Red vial y planeamiento urbano

La opinión de la Economista y Docente  Universitaria…

LIZABETA  S.  DE  RODRÍGUEZ
diostesalvepanama@yahoo.com

El sostenido crecimiento de la economía trajo consigo un aumento en la demanda de servicios públicos, tal es el caso del transporte y la red vial. Esta situación puede observarse con claridad en la urbe metropolitana. A medida que se expande la ciudad, producto del surgimiento de nuevas barriadas y centros comerciales, se ve incrementado el volumen de transporte público y con ello la necesidad de nuevas vías y el ensanchamiento de las existentes.

Estadísticas revelan que en el país existe un parque vehicular estimado en 650,000 vehículos, de los cuales un alto porcentaje se concentra en la ciudad capital y áreas periféricas, lo que sumado a un sistema vial obsoleto, que no cuenta con la capacidad requerida para absorber el volumen actual de automóviles dificulta la circulación, causando congestionamientos que evidencian las deficiencias del sistema. Si al escenario planteado le sumamos 40,000 automóviles, que se venden, aproximadamente por año, no cabe duda que se debe actuar con rapidez, en materia de planeamiento urbano, primordialmente en lo que a obras de red vial, transporte público y tránsito se refiere.

En este orden de acontecimientos el Gobierno informó, a través de los medios periodísticos, que a partir del 14 de febrero la vía Justo Arosemena, sería cerrada a la altura de la Policlínica Pediátrica, para dar inicio a la construcción del Metro. Nuevo sistema de transporte, que conjuntamente con el Metrobús (ya en funcionamiento), espera dar solución a la demanda de un mejor servicio de transporte público a la comunidad.

También, se dio a conocer que la Autoridad de Tránsito y Transporte Terrestre (ATTT) apoyará el reordenamiento vial previsto para facilitar los trabajos a efectuar.

Esperemos que el reordenamiento anunciado cumpla el cometido esperado, eliminar complicaciones para el adecuado desarrollo de los trabajos previstos y evitar congestionamientos en sitios neurálgicos.

Otro aspecto importante a considerar es que para inicios de marzo, se estarán celebrando los carnavales, movilizando a miles de panameños hacia el interior del país. Fenómeno que, a pesar de contar todos los años con operativos implementados por la ATTT, dejan una secuela de accidentes, con heridos y algunas veces con saldos de víctimas fatales, por diversos motivos, entre ellos el exceso de velocidad y el consumo de alcohol. Esta realidad no es nueva, lastimosamente la circulación vehicular es el área donde se hace visible con más frecuencia la actitud agresiva o desenfrenada de muchos ciudadanos.

Un alto porcentaje de conductores hace caso omiso a las señalizaciones y reglamentaciones de tránsito, pone en riesgo la vida de pasajeros, peatones y la propia, al no conducir con sensatez y prevención.

Es apremiante crear conciencia sobre la cortesía en el manejo y transformar la actitud de conductores, transeúntes, autoridades de tránsito y comunidad, mediante la ejecución de programas de educación vial que contribuyan a edificar una cultura de respeto a las leyes, normas y reglamentos para prevenir e impedir accidentes.

 

Este artículo se publicó el 16 de febrero  de 2011   en el Diario La Estrella de Panamá, a quienes damos,  lo mismo que a la  autora,  todo el crédito que les corresponde.

“Estrategia para el desarrollo nacional”

La opinión del Pedagogo, Escritor,  Diplomático…

Paulino Romero C. 

A  finales del año 1969, la Dirección General de Planificación y Administración de la Presidencia de la República, presentó al Gobierno y al país, un documento de estudio de la realidad nacional: “Estrategia para el Desarrollo Nacional: 1970-1980”.

Este documento de planificación nacional (desde el año en que se presentó), jamás se ha considerado durante los Gobiernos sucesivos, ni lo que en materia política ha transcurrido a la fecha, bajo regímenes militares y civiles, respectivamente.

Entonces existía (como hoy), el Ministerio de la Presidencia, cuyas funciones y actividades se apoyaban en las recomendaciones técnicas de la Dirección General de Planificación y Administración de la Presidencia.    Pero no era una Dirección burocrática como el FES, FIS, PAN y otras Secretarías adscritas a la Presidencia de la República, creadas en los últimos años. Era una Dirección General Técnica, con personal especializado, y con Departamento de Planificación y Secciones de Programación Económica, de Programación Sectorial y Proyectos, de Análisis y Evaluación de Proyectos, de Sección de Planificación Regional, de Sección de Estadísticas y de una Comisión de Estudios Interdisciplinarios para el Desarrollo de la Nacionalidad.

“Estrategia para el Desarrollo Nacional”, término con el cual se distinguen los objetivos globales que se desprenden de la evolución histórica de Panamá y del análisis de las perspectivas que se presentan para su logro (documento de necesaria referencia gubernamental). Los objetivos definidos en su contenido, son imprescindibles para guiar el comportamiento de la Nación panameña hacia el desarrollo de su potencial.

Su propósito fue admirablemente modesto: “Orientar al Gobierno Nacional e informar a la opinión pública sobre las posibilidades que se presentan a Panamá para mejorar la calidad de vida de los panameños y fortalecer su independencia política y económica”.

Los temas de la Estrategia, serían nutridos con criterios, elementos de juicio y de informaciones sobre las alternativas que deberían ser tomados en cuenta en el proceso de adoptar decisiones que afectaran al bienestar nacional. Lamentablemente, la Dirección General de Planificación y Administración de la Presidencia fue eliminada a mediados de los años 70 y, desde entonces hasta el presente, el Ministerio de la Presidencia debió limitar sus funciones, preferentemente, al clientelismo político.

¡Ojalá el Ejecutivo consultara este valioso documento! Su importancia como memoria histórica: “Buscaba los medios, por una parte, de estructurar un mayor dominio sobre los recursos y por otra, de dar una nueva orientación de la economía, a fin de hacerla cada vez menos dependiente del recurso mayor explotado hasta ahora, la posición geográfica y las actividades derivadas de sus recursos”.

Estos esfuerzos requeridos, necesariamente imponen soluciones a largo plazo, que en todo momento deben coordinarse con las decisiones que se tomen en el ejercicio diario de la función de gobierno (libre de improvisaciones), para establecer continuidad y consistencia.

<>Artículo publicado el  24  de enero de 2011  en el diario El Panamá América,   a quienes damos,  lo mismo que al autor,  todo el crédito que les corresponde.

Nuestra condición tercermundista

La opinión de…

Francisco Díaz Montilla

Hace algunas décadas, el profesor Diego Domínguez Caballero, uno de los más brillantes profesores de filosofía con que ha contado el país, usaba la expresión “actividad de ardilla”, para referirse al “practicionismo estéril, un querer hacer y al hacer sin sentido y sin norte” que caracterizaba (y caracteriza aún) a las políticas educativas en Panamá.

Podríamos decir que la “actividad de ardilla”, de la cual hablaba el insigne profesor, es una característica propia de la administración gubernamental panameña. Las cosas son pensadas y ejecutadas en términos de aquí y ahora, mediáticamente, y ni la planificación ni la previsión existen. Y, luego, cuando los problemas nos estallan en el rostro, nos damos a la búsqueda de soluciones milagrosas de última hora, y si no las encontramos, nos servimos de todos los pretextos imaginables para justificar nuestra incompetencia.

De acuerdo con el pensamiento Alicia, que ya hemos caracterizado en otro escrito (El Pensamiento Alicia en el Gobierno, La Prensa, 20/8/2010), el país está próximo a dar el brinco hacia el primer mundo, como lo demuestra –según dicen– una economía pujante, los grandes proyectos públicos y privados que se ejecutan, etc. Aunque tal vez no sea posible dudar de la pujanza de la economía, y no hay dudas de que se realizan y se espera realizar importantes proyectos, nada de ello es determinante per se para superar el abismo que nos separa de las economías del primer mundo y su estilo de vida, que ya, de hecho, hemos asumido, pese a ser pobres.

En realidad, ni el nuevo “sistema” de transporte ni la ampliación del Canal ni la construcción de una megatorre ni los excelentes indicadores macroeconómicos son –como sugieren los voceros del Gobierno– parámetros para medir las transformaciones reales que en términos de calidad de vida experimentan los panameños, o cuan lejos o cerca estamos del primer mundo. Al parecer, los pensadores Alicia nunca fueron conscientes de que la distancia que media entre el tercer mundo y el primero era mucho mayor de lo pensado y menos conscientes fueron de que para ello es necesario una cultura de buenas prácticas, que en esencia supone una superación de la “actividad de ardilla”, de la que hablaba el profesor Diego Domínguez Caballero.

Esa cultura de buenas prácticas implica, básicamente: profesionales educados, responsables y socialmente comprometidos, que estén al frente de la administración pública, un sistema de méritos para la elección o nombramiento de funcionarios, orden, disciplina, planificación, previsión, toma de decisiones racionales y rendición de cuentas. Pero no solo no contamos con tales individuos, ni con las bases institucionales que podrían llevarnos hacia ello, sino que poco nos interesa trabajar en esa dirección.

Tres hechos recientes dan razones a favor de lo afirmado. El primero, las tristemente célebres declaraciones de un administrador de discotecas que hace de cónsul, en las que demuestra una ignorancia superlativa de la historia del país que respresenta; la segunda, la manera tan desacertada en que se ha manejado el abastecimiento de agua en la capital; la tercera, el manejo del incendio en el Centro de Cumplimiento de Menores, en Tocumen. ¿Quién (es) asume (n) la responsabilidad por estos malos manejos?

Todos estos hechos son típicas expresiones de un tercermundismo o de un subdesarrollo institucional y mental que se entroniza cada vez más y que –de seguir– pronto connotará una condición necesaria y no contingente en nosotros los panameños.

<>
Este artículo se publicó el 16  de enero de 2011   en el diario La Prensa, a quienes damos,  lo mismo que al autor, todo el crédito que les corresponde.

La crisis del agua y la planificación

La opinión del Profesor Universitario e Investigador asociado al CELA….

MARCO  A.  GANDÁSEGUI
gandesegui@hotmail.com

Hace varias semanas los panameños residentes de la ciudad de Panamá y sus alrededores no tienen agua para satisfacer sus necesidades básicas. Desde el 8 de diciembre de 2010, fecha en que un frente climatológico procedente del norte sorprendió a la región con lluvias torrenciales, el Instituto de Acueductos y Alcantarillados Nacionales (IDAAN), está improvisando para resolver su desgreño administrativo. Por un lado, ha dejado de distribuir agua a gran parte de la ciudad capital. Por el otro, produce agua impotable que no pueden beber los habitantes del área metropolitana de la urbe capitalina.

El gobierno nacional ha culpado a la ‘naturaleza’ por el desastre urbano. Alega que las lluvias han ‘enturbiado’ las aguas del lago Alajuela, que provee a la ciudad del líquido precioso.   La excusa no tiene sustento alguno en la medida en que hay que tomar en cuenta que el istmo de Panamá recibe fuertes cantidades de lluvia todos los años y que los distintos gobiernos fomentan la deforestación de las cuencas de los ríos.

La causa del desastre administrativo es la falta de planificación por parte de las autoridades electas por el pueblo.   Cuando el IDAAN ‘descubrió’ que no podía controlar la situación creada por el alto nivel de sedimentación en su planta potabilizadora, debido a la falla de piezas claves, comenzó a buscar una solución.   Lo primero que hizo fue emitir un comunicado señalando que las piezas no le habían llegado a tiempo.   Después le pidió las piezas a la Autoridad del Canal de Panamá (ACP) y al gobierno de Costa Rica.   Solicitó algunos días de ‘paciencia’ por parte de la población para resolver la falta de distribución de agua en la metrópolis panameña, lo que hace más de un mes no logra.

Hay un gran parecido entre lo que pasa en el IDAAN y lo que acontece a nivel del gobierno nacional.   El presidente Ricardo Martinelli plantea que el país ‘está abierto a los negocios’.    Todo es medido con la vara empresarial.   Si la iniciativa arroja una ganancia entonces debe emprenderse inmediatamente.    No importa cuales puedan ser las consecuencias para el país o para la población. Si la actividad no es rentable, entonces es abandonada (no recibe mantenimiento) y las autoridades gubernamentales se desentienden.

Los gobiernos de turno – y el actual no es una excepción – nunca han entendido que para hacer lo que el presidente Martinelli llama ‘negocios’, un país necesita una infraestructura sólida que incluye una distribución de agua potable, la recolección sistemática de la basura, vías de circulación, transporte público y energía eléctrica. Igualmente, tiene que tener una población educada y servicios de salud   ‘igual para todos’ para que la población pueda acudir sana y sin interrupciones a sus trabajos.

Las políticas neoliberales de las dos últimas décadas han tirado por la borda toda noción de planificación. Apurados por acumular riqueza basada en la especulación financiera, inmobiliaria y comercial los políticos han construido ‘castillos de arena’ que la marea ya se está llevando.

La semana pasada, apenas, el gobierno nacional le dio a los ex – productores de arroz del país, que protestaban por el abandono del sector, un porcentaje de las cuotas de importación de ese producto fundamental en la dieta panameña. Medida demagógica que convierte a todos los panameños en perdedores. Gobernantes y oposición partidista celebran ‘el crecimiento económico’ del país cuando saben que tal incremento es sólo fruto de su afiebrada imaginación.

Según cifras oficiales, hace dos décadas los sectores productivos del país están estancados y todo indica que han comenzado a decrecer.

Lo que crece es la expansión del crédito financiero. Hay una pequeña minoría de panameños y extranjeros que especulan con la expansión del crédito y compran bienes raíces, viviendas, carros, paseos y mercancías de toda clase.    El desenfreno, producto de la especulación y no de la producción, es la causa de la crisis del agua. Crisis que fue antecedida por el problema de la recolección de la basura, aún sin solución. La especulación abanicada por el gobierno también es la causa de la crisis del transporte, de la falta de vías de comunicación tanto en la ciudad como en el interior y el colapso de los dos puentes que cruzan el Canal de Panamá.

La única solución al problema del agua en la ciudad de Panamá es la planificación a mediano y largo plazos. Así se hizo durante gran parte del siglo XX. ¿Por qué abandonaron la planificación los malos políticos neoliberales hace 25 años?

 

 

*

<> Este artículo se publicó el 13  de enero de 2011   en el Diario La Estrella de Panamá, a quienes damos,  lo mismo que al  autor,  todo el crédito que les corresponde.

El Metro Bus y la falta de planificación

La opinión de…

Gilza Leonor Córdoba Remón

Hace décadas, estudios elaborados por especialistas en urbanismo vaticinaban que se iba a dar la congestión vehicular que hoy ocurre.   Ni los gobernantes de entonces ni los gobernantes deahora han llevado a cabo una planificación debida a los asuntos relacionados con el transporte en la ciudad capital.

La planificación es una herramienta necesaria en cualquier gestión administrativa que busque ejecutarse con éxito, y la ejecución efectiva de esta labor nos permitiría estar mejor preparados para afrontar situaciones emergentes y evitaría futuros problemas al tratar el tema del transporte. Dentro de este proceso, deben considerarse todas aquellas variables que posiblemente puedan afectar la consecución de la meta y objetivos a lograr.

Siendo el problema del transporte público un pescado con muchas espinas, según lo veríamos gráficamente en un diagrama de Ishikawa o diagrama causa–efecto, me resulta sorprendente ver cómo el actual gobierno –que gusta de ejecutar grandes proyectos, según la manera descrita en El Príncipe, de Maquiavelo, para ganar a sus súbditos–, ha ignorado las consideraciones obligatorias de atender, que hasta para aquellos que no somos expertos en el tema del transporte urbano, pero que hemos sufrido en carne propia por causa del problema, saltan a la vista.

Asuntos tales como la cantidad de vehículos que transitan en las horas pico por estrechas calles y avenidas, con graves consecuencias como pérdida de tiempo y dinero, mientras aumenta el estrés o la contaminación ambiental por las emisiones de carbono; modificaciones en las rutas para que se logren cubrir la mayor cantidad de trayectos; la eficiencia del uso del transporte público sobre el particular; los costos económicos asociados a la construcción planificada de aceras, calles, túneles, autopistas, etc., entre muchos otros. Asuntos que, de ser tratados de forma correcta, serían una sólida plataforma para colocar a Panamá en un sitial definitivo y más seguro hacia el progreso.

Considero que aun con las mejoras que representa la implementación de este nuevo sistema de transporte que cierra un lamentable capítulo de muertes causadas por regatas y fallas mecánicas de los diablos rojos, el mismo es una respuesta a medias que el Gobierno ha querido dar a este problema que nos afecta a todos los panameños, no es la solución mejor trabajada y con proyección que todos esperamos. Faltan políticas sobre las formas en que nos trasladamos en una ciudad que continuará creciendo demográficamente, según se prevé.

Dentro de algún tiempo nos veremos obligados a ejecutar proyectos mejor planificados, que incluyan el mayor número de variables sobre las que podamos actuar para lograr un cambio verdaderamente positivo y no una solución que se queda corta para resolver un asunto de tal magnitud.

<>
Este artículo se publicó el 10  de enero de 2011   en el diario La Prensa, a quienes damos,  lo mismo que a la autora,  odo el crédito que les corresponde.

El Idaan, un pozo sin fondo

La opinión de…

 

Marcos A. Mora

Después de unas vacaciones que me auto impuse en la tarea de escribir, vuelvo a la batalla de las letras, con nuevos y renovados bríos.

A raíz de un daño en una válvula a la salida de la planta potabilizadora Federico Guardia, de Chilibre, preparé un artículo en el que decíamos que si de urgencia notoria se requería atender algo, era la mencionada instalación, dado que era inadmisible que en tan corto lapso de haber recibido la obra de ampliación de la misma, que no era más que una clonación de la planta existente, con el objetivo fundamental de duplicar la producción que se generaba en ella, ésta estuviese dando signos de deficiencia operativa.

Solicitábamos que las autoridades nacionales, del propio Instituto de Acueductos y Alcantarillados Nacionales (Idaan), con la colaboración de agrupaciones profesionales, investigasen qué había detrás del contrato para las mejoras de la planta existente y del nuevo módulo.   El contratista, si no me equivoco, ya que es lo normal en estos casos, tenía el compromiso de suministrar un inventario de reserva de las válvulas y elementos fundamentales para la operación rutinaria de esta y para atender las consabidas y esperadas emergencias.

Nadie de los arriba anotados dijo “esta boca es mía” y el día 3 de enero, prácticamente toda la ciudad de Panamá amaneció y se durmió sin el vital líquido.   Al momento en que escribo, aún no tenemos señales de la llegada del líquido vital.

Tengo entendido que las diferencias entre el Idaan y el contratista se dilucidaron mediante un arbitraje, del cual la ciudadanía no tuvo conocimiento. En el tema de las inversiones públicas, quienes pagamos las obras con nuestros impuestos somos los que más desconocemos de las interioridades de estas, porque los políticos asumen que ellos deben decidir todo, aun sea jugando con la vida y salud de toda la comunidad.

Al Idaan se le han invertido varios cientos de millones de dólares, tanto en la planta, en la ampliación de la red y en su balance hidráulico, en el catastro de usuario y en la parte tecnológica y sería interesante saber cuál o cuáles de ellas están rindiendo su cometido a cabalidad. El director ejecutivo ha tenido que salir a contratar servicios que en épocas anteriores se hacían con los valiosos recursos humanos existentes en la propia institución, muchos de los cuales se malearon cuando los políticos comenzaron a meter gente nueva y desconocedora de la labor, con salarios más elevados que los que ejecutaban y sabían el trabajo.

El tener que recurrir, por unos dosificadores, a una empresa similar de agua de la hermana República de Costa Rica y de la Autoridad del Canal de Panamá no solo deja una mala imagen de planificación institucional y del país, sino que demuestra que algo no está bien en la reciente contratación de la planta.   La parte de la población de la capital atendida por la planta potabilizadora de Miraflores en ningún momento, de lo cual tengo juicio, ha sufrido de situaciones como las ocurridas en el Idaan y, por lo que conozco, esta no es operada por “suizos”,   sino por iguales panameñitos vida mía. Esto demuestra que sí podemos hacer las cosas bien si nos lo proponemos.

En el tema del agua potable hay que jugar con transparencia y cuidado, ya que podemos desencadenar daños incalculables e irreversibles. En este gobierno de empresarios, que en todo quieren ver negocio, olvídense que esa institución se debe privatizar; lo que se requiere es que opere como la Autoridad del Canal, con independencia financiera y administrativa y procurando dotarla de personal verdaderamente capaz y bien pagado, pero alejado del padrinazgo político, porque, definitivamente, la población no aguanta nuevos incrementos de costos para financiar una reducida élite de allegados al poder.   No debemos propiciar ni crear nuevas “autoridades” que no sean las del ejemplo.

<>
Este artículo se publicó el 6  de enero de 2011   en el diario La Prensa, a quienes damos,  lo mismo que al autor, todo el crédito que les corresponde.

Planes inconclusos

La opinión del Periodista y Docente Universitario…


MODESTO TUÑÓN
modestun@yahoo.es

El final de un año y el inicio de otro, es por lo general un periodo en que la gente suele realizar un balance y considerar las actividades y proyectos a ser asumidos para el futuro inmediato y concebir las perspectivas en que se va a involucrar con posterioridad.

Al realizar el análisis de aquello cumplido, en ocasiones queda un desasosiego por todos los objetivos o metas incumplidos para los doce meses pasados. La mayoría de las veces, las contingencias, los cambios repentinos, quizás decesos de protagonistas importantes, son algunas de las variables que afectan o enturbian el plan esbozado con la tranquilidad de una copa de champagne, vino, ron ponche o saril.

En este desconcierto que produce un saldo en contra, no se toma en cuenta que muchas veces, las propuestas aparecen como meras actividades, aisladas y desligadas de un verdadero plan de trabajo, que implica no solo la enumeración de aspectos puntuales, sino algo más elaborado, de lo que se quiere, dentro de un conjunto de estrategias que aporten elementos sobre cómo alcanzar un futuro exitoso.

‘Hacer un libro’, ‘viajar a determinado lugar’, ‘alcanzar un nivel profesional más elevado’, ‘tener una pareja’, entre otros, son temas aislados y muy concretos, que no encierran en su definición otros componentes de un proyecto a mayor plazo. ¿Para qué sirven estas acciones específicas; o más concretamente, ¿para qué hacer el libro? o ¿dentro de qué perspectiva se encierra?

Algunas religiones o creencias inician el calendario con una reflexión sobre aspectos básicos que pueden ser encausados en el periodo que se inicia y le piden al devoto o feligrés, hacer un proyecto de vida para el año. Un gran paso en función de aquellos indicadores que se hayan analizado y que se considere impiden avanzar.

Este esquema permite seguir ese gran objetivo y al establecer las acciones o pequeños pasos que se darán en función de lo fundamental; cada logro, será un escalón más elevado para consolidar aquel motivo de las dinámicas que cada quien tenga durante ese año. Así, estos avances se podrán percibir más claramente y ponen a la persona en disposición de hacer los correctivos donde se considere necesario.

Una buena cantidad de gente no está acostumbrada a planificar su vida cotidiana y sencillamente, se rinde a la espontaneidad y en numerosos casos, a un hedonismo marcado por acciones que le rindan satisfacción inmediata, los fines de semana, los viernes culturales, las ‘zonas vivas’ donde la jarana y el ‘despelote’ dan rienda suelta a un desenfreno incontenible, hasta con resultados desagradables, por decir lo menos.

Hay algunos que tratan de copiar el modelo y hacer su plan de vida, como si fuera posible imitar a otros que se encuentran en diferentes condiciones, en lugar de generar las actuaciones para darle sentido a la cotidianidad y ver al final los frutos de esta manera proyectada sobre la realidad y el papel que desempeñamos en ella.

Reflexión, compromiso, imaginación y trabajo son pilares que deben dar sentido a esta idea de convertir el principio de año en un ejercicio de planificación que permita satisfacer nuestras expectativas mes a mes y plantearnos mejores y más ambiciosos destinos donde ir o alcanzar aquello que hemos propuesto desarrollar, hacer o crear. Este proceso es símbolo del crecimiento.

Cada vez que se haga este ejercicio, culminaremos con mayor conocimiento, sabiduría y satisfacción las metas que nos tengamos trazadas en el contexto de realizaciones que darán mayor fortaleza al carácter y al dominio del entorno.

Pero también hay el aspecto ético que debe ser la base de todo este planeamiento. En ocasiones, la personalidad y el nivel de vehemencia con que se aspira un fin, nos hacen émulos de Maquiavelo y olvidar a quienes tenemos por delante y avanzamos, no importa sobre quien debamos caminar.

En este balance del año que fenece, también hay que dejar espacio para el ‘otro’ y definir ¿a quién afectamos con nuestros planes? ¿Es lícito lo que se quiere iniciar? ¿Quiénes pueden ser perjudicados? Más de las personas que se pueda imaginar, contemplan esta última particularidad e incluyen en sus planes cómo deshacerse de ese ‘factor’.

Es importante lograr una satisfacción dentro de los valores que se quieren ostentar y saber que los meses que siguen, serán la oportunidad de darle cuerpo a esas ambiciones espirituales que nos brindan una mayor estatura, no solo social, sino personal y desde aquí irradiar hacia el exterior la tranquilidad que se tendrá cuando el almanaque dé la vuelta y llegue al último día del 2011.

*

<> Este artículo se publicó el 5  de enero de 2011   en el Diario La Estrella de Panamá, a quienes damos,  lo mismo que al  autor,  todo el crédito que les corresponde.