La pedofilia en Panamá

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La pedofilia en Panamá

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Desmond Harrington Shelton

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Días atrás leí vía Internet en los medios panameños la noticia de la apatía por parte de nuestra sociedad hacia el abuso sexual contra los infantes. Además, leí sobre un cura católico en Veraguas (con un alud de evidencias en su contra) fue sentenciado con paños tibios gracias al doble discurso de nuestra administración de justicia del 2005 (léase “pre-Mitchell”).

Yo, por mi parte, gracias a dictámenes generados desde hace 10 años por la mitificada sicóloga Jenny Barb, me he convertido en un conocedor del tema a nivel jurídico local e internacional. Contrario a la ludopatía, drogadicción y el alcoholismo, la pedofilia es una enfermedad incurable.

Esta inclinación sexual hacia los menores está tipificada en nuestro Código Penal. Lamentablemente, poco se ha hecho para controlarlo cuando el infractor sale de la cárcel y reintegra en su rutina tal disfuncionalidad criminal.

Estoy muy convencido que muchos de los abogados de familia en Panamá están más interesados de acusar falsamente de pedófilo a la contraparte de su cliente como herramienta de negociación en la reglamentación de visita en vez de contribuir en prevenir que haya más víctimas de abuso infantil en el país por medio de mejores controles hacia el debidamente acusado cuando sale de la cárcel.

En otras latitudes, donde el debido proceso es la norma, una vez el pedófilo es encontrado culpable y purga su sentencia en la cárcel, es entonces puesto en libertad. Sin embargo, su paradero es continuamente monitoreado para evitar la muy probable reincidencia. Aunado a eso, restricciones, tales como distancias desde una área frecuentada por menores (parques, escuelitas, etc.) y tecnologías GPS son impuestas. Además, todo el vecindario donde opta el infractor residir es notificado individualmente por la policía municipal y la respectiva página web es actualizada con el nuevo protagonista con todos los alertas necesarios para acordonarlo.

Por ejemplo, si hacemos una radiografía del pandillerismo en Panamá veremos que casi todos sus miembros tuvieron una horrible infancia y hogar colmado de tragedias; por ende, todo elemento que contribuya en estas tragedias debe ser seriamente castigado y monitoreado una vez en libertad.

Desafortunadamente, para el mundo, el grueso de los fallos que esgrimen de los tribunales de Panamá no son tomados muy en serio fuera de nuestras fronteras debido a documentos oficiales extranjeros que nos tildan tener una administración de justicia manipulable y un debido proceso cuestionable (por ejemplo: http://www.state.gov/g/drl/rls/hrrpt/2008/wha/119168.htm).

Quiero decir, si alguien después de haber purgado en la cárcel una sentencia equitativamente sentenciada por un juzgado y el ex convicto opta por mudarse libremente a otro país que no reconozca los fallos panameños el pedófilo, entonces, puede reiniciar su decadente practica contra los menores de su país anfitrión o donde esté temporalmente de turista.

Hasta que tratamientos clínicos, tales como la lobotomía sean mundialmente aceptados como solución para esta incurable disfuncionalidad, tenemos que implementar en Panamá mayores controles hacia los que fueron equitativamente encontrados culpables de tal enfermedad una vez son puestos en libertad para evitar la probable reincidencia.

<> Publicado en 16 de julio de 2009 en el diario El Panamá América,  a quien damos, al igual que al autor, todo el crédito que les corresponde.