El Libre Comercio y el Mensaje del Senador Dodd

La opinión del Economista….

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Francisco Bustamante


En días pasados el Senador Christopher Dodd del Estado de Massachusetts, según la prensa local, dijo en la residencia de la Embajadora norteamericana en Panamá, que el Tratado de Libre Comercio entre Panamá y USA tendría problemas para su ratificación, si Panamá, (a) no respeta los acuerdos con los inversionistas extranjeros y acata los términos acordados en los contratos. (b) debe respetar la independencia del Órgano Judicial, y  (c) debe cumplir con los requerimientos de la OECD, en materia de intercambio de información tributaria.

Pocos discuten que el libre comercio entre naciones es fuente de prosperidad.  La discusión  hoy día se centra en fenómenos como la globalización, expresión máxima de la integración de los países no solamente en el comercio, sino en otras áreas. Las empresas multinacionales, el libre movimiento de capitales, la tecnología de la información, el comercio electrónico  y la sociedad de consumo masivo son los actores de esta etapa.

En el orden institucional, la uniformidad y simplificación de procedimientos y regulaciones para promover la competitividad y seguridad jurídica, la universalización de los derechos fundamentales, son temas de actualidad. En este último contexto las palabras del Senador Dodd podrían interpretarse como legítimas expresiones de un representante de un Poder de un país que es el socio más importante de Panamá y que sigue siendo la Primera Potencia Mundial.

Pero también tengamos presente que la política interior norteamericana presenta algunas constantes en su desempeño. Así, los gobiernos republicanos son más abiertos al intercambio comercial, mientras que los demócratas, que mantienen una fuerte presencia entre los grupos sindicales y empresas locales, se convierten en proteccionistas. La salvaguardia de empleos locales que no se desplacen a otros mercados con costos de producción o regulaciones más simples, se convierte en una política de comercio exterior.

Desde este punto de vista, el proteccionismo es contradictorio con la experiencia humana. Veamos algunos ejemplos del pasado. El 16 de diciembre de 1673 ocurrió el Motín del Té en Boston, Massachusetts. La razón, que los colonos americanos preferían comprar té barato de Holanda. La Corona inglesa protegiendo la Compañía Británica de las Indias Orientales emitía disposiciones de impuestos que favorecían los intereses de ésta empresa también inglesa.  Este motín es considerado uno de los detonantes de la independencia de los futuros Estados Unidos de América.

Esto no es un caso único. Las metrópolis colonialistas europeas practicaban un proteccionismo promoviendo el comercio con sus colonias a través de compañías privilegiadas, fijando precios y condiciones favorables para la urbe colonialista. Y en detrimento de los intereses de las colonias subyugadas e impedidas de comerciar en mejores condiciones. Felipe V de España fue uno de los tantos gobernantes que adoptaron estas medidas a favor de sus intereses coloniales.

En el siglo XIX hubo dos guerras del opio de Inglaterra contra China, que se oponía al libre comercio de opio cultivado en la India vendido a la China por  empresas inglesas. China fue invadida, sometida y obligada a ceder la isla de Hong Kong y otras áreas,  por 99 años a Inglaterra. Y aceptar el libre comercio del opio en su territorio, por más criminal que pudiera ser.

Y, finalmente,  los demócratas tan preocupados por las normas y procedimientos internos de un  pequeño país socio, no sorprende que no apliquen la misma exigencia a la China de hoy día, principal socio comercial y financiero de USA.   Claramente, el impacto de políticas de protección del medio ambiente, de respeto a derechos fundamentales de la población, de libertad de comercio tendría mayor huella en un país como China, que las demandas hechas a Panamá, por más que pudieran lucir razonables.

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Enviado a Panaletras el 21 de febrero de 2009 por el autor a quien damos todo el crédito, el mérito y la responsabilidad que le corresponde.

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La mirada estrábica de Washington

La opinión de…..

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Paco Gómez Nadal

José Miguel Insulza, antes de ser secretario general de la OEA, escribió un prolijo artículo en el que criticaba la política de George W. Bush respecto a Latinoamérica por ciega y errática, aunque se felicitaba por el ausentismo del gigante del Norte porque gracias a esa actitud en nuestra región se podían hacer experimentos políticos y económicos sin la molesta presencia de ese papá absorbente.

Así fue. Para la administración Bush, Latinoamérica y el Caribe se redujeron a Colombia y algunas visitas de rigor de funcionarios medios que de vez en cuando revisaban cuánto había crecido la maleza en su otrora “patio trasero”.

Ni siquiera las esforzadas provocaciones de Hugo Chávez lograron mover la maquinaria gendarme de Estados Unidos.   Ninguna invasión de rigor en esos años, poca presencia de unos aparatos de “inteligencia” volcados en las desastrosas operaciones de Irak o Afganistán y una lista de tratados de libre comercio aparcados o congelados a los que les agarró la crisis de los especuladores para terminar de fosilizarlos.

Y llegó el Niño Dios… o Barak Obama, la suma de todas las esperanzas, el rescoldo de fe en un emperador capaz de poner las cosas en su sitio con elegancia y justicia. Y Obama va de fracaso en fracaso, incluido el latinoamericano.   Sus guiños estrábicos han repetido algunos de los errores de Bush y han profundizado en el concepto imperialista que parece genéticamente instalado en los estadounidenses.

Primero, Obama mostró un amor inusitado por Lula y por Brasil, poniéndolo como ejemplo hasta que, ahora, cercanas las elecciones presidenciales en el coloso brasileño y visto que el presidente de ese país va por su cuenta y tiene su propio proyecto imperial, Washington ya no le presta mucha atención. También es cierto que el presidente de la esperanza, el premio Nobel hipotético, el hombre de la palabra hermosa y la acción restringida, ha dedicado la mayor parte de su tiempo a lidiar con la economía con pies de barro de EU, el avispero afgano o la pérdida de fuelle político de sus propuestas insignia (como la reforma del sistema de salud).

Después, Washington profundizó en el enfoque militarista y coercitivo de sus relaciones con Latinoamérica con las polémicas bases militares conjuntas en Colombia (tema que parece olvidado ya por la opinión pública) y el entrenamiento para las minibasecitas que Panamá improvisa en islas prestadas imitando al hermano mayor bogotano.

Por último, ha realizado dos nefastas gestiones en las dos mayores crisis acontecidas en el hemisferio desde que subió al poder: en Honduras, balbuceando palabras sobre democracia mientras apoyaba a los golpistas, y en Haití, respondiendo a una crisis humanitaria con los rambos de rigor que parecen imprescindibles en toda intervención gringa.

Bueno, y con el tono de siempre de papá tutelar que aunque deje al hijo un margen siempre recoge la soga para recordarle quién tiene el control. ¿No fue eso lo que hizo el viernes el senador Christopher Dodd en Panamá? El presidente del subcomité de Asuntos del Hemisferio Occidental, Cuerpos de Paz y Asuntos de Narcóticos (curiosa ubicación de Cuerpos de Paz para venderse como una especie de ONG estatal sin matices políticos) dejó claro al canciller Varela que no le gusta ni que se revisen las concesiones que el Estado ha dado a los inversionistas gringos (AES debe estar haciendo bien su trabajo de cabildeo) ni que Ejecutivo y Órgano Judicial se confundan en el totum revolutum de la política criolla.

Si no nos portamos bien, será imposible para EU firmar el TPC con Panamá. Pobrecitos. Por supuesto que Dodd no puso como condiciones el respeto de los derechos laborales ni la reducción de la brecha de la desigualdad ni cuestionó la creación del Ministerio de Seguridad ni se refirió a la situación de Darién ni nada por el estilo.

El mantra de la seguridad jurídica ha sido una de las armas diplomáticas mejor gestionadas por Washington en los países pobres que tratan de relacionarse con él; el de la democracia, es la cantaleta para consumo interno en Estados Unidos: un país con la democracia controlada por las corporaciones, la política dominada por la economía, pero donde cada decisión nefasta se vende a punta de dos palabras, democracia y libertad.

¿Será que Panamá es libre de ir a Washington y pedirle a Obama que respete la seguridad jurídica de los ciudadanos panameños a los que atropellan grandes inversionistas estadounidenses como AES o pequeños como los de hotelitos y negocios varios?  No creo, no tenemos nada con lo que amenazar.

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Publicado el 23 de febrero de 2010 en el Diario La Prensa, a quienes damos, lo mismo que al autor, todo el crédito de les corresponde.

La larga agonía del TPC

La opinión del Abogado, Político Independiente….

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Juan Manuel Castulovich

Cuando en el año 2007 perdimos la oportunidad de treparnos al último vagón del tren del “Fast Track”,  el procedimiento especial que facultaba al entonces presidente Bush, hasta diciembre de ese año, para someter al Congreso de los Estados Unidos los tratados de libre comercio, sin que éste pudiera introducirles enmiendas, la suerte del nuestro, ya negociado y firmado, comenzó a navegar en un mar de incertidumbres.

A ese punto llegamos, como consecuencia de la inoportuna y empecinada decisión del PRD de elegir, en septiembre del 2007, al diputado Pedro Miguel González para presidir la Asamblea. Se dijo entonces que el gobierno panameño “había hecho ejercicio de su soberanía” para decidir un asunto estrictamente interno; pero, irresponsablemente, no se midieron sus consecuencias.

Por ser el 2008 un año de elecciones presidenciales en los Estados Unidos, era previsible que los candidatos, tanto el republicano como el demócrata, enfocaran sus esfuerzos en asegurarse el triunfo en las urnas. Y los candidatos a senadores, se renovaba un tercio y a la Cámara de Representantes, que se elegía en su totalidad, hacían lo mismo.   En tales circunstancias, la consideración y discusión de los tratados de libre comercio negociados por el gobierno Bush ocupaba, sino el último, un puesto insignificante en sus prioridades.

Esas realidades eran harto conocidas por el gobierno de Torrijos.   Sin embargo, y redundando en su irresponsabilidad, se siguió alimentando la ficción de una “inminente ratificación del TPC” y se siguieron botando sumas millonarias en “lobbystas” para que “nos ayudaran” a conseguir su aprobación por el Congreso norteamericano.

El dramático destape de la crisis financiera de los Estados Unidos, como no podía ser de otra manera,  obligó al nuevo gobierno de Obama, a enfocar sus prioridades en “salvar” la economía de su país, que incluyen la protección de su mercado interno.

Este nuevo factor postergó más aún, si ello era posible, la consideración de los tratados de libre comercio con Panamá, Corea y Colombia. Pero, además, abrió la ventana para que los sectores opuestos a ellos, que principalmente vienen del lado de los demócratas, reforzaran sus demandas de que se les introduzcan sustanciales reformas y se agreguen nuevas precondiciones (como las mencionadas por el senador Dodd), como “requisitos previos, e ineludibles”, a su eventual consideración por el Congreso.

Cuando Martinelli asumió la presidencia, en julio del 2009, una de sus primeras medidas, anunciada por su embajador en los Estados Unidos, Jaime Alemán, fue que se cancelarían todos los contratos con los famosos “lobbystas” y que la embajada en Washington, como debía ser, asumiría esa tarea.   Una medida positiva.   Pero a ella, para que lo fuera plenamente, debió seguir una información, clara y sin tapujos, sobre el verdadero estatus del TPC, sus posibilidades de aprobación y, sobretodo, de cuáles son, concretamente, las “nuevas condiciones” que se nos exigen como “requisitos previos e ineludibles”.

Las recientes declaraciones, tanto del embajador Alemán como del presidente Martinelli, que dan cuenta de su optimismo, a pesar del “balde de agua fría” que son las manifestaciones de un senador tan influyente como Dodd, para nada aclaran el panorama.   Son necesarias más que meras declaraciones de optimismos que no se compadecen con la realidad.   ¡Estamos a la espera!

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Publicado el 23 de febrero de 2010 en el diario El Panamá América ,  a quienes damos, lo mismo que al autor, todo el crédito que les corresponde.

TLC ‘versus’ producción

La opinión de…..

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Ignacio de Gracia Perigault


Paul Samuelson, economista y premio Nobel, señala en una de sus publicaciones que toda sociedad tiene tres problemas que resolver: qué producir (demanda), cómo producir (tecnología) y para quién (distribución de la riqueza).   Qué fácil es repetirlo y qué difícil comprender su intensidad, profundidad y universalidad. Por cierto, lo resumiría en un solo problema: producción.

Observe que de la producción depende todo o casi todo en la vida.   Cuando la humanidad era nómada, su producción en términos de bienes consistía solo en lo que la naturaleza le brindaba en su carácter original, mediante recolección o caza y en ello consistía, a la vez, su ingreso y nivel de vida.

Al volvernos sedentarios tuvimos que dominar primero la agricultura, a partir de ese momento todo cambia. Con el paso del tiempo tendríamos abundancia y variedad de productos agrícolas al igual que bienes industriales y servicios.

A medida que avanza el desarrollo se da la diversidad en la producción, la división de trabajo y aumento en la productividad. Cada vez más, cierta parte de la población puede dedicarse a la multiplicidad de actividades que no sean la de producir su alimento, permitiéndonos tener la calidad y estándar de vida que disfrutamos, producción que sigue diversificándose y cuyo gran salto se da con la revolución industrial (1750–1850).

Los países en vías de desarrollo hemos recibido cantidad de ayuda y consejos, hemos participado de proyectos y experimentado teorías provenientes de países desarrollados y organismos internacionales. Recuerda la Alianza para el Progreso, el acceso a capitales de la década de 1970, a niveles y magnitudes nunca antes vistas, con la supervisión del Fondo Monetario Internacional y Banco Mundial. Ahora viene la apertura de mercado, los tratados de libre comercio (TLC). Asumo que en alguna forma todo habrá ayudado, pero no resuelve.

Hemos dedicado muchos recursos y a un gran costo (industrias que casi desaparecen) por aquello que está de moda: la apertura de mercados y los TLC. ¿Qué pasó con la producción, particularmente referente a la manufactura que es, en general, lo que más cuesta y más ayuda necesita, pero con grandes frutos en rendimiento.

Siendo Panamá un país chico en población e igual su economía, el problema de la exportación y la producción competitiva, sobre todo con el equipo y maquinaria disponibles hoy día, se torna de determinante importancia, por lo que pareciera que los TLC se convierten en una herramienta indispensable.   Pero aquí cabe aquello de qué es primero, el huevo o la gallina, que si toca escoger entre poner recursos en TLC o en la producción (manufactura),  es preferible un millón de veces la producción.   Exporta quien produce no quien tiene tratados de libre comercio.

A pesar de todo el conocimiento económico disponible a la humanidad en los últimos siglos a nuestro criterio, solo tres países se acercaron al umbral del desarrollo en el Siglo 20: Israel, Taiwan y Corea del Sur. Los dos primeros sin recursos naturales o muy limitados y pequeñísimos territorios.   El primero con una pequeña población y los tres con graves problemas bélicos, lo cual desvía recursos y tiempo hacia áreas no productivas, aunque ello es discutible en ciertas circunstancias.

En los tres países señalados, la intervención estatal fue profunda y determinante para su desarrollo económico y en particular para el desarrollo de la industria manufacturera, sin cuya intervención no se hubiese podido dar.   En otros países la intervención estatal con iguales propósitos fracasó, ¿Paradoja?  Y en otros, probablemente el Estado ni siquiera lo intentó, pero de seguro que tampoco avanzaron.

Lo cierto, estimados lectores, es que el desarrollo económico o el de la industria manufacturera o cualquier otro, no surge por generación espontánea o cae del cielo por gracia de Dios, estas son cosas que hay que crearlas como todo lo que le atañe a la humanidad.  Hay que tener visión, propósito y voluntad de ejecutar.

Una ley para incentivar el desarrollo industrial al menos es el camino correcto, aunque a nuestro juicio aún hay mucho más por hacer y, lamentablemente, ni a la sociedad ni a los gobiernos que la representan les es fácil entenderlo, tanto en Panamá como en la mayoría de los países emergentes, salvo un par de ellos.  Habrá que esperar otros tiempos y en el ínterin, más generaciones serán sacrificadas.

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Publicado el 23 de febrero de 2010 en el Diario La Prensa, a quienes damos, lo mismo que al autor, todo el crédito de les corresponde.