Pluralismo

La opinión de…

 

Carlos Guevara Mann

El pluralismo denota la distribución del poder entre varias jurisdicciones y ámbitos sociales. Los Estados democráticos son pluralistas porque en ellos existe más de un centro de poder. Varios órganos del Estado comparten el ejercicio de funciones públicas, las cuales se distribuyen también entre el gobierno central y los gobiernos locales.

Además, los impulsos políticos no emanan exclusivamente del Estado y sus dependencias. En un sistema pluralista, la sociedad civil –a través de sus diversas organizaciones– aporta importantes elementos al ejercicio del poder. Esta, a grandes rasgos, es la configuración del pluralismo democrático.

En su utilísimo texto de política comparada (Comparative Government, 1971), el profesor Samuel Finer observa que la dispersión del poder político es significativamente inferior en los regímenes autoritarios que en los sistemas democráticos. Por consiguiente, menores niveles de pluralismo coinciden con mayores niveles de autocracia.

En su enjundioso estudio sobre las grandes potencias (The Rise and Fall of the Great Powers, 1989), Paul Kennedy arguye que la desconcentración del poder característica del pluralismo es uno de los principales factores detrás del desarrollo en la edad moderna. El profesor Kennedy atribuye la decadencia de grandes potencias como la China imperial, Persia y el Imperio Otomano a la falta de pluralismo, o sea, a la tendencia de una pequeña cúpula gobernante a monopolizar el poder y a restringir los espacios disponibles para la expresión de la autonomía y la creatividad individual y colectiva.

Los dirigentes y ciudadanos de un Estado democrático se preocupan por proteger y promover el pluralismo. Esto implica, en primera instancia, respetar los límites que la Constitución impone al ejercicio del poder. No usurpar las funciones o facultades que corresponden a otra rama del Estado es fundamental para salvaguardar el pluralismo.

Un gobierno comprometido con el sistema democrático se preocupa por respetar la independencia de los partidos políticos. El mangoneo de las agrupaciones afines al gobierno y el acoso a la oposición no son tácticas que corresponden a un compromiso sincero con el pluralismo.

La adhesión al sistema democrático entraña, además, la protección y promoción de espacios autónomos de deliberación en la sociedad civil, tales como sindicatos, gremios profesionales, asociaciones cívicas, organizaciones no gubernamentales y medios independientes de comunicación. Si se trata de preservar y afianzar el contenido democrático del sistema político, es fundamental asegurar la autonomía y capacidad de proyección de esas organizaciones.

El golpe de Estado del 11 de octubre de 1968 propinó una estocada profunda al pluralismo en Panamá. Los golpistas clausuraron la Asamblea Nacional y nombraron magistrados y procuradores adictos a quienes ejercían el poder. A partir de esa fecha, no hubo desempeño autónomo de funciones políticas, administrativas y jurisdiccionales por otros órganos de gobierno fuera de la comandancia de la Guardia Nacional.

El Decreto de Gabinete No. 58 de 1969 extinguió los partidos políticos. Otros decretos de gabinete, emitidos por la junta provisional de Gobierno, amordazaron la prensa.

A fin de perfeccionar el sometimiento de los medios de comunicación, se aplicaron triquiñuelas legalizadas, como en el caso de la Editora Panamá América, cuyos dueños fueron despojados mediante iniciativas de accionistas minoritarios, aupadas por los golpistas y avaladas por los juzgados sometidos al poder militar. Así fue suprimida una “tribuna de denuncia y educación”, que fomentaba la participación ciudadana “en la construcción y defensa de la nación”, tal cual lo expresó acerca de El Panamá América, en sus memorias, doña Rosario Arias de Galindo (El camino recorrido, pág. 113).

Como lo demuestran las mediciones de Polity IV y Freedom House, los años del régimen militar fueron los menos pluralistas de nuestra historia republicana, con consecuencias negativas para la sociedad panameña. El acaparamiento de facultades públicas y su concentración en una cúpula ávida de riquezas y poder político produjo resultados desastrosos para la población istmeña.

Hay que proteger el pluralismo en Panamá. En un sistema democrático, no hay lugar para la usurpación de las funciones propias de otras ramas del Estado, el asedio a la sociedad civil, el cerco a los medios de comunicación social y el atropello a los partidos políticos.

La restauración de estas prácticas autocráticas afectaría negativamente el potencial económico y las posibilidades de desarrollo en Panamá. Por ello, no podemos permitir su resurgimiento.

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Este artículo se publicó el 5  de enero de 2011   en el diario La Prensa, a quienes damos,  lo mismo que al autor, todo el crédito que les corresponde.

Obama y Panamá

La opinión del Periodista y Docente Universitario…

 

DEMETRIO  OLACIREGUI  Q.
d_olaciregui@hotmail.com

Una cosa es que el presidente de Estados Unidos Barack Obama busque conciliar posiciones con los líderes del Partido Republicano, y otra que gobiernos latinoamericanos, como el de Ricardo Martinelli, coqueteen abiertamente con los adversarios políticos de la Casa Blanca.

Martinelli se ha jactado de su cercanía con los nuevos líderes estadounidenses de la Cámara de Representantes, como John Boehner, porque en algún momento fue jefe del actual ministro de la Presidencia, Demetrio Papadimitriu. Boehner se reunió con Martinelli en diciembre pasado. En el círculo de amigos republicanos del gobierno de Panamá están las figuras más recalcitrantes de la ultraderecha estadounidense, cuyas simpatías, según el gobierno panameño, podrían traducirse en la pronta ratificación del Tratado de Promoción Comercial (TPC) suscrito en junio del 2007.

Pero las cosas no serán tan fáciles. Junto con el malestar creciente que los vínculos republicanos de Martinelli generan en Washington, nada disimulados por diplomáticos estadounidenses, debe tenerse en cuenta que la política de la Casa Blanca hacia América Latina podría mantenerse invariable en aspectos vitales para la región como inmigración y libre comercio. Las prioridades, según los expertos, se centrarán en los temas económicos internos y en la campaña presidencial del 2012.

Cynthia Arnson, directora del programa latinoamericano del Centro Wilson, dijo que los desacuerdos entre demócratas y republicanos sobre el manejo de la economía ‘serán más fuertes y ese desgaste dificultará mucho que América Latina se convierta en una prioridad’ en el debate legislativo.

Sobre las posibilidades de que el Congreso, con un mayor número de legisladores republicanos, ratifique el TPC con Panamá, el director del programa de las Américas del Centro de Estudios Internacionales y Estratégicos, Peter DeShazo, advirtió que algunos republicanos elegidos serán más proteccionistas que sus antecesores, pues se han pronunciado abiertamente en contra de aprobar tratados de libre comercio. Existen, además, presiones de la Casa Blanca para que Martinelli resuelva asuntos laborales y bancarios antes de pensar en enviar el acuerdo al Congreso.

Obama todavía tiene un poder inmenso y está decidido a emplearlo, tanto a nivel interno como externo. En lo que respecta a Latinoamérica el presidente estadounidense ha pasado de una estrategia agresiva a una calibrada.   Washington mantiene latente el auge militarista en la región, pero también una diplomacia moderadamente activa en el terreno de los valores como los derechos humanos, pluralismo político, libertad de expresión y la participación de la sociedad civil en las decisiones de los Estados.   Esa cartilla se la han leído a Martinelli las principales figuras de la Casa Blanca y el Departamento de Estado.

Tras su derrota en los comicios legislativos, el tono conciliador de Obama no puede confundirse con resignación. Si bien no goza de la confianza que tenía al inicio de su gobierno, un 45% del electorado respalda su gestión y un 50% considera sus esfuerzos, aunque no comparta sus propuestas.

Por otro lado, vale recordar que, tras sus respectivas y aplastantes derrotas en las elecciones de mitad de término, los presidentes Ronald Reagan y Bill Clinton adoptaron caminos diferentes para poder recuperar la iniciativa. Reagan profundizó su revolución conservadora y Clinton se movió hacia el centro conciliando posiciones con los republicanos. Ambos se reeligieron para un segundo mandato. Obama está siguiendo los pasos de Clinton y corrigiendo el rumbo de su mandato, con miras a mantenerse después del 2013 en la Casa Blanca.

Obama invitó a sus adversarios políticos a trabajar juntos, porque ‘no se puede pasar los próximos dos años peleando’.   ‘Si Obama quiere negociar con nosotros tendrá que dejar de lado su agenda y moverse en nuestra dirección. Pero como no podemos contar con eso, nuestra prioridad será trabajar para que no sea reelecto’, respondió Boehner, el amigo de Martinelli.

Ese espíritu no abona a las posibilidades de la ratificación del TPC con Panamá, menos para salir de la aguda crisis económica que azota a Estados Unidos. El nuevo Congreso también podría crear una incertidumbre paralizante para los inversores y las empresas, si se llegan a plantear conflictos sobre los impuestos, el déficit, el sistema de salud y la regulación financiera.

Precisamente esos republicanos en la nueva Cámara de Representantes le ofrecen un blanco excelente a Obama para volver a cautivar al electorado y lograr la reelección, un cálculo que parece descartar Martinelli, en maridaje con la ultraderecha republicana. Obama tiene a su favor la moderación contra una facción republicana tan radical que atenta contra la democracia estadounidense. Un atentado similar al que representa el efecto Martinelli para la democracia panameña.

 

<> Este artículo se publicó el 25 de noviembre de 2010  en el Diario La Estrella de Panamá, a quienes damos,  lo mismo que al  autor,  todo el crédito que les corresponde.
Más artículos del   autor  en: https://panaletras.wordpress.com/category/olaciregui-q-demetrio/

Locura de los Césares

La opinión del Periodista y Docente Universitario…

DEMETRIO OLACIREGUI Q.

Hace unos días el periodista argentino Osvaldo Pepe citó en Clarín la obra del filósofo español Ramón Irigoyen, La locura de los Césares, en la que pasa revista a la vida de algunos emperadores romanos. Irigoyen concluye que al tener en sus manos el poder absoluto, los césares afrontaron límites en su personalidad y una inestabilidad en su estado de ánimo.   Pero hay científicos que opinan lo contrario.   Sostienen que la locura de los césares no venía aparejada solo con alcanzar el poder, sino que guardaba relación con la condición para lograrlo. Otros estiman que los estilos totalitarios de poder se encubren cuidadosamente tras campañas electorales en las que se habla de democracia, pero en la práctica se niega la eficacia de los valores de pluralismo y tolerancia.

 

Al repasar los aciagos tiempos por los que atraviesa Panamá, bien podría hablarse de signos en los gobernantes locales de esa locura que asaltó a los emperadores romanos. Ebrahim Asvat, en su columna de El Siglo, manifestó al inicio de semana repugnancia por ‘tener que vivir con miedo’,   como si existiera en el país una dictadura militar que aminorara en los panameños la calidad de ciudadanos. La Prensa se refirió a los tiempos de temor y angustia que cercan a Panamá por las muestras de absolutismo que proliferan peligrosamente.

El presidente Ricardo Martinelli, está dejando en claro que una vez asaltado el poder, no necesita de quienes votaron por él, ni de la ciudadanía a la hora de gobernar. Considera que lo peor que puede hacer es escuchar al colectivo social. Los asuntos de poder los plantea a nivel del poder mismo sin consulta con los ciudadanos. Por eso pretende que todo el país baje la cabeza ante sus designios.

Su estrategia ha sido aventajar tanto a sus rivales como aliados en una carrera desenfrenada y maniobras improvisadas para desconcertar en forma continua, procurando conservar en sus manos la iniciativa.   El resultado es que sus aliados no mueven un dedo hasta que Martinelli ordene el paso siguiente. Los adversarios actúan, por el contrario, en una permanente reacción antimartinellista con escasos planteamientos frente a las iniciativas de quien se considera dueño del libreto.

Martinelli actúa en forma insólita, porque su conducta, su estilo, son insólitos. Responde a un particular código genético que no tiene comparación. Sorprende una y otra vez. Desde el inicio de su gobierno dijo que en cinco años celebraría la transmisión de mando. ‘Pero lo que empezamos aquí hoy no cambiará ni en cinco, ni en 100 años. Desde ahora, este gobierno y los que siguen van a caminar en los zapatos del pueblo’, declaró sin rubor.

En su discurso ante la Asamblea General de la ONU dijo el año pasado que tenía fe en la capacidad de conciliación de la sociedad, en la comunicación y respeto, y en la tolerancia como el secreto de la convivencia de los pueblos. Palabras vacías de contenido y una ficción frente a la realidad nacional.

En el mismo escenario declaró la semana pasada que ‘la diversidad étnica es símbolo y ejemplo de nuestra unidad nacional’.   Una burla para ocultar la saña con la que reprimió a los indígenas bocatoreños. Garantizó, al mismo tiempo, la adopción de ‘medidas que fortalezcan los pilares sobre los que descansa nuestra gobernabilidad’.

En la voz del mandatario, Panamá no se orienta por el respeto a los derechos humanos ni por el concepto de ciudadanía, dijo Panamá América en un editorial.   La palabra democracia no fue mencionada ni una sola vez. Como expuso en la ONU, su meta es abrir el país a los negocios con los $20000 millones presupuestados como inversión en cinco años. Negocios personales y de sus socios.

Para Martinelli haber llegado al poder constituye una victoria total para sus fines y una derrota absoluta para sus adversarios. Como decían los romanos en las guerras: ¡Ay de los vencidos! Si gana, somete.   Si pierde, prepara la venganza.

No hay objetivos de respeto a la institucionalidad democrática ni desarrollo humano, ni justicia social. Menos todavía un estímulo a las virtudes individuales. Desde el poder se busca explotar los defectos humanos como mecanismo de control de conciencias y de envilecimiento ciudadano.

Los gobiernos cuyos presidentes cumplen con los periodos constitucionales establecidos, completan décadas de continuidad democrática. Por el contrario a los regímenes totalitarios que pretenden perpetuarse en el poder les alcanza tarde o temprano un hecho insoslayable.   Al final, hasta los hombres que se creen providenciales y predestinados no son dioses ni inmortales.

<> Artículo publicado el 30  de septiembre  de 2010  en el diario La Estrella de Panamá,  a quienes damos,  lo mismo que a la autora,   todo el crédito que les corresponde.