La fábula del tiburón y las sardinas

La opinión de…

Mauro Zúñiga Araúz

El libro lo escribió el ex presidente de Guatemala, Juan José Arévalos. Trata de la relación de Estados Unidos (EU) con los países de América Latina. Lo tomo prestado para referirme a un tema puntual que está ocurriendo en nuestro país: Las vallas publicitarias.

Hay un tiburón que tiene más del 60% de ese negocio. Ese tiburón se bañó junto al Excelentísimo en la piscina flotante que éste último tiene en su yate el 1 de enero pasado en Las Perlas.   ¿De qué conversaban?   No creo que de las lunas de Júpiter. Tal vez el ex vicepresidente que estaba presente nos puede ayudar.   El satélite no pudo precisar el licor que bebían.

El artículo 4 de la Ley 11 de 2006 prohíbe la construcción de nuevas vallas publicitarias.   Esa ley ha sido reglamentada. Pero ahora surge un nuevo Batman en el escenario público: el ministro de Obras Públicas, un tal Suárez, quien el 5 de enero de este año emite una resolución de mero cumplimiento por medio de la cual ordena la eliminación inmediata de las vallas publicitarias, excepto las de los corredores Norte y Sur y de la autopista Madden-Colón. Como es ya sabido, para el Gobierno no existe la Constitución, de manera que el artículo 19, que señala que no hay fueros ni privilegios, es ignorado por el Batman del MOP.

¿Quién es el dueño de las intocables vallas? El bañista.   Las 20 sardinas, dueñas del resto de las vallas, que constituyen la UPPEX, Unión de Productores de Publicidad Exterior, salen del negocio.   Quedarán 2 mil empleados directos sin trabajo y otros 2 mil indirectos. ¿Por qué desaparecerán?   Porque el negocio se le va a dar a otra empresa, llamada Cosmo Publicidad S.A., que se encuentra registrada a la ficha 583116, documento 1205512. Esta sociedad se registró originalmente con el nombre de Bloques del Istmo.    Sus primeros dignatarios fueron Luis Enrique Martinelli, hijo del Excelentísimo, el hijo de un ministro de Estado que aún no ha renunciado y Rolando Shahani. Por supuesto que ahora aparecen nuevos dignatarios.

Como la infraestructura vial de nuestro país, incluyendo los puentes, están en perfecto estado,    el Batman tiene tiempo de sobra y se ha dado a la tarea de llamar a los clientes de las sardinas para amenazarlos con multas si no desmontan las vallas. Peor aún, las nuevas vallas tienen que ser unipolares, con un costo superior a los 30 mil dólares, en tanto que las convencionales rondaban por los 5 mil.   Solo los tiburones tienen ese dinero. Cosmo Publicidad coloca ahora los denominados mupis, mobiliario urbano para información, que se ubican en sitios concurridos, como las casetas de buses, etc.

Panamá es un país pintoresco, vistoso.   Lleno de color. Las vallas publicitarias no ofenden a nadie. Tal vez se requiera algún tipo de regulación. Ya la misma UPPEX presentó una propuesta que debería ser atendida en la Asamblea Nacional.

Si los panameños seguimos durmiendo, los tiburones nos comerán a todos. Claro que orquestados por el Excelentísimo, el tiburón mayor, quien en días pasados no solo “regañó” a sus ministros con una nota pública recordándoles que el dueño y señor absoluto de Panamá era él, sino amoratándoles el trasero con sendas patadas de botas de cuero, porque ya botó las zapatillas del pueblo. Lo triste es que los ministros, mientras recibían los golpes, gritaban:   “Más duro, Excelentísimo, más duro”. Me dice el personal del Palacio de las Garzas que el más escandaloso era Mulino.

Le quiero dar otro consejo gratuito. La próxima vez que salga en la televisión, solicítele al Inac que le haga el favor de contratar a un buen director de teatro, porque la cara de conmiseración que se esforzó en presentar, al expresar sus sentimientos por los asesinatos de los menores, no convenció a nadie.    También puede, a través de alguno de sus ministros del Opus Dei, que le presten una sotana. El mensaje es más auténtico y la gente puede pensar que ya tomó la decisión de empezar a apartarse del becerro de oro y acercarse a Dios.

Ahora bien, no me quedó claro cuando dijo que a los asesinos les “caerá todo el peso de la ley”.   ¿Se refiere a la misma ley que se les aplicó a los asesinos de los indígenas de Bocas?,   porque no hay un solo detenido. ¿O será la ley que inmuniza a los policías?   La que establece que cuando matan a alguien no se les detenga, sino que se les envíe a jugar dominó y que pueden circular libremente dentro y fuera del país.     Tome el consejo de la sotana, así si no dice más mentiras puede participar en la liturgia del Viernes Santo, aunque sea de monaguillo.

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Este artículo se publicó el 26  de enero de 2011   en el diario La Prensa, a quienes damos,  lo mismo que al autor, todo el crédito que les corresponde.
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Menos es más

La opinión de…

Álvaro González Clare

La noticia de que en la última reunión de Gabinete se aprobó la iniciativa del ministro de Obras Públicas, Federico José Suárez, de regular la instalación de vallas de publicidad exterior en todas las servidumbres viales, urbanas y rurales, sobre todo en carreteras y autopistas nacionales, merece todo el apoyo ciudadano.

El estado de anarquía y desgreño en que el negocio de la publicidad exterior ha sumido nuestras ciudades, particularmente la capital, es sencillamente vergonzoso e intolerable. El escenario urbano es caótico y asqueroso para el observador citadino, además de generar un enorme peligro para los conductores por obstaculizar los laterales de las vías, distraer la atención y tapar las señales e instrucciones de tránsito.

La proliferación fue geométrica en los últimos 10 años en la administración alcaldicia de los municipios de Panamá y San Miguelito, indistintamente de las campañas de revisión y profilaxis que mediáticamente divulgaban ambos alcaldes para eximir su conciencia política. Se instalaron letreros y vallas por doquier, sin limitación o restricción, a pesar de los supuestos reglamentos que para todos los efectos son letra muerta, porque los ingresos pecuniarios al tesoro municipal son los que mandan e importan.

Para los que hacen el negocio de la publicidad exterior, la ciudad no es un sitio para que vivamos los ciudadanos, es sencillamente una cantera para explotar y lucrar del negocio visual donde estamos obligados a mirar para circular.

Es increíble que la iniciativa del Ministerio de Obras Públicas esté siendo criticada por la Asociación de Publicidad Exterior, bajo el supuesto de que la norma solo favorece a los publicistas con letreros unipolares y que la gran mayoría de las vallas son de dos o tres patas.

De por sí la propuesta del ministro Suárez solo afecta las servidumbres públicas, sin meterse en las propiedades privadas, que son posiblemente donde se ubica la gran mayoría de la basura visual. La ciudadanía no se opone a la publicidad exterior.

Lo que no terminan de entender los publicistas y comerciantes es que la forma en que hacen su negocio es burda, sucia, agresiva y contraproducente para los mejores intereses ciudadanos y, además, de que la sobrecarga visual de su negocio perjudica a todos los comerciantes por igual, indistintamente si se publicitan en vallas unipolares de dos o tres patas. Recuerden un principio básico en el diseño de una buena publicidad: menos es más.

Para estos comerciantes y publicistas el problema de la norma es sencillamente pecuniario, sin un ápice de consideración humana y menos de cariño y aprecio que le debemos tener a nuestra ciudad. Por algo, reitera el escritor argentino Ernesto Sábato en su libro La Resistencia, nuestras ciudades latinoamericanas están construidas con la suma de todos los egoísmos individuales. Para los comerciantes la ciudad es un sitio para hacer negocios en lo que sea, sin reparo al daño ambiental que nos inflijan sádicamente.

Los ciudadanos tenemos que apoyar la iniciativa aprobada por el Gabinete para poner orden en nuestras ciudades y carreteras, oponiéndonos a los intereses creados. La oposición al cambio es estructural porque pretende desmontar décadas de favoritismos, prebendas, concesiones, etc. Ordenar el sistema en general es un problema difícil que tiene un gran costo político. Para un gobierno complaciente lo más sencillo es dejar que las cosas sigan, igual como lo hicieron las anteriores administraciones, indistintamente del daño que le causan a las grandes mayorías.

Hay que apoyar la iniciativa del Gobierno para limpiar la ciudad del basurero visual en que se ha convertido, para tener derecho a un ambiente sano y a un entorno urbano agradable.

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<> Este artículo se publicó el 19  de noviembre de 2010  en el diario La Prensa, a quienes damos,  lo mismo que al autor, todo el crédito que les corresponde.
Más artículos del autor  en: https://panaletras.wordpress.com/category/gonzalez-clare-alvaro/

¿Por qué no nos contesta, señor alcalde?

La opinión de….

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Jorge Ventocilla

El 24 de noviembre del año pasado, alrededor de 150 ciudadanos le escribimos a usted amparados en el derecho de petición consagrado en el artículo 41 de la Constitución Nacional. Por ese medio, le solicitamos la derogatoria del Decreto No. 316 del 28 de abril de 2009, y la restitución del Decreto No. 1018 del 19 de septiembre de 2005, por el cual se establecieron como zonas libres de publicidad exterior “las áreas contiguas a las vías de acceso al puente Centenario”.

Nuestra solicitud se fundamentó en argumentos claros y precisos:

1. El Decreto Municipal No. 316 –que fue aprobado rápidamente y de manera inconsulta a pocos días de terminar la administración municipal anterior– dio pie a la instalación de vallas comerciales de tipo unipolar, en la que era la única autopista libre de contaminación visual en todo el país.

2. Los beneficios de instalar dichas vallas se otorgaron a una sola empresa, la cual aparecía inscrita en Registro Público el 2 de abril de 2009. Esta cercanía entre la fecha de su creación con la decisión tomada a nivel municipal, brindaba indicios de que presuntamente esta sociedad hubiera sido constituida para tal fin, situación que requería ser investigada por su administración.

3. Respetuosamente le recordábamos también que es deber del Estado que la población viva en un ambiente sano y libre de contaminación (artículo No. 118 de la Constitución). Y que es deber nuestro como ciudadanos, respetar y hacer respetar la Constitución.

4. Le hicimos mención de que su despacho y el del alcalde de Arraiján, señor Manolith A. Samaniego, firmaron el 27 de julio de 2009 en la Gobernación de la provincia de Panamá, un “acta de compromiso” donde se comprometían a hacer respetar el artículo 4 de la Ley 11, que indica que es terminantemente prohibido instalar estructuras y anuncios publicitarios en las servidumbres viales.

Le dejamos saber que confiábamos que una vez evaluada la situación, tomaría usted la decisión correcta de derogar el Decreto 316 y ordenar la eliminación de esas vallas ilegalmente instaladas. Y que de esta manera, legaríamos a nuestra ciudad un valioso precedente de respeto a sus habitantes y al medio ambiente.

Terminamos nuestra carta recordando que estaba amparada en el artículo 41 de la Constitución Nacional (derecho de petición), el cual señala que “el servidor público ante quien se presente una petición, consulta o queja deberá resolver dentro del término de 30 días”.

Dos meses después, el 8 de febrero del 2010, volvimos a recordarle que aún esperábamos respuesta.

Seis meses después y a pocos días (17 de mayo 2010) de que la Procuraduría de la Administración haya solicitado a la Sala Tercera de la Corte Suprema de Justicia declarar nulo, por ilegal, el Decreto 316: ¿Por qué no nos contesta, señor alcalde?

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Este artículo se publico el 15 de junio de 2010 en el diario La Prensa, a quienes damos, lo mismo que a l autor,  todo el crédito que les corresponde.

El pecado de Joudry

La opinión de la Ex Diputada de la República…..

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MIREYA LASSO

Estoy forzada a referirme a este penoso episodio, porque durante dos años mi nombre ha sido zarandeado como parte del tema y puedo dar testimonio directo de lo ocurrido; peor aún, porque al cometerse lo que considero es una palmaria injusticia contra un individuo en particular, se corre el peligro de perturbar, a lo interno, la moral de la institución policial y, a lo externo, de avivar una percepción ciudadana de censura contra un organismo que necesita estar libre de toda mácula.

Los hechos no han sido controvertidos. Reposan —probados— mediante testimonios, documentos y peritajes que constan en expedientes levantados en tres investigaciones independientes realizadas por la Fiscalía Electoral, el Ministerio Público y la Contraloría, respectivamente, que aquí resumo.

Concluidas las elecciones del 2004, se recibió en mi oficina de campaña una llamada de la Dirección del Tránsito de la Policía Nacional —en aquel tiempo dirigida por Roberto Joudry— solicitando la donación de vallas publicitarias que había utilizado en la campaña electoral, para destinarlas a una campaña promovida por la Dirección del Tránsito de la Policía Nacional para prevenir accidentes de tránsito en las carreteras del país.

Fui la única de todos los candidatos del entonces Circuito 8-8 que respondió afirmativamente.   Juzgué loable ese objetivo, acepté de buena gana colaborar con la institución, acordamos que la Policía Nacional me las devolvería en caso de necesitarlas para una próxima campaña electoral, y autoricé su entrega al camión de la Policía Nacional que pasó a retirarlas al taller que las había elaborado y donde se encontraban en ese momento.

Transcurridos cuatro años reclamé la devolución del material prestado y muy apenado, luego de seis meses de búsqueda infructuosa dentro de la Policía Nacional, el comisionado Joudry —ahora ascendido a director de Operaciones— me informó la imposibilidad de devolver las propias vallas prestadas, que efectivamente se habían utilizado como fue la intención.   Se habían deteriorado o perdido con el transcurrir del tiempo y como miembro pundonoroso de una institución digna de credibilidad, su palabra empeñada lo obligaba moralmente a reemplazarlas, cosa que efectivamente hizo, aunque su valor no llegó al 10% de las originales.   Le agradecí el ejemplar gesto.

Esos son los hechos: a la luz pública y comprobados en todos los expedientes levantados. Las vallas no fueron prestadas ni entregadas al comisionado Joudry a título personal como ahora se aduce falsamente. Fueron solicitadas a mi oficina desde un despacho oficial, entregadas con mi autorización a un vehículo oficial de la institución con un propósito oficial acordado, y efectivamente utilizadas en una campaña oficial; las devueltas fueron confeccionadas con fondos estatales, porque reemplazaban vallas originales prestadas a la institución estatal.    No hubo mala intención por ninguna parte,   solo sanos propósitos;   no hubo dolo, no hubo mala fe, no hubo ni hay encubrimiento de ninguna índole. ¿Entonces?

Quise dejar constancia de los hechos para que se juzgue si existe mérito para acabar deshonrosamente con una carrera de 25 años. Irónicamente se trata de un oficial con formación policial egresado de una academia de policía. Así como se alega que el sistema democrático exige que también haya procesos democráticos a lo interno de los partidos políticos, considero que la Policía Nacional debe irradiar una imagen de justicia interna sin mácula ni arbitrariedades para merecer la confianza y el respeto que tanto necesita de la gente.

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Este artículo se publicó el 26 de mayo de 2010 en el diario La Estrella de Panamá, a quien damos, lo mismo que a la autora,  todo el crédito que les corresponde.

Vallas digitales. Y las otras

La opinión de la Ex Diputada de la República…..

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MIREYA LASSO

La contaminación visual producida por anuncios comerciales públicos —digitales y no digitales— opaca los atractivos naturales de nuestra ciudad y en nada contribuye a resaltar su belleza; al contrario, nos dan una apariencia de aldea mercantilista y kitsch. Curiosamente el incipiente derroche de propaganda comercial digital en vías públicas, que constituye un serio peligro para la seguridad de conductores y peatones, contrasta con la tradicional mezquindad de las autoridades que ofrecen pocas y pobrísimas señales de tránsito que llamen la atención de los conductores para ayudar a ordenar el tráfico.

El riesgo de los anuncios publicitarios digitales para los conductores ha sido puesto en evidencia recientemente en Panamá, pero nuestra ciudad no es la única ni la primera que lo sufre; en Estados Unidos varios estados y varias ciudades han aprobado disposiciones legales que prohíben tajantemente ese tipo de anuncios. Ciudades como Houston, Dallas y San Petersburgo y estados como Maine, Vermont y Montana han prohibido estos anuncios, mientras que otras muchas ciudades, como Los Ángeles, San Antonio y San Luis, han otorgado un período de gracia para desmontar los ya colocados.

Por supuesto hay grupos a favor y en contra de la prohibición. Los defensores alegan que esos anuncios tienen la intención natural y el obvio propósito de atraer la atención del conductor, para distraerlo de la vía, aunque momentáneamente; de lo contrario —alegan con razón— la propaganda no tendría tanto movimiento, luz y colores. Quienes se oponen —que son empresarios dueños de estos anuncios, que invierten varios cientos de miles de dólares en cada uno— aducen que no existen pruebas fehacientes de una relación entre accidentes y anuncios porque la cantidad de accidentes se ha mantenido estable, con y sin anuncios.

Por otro lado, es evidente la falta y la pobre señalización en las vías de tránsito que indiquen claramente reglas como límites de velocidad, doble sentido de vías, derecho de vía, señales de alto en intersecciones, marcación de carriles, cercanía a escuelas u hospitales, líneas de seguridad para peatones, construcciones en proceso, calles cerradas por reparaciones, prohibición de rebasar en curvas o puentes, anuncios en caracteres tan pequeños que resultan ilegibles a distancia, entre muchas otras carencias.

Como ejemplo, basta recorrer las carreteras Interamericana y Transístmica para percatarse de la pobre señalización de los límites de velocidad porque no se trata de que el conductor los memorice desde que tomó el examen oficial de manejo, sino de recordárselo permanentemente en la vía. Es lógico que todo ello cueste dinero pero pienso que más caras resultan las vidas perdidas y el trabajo de investigar y sancionar accidentes.

En qué medida el derroche de publicidad tiende a empañar la belleza de la ciudad capital y la mezquindad gubernamental agrava el problema del tráfico vehicular aquí y en el resto del país, son asuntos que deben atenderse pronto y con seriedad. El tema se ampliaría en la capital al sumarle la destrucción sistemática de la valiosa arquitectura del Casco Antiguo y la extensión de la jungla de concreto que va de Paitilla a la Avenida Balboa, que contrasta con el esmero que he podido ver en ciudades como París, Washington y Río de Janeiro donde se regula con dureza la propaganda pública y se cuida con cariño la estética del contorno.


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Este artículo se publicó el 14 de abril de 2010 en el diario La Estrella de Panamá, a quien damos, lo mismo que a la autora, todo el crédito que les corresponde.

‘Valla’ a la peste

La opinión de. ….
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Pedro Altamiranda

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‘Valla’ a la peste

La peste de las vallas. Mal endémico panamensis. Por donde vayas: “Vallas”.  O como dice el polvoriento bolero:  “doquiera que tu vayas…” “Vallas”.

Panamá es la gran Salsipuedes del anuncio que brinca en un pie. A ambos lados de la calle o avenida te reciben estas cruces visuales al mejor estilo del final de Espartaco.

Sacas la cabeza y te estrellas con una seductora guial que te ofrece una fragancia, o con una cerveza con su medallón apantallador, o con celulares de todo tipo que casi quintuplican, seguros, aviones, bancos y más bancos… en fin una verdadera currumbamba de productos que incluso pueden ilustrar tus noches de pesadilla publicitaria.

Cada 100 metros (medida de atletismo vehicular) ¡chas! te recibe un muppie o si lo prefieres, esa lápida publicitaria de “doble cara” que hace de la ciudad un gran cementerio Amador,  ah y luego te quiña el ojo una valla horizontal y más adelante una doble horizontal,  y una vertical, como quien dice para variar el paisaje, y una unipolar o ¿bipolar?   Y otra de dos caras y más allá otra como mona encaramada en lo alto de un esperpéntico edificio obra de nuestros “arquichuecos” o bien recostada sobre una de sus paredes laterales y como colofón otras sobre un paso elevado, que no paso porque de paso nadie utiliza.

Y de repente se cuela una pantalla de televisión gigantesca y otra, sin contar con la gran telaraña (la de el ladrón de Bagdag es niña de pecho) de cables y yucas con que nos regalan las flamantes compañías de electrificación y telefonía. Pero, qué veo, mansa creatividad, tres ciclistas arrastrando cada uno su flamante valla y camiones–vallas o vallatrocs.

¡Machín! ¡Qué quieres que te diga, pana…! Indigestión visual, que sólo se cura cuando el Gobierno (léase Alcaldía) le apriete las tuercas a los valleros y los haga recoger su chatarra disfrazada.  Pero eso, espéralo sentado.

Así, podemos afirmar con contundencia que Panamá pare más vallas que un cui, que ya es decir, ¡ahhh! … y todas, toditas con sus correspondientes permisos de colocación criminal, autenticados, refrendados, autorizados y aupados, pero es que claro, te has olvidado que vivimos en un país donde al panameño, su habitante, le encanta el plátano, y más si es funcionario público. Sí, sí, una tajadita por aquí, otra tajada por acá o tajadón y … venga la valla.

No vaya–mos muy lejos y allí está la antigua Zona del Canal. Y para muestra un botón. Tenía dos cosas maravillosas, cableado subterráneo y cero publicidad contaminante. Ah, era hermoso pasearse y disfrutar de sus predios tanto como admirar el sitio de una dama donde la espalda se le convierte en media luna. Pero vino la “vallanitis” o “vallamanía” que es meterte una valla donde ya otra no cabía para bien de la Alcaldía.

En la famosa película de don Siegel  La invasión de los usurpadores de cuerpos,  unas semillas venidas de otro mundo suplantan a los humanos que se duermen, deshumanizándolos.   Igual ocurrirá dentro de poco aquí, cuando a falta de espacio para incrustar otro de estos godzillas urbanos hagan surgir los hombres–vallas (como en los años 10), verdaderos emparedados humanos ambulantes.

Lo peor es que la noche tampoco nos da el reparador descanso a nuestras golpeadas retinas. Allí te apaña, como retortijón, el vallón.

La encementada cinta costera, desde donde el mar no se ve ni con lente de aumento todavía goza de una virginidad monasteril, pero no tardará en perderla. Cogemos apuestas.

Lo peor es que al alcalde Valla–rino se le resbala, como que tiene el gusto debajo del talón de Aquiles y al Municipio y su bonche de ineptos por igual, por lo que seguirán fluyendo los permisos.   Pero qué más da si Bern acabó con la mejor vista de la pequeña pero hermosa bahía (ya no la podemos ni Ver–n), Colamarco con el Paseo Balboa, y los cuatro jinetes del Apocalípsis (B.B.S.M.) con la zonificación de la ciudad.   Esto de las vallas, viéndolo bien, es chicha de piña.

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Publicado el 11 de septiembre de 2009 en el diario La Prensa; a quien damos, lo mismo que al autor, todo el crédito que les corresponde.

El cáncer de las vallas publicitarias

El cáncer de las vallas publicitarias


La opinión de…

Omar Jaén Suárez

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Al fin ha saltado a la luz lo que es notorio desde hace décadas: el grave problema de los excesos de la publicidad en la vía pública que nos afecta cada día más a todos.   Hace algunos años realicé investigaciones sobre dicha publicidad y llegué a la conclusión de que las vallas se han convertido, en su mayor parte, en un atentado visual en contra del ambiente y en un peligro para los automovilistas.

El 26 de octubre de 2002 en nota que en calidad de asesor ad honórem dirigí al presidente de la Asamblea Legislativa, Laurentino Cortizo, y para responder a su requerimiento, adjunté un documento con elementos susceptibles de servir de base a un anteproyecto de ley, inspirado en la normativa más avanzada y moderna que ha sido adoptada en países de la Unión Europea y que se ha extendido a todo su territorio; normativa semejante pareciera estar comenzando a adoptarse hasta en Costa Rica y Colombia. En esa ocasión, la Asamblea no pudo actuar, al parecer, triunfó la mafia político-económica de los empresarios de las vallas –que se añade a las de los transportistas y otros elementos nefastos de nuestra sociedad, quienes actúan en contubernio con ciertas autoridades– y desde entonces la situación se ha agravado notablemente.

En aquella ocasión me preguntaba: ¿por qué llenamos el país de letreros y de estructuras ruinosas que afean nuestros paisajes?, ¿cuántas tragedias humanas no se habrían registrado si se hubiese legislado, con oportunidad, en el tema de las vallas publicitarias en las carreteras nacionales?, ¿cuánto luto no se hubiese evitado si se hubiesen adoptado las normas que se aplican en los países más desarrollados que vivieron, anticipadamente, lo que experimentamos hoy en Panamá?, ¿cuántos recursos se han perdido a causa de los accidentes automovilísticos de distracción provocados por vallas? La respuesta la vemos a diario en los titulares de la crónica roja y en la sensación de hastío de los visitantes, panameños y extranjeros, que no comprenden cómo un país puede hacer esfuerzos para atraer turistas y ocultar, desde sus carreteras, la belleza de su medio natural.

Es verdad que tanto municipios como empresas publicitarias encuentran ingresos en la instalación de dichas vallas y letreros y que esa actividad genera empleos.   Pero también actividades nefastas, fuera de la ley, como la venta sin cortapisas de productos dañinos crean puestos de trabajo y producen ingresos a ciertos empresarios y a ciertas colectividades locales.  Sin embargo, la restricción de la publicidad en consonancia con el bien público, no hará que desaparezca por completo.

Esta publicidad se redirigirá hacia otros soportes que no produzcan daño a la colectividad y a las personas, tal como ha sucedido en otros lugares en donde se ha legislado en el sentido apropiado.

El resultado final será que, después de un período de ajuste, se mantendrán los mismos ingresos y el mismo número de empleos. Los municipios pueden encontrar fuentes de recursos alternativas al ver que sus riquezas patrimoniales, sus paisajes, sus monumentos y sus sitios son cada vez más atractivos para los visitantes y los turistas. Entendemos que otros países del área, como Costa Rica, se han adelantado y han adoptado legislación sobre esta materia que deberá aplicarse a toda el área centroamericana.

Espero que la administración del presidente Martinelli otorgue al tema la importancia que merece. Una forma concreta de enfrentar el problema es mediante la adopción de legislación, tal como ha sido probado en otros países, sobre la publicidad en vallas y letreros para reordenarla de manera más racional, en consonancia con las necesidades prioritarias de seguridad de las personas y de protección del ambiente. Creo que la denuncia de una situación negativa es necesaria, pero es mejor si va acompañada de una propuesta de solución. En consecuencia, he enviado a varias autoridades, nacionales y municipales, la documentación reunida desde hace años que pudiese servir de base a un anteproyecto de ley que regule la materia, cuya urgencia es más que evidente.
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Publicado el 3| de agosto de 2009 en el diario La Prensa, a quien damos, lo mismo que al autor, todo el crédito que le corresponde