Gobiernos grandes, ciudadanos pequeños

La opinión de…

 

Francisco Ibero 

La tendencia hacia el crecimiento del gobierno tiene su reverso en el empequeñecimiento del ciudadano. No pretendo decir que se trate de una relación causal automática. Tampoco sugiero que todos sucumban a este fenómeno. Lo que afirmo es que el crecimiento del gobierno genera incentivos negativos para la autonomía personal y la fibra moral de las personas. En este artículo me centraré en cuatro aspectos.

Primero: Se debilitan la responsabilidad e iniciativa personales. Quien no toma la iniciativa para lograr sus objetivos de vida, o no se considera responsable por sus acciones u omisiones, no tiene una personalidad saludable. La iniciativa y la responsabilidad se fortalecen cuando nos enfrentamos con decisión a las dificultades de la vida, que nunca faltan. Solo así podremos considerarnos como dueños de nuestro propio destino.

La vida es dura, y los políticos lo saben. Así que nos prometen que, si les damos el voto, nos resolverán todos los problemas. Y mucha gente se pasa la vida esperando al gobierno perfecto, que nunca llega. Mientras tanto, no toma la iniciativa para hacer lo posible. Por ejemplo, los alimentos están caros. ¿Cuántas personas cultivan vegetales y frutas en sus patios? ¿Cuántas consumen principalmente alimentos de temporada? ¿Cuántas sustituyen un producto que está caro en un momento dado por otro más barato? ¿Cuántas se informan y compran en el lugar donde haya mejores precios? ¿Cuántas dejan de comprar un producto si el precio es excesivamente caro? Sin embargo, se pueden lograr ahorros significativos con esas sencillas tácticas. Lo sé por experiencia.

Otro ejemplo sencillo. Cuando sube el precio de la gasolina, los conductores entrevistados hablan de todo excepto de qué van a hacer para reducir sus gastos. Nadie dice que va a hacer arreglos con algún vecino para compartir carro. O que va a reducir sus viajes de fin de semana. O cualquier otra cosa. Lo que nunca falta es la solicitud de que el gobierno haga algo. He puesto dos sencillos ejemplos, pero podrían ser muchos más.

Segundo: Se desarrolla una idea exagerada de los propios derechos, que es tanto más fuerte cuanto más se depende del gobierno. De aquí se derivan tres consecuencias negativas. Primera, cuanto más cree uno que puede exigir, menos trabajará para conseguirlo. Segunda, si uno cree que le deben mucho, no mostrará ningún aprecio. Tercera, cuando se exige mucho y no se logra, la consecuencia es la ira y la frustración.

Todo lo anterior es en buena parte una consecuencia de pasar de una concepción de derechos en sentido estricto a otra de aspiraciones, que se confunden con derechos. Pongamos el ejemplo del derecho al trabajo. Según la primera concepción, nadie puede utilizar la violencia o la coacción para impedirme trabajar. Según la segunda, alguien tiene la obligación de darme trabajo. Recuerdo que hace algún tiempo una persona decía en una emisora de TV que, según la Constitución, tenía derecho al trabajo y que, por tanto, el gobierno tenía que garantizárselo.

Tercero: Guerra de todos contra todos. Cuando los gobiernos manejan entre el 40% y el 50% del PIB, esto no nos debe extrañar. El pastel es grande y atractivo. Políticos clientelistas, empresarios mercantilistas, empleados públicos chantajistas y toda la gama miscelánea de cazadores de subsidios compiten con fiereza por su parte del pastel.

Yo escucho y leo a muchos cantar loas a la solidaridad con los que menos tienen, lo que sería conmovedor si fuera cierto. La solidaridad voluntaria con el dinero propio es digna de alabanza. Pero mucho me temo que estos solidarios no envían cheques mensuales por el 25% o 50% de sus ingresos a la Fundación pro niños del Darién, a Cáritas, o a cualquier otra institución benéfica. Lo que yo entiendo, y puede que sea mal pensado, es que están muy dispuestos a repartir el dinero de quienes tienen más que ellos.

Cuarto: Los gobiernos se meten cada vez más en la vida privada de la gente. Esto se está dando y se va a dar en muchos campos, pero solo tocaré uno relacionado con la atención de salud. Esta es costosa. Por otro lado, hay comportamientos que llevan tarde o temprano a desarrollar enfermedades.

Por ejemplo, abuso de licor, grasa, dulces, falta de ejercicio. Y como la gente no atiende a razones, hay que actuar coactivamente. Por ejemplo, en Japón se pasó una ley que obliga a quienes están entre 40 y 74 años a someterse anualmente a una medición de cintura. Los límites permitidos son 33.5 pulgadas para hombres y 35.4 para mujeres. Se supone que quienes exceden estas medidas tienen riesgo de diabetes y enfermedades del corazón. Los culpables tienen tres meses para entrar por el carril. Si no lo hacen, tienen que someterse a una reeducación obligatoria, y sus empleadores están sujetos a multas.

¿Cuánto tardará alguien en proponer acá una medida tan sabia y saludable como esta?

*

<> Este artículo se publicó el 20 de diciembre de 2010  en el diario La Prensa, a quienes damos,  lo mismo que al autor, todo el crédito que les corresponde.
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