A 21 años de la invasión

La opinión de la Psicóloga y Docente Universitaria…

YOLANDA CRESPO
zedirto@cwpanama.net

Lo profundo era el temor, escribir es consecuencia de haber presenciado, el 19 de diciembre de 1989, la perversa invasión por fuerzas armadas estadounidenses a mi patria, callar es ocultar.

Con lágrimas y gran dolor vi, sentí y presentí desde el comedor de mi casa las primeras bombas. Círculos naranjas iridiscentes caían del cielo sobre el suelo de mi patria. La primera bomba, al caer a las 12.46 del día 20 de Diciembre, desbastó todas las luchas soberanas. El Instituto de Geociencias de la Universidad de Panamá, antes de dejar de funcionar, registró 417 explosiones. El bombardeo se extendió a distintas zonas del país. Solo en la ciudad capital cayeron 422 bombas. Durante las primeras 14 horas del bombardeo cayó una bomba cada dos minutos en alguna región del país. El ejército invasor utilizó a nuestro país como campo de prueba de la tecnología bélica más avanzada.

La maldad y la saña insaciable de los terroristas-soldados nos llenaron de luto y desesperación. El despliegue de poder desencadenado sobre un país tan pequeño y una población tan indefensa no tiene nombre. La historia señalará este evento como uno de los más miserables del siglo XX.

Debo destacar que 160 mujeres-soldados participaron en una operación que ellos decidieron llamar ‘Causa Justa’, pero tan justa como la invasiones de Vietnam, Granada, Irak y Afganistán. Después se preguntan por qué la gente los detesta.

El barrio popular de El Chorrillo fue destruido completamente. Después del bombardeo el ejército invasor se desplegó y ametralló a la gente que vivía en ese barrio durante más de 72 horas. Exactamente 3,993 viviendas fueron consumidas por el incendio que provocaron las bombas, los productos químicos. Según el censo de los mismos afectados, más de 14,170 personas perdieron sus viviendas, todos sus enseres. El 40% de los que vivían en el área eran menores de catorce o mayores de sesenta años.

En la fosa común del Jardín de Paz encontraron 123 cadáveres calcinados: ochenta civiles, cuarenta y tres militares. El responsable de la medicina legal de Panamá contabilizó en la morgue 516 muertos. Según el Comando Sur solo hubo 50 ‘víctimas’, más de 6,000 heridos. El Pentágono aceptó que murieron 314 panameños. La Conferencia Episcopal Norteamericana denunció que no menos de 3,000 seres humanos habían fallecido. El reverendo Jesse Jackson estimó la cantidad de muertos en 1,200. Según la organización Internacional Human Right la cifra de muertos bien pudo llegar a 4,000, sin contar heridos, discapacitados y desmembrados.

Los invasores pagaban hasta seis dólares por cada cuerpo que recuperaban los pepenadores de los escombros. Centenares de cadáveres hubo que sacarlos con grúas y tractores debajo de la madera calcinada, de los hierros retorcidos. Más animados por borrar las pruebas que por otra cosa, los invasores recogían los cuerpos, los congelaban, los tiraban al mar con bombas de inmersión. Al resto se le enterró en fosas comunes.

El poeta cineasta Pedro Rivera y el cineasta Fernando Martínez recogieron una serie de testimonios de un importante número de personas que sufrieron en carne viva esta invasión. Producto de ese esfuerzo es ‘El Libro de la invasión’, prologado por Elena Poniatowska, editado por Fondo de Cultura Económica, un vademécum coral, una sinfonía de voces sufrientes contra el olvido. Individuos y diversos grupos humanos, con sus propios nombres, reviven los sucesos, peripecias, traumas, decisiones que tuvieron que tomar, unos como protagonistas, otros en salvaguarda de sus propias vidas. Veamos, el testimonio de Neribel Bonilla:

—‘Mi niña todavía pregunta por su padre, como si todavía estuviera trabajando. Le digo que está en el cielo. Si le digo la verdad, llora, pregunta… Mejor le digo eso. Cualquier cosa que oye, así sea un trueno, se asusta y dice que es bomba, que son los gringos que vienen…’.

El testimonio de Eduardo Cubillas:

—‘Como todo panameño, esperaba la caída drástica del gobierno. Pero nunca pensé en las barbaridades que se cometieron. Ellos tienen lo que querían, nosotros nada. Los civiles recibimos la peor parte. Con su tecnología pudieron agarrar a ese general Noriega, llevárselo en un bolsillo, sin necesidad de masacrar al pueblo…’.

O del colonense Eleuterio Lee, en cuya casa cayó una bomba, entre otras desgracias, un pedazo de metal se incrustó en el cráneo de su hijo de 3 años:

‘Al niño la operación le resultó bien, pero el metal le tocó parte del cerebro. El cerebro es una cosa que manda todo el cuerpo y no se reproduce. Ese daño es irreparable. No sé como lo va afectar en el futuro. El médico dice que no va a desarrollarse bien en sus estudios. Lo puede afectar la vista, el oído, cualquier cosa…’.

Cientos de testimonios rabiosos, enternecedores, como estos constituyen la mejor prueba de los innecesarios, necios, estúpidos comportamientos en los que incurren seres humanos —los líderes de los países más poderosos del planeta— sin ninguna necesidad trascendente, como ocurrió en Panamá el 20 de Diciembre de 1989.

Ojalá acciones como estas no vuelvan a ocurrir jamás, en este, ni en otro país de nuestra América.

El recuerdo de la invasión permanece como herida abierta en mi corazón.

 

<> Este artículo se publicó el 20 de diciembre de 2010  en el Diario La Estrella de Panamá, a quienes damos,  lo mismo que al  autor,  todo el crédito que les corresponde.
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La prueba testimonial

” El interrogatorio empieza con las generales, dirección e identificación y luego la pregunta mágica: ‘¿Explique las razones por la que comparece a esta diligencia?’. La respuesta orientará al interrogador sobre la clase de testigo con el que cuenta.” Adentrémonos en el estudio de este interesante enfoque sobre la “reina de las pruebas” interpretando el siguiente artículo de opinión del Jurista y Docente Universitario….

CARLOS AUGUSTO HERRERA

Hay tanta ignorancia en estos aspectos sobre la ‘reina de las pruebas’, que es como denominan al testimonio, una sustancia intelectual que libera y encarcela en manos de los neófitos.

Parece que es lo más tangible que tenemos para reconstruir lo ocurrido a través de la atestación independiente del enjundioso o el ignorante.

Es muy importante conocer lo que se genera entre el medio y el interior del sujeto; la captación de lo que ocurre por medio de los sentidos, pero que se extracta en una tridimensión a saber: vista, oído y emociones. Claro que hay una inmensidad de sentidos, como el tacto, la distancia, el gusto, equilibrio, orientación, etcétera, pero es que todo se reduce a los tres primeros enunciados.

Al analizar una deposición o mantener una interlocución, se dilucida el medio que utiliza el deponente para absorber el conocimiento, puesto que lo incluye en la exposición, con expresiones como yo miré, escuche o sentí. De este modo sintonizamos al interlocutor sobre la manera de absorber del medio la información que evaluamos.

La segunda variable importante es el objeto de la interpelación destinada a reconstruir un evento, como nos dice DELLEPIANE: ‘Todas las ciencias reconstructivas suponen, desde luego el conocimiento de lo actual’ (1). Esto es lo que se busca y sobre esto es que se trabaja, pero las demás pruebas deben encajar con la realidad del expediente que se forme. Este mismo autor nos complace al enarbolar uno de los pilares de la Sana Crítica, al determinar la diferencia entre concordancia y convergencia, para establecer lo primero como indicadores y lo segundo sobre las deducciones o inferencias indiciarias. Este es el análisis al que se debe llegar, una vez consensuadas las pruebas, en este caso las testimóniales, sobre el principio de la confirmación (2). Claro que antes aparecen las pruebas determinantes y las excluyentes, que aparecen en los extremos de la evaluación y que lo expresan todo.

Hay que hacer un alto reflexivo para considerar un expediente como la copia de un evento ocurrido y transcrito de tal manera que sea comprensible, de allí aquello del ‘principio de inmediación’, para extractar de los declarantes las manifestaciones no verbales con la que nos comunicamos lo humanos y una gran mayoría de animales.

Visto así, coincidimos en la importancia de las conversaciones convertidas en interrogatorios, sin exceptuar el resto de las pruebas, algunas determinantes, otras excluyentes y el resto de apoyo o relleno para pesarlas con la Sana Crítica, una forma de valorar las pruebas y que una gran colectividad de autoridades desconoce.

Pero es que los testimonios pueden ser a favor, en contra, voluntario, hostil, de percepción de referencia, fidedigno, sospechoso y podemos seguir con las enumeraciones. Lo importante es poder calibrar la amplitud en esta deposición y sus consecuencias, las que deben tomar en cuenta a la hora de valorar las pruebas en conjunto, lo que parte primero por la selección y agrupación, las semejanzas, los contrastes y las verificaciones para entonces cernir y determinar el grado de credibilidad y certeza al momento de decidir.

El interrogatorio empieza con las generales, dirección e identificación y luego la pregunta mágica: ‘¿Explique las razones por la que comparece a esta diligencia?’. La respuesta orientará al interrogador sobre la clase de testigo con el que cuenta.

El artículo 447 del Código Judicial, numeral trece, advierte a quien presida una sobre lo que puede ocurrir con su intervención en la que debe evitar demoras innecesarias, la impaciencia o actitud indiscreta o severa en especial con los nerviosos o temerosos, lo que puede provocar una causa indebidamente presentada o a que no se esclarezcan perfectamente los hechos. Esta misma norma contemplada en el numeral 22, del mismo modo se refiere al juramento a los testigos, en una forma que destaque la importancia y la solemnidad del acto, sobre todo, su obligación de ceñirse a la verdad.

En otra referencia tenemos que históricamente, el testimonio ha sido motivo de serias críticas y de grandes alabanzas (3).   Sostiene este autor que en la antigüedad gozaba de excepcional importancia, en relación a la presunción de la veracidad humana.   Lo que debemos considerar es que una deposición beneficia a una parte, pero afecta a la otra, razón por la que tiene una fidelidad del cincuenta por ciento y para el juzgador mucho más, si tal pieza favorece o perjudica lo que decide con la sentencia.

Sobre este tema, hay una camino largo que pretendemos transitar, en un intento de mantener el interés y la coherencia en la exposición.

(1) DELLEPIANE, ANTONIO. ‘NUEVA TEORÍA DE LA PRUEBA’. EDITORIAL TEMIS. BOGOTÁ 2000. PÁGINA 18.

(2) DELLEPIANE, OBRA CONSULTADA. PÁGINA 89.

(3) MEJIA MARÍN LIGIA Y OTRO LOS RECURSOS: EN MATERIA PENAL Y TESTIMONIO COMO MEDIO DE PRUEBAS. EDICIONES JURÍDICA RADAR. COLOMBIA 1990. PÁGINA 245.

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Este artículo fue publicado el 1 de agosto de 2010 en el diario La Estrella de Panamá, a quienes damos, lo mismo que al autor, todo el crédito que les corresponde.