En los lugares comunes

La opinión del Periodista y Docente Universitaio…

MODESTO  A.  TUÑÓN  F.
modestun@yahoo.es

El profesor Franz García de Paredes siempre insistía en que había que separar el lugar común de los textos y del habla cotidiana. Así aprendimos a determinar su uso en el lenguaje y a saber cuándo era útil, porque se trataba de un artificio que permitía ejemplificar; pero también, su capacidad de emerger con su rostro de vicio lingüístico para afear la expresión.

Y es que el lugar común, a veces confundido con el estereotipo y pariente cercano de la perogrullada, se ejercita en diversos ámbitos con la equivocada idea de resaltar las cualidades de elocuencia del hablante. Pero la diversidad de tipos de discursos de la vida cotidiana, como el religioso, el periodístico, el deportivo, el cultural y el político están plagados de frases hechas que solo aportan ideas vacías y pura ‘cháchara’.

En el campo periodístico por ejemplo, al decir ‘los 365 días del año’ o ‘la lamentable muerte’ se cae en un lugar común, pues en el primer caso, se supone que solo hay una excepción (cada cuatro años) en que el año tiene 366 días y en el otro, ¿qué muerte no es lamentable? a menos que haya algunas que sean agradables, como en casos de accidentes o hechos relacionados con agresiones e incidentes policivos.

Pero este fenómeno del habla no solo pertenece a la época actual o es un reflejo de la sociedad contemporánea. Ya Quevedo la había percibido en el siglo XVII y con su fino olfato costumbrista, pudo referirse a ella como ‘perogrullada’ o verdades de Pedro Grullo y resaltar que el nombre ‘Pedro’ había sido sustituido por el de ‘Pero’, un frutal, según él.

Un par de siglos después, el autor de Madame Bovary, Gustave Flaubert, recogería de la burguesía francesa, mucha frase insulsa y armaría su Diccionario de lugares comunes, una forma de pensar emergente en esa época, un conocimiento popular construido sobre la superficialidad y que gracias al escritor se pudo hacer un perfil de este periodo en Europa.

El tema viene al tapete, pues en el país se vive constantemente de situaciones convulsas; en muchos casos de crisis que pudieran evitarse por un buen manejo del discurso político o científico y por el sentido común aplicado a la comunicación. Por ejemplo, la inestabilidad en Bocas del Toro se inició cuando hubo frases dichas por funcionarios que no fueron del gusto de la población.

Y en esas y otras expresiones se cayó en el uso de lugares comunes. Alusiones despectivas a los indígenas, colmaron el vaso de la intranquilidad ciudadana. Algo semejante ha ocurrido con la difícil etapa de la producción del agua potable y con el manejo de los incidentes de las inundaciones del Este de la provincia de Panamá y Darién.

Decía Álex Grijelmo que el idioma se enriquece y evoluciona por ‘millones de experiencias y de usos que confluyen en una costumbre, decisiones democráticas de los pueblos que actúan por su cuenta y enriquecen su lengua, pese a las influencias de las cúpulas sociales y de los medios de comunicación de masas, de los que generalmente emanan efluvios empobrecedores’.

Es precisamente en estos dos sectores donde encontramos un escenario propicio para el desarrollo de estos vicios en la interpretación de la realidad.   La frase estereotipada de ‘Esto nunca debió suceder’ o en ‘… investigaremos hasta las últimas consecuencias…’ empiezan a repetirse y suenan tan huecas, como cuando se escucha en los medios de comunicación ‘el vital líquido’ o ‘el pan líquido panameño’.

‘De eso se trata’, es como una muletilla; al igual que palabras que funcionan como detonador de oraciones, tal como ‘realmente’, que inicia cualquier declaración o exposición, particularmente en los sectores profesionales.

Hubo un presidente de la década de los años sesenta que era famoso por responder a cualquier crítica ‘estamos tomando medidas’, frase que le ganó el apodo de ‘el sastre’.   En ocasiones, los asesores de imagen, los expertos en protocolo, les recomiendan crear dichas frases con la finalidad de salir del paso en situaciones incómodas.   Hasta los muñecos caen en estos trances, si no, observen a Casimiro con su ‘¡no me digas!’.

El lenguaje procede de un encadenamiento de la razón, diría Grijelmo. La realidad que vive el país es muy compleja por la transición hacia una sociedad moderna y se requiere de enfoques más profundos, esclarecedores y a veces tan sensibles que no pueden ser satisfechos con tanta mediocridad, desparpajo y grosería en los hechos y en los dichos.

La sociedad necesita nuevos enfoques, profundos y sin lugares comunes, que alumbren la realidad.

Este artículo se publicó el  9  de febrero   en el Diario La Estrella de Panamá, a quienes damos,  lo mismo que al  autor,  todo el crédito que les corresponde.

El genuino significado de las palabras

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La opinión del Pedagogo, Escritor, Diplomático …

Paulino Romero C. 

En todo tiempo se ha sentido la necesidad de catalogar las palabras por sus analogías y parentescos ideológicos, como en la historia natural se dividen las plantas y los animales en familias, tribus, géneros e individuos.
Una palabra mal comprendida basta a veces para producir fieros trastornos; y solo el hábito de hablar y escribir con exactitud y no dar a las palabras significados que no tienen, puede prevenir motines y evitar conflagraciones sociales, en que nunca toman parte quienes han adquirido el juicio necesario para dar a las palabras su genuina significación.
¡En verdad que pasma de asombro, cuando se estudian las listas de vocablos ordenadas ideológicamente, el considerar lo poco, poquísimo, que tenemos a nuestra disposición de los inmensos recursos de la lengua! ¡Cuántas y cuantas veces tenemos conciencia de que el vocabulario y la fraseología a nuestra disposición son ineficaces e insuficientes para dar cuerpo y hermosa forma externa a lo que pretendemos describir! 

Hay, sin duda, personas largamente dotadas de raudales inagotables para la expresión, nacidas con el fascinante poder de la elocuencia; pero a nadie es dado, a nadie, exteriorizar a todo momento en lenguaje rico, propio y exacto la serie inacabable de ideas que pasan por el entendimiento, ni pintar con sus verdaderos colores, matices, cambiantes y tornasoles, y, sobre todo en la proporción debida, las múltiples, indecisas y sutiles distinciones de los sentimientos que acompañan a nuestras ideas.

Es de la mayor importancia que la exactitud regule nuestro lenguaje y que todo político, orador, escritor, periodista, adquiera el hábito de los hábitos, el de expresar sus pensamientos con perspicuidad y corrección. La falsa dialéctica, disfrazada por especiosa fraseología, cautiva frecuentemente el asentimiento de las muchedumbres que no piensan, diseminando, a través de grandes espacios y durante largas edades, las preocupaciones, las supersticiones y el error.

El lenguaje, no solamente nos facilita los medios de comunicación con nuestros semejantes, sino que ejerce otra función más grandiosa: la de servirnos de instrumento en las operaciones de nuestra misma inteligencia y de nuestra propia imaginación. Las voces son las alas de nuestros pensamientos. Sin la agencia de las palabras, los fenómenos de la mente carecerían de aire para su desarrollo. En todo proceso del raciocinio entra el lenguaje como instrumento esencial.

Las palabras son los vehículos de nuestras abstracciones; porque en ellas encarnamos nuestras ideas; y por su eficacia pasamos en nuestras deducciones desde las premisas a las consecuencias, y en nuestras inducciones desde lo concreto a lo general; todo de un modo inconsciente, y con rapidez tan asombrosa, que ni siquiera quedan en el recuerdo trazas ni vestigios del complicado procedimiento. ¡La lengua aumenta nuestra vista mental, fija las ideas y las imágenes, y las detiene para someterlas a constante contemplación! 

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<>Artículo publicado el 17  de enero de 2011  en el diario El Panamá América,   a quienes damos,  lo mismo que al autor,  todo el crédito que les corresponde.

Bulto bello

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La opinión del Médico…

Juan Carlos Ansin

Según el Marco Polo de Ítalo Calvino (Las ciudades invisibles), tan embustero como el real, la falsedad no está en las palabras sino en las cosas.   De allí que las palabras deben ser tomadas no sólo por lo que dicen, sino por cómo y quién las dice. Pues en boca del mentiroso, lo cierto se hace dudoso.
A lo largo de la vida, este aprendizaje suele ser amargo, pero también excitante.  Con los años uno aprende a leer entre líneas y en más de una ocasión, detrás de ellas. La trampa de las palabras no está en lo que nombran, sino en lo que se quiere que se entienda y en lo que el intérprete desea entender.
De esta dualidad conceptual en la relación simbiótica del significado con su significante y la incertidumbre generada en la semiosis de su representación, nace la escuela del relativismo lingüístico, que en general se refiere al camino inverso: la influencia de la lengua sobre el pensamiento.

La palabra tierra, dicha así, sin inflexión alguna, tal como está escrita, sin entorno ni contexto, puede referirnos a nuestro planeta, también puede ser algo cubierto de polvo, o un continente a la vista del navegante o el lugar donde uno nace. La palabra sola no es nada o poco más que eso: un conjunto de símbolos sonoros. Antes que el símbolo o los sonidos, está el proceso del pensamiento, la idea que se quiere expresar. Lo mismo sucede con la palabra casa, cada uno de los lectores evocará una distinta. Si como vemos hay dificultad para nombrar una cosa simple: ¿qué no ocurrirá con los términos que se refieren a abstracciones?

Si digo: el Canal es el bien más importante de Panamá y quien escucha es un sociólogo, este pensará inmediatamente en la importancia que tiene ese canal para la sociedad. En cambio, yo médico, interpreto que el canal es un bien psicológico, muy importante para la nación. Así, cuando un economista afirme lo mismo, seguramente querrá que se lo interprete como la posesión económica más valiosa.

 

El verdadero Marco Polo sabía muy bien que la falsedad radica en la interpretación de quién la percibe y en la exactitud o intención de quien la dice y no en las cosas. Marco Polo inventó el término asesino. Lo sacó de una secta musulmana ismaelita donde a los fumadores de hachís le llamaban hachisins, pues mataban por encargo.

 

Cómo bien dice un viajante árabe contemporáneo del veneciano, Ibn-Battutta, los musulmanes matan, pero no fuman hachís. Jacinto Benavente lo aclara en su famosa comedia, Los Intereses Creados: “El protagonista no miente, pues no dice que no es rico, pero vive como tal, el criado que no lo es, tampoco miente, pero le sirve bien, el señor no dice que es conde o marqués, pero exige ese trato y al final del engaño, el embuste es aceptado por todos como un mal necesario”. Y así vivimos, en un teatro de representaciones donde a la palabra suelen vestirla de bulto bello.

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<>Artículo publicado el  19  de diciembre  de 2010  en el diario El Panamá América,   a quienes damos,  lo mismo que al autor,  todo el crédito que les corresponde.

A programarse para triunfar

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Un mensaje al Corazón.  El mensaje y la opinión del Obispo Auxiliar de San Pedro Sula,  Monseñor…

Rómulo Emiliani

Lo que le voy a decir puede resultar muy simple, pero qué efectivo es. Así como se programa una computadora, puede hacer igual con su mente, salvo que usted es más perfecto y complicado que cualquier invento tecnológico. Pero aún así, le digo que funciona.

 

Si simplemente al levantarse por la mañana, usted comienza a pensar en cosas buenas, a creer que será un día positivo, a repetirse frases como “El Señor es mi pastor, nada me falta. En verdes praderas me hace reposar, me conduce a fuentes tranquilas y recrea mis fuerzas”, Salmo 23,1-3, o “estoy en las manos de Dios”, o “con Dios soy invencible”, o cualquier otra frase positiva y pone música de fondo y hace un poco de ejercicio, no dando pie a escuchar tan temprano malas noticias de los medios de comunicación, usted tendrá un día mucho mejor que haciendo lo contrario.

 

En la lectura de los Salmos, en los que son alabanzas y acciones de gracias, tiene un arsenal de frases positivas que puede ir aprendiendo. Es tan importante comenzar bien la mañana, porque determina en parte el ritmo del día. El subconsciente es un depósito que al igual que una computadora depende de los datos que usted coloque.

 

Este misterioso espacio de nuestro yo interior no va a distinguir entre los datos buenos y malos, falsos y verdaderos, sino que obedecerá a la información que usted le dé. No coloque en sus “archivos” pensamientos de odio, pesimismo, fatalismo, morbosidad, dudas, porque al procesar la información le irá haciendo pensar durante el día en eso que recibió.

 

Si al acostarse la noche anterior, ya usted de manera inteligente, colocó pensamientos de fe, de amor, de esperanza y visualizó su vida entregada al Señor, como viéndolo en su imaginación que lo abraza a usted, que lo recibe y que le dice, “no te preocupes hijo mío, que estoy contigo”, y usted se siente de verdad “en manos de Dios” y al levantarse también dirige su mente a El y a repetir frases llenas de fe, le aseguro, que así como piensa, así se comportará y el día le saldrá mucho mejor. No digo con menos problemas, pero sí con una actitud de triunfador, con optimismo, con valentía, con paciencia y mucha paz.

 

También quiero decirle que así como los pensamientos generan las palabras, éstas generan pensamientos y tienen mucho poder. Si nuestro lenguaje es pesimista y nos reunimos con personas que continuamente dicen que: “nada se puede hacer”, que “estamos de mal en peor”, “vamos hacia un desastre y nadie nos saca de esto” y ponemos ejemplos de cosas macabras, esto condicionará nuestra mente y nos lanzará hacia una actitud derrotista y a la larga hacia una depresión. Claro que hay que ser realista y no esconder los problemas sociales y analizarlos y ver qué podemos hacer para enfrentarnos a ellos. Pero si continuamente este es nuestro lenguaje, nos convertirá en cínicos pesimistas y críticos estériles.
Cuidado con nuestras conversaciones. Intentemos pronunciar frases positivas llenas de fe, infundir un estado de ánimo bueno y mantener una postura valiente de que “sí se puede” y “con Dios triunfaremos”.

 

Debo también insistirle que en esta cultura del “ruido”, donde todo entra por los ojos y los oídos, se nos está arrancando el gusto por el silencio, la soledad, y se nos tiene lanzados hacia fuera de nuestro ser, bebiendo de cualquier charco de aguas infectadas, desde los últimos desastres de las vidas privadas de actores y cantantes, pasando por canciones y películas indecentes, hasta el bombardeo de la publicidad en todos los medios de comunicación, que nos lanzan a un consumismo descontrolado.

 

Hay que hacer silencio, estar solos un rato diariamente, poner nuestra mente en orden, hacer oración, buscar al Señor en lo más profundo de nuestro ser, sabiendo que con El limpiaremos nuestra alma de lo negativo y seremos invencibles.

 

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<>Artículo publicado en dos entregas,  el  11  y el 18  de diciembre  de 2010  en el diario El Panamá América,   a quienes damos,  lo mismo que al autor,  todo el crédito que les corresponde.

Vida y muerte de la palabra

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La opinión del Médico…

Juan Carlos Ansin 

Nadie sabe cuándo y cómo nació la palabra. Sospecho que fue cuando alguien se puso a pensar, pues nadie puede hacerlo sin palabras. Quien haya dictado -o escrito- el Génesis, afirma que en el principio fue el Verbo. Para la gramática, en todas las lenguas, el verbo indica acción. Es posible pues, que en el principio lo primero fuera el verbo pensar. No hay en ello contradicción alguna: Pienso, luego existo, dijo Descartes. De modo que la existencia tendría su causa en el pensamiento, y el pensamiento, en la existencia. Una causalidad -teológica o apomíxica- retroalimentada ad infinitum. De allí que la legitimidad de la palabra resida en la fidelidad de lo expresado en la lengua de uso.

Pero de la palabra -no del pensamiento- también se hace abuso. Unas veces por descuido y otras, por desconocimiento. Como el precepto jurídico indica que ignorar la ley no es excusa para violarla, lo mismo debiera ser aplicado cuando utilizamos mal el idioma y en especial, los diversos significados y sentidos que las palabras tienen para la comprensión de las ideas. Desconocerlos, nos lleva a malinterpretar o a no entender lo que se dice o se lee. El conocimiento es pues, esclavo de la palabra y la palabra, lo es de la verdad. Dice O. Wilde: “Si no se tiene la suficiente fantasía para probar una mentira, mejor es que se diga la verdad”.

Las palabras suelen ser maltratadas y hasta torturadas. Decir, por ejemplo que en el panteón de los escritores “se encenderá un cendal por los muertos”, es darle al velo, además de su legítima propiedad de cubrir o de ocultar, el equívoco significado de iluminar. De la lengua, todos somos torturadores y sicarios, pero el idioma es inmortal y aunque se lo cuide como si fuera un vergel del paraíso terrenal, siempre termina manoseado. La cultura es el medio donde florece el idioma, aún en terrenos inhóspitos, como el de los idiomas fronterizos. Allí están el lunfardo y el espanglish y el idioma asintáctico blackberry, con los que tropezamos diariamente.

En cuanto al asesinato de palabras, como el de las personas, hay culpables anónimos que escriben sin castigo. Personalmente, cuando quiero revivir a mis muertos, suelo visitarlos en el cementerio. Allí están, en sus tumbas, pero vivos en mi memoria. Algunos lectores me recriminan el uso de términos difíciles o incómodos, que les obliga a acudir a ese otro cementerio de palabras llamado diccionario, que algunos visitan para revivir conceptos muertos. Me aconsejan no utilizar palabras caras. Siempre respondo lo mismo: el que escribe, no puede devaluar la lengua que lo nutre, pauperizando el idioma o matando palabras a troche y moche, pues de ese modo se termina por vivir en la miseria memética. Lo que intento, es acudir diariamente al cementerio de la RAE y rescatar alguna que otra palabra del olvido. Pues la palabra muere, cuando no se usa, y la matamos, cuando la usamos mal.

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<>Artículo publicado el  12  de diciembre  de 2010  en el diario El Panamá América,   a quienes damos,  lo mismo que al autor,  todo el crédito que les corresponde.

Manejo del idioma

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La opinión del Abogado y comentarista…

Guillermo Márquez Briceño

Curiosamente algunas personas al escribir dicen todo lo contrario de lo que intentan expresar. Tal es el caso de los que publican palabras ajenas y con una coma indican a quien las pronunció. Ejemplo: Ese proyecto de ley no pasará, presidente. Quien tal escribe tiene la intención de informar que el presidente ha dicho que el proyecto no pasará, pero en realidad lo que está diciendo al poner la coma antes de la palabra presidente, es que alguien le habla al presidente y no que es él quien lo hace. Lo correcto sería decir: Ese proyecto de ley no pasará. -Presidente.

Algunos usan la palabra apuesta impropiamente en vez de decir que se confía o espera lograr determinada cosa.

Con frecuencia hay quienes refieren que alguien “se destaca”. Ni las personas ni las cosas se destacan; sencillamente, destacan.

Abundan quienes no saben distinguir el sino del si no y con frecuencia cuando mencionan la palabra sino, erróneamente la dividen en si no.

Últimamente hemos leído que el MOP concesionó sus plantas de asfalto, pero no existe el verbo concesionar. En consecuencia, lo que hizo fue otorgar su concesión.

Y repetimos por enésima vez que los ordinales de once y doce son undécimo y duodécimo y no décimo primero ni décimo segundo ni onceavo ni doceavo.

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<>Artículo publicado el  9  de diciembre  de 2010  en el diario El Panamá América,   a quienes damos,  lo mismo que al autor,  todo el crédito que les corresponde.

El ocaso de una cultura

La opinión del Ingeniero…

 

Carlos Eduardo Galán Ponce

 

Nuestros maestros de una época lejana –que la educación de hoy debiera añorar– con una sencilla norma que decía: “Piensa antes de hablar”, lograban que tuviésemos más cuidado al expresarnos.    Que cometiéramos menos errores y como decían ellos mismos, evitar decir “tantas tonterías”.

Y cuando había que referirse a alguien que no practicaba esa sabia teoría, se decía: “Ese tipo habla hasta por los codos”.

Se nos enseñaba que para hacernos entender correctamente y evitar que nuestro mensaje pudiese ser malinterpretado, era necesario hacer las pausas propias de las puntuaciones, en medio de cada oración.

Y de los que se expresaban sin tomar en cuenta este principio, se decía: “Ese tipo habla como una carretilla”.   O “ese tipo habla como cotorra”.

Mira una de las cosas que nos ha traído la globalización.   Empresas extranjeras, totalmente despersonalizadas, sin ningún apego ni interés por nuestras costumbres ni nuestra cultura se han hecho presentes aquí con un solo propósito: El lucro.   Culturalmente no traen nada bueno.

Si hablamos de cómo se anuncian, no producen nada agradable a los sentidos. Ya no ves esa publicidad atractiva que acostumbraban presentar las grandes empresas cuando eran “nuestras”.   La feroz competencia por sacarle hasta el último centavo al más humilde de los ciudadanos, en cada rincón del país, los ha llevado ha pintarrajear todo el país.   De unos colores espantosos y tan agresivos a la vista que en otros países más responsables, son indicadores de “peligro”.   No se ha salvado ni la comunidad más distante.

Edificios enteros, paredes pintadas de punta a punta, vallas escandalosas. Estaciones de gasolina a las que han pintado hasta las mangueras. Parques municipales y en donde han pintarrajeado desde el quiosco y las bancas, hasta el asta de la bandera. Se aprovechan de la falta de recursos de algunos municipios o de las “ofertas” que hacen a comerciantes por un beneficio extra –y como comerciantes panameños ya casi no quedan, poco les importa–.   Se resguardan bajo la indolencia de funcionarios que tampoco muestran respeto alguno por el aspecto de nuestras comunidades y de diputados que carecen de la cultura necesaria para legislar normando sobre prácticas como ésta, que son propias de civilizaciones atrasadas.

Y como una forma de burla a aquella sabia enseñanza de los maestros de otra época, con la que se procuraba un uso más correcto del idioma, una de estas empresas se promociona “empujándote” a que “hables hasta por los codos”. O sea, a volverte tonto. Alguien que habla sin parar no tiene tiempo para hacer nada útil ni puede producir algo que sirva.

Cuando escuchamos en los diferentes canales de televisión, a jóvenes de ambos sexos, narrando acontecimientos que tienen lugar en diferentes partes del país, los vemos cometer con mucha frecuencia un sinnúmero de errores de dicción. Ignoran las pausas, utilizan términos incorrectos. O a hablar “como una carretilla”. El cacofónico “hace años atrás”. Nunca he sabido que haya un “hace años adelante”.

El otro constante “yo pienso de que”.  Un de que está de más.   Y no se les puede culpar, si hasta en un programa televisivo, en el que estaban presente, un conocido comentarista de boxeo y un ex procurador de la Nación, ambos repetían constantemente esos dos errores de dicción.   Igual lo hacen muchos educadores, incluyendo a sus líderes gremiales. Y el resultado es que todo aquel que los escucha piensa que es la forma correcta de expresarse y tiende a repetirlo. Y el error se va extendiendo.

Lo que es una lástima es que esos medios de comunicación social, que tienen por su audiencia una gran responsabilidad social, no se preocupen por corregir esta situación y no ayuden a minimizar esas notorias deficiencias en la forma de expresarse de sus reporteros.

Por qué no contratar a una persona con un efectivo conocimiento del idioma, que ponga a estos jóvenes a escuchar nuevamente sus alocuciones e irles indicando sus errores y hacerles al mismo tiempo las correcciones pertinentes para que no las repitan. Se asombrarían de cuán rápido lograrían excelentes resultados. Porque esa es la mejor forma de enseñar. Salvo que lo que prive sea ese adagio mercantil de que “el tiempo vale oro” y, entonces, te califiquen mejor mientras más rápido empujes “la carretilla”.

A la prensa escrita se le hacen señalamientos constantes de los errores que aparecen en sus publicaciones. Y francamente creo que son un mínimo, comparados con los que se cometen en los medios hablados.

Solo que allí parecieran pasar desapercibidos. Probablemente por aquel dicho de que “a las palabras se las lleva el viento”. Sin embargo, por pura lógica, el número de personas y el tiempo dedicado a escuchar los medios hablados excede con creces al que se le presta a los medios escritos y, por ello, se le debe poner mayor cuidado en el manejo correcto del idioma. O vamos a terminar hablándonos por señas o sin entendernos entre nosotros mismos. Otra opción es dejarlo en una apropiada confusión y así, cada vez que un alto funcionario “mete las patas”, pueda después “sacarlas”, mientras nos dice que sus palabras fueron malinterpretadas.

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<> Este artículo se publicó el 26  de noviembre de 2010  en el diario La Prensa, a quienes damos,  lo mismo que al autor, todo el crédito que les corresponde.
Más artículos del autor  en: https://panaletras.wordpress.com/category/galan-ponce-carlos-e/