Embarazos escolares y la doble moral discriminadora

La opinión del Consultor en Psicología….

ROBERTO A. PINNOCK

He obtenido información fresca de las tentativas por modificar la Ley 29, concerniente a la protección de las menores embarazadas, para someterlas nuevamente a una de las formas de discriminación supuestamente superadas desde la última década.

Efectivamente, no es otra cosa lo que resulta cuando se insiste en excluir de los centros escolares a las adolescentes que se embarazan, especialmente cuando aún no han salido de la tutela de sus hogares de origen o peor, cuando están desprovistas de toda protección por razón de abandonos, orfandad u otra condición similar.

Lo trágico de este asunto, es que entre quienes adversan este derecho adquirido por las mujeres adolescentes para poder salir del círculo de la pobreza, están las propias mujeres.   Nada más hay que ver quién es la autoridad gubernamental que está propiciando un retroceso histórico en esta materia y quiénes son las que se preparan para hacerle el coro a tal intentona.

Ciertamente, estas personas portadoras de una doble moral, no entienden (o no les conviene entender) que impedirle a una adolescente que se embaraza la continuidad de sus estudios, significa condenarla a permanecer en la condición de pobreza original, porque una vez excluida de su trayectoria escolar difícilmente vuelve a ella a corto plazo y cuando ocurre, se reinserta en una trayectoria que la inhabilita para alcanzar carreras productivas y mejor remuneradas.

He escuchado decir que el fenómeno de los embarazos en las menores crece cada día.   En más de una conferencia, hemos tenido que demostrar datos en mano, que en los últimos 40 años la fecundidad en este tramo de edad no solo ha sido la más baja, sino la de la disminución más pronunciada en sus tasas.

Por cierto, la última Encuesta Nacional de Salud Sexual y Reproductiva llevada a cabo por el Instituto Conmemorativo Gorgas nos vuelve a dar la razón en esta afirmación, toda vez que registró con una amplia muestra de mujeres a nivel nacional que el ‘19.8% de las mujeres de 15—19 años son madres o están embarazadas’ (ICGES, 2010:4)   Lo cual, si se compara con lo ocurrido hace por lo menos un lustro cuando se hablaba de que un 22% de las mujeres de estas edades estaban en esas mismas condiciones, habrá que inventar otra excusa para ‘desestimular’ los embarazos, particularmente en las estudiantes del subsector oficial, que es donde va la mayor parte de las hijas de las vecinas de estratos pobres y de extrema pobreza. No nos refiramos a las de colegios particulares, porque ya sabemos que en muchos de estos ‘prestigiosos’ centros escolares esos fenómenos lo resuelven de otras formas ocultas.

Otro argumento manipulador de este asunto es el relativo a que las embarazadas que están en los centros escolares ‘contagian’ al resto de las no embarazadas incitándolas a tener vida sexual activa.   Se sabe, empero, gracias a varios estudios efectuados en el último quinquenio, por parte del MINSA, de Organismos no gubernamentales y hasta del MEDUCA (que hoy anda dando los peores pasos para el enfrentamiento de las problemáticas de sexualidad, violencia escolar y desarrollo humano de nuestra población estudiantil) que las prácticas sexuales genitales en esta población es mucho más frecuente de lo que se quiere admitir y el embarazo es visto con menos morbosidad por las y los compañeros, que lo que lo hacen las poblaciones ‘adultas’ de las comunidades educativas.

La experiencia de un colegio oficial que llevaba a cabo un programa apoyado por las escuelas de Psicología y de Sociología de la Universidad de Panamá, donde se formó a las propias chicas embarazadas para que sirvieran de monitoras ante compañeras no embarazadas, resultó en la reducción significativa de embarazos escolares entre los años 2005—2008; es decir, no los hizo proliferar, sino todo lo contrario. Lastimosamente, el programa se descontinuó. Pero el experimento, sin duda derrumba aquella idea pseudomoralista relativa al fenómeno del ‘contagio’ y el ‘mal ejemplo’ que dan las embarazadas hacia sus pares en sus centros escolares.

Sin duda, las autoridades educativas están revelando la mayor incapacidad ante este tipo de problemáticas y les resulta más fácil lo que empeora estos asuntos, o sea, pretender ocultarlos, aunque cueste elevar la discriminación contra las hijas de nuestras vecinas de sectores pobres, impidiendo que salgan del círculo de la pobreza.

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<> Este artículo se publicó el 25 de octubre de 2010  en el Diario La Estrella de Panamá, a quienes damos,  lo mismo que al autor,  todo el crédito que les corresponde.
Más artículos del autor en: https://panaletras.wordpress.com/category/pinnock-roberto-a/

Mendicidad y delito infantil

La opinión del Periodista….

RAÚL EDUARDO CEDEÑO

La vagancia y la mendicidad de los menores constituyen la antesala de la delincuencia infantil.   Quizás por la influencia del medio al que están llamados a actuar, la mendicidad directa o encubierta del menor en compañía de hombres y mujeres que la usan de incentivo para despertar los sentimientos de caridad, constituyen una verdadera lacra social.   A la mendicidad va anexa la degradante costumbre de implorar la caridad pública y rogar por el auxilio ajeno. Ello es una práctica malsana que en los niños da resultados gravísimos porque engendra hábitos contrarios a las elementales normas de honestidad, hombría de bien y moralidad.   Con la generosa idiosincrasia de nuestro pueblo se despertaría en los menores mendigos el acicate de la codicia exagerada y sus consecuencias de violencia y crimen.

En Panamá se prohíbe la mendicidad infantil, aunque esté disfrazada de ‘venta’ de artículos y nuestro Código de la Familia trata de incorporarse a la lucha de prevención del abandono y delito de los niños para combatir esos dañinos factores que, en su gran mayoría, conducen inevitablemente al sacrificio permanente de nuestra infancia.   Tenemos que seguir protegiendo cada vez más a nuestra niñez, a aquellas criaturas que son arrojadas de sus hogares, que deambulan por las calles en procura de mendrugos, mientras la gran mayoría de sus progenitores llevan una vida de licencia y de inmoralidad.

 

Todos corren el riesgo de que jovenzuelas sean llevadas por el camino de la prostitución ante la indiferencia mayoritaria; de jóvenes, quienes afanosamente gritan y vocean sus miserias por las calles, luchando contra las solicitudes de un entorno que pronto les conducirá a las puertas de la cárcel; de niñas que nunca han conocido normas de moral en sus primeros años por la acción desmoralizadora del mal hogar, de malos centros de diversión, de películas inconvenientes o de espectáculos públicos a donde son llevadas por negligencia o incultura de sus padres y aceptadas ante la indiferencia colectiva.

La renovación del sentir moral frente al niño se producirá bajo el imperio de una buena legislación y su enérgica aplicación, la cual dejará de ser individual para convertirse en función de la comunidad. Y, por su acción, sobre el crepúsculo del desamparo y dolor de nuestros niños, aparecerán los destellos de un nuevo amanecer que afirmará los derechos de los pequeños a vivir en una sociedad justa y humana.

<> Este artículo se reprodujo de la publicación del 17 de octubre de 2010 en el diario El Siglo,  a quienes damos,  lo mismo que al autor, todo el credito que les corresponde.
Más artículos del autor enhttps://panaletras.wordpress.com/category/cedeno-raul-eduardo/

Crisis de la administración de justicia, realidad insoslayable

La opinión del Jurista y Profesor de Derecho Procesal, Magister…


RAMÓN F. CASTELLANOS A.

Cuando en un país, la justicia es demasiado lenta, el sentido de ella, su ideal de justa, desaparece, dándole paso a su contrario, ‘La Injusticia’ conjuntamente con su homólogo, su majestad ‘La Corrupción’, la que camina muy de cerca de la mora y de la demora injustificada de los jueces.

Lo que acontece hoy día con la justicia, tanto civil como penal, no puede ser ignorado por ningún gremio que se identifique con los Derechos Humanos, porque los más afectados con el imperante y rampante leseferismo, es el ciudadano común, el que le confía su problemática a un profesional del Derecho, para que en su representación le pida ‘auxilio’, al administrador de justicia, quien de conformidad con el procedimiento establecido debe, responder en un término preestablecido, pero por lo general el grito de ‘auxilio’, llega después que el derecho de la víctima ha desaparecido o ha sucumbido.

Llegar a ciertos despachos es como ir a una presentación de un artista a escuchar dos o tres canciones, en este caso, las canciones son: ‘Está por Resolver’ o ‘Está en Lectura’; igualmente se puede escuchar una que dice: ‘Está en saneamiento’. En este estatus pude permanecer semanas, meses y, en algunos casos, varios años. ¿Por qué pasan esta cosas? Por varias razones en nuestro concepto, una de ellas es la ignorancia o inexperiencia en la materia, pereza mental o en espera de una proposición o instrucciones superiores, lo que estaría en abierta violación del Principio de la Independencia Judicial.

En la actualidad, en la esfera jurisdiccional como en la esfera de instrucción, hay una flagrante violación de lo señalado en el artículo 215 de la Constitución, en esta jurisdicciones no existe la Economía Procesal, muy por el contrario, existe un exceso de formulismo muy rampante, por cierto.

El ‘Leseferismo jurídico’ existente, el que tiene a la Administración de Justicia, a decir del Dr. Secundino Torres Gudiño, como una verdad de a puño, caminando a tres (3) velocidades, ‘Lenta’, ‘Súper Lenta’ y ‘Parada’, nosotros le agregamos ‘Súper Parada’. ¿Pero cómo enfrentamos este problema que tiene a la justicia en estado de colapsar de manera irreversible? Existe una realidad, el problema tiene y debe ser enfrentado, si es necesario solicitar la renuncia de magistrados de la cúpula como del nivel superior, por su ineficiencia y estar promoviendo el peculado con la figura de jueces de descarga. Tampoco podemos soslayar el gran número de quejas por conductas que pugnan con la ética.

Si los llamados a solucionar la Crisis en que han inmerso la Administración de Justicia, por estar en intereses distintos a sus apostolado, no enfrentan tal situación, a nuestro criterio los usuarios de esa administración de justicia deben enfrentar, de manera frontal, el problema para que las generaciones que nos pisan los talones, quienes reciben nuestras enseñanzas, NO encuentren el sentido contrario de lo que es justicia con toda su secuela de corrupción, para que no nos señalen como los responsables del leseferismo rampante, por ello, debemos procurar de manera valiente que ellos encuentren una verdadera y recta Administración de Justicia, verdaderos administradores, éticos, morales, el ideal de lo que llamamos JUSTICIA.

NO queremos concluir sin antes externar el pensamiento de dos maestros e ilustres procesalistas, el primero Santiago Sentís Melendo y el uruguayo Eduardo Couture, el primero llegó a expresar lo siguiente:

‘Una nación puede vivir con ministros prevaricadores. Pero no Puede vivir con administradores de justicia prevaricadores. Si el gobierno en nombre de la razón de Estado, no impide la falta de moral, de ética, y de seguridad, podemos decir que no hay garantías para nadie, a decir verdad, ya no hay Estado de Derecho’.

‘El Derecho valdrá, en un país y en un momento histórico determinado, lo que valgan los jueces como hombres. El día en que los jueces no cumplan con su deber de administrar justicia conforme a la ética y la moral, ningún ciudadano podrá dormir tranquilo’.

<> Artículo publicado el 9 de octubre de 2010 en el diario La Estrella de Panamá, a quienes damos, lo mismo que al autor,  todo el crédito que les corresponde.

Por un periodismo libre

La opinión de la Psicóloga Especialista de la conducta humana…

Geraldine Emiliani 

Este artículo está dedicado a todos los periodistas de mi país, en especial a Sabrina Bacal y a Justino González.

El periodismo puede ser una profesión riesgosa en algunos países, puesto que descubren verdades incómodas para los poderosos.

Hoy los medios de comunicación constituyen una herramienta eficaz para mantenernos al tanto de los sucesos sociales, económicos y políticos nacionales e internacionales. En las sociedades modernas los medios tienen el poder de conectar las partes dispersas en el todo,   desempeñando un papel importante en la promoción y formación cultural, política y social.

Los medios masivos de comunicación pueden además crear opiniones o actitudes entre personas, reforzar actitudes ya existentes o disminuirlas, convertir personas a un punto de vista opuesto al que mantenían, etc.   Sin embargo, sus alcances pueden ser un peligro real, cuando un gobierno no tolera una información, engendrando la pasividad en los comunicadores, haciendo de sus lectores, consumidores resistentes y poco vigilantes para alienarlos con falsos señuelos, falsos ídolos y falsas doctrinas sin respetar la verdadera dignidad y el destino del hombre.

Quiero ligar lo anterior con el fenómeno de la corrupción, que no conoce fronteras políticas ni geográficas. Siempre ha existido y despierta en todos mucha preocupación ya que está vinculada al tráfico de estupefacientes, al lavado de dinero sucio, al comercio ilegal de armas, es decir, al enriquecimiento ilícito en todas sus modalidades.

La corrupción es un fenómeno que tiene raíces profundas. Es por ello, que debe haber una colaboración más estrecha y coordinada entre el gobierno y las fuerzas vivas que buscan combatirla. En este combate, es importante la misión de los medios de comunicación social.   Sin la presencia de un periodismo libre, de sistemas democráticos de control y de transparencia, la corrupción es imbatible.

Se trata de un problema moral y, si es verdad que la moral no puede ser impuesta por la Ley, también lo es que la vida del hombre público -su moral privada- forma parte de su personalidad, de su imagen, de su responsabilidad como ciudadano de este país y, si ejerce la corrupción, no es justificable callar si deseamos combatirla.

Un medio está obligado a publicar lo malo con claridad, a denunciar y señalar lacras, corrupciones e inmoralidades y a enfrentarse a los poderosos.   Sin embargo, hay quienes desean limitar lo anterior haciendo del ciudadano una persona totalmente reprimida convirtiéndolo en un ser frío, indiferente, e insensible.

La comunidad requiere de alguien que hable por ellos, les divulguen sus problemas y exijan sus derechos.

<> Artículo publicado el 7  de octubre de 2010 en el diario El Panamá América, a quienes damos,    lo mismo que a la autora,   todo el crédito que les corresponde.

Homofobia y subdesarrollo

La opinión de…

Paco Gómez Nadal 

El desarrollo de un país no se mide por metros cuadrados de cemento o alturas de edificios. Tampoco se puede mensurar según índices de aumento del PIB o por kilómetros de carreteras construidas. El decorado es importante, pero es la capacidad de inclusión y los niveles de convivencia y respeto los que deberían indicar si un país es desarrollado o no.

Si Naciones Unidas entendiera esto (en lugar de ir a remolque de lo criterios economicistas y algo tuertos del Banco Mundial), en sus informes Francia o Italia aparecerían como países subdesarrollados (que no parece nada muy bueno eso de andar expulsando a los rumanos o marcando extranjeros como en épocas de terrible recuerdo).

Tampoco aparecería a la cabeza del desarrollo Bolivia, donde les da por enterrar vivos a los supuestos delincuentes, ni Irán, donde la mujer es algo menos que un cero a la izquierda.

Panamá saldría ponchada en el examen. Hasta hace pocos años, ser homosexual era un delito que aparecía en el Código Penal y todavía hoy hay unas madres lesbianas a las que la justicia les ha quitado a su hijo para “protegerlo” de tal aberración. Por eso parecía tan razonable la iniciativa de ley que pretendía penar la homofobia, la discriminación pública por razón de la opción sexual de una persona.

La Asamblea no lo ve así, ni buena parte de una sociedad que se cree mejor por el mero hecho de haber optado sin decidir por la heterosexualidad. Leía el otro día unas declaraciones aberrantes de Geraldine Emiliani al respecto, luego a las iglesias evangélicas arremeter contra los homosexuales… Es como si la sociedad estuviera controlada por los locos y nos dejáramos dirigir por ellos.   Es decir que personas ultrarreligiosas que creen en seres que no existen, que cobran ilegalmente un diezmo a sus “feligreses”   (la Ley 30 debería haber regulado esto igual que las cuotas sindicales) y que organizan trances masivos nos digan lo que es correcto o no socialmente.

En este país nos parece una degeneración que atenta contra la paz social el hecho de que dos personas homosexuales se amen, pero con toda tranquilidad metemos a la cárcel a los niños de 12 años involucrados en delitos o a las personas que protestan en la calle;   dejamos que un ministro siga en su cargo después de haber matado a varios y haber dejado ciegos a decenas; discriminamos al 10% de la población por el hecho de ser indígena; digerimos sin empacho el vergonzoso acto en el que el Presidente reparte billetes en una imagen más típica del El Padrino que de La República;   nos parece normal que un hombre heterosexual maltrate sicológica o físicamente a su mujer heterosexual y a sus hijos (cuya opción no conocemos aún); celebramos el Carnaval en orgías de sexo heterosexual sin condón patrocinadas por el Gobierno y por los partidos políticos; abogamos por separar a las adolescentes embarazadas de sus compañeros de clase para que “no se contaminen”; consentimos con complicidad los amores fuera del sacrosanto matrimonio heterosexual de empresarios y gobernantes (pero esas no son las fotos que salen en Mundo Social o en Ellas en el día del Padre); permitimos que niños y niñas sufran de desnutrición severa en nuestro territorio; nos hacemos los locos ante la prostitución heterosexual de alto nivel que se practica en el área bancaria a la vista de todo el mundo (para ser más exactos: frente al Marriott) o ante la de bajo nivel que se vende a 150 metros del Palacio de las Garzas día y noche; vendemos cómo atractivo turístico la rumba con cocaína y pastillas de calle Uruguay…

La doble moral es un indicador de subdesarrollo y estamos ganando todos los puntos en esa lista. La homofobia solo es un signo más de precariedad mental, de debilidad social, de miedo, del imperio de las tinieblas religiosas y los complejos judeocristianos, del pánico a la diferencia, de incapacidad para comprender el mundo en el que vivimos, de facilismo político, de hipocresía social. También, en algunos casos, suele ser una clara señal de homosexualidad: las más y los más furibundos homofóbicos suelen ser homosexuales que aún no han aceptado su opción y reaccionan con agresividad, presionados por una sociedad conservadora e inquisidora aún.

Realmente, a mí me importa poco si aprueban o no la propuesta de ley (para mi gusto, terriblemente conservadora y limitada). Lo que me preocupa es el debate de fondo que están promocionando algunos medios y el veneno que se les permite distribuir desde los púlpitos de papel y plasma a pastores, beatas y locos de turno.

<> Este artículo se publicó el 21 de septiembre de 2010 en el diario La Prensa, a quienes damos,   lo mismo que al autor,  todo el crédito que les corresponde.

Quiero volver a confiar

La opinión de la miembro del Club Rotario…

Marisín Villalaz de Arias

Quiero volver a confiar. Fuimos criados con principios morales comunes. Cuando éramos niños, nuestros padres, educadores, abuelos, tíos, vecinos, autoridades, eran dignos de respeto y consideración. Cuanto más próximos o más viejos, más afecto nos daban; era inimaginable responder mal a los ancianos o maestros porque había respeto, confiábamos en los adultos y teníamos miedo solo a lo oscuro, a los sapos y ratones o películas de terror.

Hoy tengo tristeza por lo perdido, por lo que mis nietos un día temerán, por el miedo en la mirada de los niños, jóvenes, viejos, adultos.  Matar, violar, secuestrar, engañar no son importantes, todo termina en la banalidad de una noticia policial.

Hoy, los policías que persiguen malhechores se conocen como abuso de autoridad ¿Derechos humanos para criminales?  ¿Deberes para ciudadanos honestos?   Pagar deudas es de tontos; amnistía para estafadores, los honestos son tontos. Profesores maltratados en las aulas, los corruptos se pavonean de su poder. ¿Qué valores son estos? Profesores que no concurren a dictar sus clases.

Autos que valen más que un abrazo; hijos que los piden de regalo para pasar de curso; celulares a los niños desde pequeños.

¿Qué tenemos que dar para recibir un abrazo? Más vale una pantalla gigante que una conversación, un carro nuevo que una amistad que puede ser permanente. Más vale Tener que Ser.   ¿Cuándo desapareció ser correcto y olvidé el nombre de mi vecino? ¿Cuándo dejé de ver los ojos de los que me piden ropa o comida? Quiero volver a ser digno y tener paz, tener ley y orden, libertad, fraternidad y seguridad.

Quiero sacar las verjas de mis ventanas, tener las puertas abiertas y tocar las flores; sentarme en la acera con la puerta abierta.   Quiero la honestidad, la rectitud de carácter, enorgullecerme de los líderes políticos; quiero la esperanza en la alegría y la confianza en la fe, la vuelta a una vida limpia y sencilla como tú y yo.

Abajo el Tener, Viva el Ser; abajo la corrupción, la falta de ética y respeto.   Construyamos un mundo mejor. ¿Utopía? ¡Quién sabe! Hagamos el intento ya que será posible si usted y yo contaminamos a más personas y esas a otras más. Solo así tendremos nuevamente lo que queremos y seremos una sociedad digna, con respeto y honestidad.   Para usted y para mí no es un imposible; trabajemos para lograrlo.

Esto es un resumen de un correo electrónico que recibí y me pareció apropiado.

<> Artículo publicado el 16 de septiembre de 2010  en el diario El Panamá América, a quienes damos,  lo mismo que a la autora  todo el crédito que les corresponde.

La unidad perdida

La opinión de…

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Ruling Barragán Yáñez 

De los términos “racionalidad” (o “razón”, sin más) y “religión” se han encargado eminentes eruditos en portentosas enciclopédicas filosóficas. Quienes los han leído saben bien que ambos conceptos, razón y religión, son sumamente controvertidos, pero no por ello queda a criterio de cada quien decidir qué significan.

En términos generales, por razón o racionalidad se comprende básicamente la facultad humana de pensar y argumentar de acuerdo a ciertos principios lógicos; por religión se entiende aquellas creencias y prácticas que adopta el ser humano como visión general del mundo y fundamento moral de su existencia.

Según algunos estudiosos, a partir de la modernidad (vagamente, desde el siglo XVI), se resquebraja la unidad existencial entre la pura racionalidad y la dimensión espiritual de la experiencia humana sustentada por grandes filósofos antiguos (por ejemplo, Platón y Plotino) y eminentes teólogos medievales (Tomás de Aquino, Avicena, o Suárez), en el contexto de la cultura occidental.

Hoy día, la ciencia moderna reemplaza a la sabiduría antigua; ya no se habla de Dios o el alma humana, pues el progreso científico–técnico del mundo moderno no sustenta concepciones religiosas o espirituales.

Antes bien, tiende a desestimarlas como ilusiones o fantasías, generando un proceso de “desencantamiento” (Weber), que sumerge a los individuos y sociedades modernas en un universo “humano, meramente humano” (Nietzsche), sin ninguna trascendencia, fundamento o finalidad en sentido metafísico.

Así pues, con “la muerte de Dios” –esto es, cuando las creencias religiosas ya no son aceptables u operantes en el mundo moderno– el hombre se enfrenta a un vacío existencial que la ciencia, el arte o la política al parecer no pueden llenar.   La pregunta “¿por qué debo ser justo, o bueno?” se da entonces de un modo mucho más acuciante y problemático.

Gran parte de nuestros actuales problemas éticos, sociales y políticos se deben al “déficit motivacional” (Habermas) que ha producido la muerte de Dios en la modernidad. Desde hace siglos, intentamos sobrellevar la muerte de Dios con variados cultos seculares: a la nación, al Estado, a la ciencia y la técnica, al capitalismo (o al marxismo), a la democracia (o a los derechos humanos), a la cultura y al individualismo, entre tantos otros.    Tal vez, Dios pervive en ellos en alguna forma, pero de manera fragmentaria, dispersa y debilitada.

En otros tiempos y culturas, la racionalidad no excluía a la transcendencia. Actualmente, no es así, al menos para la cultura occidental en significativa medida. Ante esta situación, es menester replantearnos ciertas preguntas de suma importancia vital: ¿cuál es el sentido y cuánto el valor que le damos a lo que llamamos “racionalidad”?

Asimismo, ¿qué significado y validez otorgamos a lo que denominamos “trascendencia”? ¿Debemos renunciar a una en virtud de la otra? ¿O es posible recuperar de alguna manera la unidad perdida entre la razón y lo trascendente que sustentaba y enaltecía al ser humano en tiempos pretéritos?

De las respuestas que tengamos para estas preguntas, dependerá la orientación moral que le demos a nuestras vidas y el mundo en general.

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Artículo publicado el 28 de agosto de 2009 en el diario La Prensa, a quienes damos, lo mismo que al autor,   todo el crédito que les corresponde.