Un viaje inútil a conocer un patrimonio histórico

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Un viaje inútil a conocer un patrimonio histórico

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Mercedes Arias
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En mi ignorancia, pensé que todos los panameños somos iguales ante la ley y que teníamos los mismos derechos y que uno de ellos era disfrutar y apreciar nuestro patrimonio histórico y cultural. Con esta errónea idea en la cabeza, empaquete a mis hijos y me aventure casi cuatro horas desde Volcán, Chiriquí, hasta San Francisco de la Montaña, en Veraguas, para visitar la iglesia de ese poblado, declarada en 1939 como “Patrimonio Nacional”, ya que nuevamente había sido abierta al público.

Para mi desconcierto, la iglesia estaba cerrada. Me fui a casa de la encargada y me dijeron que la señora se había ido a Santiago a cobrar su quincena. En la hamaca del garaje descansaba la Dra. Angela Camargo, encargada de la restauración de la iglesia, a quien amablemente le pedí que si podía abrir la iglesia, solo un momento, pues íbamos de lejos. Me dijo sin embargo, que le era imposible, pues tenía una dolencia en el tobillo.

El alcalde, Bernardino Borbúa, apenadísimo, trato de resolver, pues el nuestro era un grupo numeroso y el orgullo del poblado es la iglesia que por la magnificencia del arte barroco americano que allí guarda, es más que una joya, un verdadero joyero.

El alcalde, comprendiendo que las visitas culturales al poblado les eran beneficiosas, le mandó un emisario hasta la hamaca a la señora para que le prestara las llaves, y que él se hacía responsable. El emisario regreso a la plaza con las manos vacías. La señora no quiso enviar las llaves.

Pero sí se paró de la hamaca para llamar al alcalde por teléfono a las oficinas del municipio a enfrascarse en una lucha de poder que ella terminó ganando… desde la plaza podíamos escuchar al alcalde dando gritos y tratando de hacerla razonar. A ella no le importo que fuéramos seis personas interesadas en conocer la iglesia, no le importo que mi interés fuera de genuina admiración por los tesoros allí guardados.

Mi hipótesis sencilla es que hay veces en que las personas se tragan el cuento de que son indispensables y poseedoras de la única verdad y por tanto se adueñan de lo que no les pertenece. La señora en cuestión está bajo contrato para beneficio de un monumento histórico que le pertenece a todos los panameños, pero actúa como dueña absoluta de la casa, no sabe que su labor es restaurar no decidir quién puede entrar a la fiesta. Me aventuro a sicoanalizarla, advierto que sin ningún título a mis espaldas, concluyendo que a personas como ella les gusta que les rueguen, pues eso las hace sentirse importantes. Nosotros… le rogamos, se creció en importancia, pero ni así permitió que nos abrieran las puertas. Solo falta rezar y esperar que los funcionarios del nuevo gobierno, llámese Maruja Herrera del Inac o Salomón Shamah, de la Autoridad de Turismo, tengan las mismas espuelas que el señor presidente, tomen cartas en el asunto, siembren allí la bandera y abran de una vez la puerta de un mazazo.

A nosotros solo nos tocó atisbar entre las rejas como ladrones y contentarnos con un folletito que nos facilitaron, muertos de la vergüenza, los empleados municipales. Si quieren saber algo de la iglesia de San Francisco de la Montaña, ahórrense el viaje, capaz que tienen nuestra suerte.

Aprendamos que hay nueve altares, y que el altar mayor tiene 480 piezas “exquisitamente talladas”, eso es lo que dice el folleto. No me consta, no pude entrar.

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Publicado el 5 de agosto de 2009 en el diario La Prensa, a quien damos, lo mismo que al autor, todo el crédito que les corresponde.

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