie de mano invisible espontánea y automática, el bienestar ambiental de todas las generaciones aún en ausencia de un mínimo de preocupación por el prójimo actual y el que está por venir.

El mercado, sin embargo, no puede realizar tal función, mostrando así una enorme falla en relación a la sostenibilidad ambiental.

En efecto, como lo han demostrado Joan Martínez–Allier y otros, para que se pudiera dar algún tipo de asignación óptima de los recursos y medios naturales entre generaciones a través de los mecanismos mercantiles, las mismas tendrían que poder interactuar y negociar directamente dentro de el.

Esta negociación entre generaciones pasadas, vivas y por nacer hasta el futuro lejano es, obviamente, imposible, como lo es que el resto de las especies vivas, a las que no le podemos negar el derecho a la existencia, concurran a los mercados, dotados de sus preferencias e ingresos, a negociar los espacios ambientales con los humanos.

Más aún, como ha sido señalado por John Bellamy Foster y otros estudiosos del tema, la experiencia y el análisis del actual sistema económico muestran con claridad meridiana que cuando la lógica de la producción está dominada por el crudo individualismo, que tiene como objetivo único la generación y acumulación de ganancias, el resultado final no es otro que la generación de una profunda y creciente crisis ecológica, tal como la que actualmente enfrentamos.

Esta última, por tanto, solo podrá ser superada en la medida en que la solidaridad entre todos los hombres y mujeres y el principio de la protección de la vida se conviertan en el elemento central del desarrollo de la sociedad.

<>Artículo publicado el 7 de septiembre de 2010 en el diario  El Panamá América a quien damos, lo mismo que al autor,  todo el crédito que les corresponde.