La vida como servicio

La opinión de…

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Marcelino González T.   .


En la actualidad el término servicio está muy en uso, todos manejamos el concepto aunque con percepciones distintas.   Por ello, resulta importante señalar que la idea de servicio es muy atractiva cuando representa una condición para generar riqueza, o sea cuando se emplea como herramienta o medio para satisfacer deseos de un cliente, complacerlo y lograr que siga comprando los bienes que se ofrecen.

En este sentido, el concepto es promovido por la publicidad y recomendado como técnica de administración moderna en que se propone alcanzar “la excelencia en el servicio”.

La auténtica función de “servicio” es aquella actitud que implica renuncia, sacrificio y entrega personal. Lamentablemente, visto de este modo el servicio suele ser interpretado como un signo de debilidad. Servir a los demás se asocia a una consecuencia de haber fracasado. A una imposición, más que a una decisión personal. A una labor monótona, más que a un acto creativo. A una actitud sumisa que empobrece, en vez de enaltecer o dignificar.

Los débiles sirven, los fuertes son servidos parece ser la convicción que prevalece en nuestros días. La historia contribuye a reforzar este convencimiento, ya que los esclavos servían a sus amos, los pobres a los ricos, los ignorantes a los eruditos, el pueblo a los poderosos, etc.   Es diferente servir pensando que lo hago porque soy menos que los otros, a comprender que sirvo porque el otro vale tanto como yo y por ello le hago el bien.

El que sirve entendiendo lo anterior ha aprendido a equilibrar la necesidad y el deber que tiene quererse primero a sí mismo para poder ayudar o querer a los demás. Nadie puede dar lo que no tiene, dice un viejo y conocido adagio popular.

La generosidad, que está íntimamente ligada al servicio, va más allá del desprendimiento material, se refiere a la disposición al sacrificio, al abandono y a la entrega de nuestro tiempo, de nuestra atención, de nuestra comodidad en beneficio de los demás.

El generoso no necesita recibir para sentirse satisfecho, sin embargo, es agradecido recibiendo de otros. La paradoja de la generosidad es que sin quererlo activa una retroalimentación y quien da siempre recibe, aunque no lo pida.

En la medida que la mayor cantidad de nosotros seamos más humanos y emprendamos acciones valiosas y de beneficio común, será más fácil motivar a los demás. Seamos, entonces, más responsables de nuestros actos y conscientes de la influencia que estos generan en la sociedad, en las instituciones y en la organización a que pertenecemos.

Concluyo que el servicio es también una instancia de discernimiento de nuestros actos. En efecto, todo don, toda cualidad no nos ha sido dada para dominar a los demás, o para ensalzarnos, sino para ponerla al servicio de los demás.

<>Artículo publicado el 5 de septiembre de 2010 en el diario La Prensa, a quien damos, lo mismo que al autor,  todo el crédito que les corresponde.
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Los varios aspectos de la codicia

La opinión de…

Carlos Eduardo Galán Ponce

Este pecado capital no es un producto de las actuales generaciones ni exclusivo de parte alguna del universo. Nació con la humanidad. Solo que hoy, las políticas de globalización, de la desmesurada promoción al consumismo, unidas a la sumisión vergonzosa de gobiernos moralmente vulnerables han exacerbado el culto al dios dinero.

Con la venia de gobernantes carentes de todo nacionalismo, los poderosos intereses de países más grandes y desarrollados les han caído “en pandilla” a los más pequeños.   Con todas las ventajas.

El dinero que para ellos es una bicoca, para cualquiera de nosotros es una fortuna, y encima los encargados de proteger nuestro patrimonio lo salen a mercadear.

Comprar el territorio nacional a trozos, a precios irrisorios para la capacidad económica de estos nuevos conquistadores, ha puesto “nuestra tierra”, la tierra que nos vio nacer, fuera del alcance de la inmensa mayoría de los nacionales.

Y se van regando por todo el país. Apoderándose de playas, islas, montañas, haciendas ganaderas, áreas comerciales.   De todo. Y allí es donde se inicia la concentración de fortunas y la verdadera inflación. Porque del valor de la tierra depende directamente el costo de todo.

De los alimentos, de las viviendas, de los arrendamientos de los locales para todas las actividades de ventas de bienes y servicios, de los servicios médicos.   Bueno, ni el transporte aéreo se salva, pues no puede permanecer por siempre en el aire.   Las tierras que antes eran de todos, ahora han quedado solo al alcance de extranjeros y algunos grupos minúsculos locales.

Sobre el famoso “desarrollo”, la mayoría se pregunta a quién le ha llegado.   Porque lo que sí ha traído es una mayor concentración de fortunas a manos de unos pocos. Antes lo normal era que los personajes más adinerados se encontraran en los países con grandes economías.   Lo cual es muy lógico, hay más gente a quien sacarle.

Pero parece que este pequeño país ya no solo produce campeones en deportes, sino que ya contamos con individuos codeándose con los “más ricos y famosos”.    Que en un país como México, con su índice de pobreza y violencia, alguien se pueda jactar de ser el hombre más rico del mundo, es una vergüenza. Y no menos vergüenza es que en un pequeño país como el nuestro, con su grado de pobreza extrema, comiencen a surgir personajes a esos niveles.

Ese afán insaciable de mayores riquezas ha llegado a los extremos de derribar las más elementales barreras morales. Un supermercado local promociona la presencia de un cliente “en cueros”, parado frente a una cajera que lo admira “muerta de la risa”.   Una televisora local promueve grupos de niñas de escuela, a contorsionarse al grito de “muévelo”.   Y no el cerebro. No imagino de qué intelectuales es la idea de este “extraordinario” aporte a la cultura y las buenas costumbres. Ir de compras “pelao” y “moverlo” en la escuela.

Pero mientras esto ocurre aquí, en Viena un coro de 400 niñas escolares canta a los acordes de música de violines, y el alcalde de Medellín, con la formación de coros similares en las escuelas, ha logrado disminuir la violencia en su ciudad. Y luego nos quejamos de las causas de la violencia y la “patanería” de los jóvenes. O de encontrar a niñas menores de edad, uniformadas, en actitudes impropias en los buses o en discotecas a pleno día.

Todo el cuento lo justifican con lo de “generar empleos”. Pero resulta que en Canadá, un país a extremo ordenado, el 60% de los puestos de trabajo tiene lugar en empresas que poseen menos de nueve empleados.   La libre empresa es la mejor opción para una paz social y lograr un razonable nivel económico para la mayoría de los habitantes de un país. Tampoco hay nada malo en que el éxito vaya aparejado a una bien merecida fortuna. Y los frenos a la concentración excesiva de bienes son prácticamente imposibles.

Esto se viene intentando en Estados Unidos desde la presidencia de Teodoro Roosevelt con resultados poco claros. Los únicos frenos que existen son morales. Y un poquito de sentido común que debe indicarle a aquellos que más tienen, que son precisamente ellos los que más tienen que perder si cundiera el caos. Quizá por eso es que se ha reunido, precisamente en ese país, un grupo de los más ricos, para regalar la mitad de sus fortunas para propósitos sociales. Igual viven con la otra mitad.

A cualquier individuo, que vivió con ese apego enfermizo a los bienes materiales, le llega el momento, aunque sea a un paso de su tumba, en que se ha de preguntar ¿para qué hice tanto? Haber afectado a tanta gente. Haberse “comido” a tantos desdichados. Haber participado sin ningún remordimiento en la destrucción del planeta, solo para tener más. Y finalmente, quedarle prohibido saborear un buen filete. Los mariscos les son veneno.

Nada de sal ni de buenos vinos (ni tampoco de los malos). A conformarse con ingerir a diario verduras sosas y sopas aguadas, cubierto con una cobija hasta el cuello para calmar el frío permanente. Y los que te rodean. Esperando tu partida para escudriñar en tu testamento. Y si no dejaste alguno, o no repartiste a gusto de los que esperan en fila, a liarse a golpes para deleite de los abogados.

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Este artículo se publicó el 27 de agosto de 2010  en el diario La Prensa,  a quienes damos, lo mismo que al autor,  todo el crédito que les corresponde.

¿Por qué permitimos los malos servicios?

La opinión de…

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Odalys Quintero Valdés

Panamá, nuestro país, se dice ser un país de servicios, porque tenemos sectores que brindan servicios al mundo a través de empresas nacionales como el Canal de Panamá, la Zona Libre de Colón, la línea aérea panameña, que es una de las más grandes del área, somos también la mayor proveedora de servicios offshore, entre otros servicios, estos son sectores de gran importancia para el comercio mundial, que en perspectiva brindan un excelente servicio.

Pero, por qué permitimos que las empresas multinacionales o transfronterizas, como les quieran llamar, a pesar de que el Estado les brinda un clima de seguridad jurídica, beneficios fiscales y una serie de prerrogativas para que, precisamente, vengan a establecerse en nuestro país, dejamos que nos brinden un pésimo servicio, si nos quejamos del pésimo servicio que nos brindan algunas empresas estatales y sectores privados, como lo es el transporte público, el seguro social, algunas entidades gubernamentales que atienden público, no escucho que se quejen de empresas multinacionales que han llegado a nuestro país a hacerse más ricos pero maltratando al panameño, maltratando a los ciudadanos de este país, que si bien es cierto algunas de estas empresas han sido echadas de otros países por su mal servicio y por el maltrato al usuario, se han venido a aprovechar de este pueblo que, además de pacífico, siempre da un voto de confianza al que llega, porque es parte de la idiosincrasia nuestra, tomar a primera vista el lado positivo de las cosas, este es un pueblo con mente positiva; pero ya está bueno de que nos quedemos callados frente a este tipo de inconsciencia, y voy a mencionar a estas empresas extranjeras que nos están acabando nuestro lado amable y pacífico, me refiero a empresas del sector bancos, hay algunas otras, pero luego hablaré de ellas.

En este país hay algunos bancos extranjeros que son un peligro para el usuario, pero hay un banco que se fusionó con un banco local, que a pesar de que cuenta con múltiples sucursales y que tiene una gran cantidad de usuarios, siempre que usted acude a cualquier sucursal hay filas interminables, filas que te puedes demorar más de una hora para cambiar un cheque o pagar una hipoteca, porque solo tienen tres cajas funcionando, una para los jubilados, otra para usuarios de una o dos transacciones y otra para todos los que cambian planillas; no hay sillas para sentarse, los usuarios se sienten inseguros porque uno no sabe si puede ser víctima de un asalto en cualquier momento.

Sí, todos nos quejamos en la fila, pero por qué tenemos que permitir este maltrato. Sabemos que meterse con el sector bancario es meterse con el poder económico de este país, pero ya está bueno.

Antes, cuando se hablaba de un banco, uno lo hacía con mucho respeto, porque el banco representaba seriedad para los usuarios, pero hoy por hoy la banca ha perdido credibilidad y respeto, porque se les ha otorgado, a través de leyes y decretos, licencia para hacer lo que le da la gana con el usuario.

Entonces, amigos usuarios, no nos quedemos callados, levantemos la voz en contra del abuso y el atropello que nos brindan bancos como este con su mal servicio.

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Este artículo se publicó el 9 de agosto de 2010  en el diario La Prensa,  a quienes damos, lo mismo que al autor,  todo el crédito que les corresponde.

Y es panameño

“Generalmente, las personas que brindan un servicio al público suelen tener la actitud de que te están haciendo un favor”. Muy cierto.  Compartimos con ustedes la reproducción de este interesante artículo de opinión de….

MÓNICA MIGUEL 

Y a el gran filósofo Conan el Bárbaro, (no el esteroizado cinematográfico gobernador de California, sino el personaje literario de Robert E. Howard) dijo en cierta ocasión una frase que es una gran verdad: “los pueblos salvajes suelen ser más corteses que los civilizados, porque saben que no pueden correr el riesgo de ser maleducados sin que les partan la cabeza” y eso en Panamá se cumple letra por letra.  La gente en Panamá es civilizada y maleducada.  Escasa violencia y mucho descaro.

Enseguida llegará alguien que me diga: “en España también’ y yo les diré:  ‘mal de muchos, consuelo de estúpidos’.   Se ve la mala educación en la vendedora que te chupa cuando le preguntas por la talla M de la camisa que te gusta, en el camarero que te tira las cosas en la mesa, esperando al final, obviamente, la propina.

Y también en el fresco (o la fresca, que esto de los malos modales no discrimina sexos) que se te cuela en la fila,  o en el imbécil que adelanta la fila kilométrica por el hombro y luego se cabrea cuando tú no le das espacio para incorporarse a la circulación.

Generalmente, y no voy a redundar en el hecho, puesto que es queja habitual y tema sopeteado por unos y otros, las personas que brindan un servicio al público suelen tener la actitud de que te están haciendo un favor, ni siquiera en aquellos lugares donde la gerencia, tratando desesperadamente de atraer clientes pega el consabido letrerito de  ‘El cliente es nuestra razón de ser’  a la vista de todos los empleados logran que te sonrían.

Pero ¡albricias!, hoy quiero hacer un homenaje. Con mi despiste orientativo usual andaba perdida, dudando si tenía que doblar en la próxima calle o no, recorría Calle Cincuenta cuando un pitido estridente me avisó de que si no echaba algo combustible en el tanque no iba a poder llegar a mi destino, así que paré en la primera gasolinera que se me puso a tiro.

Coloqué el carro en posición y ví por el retrovisor acercarse al empleado, bajé la ventanilla mientras él se asoma y entonces ocurrió, me quedé pasmada, obnubilada, epatada, con la boca abierta y sin poder articular.

El pobre, sin dejar de sonreír, tuvo que repetirme la pregunta mientras yo trataba de coordinar mi cerebro con mis manos, apagar el motor y asimilar el hecho asombroso.  ¡El hombre era un dechado de amabilidad!, pero de amabilidad genuina, de esa que notas que es de verdad,   de persona orgullosa de hacer su trabajo y hacerlo bien,  de persona a la que no le molesta servirte, porque para eso le pagan, y que no se siente ni más ni menos que tú.

Con una sonrisa me dio los buenos días y me preguntó, con todas las palabras, qué necesitaba.  Cuando logré balbucear el monto de diesel me puse a pensar, no dudo que haya muchos otros como este señor en Panamá, de que los habrá los habrá, pero yo nunca me había topado con uno.  Servicial sin ser agobiante, y amable sin ser lambón.

O sea, lo que deberían ser todos, y no,   fíjense ustedes,   no era colombiano, que seguro es lo que muchos de ustedes están pensando, era del patio, por el deje ‘jondeao’ podría adivinar hasta de qué parte del interior del país.    Salí de la estación de servicio todavía sin dar crédito, y mirando para atrás se me ocurrió que era una cámara indiscreta.

En esta columna no quiero volver a protestar por lo que todo el mundo se queja,  sino reconocer el buen servicio porque la sonrisa que me quedó en la cara me duró el resto del día, así que  ¡gracias,  Augusto!

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Este artículo fue publicado el  8 de agosto de 2010  en el diario La Estrella de Panamá,  a quienes damos, lo mismo que al autor o autora, todo el crédito que les corresponde.

Otros artículos de Mónica Miguel Franco en: https://panaletras.wordpress.com/category/miguel-franco-monica/

¿Propina obligatoria o evasión de impuestos?

La opinión de…

VICTORIANO  RODRÍGUEZ  S.

¿A qué empleado público o de empresa el usuario o cliente tiene que dar propina por el servicio que presta?

Pregunta relacionada con vendedores de servicio o quienes atienden público, tales como: empleadas de almacenes, quienes están detrás de un escritorio, al empleado de casas de materiales que llevan productos a las casas o construcciones, el mesero que atiende en restaurante; en fin, a todas las personas que atienden público y brindan un servicio.

Las leyes panameñas omiten y no hacen obligatorio el cobro de “propina” por el servicio de atención a clientes, sin embargo, es una buena práctica ciudadana que, “después de recibir un excelente servicio”, el cliente le ofrezca una cortesía discrecional al mesero.

Producto de esta sana norma de atención, algunos restaurantes -principalmente de comerciantes extranjeros- han instituido entre el 10, 20% o más del consumo como una obligación del cliente como propina.

Nuestras leyes no contemplan tal aberración, por lo cual algunos restaurantes, como modalidad, incluyen en su menú “la información del porcentaje obligatorio que el cliente debe pagar como propina”.

Presuntamente, la Autoridad de Protección al Consumidor (ACODECO) no puede interferir en ello porque su ley la limita.   Para nuestro humilde entender, es dar la espalda a una realidad. Téngase presente que posiblemente estamos frente a dos o más violaciones de nuestras leyes, independientemente se anuncie o no en el menú, además, a futuro pudieran utilizarse como mecanismo de discriminación racial o social.

La razón es sencilla. Por una parte se hace al cliente responsable por el mejor pago de la planilla, emolumento que el empresario debe solventar de sus ingresos, y por la otra, la empresa pudiera estar evadiendo impuestos tales como: CSS, seguro educativo y recaudaciones de impuestos, perjudicando al empleado en su retiro, despido o jubilación.

Generalmente los empleados de restaurante devengan salarios bajos, pero multiplican con creces su ingreso mensual producto de las “propinas”, situación que aprovechan los comercios para no aumentar salarios y mantenerlos en el mínimo. Históricamente altos jerarcas del Ministerio de Trabajo “revuelven la mirada…” para no inmiscuirse, porque algunos fueron parte de esa travesura, igual de la CSS y el Ministerio de Economía y Finanzas (MEF), pero “ahora le toca al pueblo” y esperamos ver qué hacen, si es que hacen algo. ¡Dios te salve Panamá!

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Artículo publicado el  15  de julio de 2010 en el Diario El Siglo, a quienes damos, lo mismo que al autor, todo el crédito que les corresponde.

Un país sin servicios

La opinión de la Doctora en Medicina…..

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Marisín Villalaz de Arias

Los panameños nos llenamos la boca diciendo que Panamá es un país de servicios y así se considera en la región. Decimos que somos lo mejor y atraemos turismo e inversiones valiéndonos de esta fama. Sin embargo, esta es una ciudad que ha perdido los servicios que antes recibíamos los ciudadanos. Antes, en todas las gasolineras daban el servicio de poner aire a las llantas de los automóviles; hoy hemos perdido ese servicio que no lo encuentras ni pagando. Antes usabas la tarjeta clave para sacar dinero en cualquier cajero sin costo alguno; hoy no solo te cobran extra si usas uno que no sea tu banco, sino que han puesto un impuesto de 5 % a ese servicio.

Cuando yo era niña iba al chino y me daban la pezuña en pescaítos de dulce y nos peleábamos para ir a comprar lo que mi abuela necesitaba; hoy si no pagas no comes pastillas de ninguna clase. En fin, muchas de las cosas eran servicio, ahora hay que pagarlo porque hemos caído en el mundo del materialismo y nadie regala nada. A pesar de lo que he dicho, seguimos siendo un país de servicios y los prestamos cuando nos pagan por delante. Aparte de la solidaridad que prestamos cuando hay una tragedia, como acaba de suceder en Haití, y otras en diferentes lugares, ya no hay nada regalado porque hasta el agua hay que pagarla.

Escuchaba que ni las playas son gratis para entrar y que era ilegal. Sin embargo, ¡quién nos protege de la porquería que la gente deja en esas playas? No se imaginan la cantidad de basura que dejan los visitantes porque el panameño no es limpio. Teniendo un tanque para que echen la basura, vi una botella vacía de licor a menos de dos cuartas del tanque. En esa forma, nunca llegaremos a ser país de primer mundo. Los carros que estacionan lo hacen mal y los que vivimos allí tenemos que hacer malabarismos para pasar en medio de los visitantes que se adueñan de las playas. Pues, por lo menos, que paguen algo por usarlas o de lo contrario, la próxima vez no podrán llegar a las mismas.

Veamos pues, que los servicios hay que pagarlos y que, cada vez hay que pagar más por todo. Aunque creo que es una incongruencia, en un país de servicios no los hay, y en un sistema paternalista como nos legó Omar Torrijos, queremos que nos regalen todo y enviamos la petición de pagarnos todo al Gobierno.

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Publicado el 27  de enero de 2010 en el Diario El Panamá América, a quien  damos, lo mismo que al autor, todo el crédito que les corresponde.

Absurdos en Migración y Aduanas

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La opinión de……

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Marcos Castillo Pérez

El pasado lunes 4 de enero regresé de un viaje al exterior junto a mi familia y me encontré con dos desagradables situaciones que muestran la crisis de sentido común de algunos funcionarios y el mal trato que reciben los viajeros nacionales y extranjeros en su llegada a Panamá.

Al llegar a Migración y entregar los pasaportes de mi esposa, mi hijo y el mío, la funcionaria de turno nos informó que nuestro hijo panameño, Pedro Castillo López, de dos años y 11 meses, no podría ingresar al país hasta tanto su supervisora viniera a hacer un “descarte”, porque el sistema reportaba un problema.  Un señor peruano, de apellido Castillo López,  aparece con prohibición de entrada o salida del país por tener pendiente una pensión alimenticia.   Por tener nuestro niñito un nombre similar, no podría hacer nada.

Así las cosas, vimos pasar a todos los pasajeros esperando hasta quedar literalmente de últimos.   ¿Los niños primero?

Luego de 30 minutos una supervisora apareció (luego de ser llamada muchas veces por radio) y verificó que mi pequeño niño no tenía ninguna pensión alimenticia pendiente (materialmente imposible por cierto), no había cometido ningún delito o crimen alguno y por tanto podía ingresar al país en compañía de sus padres.

Impensable fue recibir una excusa o una disculpa.  Esta no es la primera vez que nos ocurre, esta situación se repite cada vez que salimos y entramos al país y por más que hemos apelado al “sentido común” de los funcionarios de Migración el resultado ha sido el mismo.

Les hemos solicitado que por favor anoten en el sistema algo que permita evitar el mal rato, a pesar de que los nombres, números de cédula y nacionalidad, así como mayoría de edad no son iguales.

Al llegar a la Aduana un funcionario de esa entidad nos daría a los recién llegados una cátedra de improvisación, falta de tacto e inexistencia mínima de consideración. Mientras la fila se hacía interminable, gritaba a todo pulmón:  “Señores, el formulario que les entregó la aerolínea no es válido, a partir de hoy hemos cambiado un párrafo y por lo tanto tienen que volver a llenar éste que les estamos entregando”. ¿Podrían haber entregado el formulario a las aerolíneas y así facilitar la llegada al país de quien lo que más desea es llegar a su casa o destino turístico? ¡Tremenda primera impresión para turistas!

Me pregunto si luego de seis meses en el cargo, las directoras de Aduanas y Migración estarán enteradas de esta calamidad de servicio.   Abrigo la esperanza de que lean este artículo o que se enteren para que se enmienden estos entuertos y no sigamos viendo más de lo mismo.

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Publicado  el   16  de  enero  de 2010  en   el  Diario  La  Prensa, a quienes damos, lo mismo que al autor, todo el crédito que les corresponde.