El jazz en festival

 

La opinión del Periodista y Docente Universitario…

 

MODESTO A. TUÑÓN F.
modestun@yahoo.es

Un conjunto de seis niños hizo resonar las primeras notas del octavo Festival de Jazz de Panamá y asombró a los presentes con la interpretación de los clásicos Summertime de George Gershwin y luego Watermelon man de Herbie Hancock, con agradable sabor a infancia, a curiosidad y a gusto por el descubrimiento musical.

Se trataba del grupo formado por su cantante, la violinista y los otros cuatro, cuyos instrumentos eran los de las bandas tradicionales. Junto a ellos, ya Danilo Pérez e invitados, músicos e interesados se habían dado cita en el pasillo superior del Centro de Convenciones Atlapa para el acto protocolar y las palabras correspondientes.

El pianista Pérez se refirió a los objetivos de fusionar el espectáculo de los artistas con clínicas, intercambios y posibilidades didácticas para fortalecer los valores de la juventud panameña. Es esa la razón de la presencia todos los años de diferentes centros de enseñanza del arte rítmica y de las armonías logradas con agrupaciones que integran a talentosos exponentes y ejecutantes.

En la versión 2011, este acontecimiento dedicado al jazz inició sus actividades con encuentros, clases, clínicas, audiciones, talleres y los conciertos que son acostumbrados. Se descorrió el telón con la gala, el miércoles en el Teatro Nacional; sendos conciertos el jueves y viernes en el amplio Anayansi, la jornada del sábado al aire libre en la plaza frente a la Catedral Metropolitana y sesiones de Jam Session en varios centro nocturnos.

Este festival anual se ha convertido en la expresión cultural que impulsa al país hacia el exterior para mover el interés de centros académicos, artistas y grupos internacionales que vuelven la mirada hacia el istmo y conocer qué se hace acá, evaluar los rumbos de estas manifestaciones y apoyar el trabajo de formación de la Fundación Danilo Pérez.

Las muestras de jazz que se realizan en diferentes fechas en muchas partes del mundo tienen como características el reunir tanto a intelectuales, como melómanos que en torno a la interpretación de grupos, alegran el espíritu y recrean posibles evocaciones de esta particular forma de música, ligada históricamente al sentimentalismo de grupos muy cerrados en determinados espacios sociales.

Aunque parezca extraño, en Panamá el jazz tuvo una temprana presencia en ciudades como la capital, Colón y Bocas del Toro. En este último caso, algunas personas mayores recuerdan sitios donde se hacían las presentaciones, grupos y hasta intérpretes que luego emigraron por diferentes razones a Nueva York y Chicago, entre otras ciudades de Estados Unidos.

Este año, el festival contó con mucha participación internacional –algunas inéditas– y también generó entusiasmo entre los jóvenes y estudiantes. Adolescentes con sus instrumentos colgados en los hombros o espaldas, se les veía recorrer los pasillos hacia las salas donde ocurrían las actividades.

Grupos como el Ensamble del Conservatorio de París, el Harlem String Quartet (de Nueva York), el Berklee Global Jazz Institute, The Spanish Tinge, el Claudia Acuña Quartet, The Latin Side of Herbie Hancock, la Fundación Tónica de México, el Instituto Golansky, el New England Conservatory, son algunos de los que vinieron en esta ocasión, que acompañaron y se mezclaron con los nacionales.

Figuras como la cantante Claudia Acuña, el baterista Adam Cruz, el bajista Ben Street, la vocalista portuguesa Sara Serpa, el saxofonista Rudresh Mahanthappa, el trombonista Conrad Herwig, los percusionistas Daniel García (español), Paoli Mejías (puertorriqueño), José Pérez González y el bajista cubano Alain Pérez son los talentos que dejaron su huella indeleble en esta experiencia de enero de 2011.

Cada concierto dio su sello propio; el jueves en Atlapa, el tinte español se esparció por todo el escenario y luego con las entonaciones de la chilena Acuña y sus canciones de Jara, Parra y Sosa. En síntesis, hubo danza flamenca y también cueca. El viernes fue otra cosa, pero con la sorpresa de la percusión con ritmos nacionales y caribeños, unidos por los sonidos de ascendencia africana.

El viernes fue el estreno de Providencia, el último disco de Danilo Pérez y su grupo heterogéneo, pero con gran unidad de interpretación que refleja la madurez del jazz de este artista panameño y las múltiples posibilidades en la búsqueda de nuevas posibilidades sinfónicas.

El grandioso concierto final al aire libre quizás no refleje toda la experiencia de las jornadas, pero marca un ejemplo de la proyección que alcanza esta fiesta dedicada al jazz y que pone a Panamá en otra dimensión musical; además de proyectar a través de sus implicaciones didácticas a jóvenes artistas nacionales hacia un futuro prometedor y vinculado a estas artes tan representativas.

 

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Este artículo se publicó el 19 de enero de 2011   en el Diario La Estrella de Panamá, a quienes damos,  lo mismo que al  autor,
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Un remanso de música

La opinión de la Arquitecta y Ex Ministro de Estado…

MARIELA SAGEL
marielasagel@gmail.com

El pasado sábado 15 de enero culminó, con gran éxito, la octava versión del Panama Jazz Festival, actividad que se ha establecido con fuertes bases en nuestro país y que atrajo, en esta ocasión, grupos de Francia, Estados Unidos, Chile y España, entre otros, que estuvieron presentándose todas las noches, además que incluyó clases, interacción entre músicos panameños y extranjeros y un merecido homenaje a nuestro gran maestro, Víctor ‘Vitín’ Paz.

Recuerdo cuando Danilo Pérez, el gran músico panameño, realizó su primer festival en el 2003. Y también recuerdo los jam sessions que hacía hace años en los bares de la ciudad, a los que tuve el privilegio de asistir. Celebro con gran alegría que hoy el Jazz Festival sea una actividad establecida y que la Fundación Danilo Pérez continúe con esa misión de conseguir becas para estudiantes de música en las mejores escuelas de las Américas. El festival celebra la identidad panameña con un estilo de música libre, comunitaria y global del jazz.

Son muchos los patrocinadores de esta actividad cultural que se suman anualmente a apoyar su realización, al igual que instituciones como el Instituto de Cultura, la Alcaldía, la Autoridad de Turismo, la Oficina del Casco Antiguo y varias embajadas acreditadas en nuestro país. Fue una semana de delirio jazzístico, que nos hizo olvidarnos por un rato que no hay agua para tomar ni para jalar la cadena, o que salió otro Wikileaks que embarra más –si eso es posible— al gobierno en el narcotráfico y lavado de dinero.

Danilo Pérez es un orgullo nacional. Su último disco ha sido nominado a mejor álbum de Jazz Instrumental en los Grammy del 2011. Ha demostrado, con el compromiso que adquirió desde la celebración del primer festival, que es fiel creyente que los cambios se hacen desde una cultura de paz, que es posible apostar a ella para lograr sacar del pandillerismo, la drogadicción y la perdición a nuestra juventud. La cultura es una herramienta social de cambio, y quien no lo entienda o no lo adopte va camino a emplear solamente medidas represivas y que no logran nada sino más deserción y aflicción a nuestra sociedad.   Deberíamos apostar todos a la cultura.

Sé que cuando uno dice cultura la gente se asusta, pensando que somos unos finos y snobs. El Panama Jazz Festival demostró que no es así y nos brindó un remanso de paz en medio del desasosiego.

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<> Artículo publicado el 17  de enero de 2011  en el diario  El Siglo, a quienes damos,   lo mismo que a la autora, todo el crédito que les corresponde.

Yomira John, una voz cautivante

La opinión del Periodista y Docente Universitario….

MODESTO  A.  TUÑÓN  F.
modestun@yahoo.es

La primera vez que alguien mencionó a la Orquesta La Papaya, me llamó la atención que esta agrupación fuera una expresión de la música —o de músicos— de Centroamérica; pero también me causó asombro saber que entre los panameños que formaban parte del elenco, había una cantante desconocida para mí, Yomira John.

Luego de hacer muchas referencias y traer a la memoria algunas conversaciones y datos, pude recordar que tenía referencia de su nombre, porque lo había oído de boca de una entrañable amiga, que en algún diálogo o correspondencia —pues ella se ha pasado más de la mitad de su vida en el extranjero— me comentó de una sobrina que vivía en México, donde trataba de triunfar como cantante en centros nocturnos.

Desconozco cómo llegó Yomira a formar parte de esa extraordinaria agrupación rítmica que integró el compositor y pianista costarricense Manuel Obregón (hoy ministro de Cultura) a comienzos de los años noventa y que rápidamente alcanzó fama por su repertorio y ser una especie de laboratorio musical que reflejaba el alma melódica regional.

Cada una de las capitales del istmo centroamericano, México, Nueva Orleans, Estados Unidos y Barcelona en España fueron escenarios del espectáculo de La Papaya y su vibrante interpretación de múltiples ritmos autóctonos, pero a través de la voz de Yomira, que allí ensayó melodías de la tradición local, gracias a la ejecución de Ormelis Cortés, Miguel Ángel Leguízamo y Antonio De la Cruz.

Esta hermosa y esbelta cantante negra, de cabello dorado se fue a vivir y a trabajar artísticamente a Francia. En el país galo logró dominar los escenarios y la experiencia le permitió reflexionar y redimensionar la música tradicional panameña, así como los ritmos caribeños, el son, la salsa, el bolero y otros, para adquirir una consistencia, carisma y proyección que atraen la atención desde que empieza su canto.

Luego de toda esa experiencia, ella regresó y se estableció en su país de origen. La nueva etapa le sirve para mirar desde cerca la cultura musical local y buscar un espacio para su voz. Primero con minúsculos auditorios, en fiestas, encuentros y gracias a un pequeño grupo con Ormelis Cortés, ha establecido un repertorio que cautiva y envuelve con su halo melodioso y variado.

Yomira tiene la facultad de trabajar rítmicamente con una escala muy amplia, incluye los registros de Celia Cruz, la Lupe, Olga Guillot, por mencionar algunas caribeñas; también con los trabajos de Mercedes Sosa y la francesa Edith Piaf con su éxito La vie en rose; además con tamboreras panameñas y sobre todo de Silvia De Grasse.

Se requiere un don especial para poder cantar con la voz de gorrión de Piaf y regresar a encarnar la agudeza de una de las mejores intérpretes que ha tenido el país como De Grasse. Según parece, la cantante John prepara un concierto para rendir tributo a ella en los diferentes ritmos que logró popularizar.

Hace unos meses el ahora ministro costarricense Obregón llevó a su grupo de músicos, entre ellos a Yomira a una gira para cantar en los ríos de América del Sur. La idea era recoger el sonido natural y devolver musicalmente la expresión humana. Esto dio una nueva sensibilidad a los artistas que intervinieron en el recorrido y llenó su repertorio con manifestaciones llenas de nuevas cualidades armónicas.

Ahora, ella ha trabajado en consolidar un nuevo disco y recientemente anunció un concierto en el Teatro Nacional, que brindará mañana, donde se le podrá escuchar diferentes ritmos tanto en música nacional, como en los éxitos internacionales que acostumbra a interpretar.

Este es el momento de apreciar la dimensión musical que Yomira ha alcanzado, así como la comprobación de la calidad de su entonación gracias a la multiplicidad de modulaciones. Ella es una artista que enamora a su audiencia al brindar el brillo de sus diferentes matices que oscilan desde la música afroantillana, la romántica caribeña y hasta llegar a las exigentes expresiones nacionales con un agudo matiz vernáculo.

Ese concierto de fin de año que Yomira ha de protagonizar, con toda seguridad recoge un dedicado esfuerzo creativo. Esta oportunidad le permite encarnar a las musas que ofrecen sus aportes para enriquecer la música latinoamericana y en especial, su espíritu afroantillano, rural y hasta aquel que refleja la realidad urbana.

Pero sobre todo, será un reencuentro con su voz, ahora llena de una rica experiencia que cautiva por melodiosa y que fluirá en el espacio de ese primer escenario cultural del país.

 

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<> Este artículo se publicó el 1  de diciembre de 2010  en el Diario La Estrella de Panamá, a quienes damos,  lo mismo que al  autor,  todo el crédito que les corresponde.

De boleros y pasiones

La opinión de…

José C. Balmaceda

He tenido la maravillosa experiencia de cantar boleros por casi 60 años. Ha sido mi pasión con los que he vivido el amor, fluctuante y a veces intenso, serenatas, fiestas de amigos y particulares.   Hoy, jubilado, 77 añitos, todavía deambulo por el pentagrama del amor y con permiso para cantar a mi señor con el Coro Arquidiocesano, de barítono.

Como dibujante arquitectónico y técnico he puesto el pan en la mesa. Mi ingreso de jubilado es bueno.   Y hablando de ingresos, gracias a Roxana Muñoz publicaron en la revista Ellas mi artículo “Boleros para el Municipio”,   relatando una presentación que hice el 11 de febrero pasado. Para los que me leyeron, todavía me deben.    Pero sigo amando. ¡Ah, sí! También me apasiona escribir como seguimiento a mis años de cronista deportivo en Colón muchos años atrás.

Al tema. En los últimos años, como cantante he querido relacionarme con el público con algo de historia sobre los boleros. Poca gente sabía que en 1947 la joven cantante Chela Campos le insistía al maestro cubano Osvaldo Farrés que le escribiera una canción porque “usted con tres palabras puede hacer el trabajo”.    Así nació Tres Palabras. Consuelo Velásquez, mexicana, escribió Bésame Mucho a los 19 años y según se cuenta, hasta entonces nunca la habían besado.

Pocos saben quién era Ma. Antonia del Carmen Peregrino Álvarez y Gabriel Siria Levario.    Pero seguro oyeron hablar de Toña La Negra y Javier Solís, sus nombres artísticos.

Sin contar los genios musicales panameños de hoy encabezados por Rubén Blades, con un gran marco de producción y divulgación moderna, Ricardo Fábrega hizo brillar su talento fuera de los linderos patrios con su Panamá Viejo, Taboga y otros, junto con los recordados Chino Hassan, Carlos Eleta Almarán, Avelino Muñoz, Gladys de la Lastra.

Hace unos 20 años cantaba con mi trío de Colón en el brunch del Club de Amador y una amiga nos pidió el bolero Motivos. No lo conocíamos. La semana siguiente lo hizo grabar en su mesa con una soprano amiga, ¡en vivo!, para regalárnoslo. Desde entonces, es una de mis piezas favoritas. Lo canté en el programa del Municipio en febrero y al final del programa un turista venezolano, me contó que mientras yo cantaba Motivos llamó por el blackberry al catedrático e ingeniero de 82 años, Italo Pizzolante, su amigo y autor de ese hermoso bolero para que oyera al panameño cantando su canción. ¡Ño! Desde 1965:   Los Panchos, Armando Manzanero, Luis Miguel, etc., y ahora: Balmaceda. Interesante ser cantante, ¿verdad?

De tantos, tantos, muchos no he cantado y ahora tropiezo con otra fabulosa página musical de Bernardo Mitnik, conocido como Chico Novarro, argentino de 77 años, quien compuso Algo Contigo en 1976. ¡Me lo voy a aprender!   Y me da gusto invitarlos a conocer ese bolero que les presento en el link a continuación y aprovecho de mi ventanita en La Prensa para cantarles Motivos por You Tube vía Recordar es Vivir de Pete Romero. Disfrútenlo.

 

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<> Este artículo se publicó el 6  de noviembre de 2010  en el diario La Prensa, a quienes damos,  lo mismo que al autor, todo el crédito que les corresponde.

La música panameña triunfó en Washington

La opinión del Embajador de Panamá ante la OEA….
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Guillermo A. Cochez

Una de las misiones de cualquier diplomático es la promoción integral de su país, no sólo en lo económico y social, sino también en lo cultural. Por ello, varios meses atrás nos propusimos traer la música criolla a la audiencia de la capital norteamericana, siempre contando con el apoyo de la Dirección de Relaciones Internacionales de la OEA, entonces a cargo del diplomático canadiense Adam Blackwell.   A través del Director de la Orquesta Juvenil de las Américas (donde varios panameños tocan), el argentino Mariano Vales, se facilitó que pudiésemos concretar con The John F. Kennedy Center for the Performing Arts una apertura para que allí pudiesen tocar los músicos que trajésemos.Conociendo desde años atrás su trayectoria, sabíamos que el grupo perfecto para representar a Panamá allí era la Orquesta de Cámara de la Universidad de Panamá, bajo la dirección del profesor Luis Efraín Castro, antiguo Decano de la Facultad de Bellas Artes de la Casa de Méndez Pereira. El reto era grande porque significaba movilizar once músicos a Washington y lo que ello significaba en términos de logística y costos. Con el patrocinio de AES Latinomérica, representada por su Presidente Andrew Basey y AES Panamá, bajo el liderazgo de Jaime Tupper, y el decidido apoyo del Rector de la Universidad de Panamá, Doctor Gustavo García de Paredes y el Ministerio de la Presidencia, emprendimos esta tarea que al concluir con los dos conciertos del 8 y 9 de septiembre sus buenos seis meses de trabajo nos costó, con un presupuesto relativamente bajo que al gobierno nacional no costo más de ocho mil balboas. Decidimos incorporar al grupo como solista al violinista panameño Luis Casal, quien meses atrás había tocado en la residencia de la Embajada de Panamá en Washington, y quien enseña música en Nueva York.

Los conciertos resultaron un éxito completo. El del 8, en el Kennedy Center, trasmitido en directo por la página web de El Panamá América y que se puede oír a través de la página de Internet de dicho centro cultural y el del día siguiente en el Hall de las Américas –lugar histórico, testigo de la firma de los Tratados del Canal de Panamá- como parte de la celebración del Centenario del Edificio Sede de la OEA. En ambas presentaciones, donde la Orquesta interpretó magistralmente música de Eduardo Charpentier, Vicente Gómez, Ricardo Fábrega, del maestro norteamericano William Grant Still (Danzas de Panamá), Edgardo Quintero, Gilberto Pérez, Tobías Plicet y Clarence Martin, el público aplaudió enardecidamente.   La música panameña había triunfado en Washington.

Las notas del pasillo, el tamborito, el punto, la danza, el atravesao y el socavón interpretados por el oboe de profesor Castro y los violines, violas, cello y contrabajo de la Orquesta conquistaron a todos los presentes, quienes al final gritaron ¡Viva Panamá!

<> Artículo publicado el 27 de septiembre de 2010 en el diario El Panamá América, a quienes damos,    lo mismo que al autor,   todo el crédito que les corresponde.

La entrevista no realizada

La opinión del artisa veraguense residente en Florencia,  Italia…

ARISTIDES UREÑA RAMOS

Proviene de una noble familia aristocrática hindú, de niño daba señales de poseer el don más bello que regala la naturaleza a quienes vibran con el fantástico mundo de la composición musical —poseía el OÍDO ABSOLUTO— fue talvez el dialecto hablado por sus padres, un rico lenguaje tónico,   el que lo educó para captar la sutil diferencia de las frecuencias tonales.
Florencia, Italia, 22 de setiembre.— A paso apurado, me encuentro caminando en la vía Borgo Pinti, la cita a la cual me dirijo sostiene con firme andar mis emociones, en la estrecha calle, de piedra antigua a manera de callejón, se respira todo el aire renacentista de esta ciudad… trato de recordar en orden las preguntas que tendré que hacer… porque el personaje que tendré que entrevistar no dejará paso a las improvisaciones… Es así que giro y entro en la vía della Pergola… y veo el antiguo teatro adornado con los vitrales Art Nouveau y esculturas renacentistas en su portal… donde el maestro Zubin Mehta me ha concedido el privilegio de entrevistarlo, quitando tiempo a su apretada jornada.

Entro y me dirijo a la sala de pruebas, donde ya veo la figura extranjera del Maestro, me presento y, con una gran sonrisa que cubre toda su cara, me invita a acompañarlo a un cuarto semioscuro, donde grandes frescos y estucos engañan la pared… noto, al pasar rápidamente la mirada, una especie de Pianoforte y mi mente viaja distraída dentro del aparato misterioso, que en mi infancia vi varias veces desmontado… claves, cuerditas de metal, pedacitos de madera encastrados, telas de felpa pegadas a los teclados y madera de raíz blanca plastificada… le comento al Maestro mi admiración hacia ese viejo instrumento… y él, sorprendido, me pregunta en qué lugar lo había visto… prontamente le respondo: ‘En Santiago, en casa de mi abuelo Samuel’… y allí me pregunta sobre mi abuelo y dentro de sus curiosos comentarios me habla de las personas que poseen el don del Oído Absoluto.

El Oído Absoluto es la capacidad innata que pocos privilegiados poseen para identificar por su nombre una nota musical, sin la ayuda o referencia de alguna nota. Beethoven, Paganini, Mozart, Stevie Wonder, Ray Charles y Miles Davis eran Oído Absoluto.

Mi abuelo Samuel Ramos fue organista toda su vida en la Iglesia de Santiago… y la curiosidad que llevo dentro de mí es sobre este gigantesco mueble musical, que, con misteriosos sistemas mecánicos, producía sonidos de sorprendentes llantos angelicales, que me provocaban aletear de mariposas en el estómago e hipnotizaban la memoria con fantásticas luces multicolores…, pues, el Maestro Mehta, al escuchar mi desnuda confesión, coloca sus largas manos en el Pianoforte y toca las bellas notas de un REQUIEM AETERNAM, que me inmoviliza el cuerpo… el PIANOFORTE responde al constante estímulo al cual es sometido, pareciera que la unión entre ellos es un solo lamento evocativo… el maestro se mece, balanceándose junto a las notas, su cara… dibuja a veces profunda tristeza, a veces lejanos lamentos. Y abriendo su boca, con una trágica mueca que anuncia el encuentro con el profundo tiempo de un silencio musical —con rápido suspiro— cargando desde adentro la emoción, se lanza con fuerte ímpetu sobre las teclas, que brillan con tonos duros y fuertes, en la explosión de todas la notas más bellas de Mozart… anunciando la descargada espera de un trágico final… y yo, sin poderlo aplaudir, porque la inesperada sorpresa y la magia que se había creado no podía ser destruida con algún gesto banal… y así opté por el silencio, en reverencia a la genialidad del hombre—artista frente a mí…

El breve silencio es roto por el Maestro, el cual con mucha naturalidad me habla del color de las notas, una cualidad que poseen las notas, muy parecida al color visual, caracterizando y distinguiendo cada una de ellas, como también diferenciando los acordes y las tonalidades.

Nuestro oído no está educado para captar estas diferencias, porque nuestra cultura musical nos lleva solo a notar la altura, modo y ritmo de las canciones, dejando fuera las tonalidades, que corresponderían a saber distinguir un color claro de uno oscuro, sin saber reconocer que uno es amarillo y otro es azul.

Poco a poco el tiempo pasaba, sin ponernos algún límite al orador y yo, que escuchaba… y fue así que fuimos interrumpidos por el llamado desde la platea, que bramaba por la presencia del Maestro para la prueba general de la Orquesta… Mehta se levanta, igual yo, y me da una cordial despedida… y sin darme cuenta me encontré parado afuera, en la puerta del teatro… Corría un viento frío, me cubrí cerrando mi abrigo y enrollándome la bufanda, en el intento por no perder un solo ápice de la regalada emoción… paso a paso… camino por la vieja calle, con la confusa impresión de haberme perdido en un bellísimo diálogo… voy apretando entre mis manos el cuaderno… sin respuestas… donde reposan las preguntas de una entrevista no realizada.

<> Artículo publicado el 25 de septiembre de 2010 en el diario La Estrella de Panamá, a quienes damos,   lo mismo que al  autor,  todo el crédito que les corresponde.

Percusión al ritmo de Stomp

La opinión del Periodista y Docente Universitario…

MODESTO A. TUÑÓN F
El hombre primitivo debió asombrarse cuando fue consciente de que podía crear sonidos independientemente de los que escuchaba producto de la naturaleza. Y su perplejidad aumentó cuando se enteró de que esas resonancias prolongadas podían dar una cadencia o ritmo y hasta ser agradables al oído.   No se cuenta con un registro de las primeras manifestaciones rítmicas; muchas de ellas, creadas en un periodo temprano de la evolución humana, porque en esa etapa del desarrollo no había colegiación y los grupos no contaban con formas de preservar la percusión —del latín percussio, dar golpes repetidos o azotar una superficie para crear ruidos—, pero cada civilización tenía las características a su cultura.

Lo que sí se sabe es que este tipo de expresiones, pronto se integró en la música de todo tipo, desde la eminentemente popular hasta la religiosa. Las posibilidades que ella tiene frente a las otras, es que se origina de la vinculación de dos formas de cuerpos, del rasgado, del tañido, el frotado, de la fricción y múltiples modalidades, muchas de ellas que nacen en fenómenos completamente normales en el ambiente.

La vida callejera y el trabajo cotidiano son escenarios, donde este tipo de manifestaciones se hacen constantes y prácticamente permanentes. Uno puede escuchar en la calle cuando se camina sobre la superficie seca, o mojada, un taller de herrería, la fundición, la soldadura, las tareas agrícolas o tan solo el chisporroteo de un cigarrillo al encenderse, el chasquido del encendedor, la fricción del fósforo o la cerilla.

Todo esto viene a cuento cuando en el escenario, sale un obrero mugroso (hasta sacudirse el polvo genera una bulla) que muestra una escoba de barrer las calles, hace un gesto y otros le acompañan para mover el polvo de una manera cadenciosa y convertir esa herramienta en un instrumento musical.

Así comienza el espectáculo de Stomp, el espectáculo rítmico que nació en Brighton, Inglaterra, y se hizo famoso por su forma particular de hacer música a partir de las posibilidades de esta tendencia; sobre todo, de origen callejero. De allí que el uniforme de los integrantes de su elenco sea siempre ropa de obrero, ‘diablo fuerte’, ‘overoles’, botas de seguridad y como signo del trabajo, las telas sucias, descosidas y rotas.

Stomp se presentó durante el pasado fin de semana en el teatro Anayansi, como parte de la gira que hace por la Región. Su propuesta incluye una completa y variada exposición de inimaginables ejemplos de percusión; además, montada sobre una trama coreográfica, teatralidad hilarante y hasta acrobacia.

Los diferentes segmentos del espectáculo presentan cada uno de los tipos de modalidades rítmicas que la compañía artística expone al público y que permite apreciar su versatilidad en el manejo de instrumentos con los que puede hacer su trabajo sonoro. Hay mangueras, latas, cajones, cubos, tanques para la basura, cajitas, encendedores, las llamas, cortinas metálicas, arena sobre el piso, golpes en la ropa, maderos, con fregadores y hasta agua que sale de la plomería.

La originalidad musical del grupo es la capacidad de crear conjuntos armónicos con esta especial forma de interpretación. Se sabe que la percusión suele acompañar y poner o acentuar el ritmo a otros instrumentos que llevan adelante la exposición en cualquier forma de concierto. Pero en este caso, Stomp brinda al público esta combinación de efectos con una solvencia e imaginación cadenciosa, a veces explosiva y en otras, lírica.

Los músicos que dieron forma a este espectáculo, Luke Cresswell y Steve McNicholas, se preocuparon de que su expresión siempre fuera callejera, como su origen. Es allí donde se manifiesta una de sus cualidades más significativas. Es una presentación que utiliza esos esquemas; pero a través de una dimensión escénica, puede perfectamente representarse en el proscenio.

De allí las posibilidades que le da convertir el escenario en un ambiente de callejón para que rueden los tanques, se esparza el polvo en las aceras y buscar la manera de hacer ese ruido que les lleva a una expresión creativa. Así, rápidamente se gana a la audiencia, al incorporarla ya sea por el aplauso rítmico, o con respuestas rápidas a las ocurrencias que vienen desde los asientos de la concurrencia.

Las múltiples manifestaciones que han surgido del ‘fenómeno’ Stomp, nos dicen que sus posibilidades son múltiples y que el arte puede, en esta época en que se destronan tantos mitos o esquemas clásicos, hacer que fusiones en el campo musical inexplorado, todavía tengan espacio para la experimentación, desarrollo y maneras de ser devueltas al público como grandes obras.

<> Artículo publicado el 22 de septiembre de 2010  en el diario La Estrella de Panamá, a quienes damos,   lo mismo que al autor,   todo el crédito que les corresponde.

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