Quiero volver a confiar

La opinión de la miembro del Club Rotario…

Marisín Villalaz de Arias

Quiero volver a confiar. Fuimos criados con principios morales comunes. Cuando éramos niños, nuestros padres, educadores, abuelos, tíos, vecinos, autoridades, eran dignos de respeto y consideración. Cuanto más próximos o más viejos, más afecto nos daban; era inimaginable responder mal a los ancianos o maestros porque había respeto, confiábamos en los adultos y teníamos miedo solo a lo oscuro, a los sapos y ratones o películas de terror.

Hoy tengo tristeza por lo perdido, por lo que mis nietos un día temerán, por el miedo en la mirada de los niños, jóvenes, viejos, adultos.  Matar, violar, secuestrar, engañar no son importantes, todo termina en la banalidad de una noticia policial.

Hoy, los policías que persiguen malhechores se conocen como abuso de autoridad ¿Derechos humanos para criminales?  ¿Deberes para ciudadanos honestos?   Pagar deudas es de tontos; amnistía para estafadores, los honestos son tontos. Profesores maltratados en las aulas, los corruptos se pavonean de su poder. ¿Qué valores son estos? Profesores que no concurren a dictar sus clases.

Autos que valen más que un abrazo; hijos que los piden de regalo para pasar de curso; celulares a los niños desde pequeños.

¿Qué tenemos que dar para recibir un abrazo? Más vale una pantalla gigante que una conversación, un carro nuevo que una amistad que puede ser permanente. Más vale Tener que Ser.   ¿Cuándo desapareció ser correcto y olvidé el nombre de mi vecino? ¿Cuándo dejé de ver los ojos de los que me piden ropa o comida? Quiero volver a ser digno y tener paz, tener ley y orden, libertad, fraternidad y seguridad.

Quiero sacar las verjas de mis ventanas, tener las puertas abiertas y tocar las flores; sentarme en la acera con la puerta abierta.   Quiero la honestidad, la rectitud de carácter, enorgullecerme de los líderes políticos; quiero la esperanza en la alegría y la confianza en la fe, la vuelta a una vida limpia y sencilla como tú y yo.

Abajo el Tener, Viva el Ser; abajo la corrupción, la falta de ética y respeto.   Construyamos un mundo mejor. ¿Utopía? ¡Quién sabe! Hagamos el intento ya que será posible si usted y yo contaminamos a más personas y esas a otras más. Solo así tendremos nuevamente lo que queremos y seremos una sociedad digna, con respeto y honestidad.   Para usted y para mí no es un imposible; trabajemos para lograrlo.

Esto es un resumen de un correo electrónico que recibí y me pareció apropiado.

<> Artículo publicado el 16 de septiembre de 2010  en el diario El Panamá América, a quienes damos,  lo mismo que a la autora  todo el crédito que les corresponde.

La unidad perdida

La opinión de…

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Ruling Barragán Yáñez 

De los términos “racionalidad” (o “razón”, sin más) y “religión” se han encargado eminentes eruditos en portentosas enciclopédicas filosóficas. Quienes los han leído saben bien que ambos conceptos, razón y religión, son sumamente controvertidos, pero no por ello queda a criterio de cada quien decidir qué significan.

En términos generales, por razón o racionalidad se comprende básicamente la facultad humana de pensar y argumentar de acuerdo a ciertos principios lógicos; por religión se entiende aquellas creencias y prácticas que adopta el ser humano como visión general del mundo y fundamento moral de su existencia.

Según algunos estudiosos, a partir de la modernidad (vagamente, desde el siglo XVI), se resquebraja la unidad existencial entre la pura racionalidad y la dimensión espiritual de la experiencia humana sustentada por grandes filósofos antiguos (por ejemplo, Platón y Plotino) y eminentes teólogos medievales (Tomás de Aquino, Avicena, o Suárez), en el contexto de la cultura occidental.

Hoy día, la ciencia moderna reemplaza a la sabiduría antigua; ya no se habla de Dios o el alma humana, pues el progreso científico–técnico del mundo moderno no sustenta concepciones religiosas o espirituales.

Antes bien, tiende a desestimarlas como ilusiones o fantasías, generando un proceso de “desencantamiento” (Weber), que sumerge a los individuos y sociedades modernas en un universo “humano, meramente humano” (Nietzsche), sin ninguna trascendencia, fundamento o finalidad en sentido metafísico.

Así pues, con “la muerte de Dios” –esto es, cuando las creencias religiosas ya no son aceptables u operantes en el mundo moderno– el hombre se enfrenta a un vacío existencial que la ciencia, el arte o la política al parecer no pueden llenar.   La pregunta “¿por qué debo ser justo, o bueno?” se da entonces de un modo mucho más acuciante y problemático.

Gran parte de nuestros actuales problemas éticos, sociales y políticos se deben al “déficit motivacional” (Habermas) que ha producido la muerte de Dios en la modernidad. Desde hace siglos, intentamos sobrellevar la muerte de Dios con variados cultos seculares: a la nación, al Estado, a la ciencia y la técnica, al capitalismo (o al marxismo), a la democracia (o a los derechos humanos), a la cultura y al individualismo, entre tantos otros.    Tal vez, Dios pervive en ellos en alguna forma, pero de manera fragmentaria, dispersa y debilitada.

En otros tiempos y culturas, la racionalidad no excluía a la transcendencia. Actualmente, no es así, al menos para la cultura occidental en significativa medida. Ante esta situación, es menester replantearnos ciertas preguntas de suma importancia vital: ¿cuál es el sentido y cuánto el valor que le damos a lo que llamamos “racionalidad”?

Asimismo, ¿qué significado y validez otorgamos a lo que denominamos “trascendencia”? ¿Debemos renunciar a una en virtud de la otra? ¿O es posible recuperar de alguna manera la unidad perdida entre la razón y lo trascendente que sustentaba y enaltecía al ser humano en tiempos pretéritos?

De las respuestas que tengamos para estas preguntas, dependerá la orientación moral que le demos a nuestras vidas y el mundo en general.

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Artículo publicado el 28 de agosto de 2009 en el diario La Prensa, a quienes damos, lo mismo que al autor,   todo el crédito que les corresponde.

La doble moral

La opinión de…

Rigoberto González Montenegro

Quienes decidieron que la licenciada Ana Matilde Gómez, en su condición de procuradora general, cometió el delito de abuso de autoridad y extralimitación de sus deberes, lo hicieron partiendo del siguiente supuesto: como el artículo 29 de la Constitución se reformó en el año 2004, y se dispuso que para intervenir las comunicaciones privadas se requiere mandato de autoridad judicial, al no tener ésta dicha condición, y al autorizar que se interviniera una comunicación telefónica, violó tal norma constitucional, incurriendo en el delito por el que se le juzgó y condenó.

No importaba que no existiera un pronunciamiento de la Corte Suprema, único tribunal competente para ello, estableciendo el alcance de la reforma introducida al artículo 29 de la Constitución, el sólo hecho de su modificación llevaba a que se entendiera que autoridad judicial sólo lo son los jueces y magistrados del Órgano Judicial. Para saber eso, no hacía falta interpretación constitucional alguna, pues quienes reformaron la Constitución así lo habían dejado claramente establecido.

Hasta aquí la argumentación que sirve de sustento a la condena impuesta.

Pues bien, en el mismo fallo en el que se declaró que los agentes de instrucción del Ministerio Público no son autoridad judicial, la Corte Suprema también dispuso que tal sentencia tendría efectos retroactivos, es decir, que lo que se decidió en julio de 2007 se retrotraía a agosto de 2005, mes y año cuando se expidió la resolución de la Procuraduría General declarada inconstitucional.

Para adoptar esa decisión, como es lógico, la Corte desarrolló, y sustentó con argumentación tal criterio jurídico. Dicho de otra forma, llevó a cabo una interpretación, tanto de la Constitución como de la ley, para acreditar y concluir que podía, no sólo declarar inconstitucional la resolución de la Procuraduría en la que se autorizó la intervención telefónica, sino para darle, a su vez, efectos retroactivos.

La pregunta que cabe hacerse es, ¿por qué la Corte Suprema, en materia de sentencias de inconstitucionalidad, le da efectos retroactivos en ciertos casos, cuando existe una disposición que establece exactamente lo contrario?

En efecto, en el artículo 2573 C. J. se dispone que en materia de inconstitucionalidad los fallos de la Corte, además de finales, definitivos y obligatorios, “no tienen efecto retroactivo”. Por tanto, la Corte al considerar que ciertas sentencias que emite declarando una inconstitucionalidad, tienen efectos retroactivos, hace una interpretación que la ley no le permite, ya que la misma lo que establece es exactamente todo lo contrario.

¿No se extralimita la Corte al darle efectos retroactivos a una decisión cuando la ley dispone lo contrario? ¿Por qué esta interpretación sí se puede hacer, pese a que la ley lo prohíbe, sin que se entienda que con ello no se viola la ley, o no hay extralimitación de funciones?   Lo paradójico de esto es que la Constitución no define qué es una autoridad judicial, sin embargo se condena a una persona porque interpretó y entendía que sí lo era.

La ley establece de manera expresa que las sentencias de inconstitucionalidad no tienen efectos retroactivos, pero la Corte interpreta que sí, por lo que va más allá de lo que le permite la ley, pero la Corte considera que no se extralimita.

¿No es esto doble moral?   ¿Cómo exigirle responsabilidad penal a alguien que interpreta una norma que no le dice que no es autoridad judicial, cuando quien la condena ha interpretado, contrario a la ley, que sí puede dar efectos retroactivos a lo que no le está permitido?

No hay igualdad ni justicia cuando quien condena a otro lo hace por unos hechos que, cuando los comete ella, considera que no son delito.

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Este artículo se publicó el 20 de agosto de 2010  en el diario La Prensa,  a quienes damos, lo mismo que al autor,  todo el crédito que les corresponde.

Padres, empresarios y gobernantes

La opinión de…

Robin Rovira Cedeño

También fue en CADE 96 donde el doctor Miguel Ángel Cornejo dijo que los empleados de una organización requieren tres salarios fundamentales: el salario monetario para comprar talento; el salario sicológico (reconocimiento) para que sean leales a la empresa (sentido de pertenencia), y el salario espiritual para tener una estrella: un significado. Pasión por lo que se hace.

Pensando en lo anterior, cuando alguien escuche comentar acerca de los salarios exorbitantes bien podría preguntar: ¿Qué talento puede tener tal o cual persona que lo haga excepcional para una empresa o para un gobierno como para que devengue un salario tan elevado?

El que una persona devengue un salario tan exorbitante sin que medie talento alguno que lo haga hacer la diferencia o justifique su cargo obligaría forzosamente a pensar a cualquiera que evidentemente existe el padrinazgo o que bien existe lo que se tiende a llamar “botín político”.   Y digo obligaría a cualquiera porque no hace falta ser una persona estudiada para entender que “no existe una segunda oportunidad para causar la primera impresión”.    Si esto no fuera así no existirían las encuestadoras y ellas no preguntarían al más humilde de los panameños ¿qué piensa usted de esto o de aquello?

En cuanto al salario sicológico mencionaba el doctor Cornejo, como ejemplo, el hecho de que “hay maestros que son de verdad aberrantes”. Le decía uno de ellos: “Pero licenciado, es que si le damos reconocimiento a los niños, a los niños se les sube la soberbia.

Hay maestros que les duele dar un 10 (5 en nuestro caso) cuando el estudiante ha dado su mejor esfuerzo”. Pienso que lo anterior no sucede solamente a nivel escolar y a nivel de niños, sino también a nivel de empresa, gobierno o en el hogar con los adultos. No se trata de ser hipócritas y dar reconocimiento sólo por mero formulismo, pero es innegable que “si tratas a una persona como lo que es seguirá siendo lo que es, pero si tratas a una persona como lo que puede y debe ser, llegará a ser lo que debe ser” (Goethe). Si existiera más reconocimiento, seguramente se incrementarían las utilidades de una empresa.

Habría mayor eficacia en la gestión gubernamental. Habría menos divorcios, lo que por cierto repercute en nuestros jóvenes, porque está comprobado que los hijos producto de hogares desintegrados tienden a no creer en el matrimonio.  Y un joven que no cree en el matrimonio no cree en la vida porque casarse implica, en la mayoría de los casos, tener hijos. Y si un joven no cree en la vida, ¿qué respeto puede tener por la vida de las personas? Lo que, de paso, nos lleva al salario espiritual. En cuanto a esto decía él: Nuestros jóvenes están extraviados. Están perdidos. ¿Por qué?   Porque les falta estrella. Un ideal.

Y por eso la droga sigue avanzando.   Destruyendo nuestra juventud.   Los adultos (empresarios, gobernantes y padres) no hemos sido capaces de darles ideales, una estrella por qué luchar.

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Este artículo se publicó el 13 de agosto de 2010  en el diario La Prensa,  a quienes damos, lo mismo que al autor,  todo el crédito que les corresponde.

Derecho sin moral: un derecho pervertido

La opinión del jurista…

Silvio Guerra Morales

Saben los juristas de corte intelectual que Hans Kelsen, padre del puritanismo normativo o del positivismo jurídico por excelencia, al analizar los tres principios pilares en que los romanos basaban su comportamiento jurídico: no hacer daño a nadie –alterum non laedere-; dar a cada uno lo suyo –suum cuique tribuere- , y el vivir honestamente –honeste vivere, advertía que éste último nada o ninguna relación tenía con el Derecho. Algo así como señalar que la moral y la vida honesta o deshonesta de los hombres no es problema que interese al Derecho.

Es en el argentino Carlos Cossio, autor de la Teoría Ergológica del Derecho, en quien el tramo o el plexo conductual adquiere una singular importancia y por ello también James Goldschmidt hace trascender la idea del plexo valorativo o axiológico como fundamental en la estructuración de la norma jurídica. ¿Quién tiene la razón?

Creo que el reino del positivismo viene decayendo desde hace varias décadas. La realidad ha puesto de relieve que el Derecho, que encuentra su expresión en la norma jurídica, no puede divorciarse o aislarse de los máximos principios de la moral y de la ética. Divorciar Derecho y Moral es una tarea de trágicas consecuencias para la humanidad. Se deshumaniza el Derecho, se pervierte la lógica funcional que predica al ser humano, al hombre, como sujeto y destinatario del Derecho. Fue Emmanuel Kant quien sembró la tajante división entre el Derecho y la Moral, destacando los territorios en que reinaba cada uno.

No perdió oportunidad Kelsen para acentuar la idea y una de las primeras cosas, que desde luego, habría que revisar en las clases introductorias en las Facultades de Derecho, es eso de enseñarle a los alumnos del primer año, sin mayor señalamiento, que: “El Derecho es objetivo, la moral subjetiva; el Derecho es externo, la moral interna; el Derecho es heterónomo, la moral autónoma; el Derecho es bilateral, la moral unilateral”. Desde la perspectiva formal, puede que, efectivamente sea así; sin embargo, pretender sembrar en la psiquis de la gente que no hay matrimonio alguno entre el Derecho y la Moral me parece una inconsecuencia que violenta la misma lógica material de las cosas en el mundo jurídico. Por ello, señalo, que nuestros jueces, fiscales, abogados, diputados, sobre todo éstos últimos por hacer las leyes de la nación, no pueden, no podemos, divorciar el reino de la moral, de la honestidad, al momento en que se crea el Derecho –tarea de los diputados-, al momento en que se aplica e interpreta – tarea de los fiscales, jueces y magistrados- y, finalmente, al momento en que se ejecuta.

Un Derecho influenciado por la moral –como cuestión valorativa- propendería a ser más consecuente y más justo, más identificado con su exclusivo sujeto y único destinatario: el ser humano. Dejaría de ser tan reseco, tan tétrico y tan perverso. Queda abierto el debate.

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Este artículo se publicó el  6  de agosto de 2010 en el diario  El Panamá América,  a quienes damos, lo mismo que al autor, todo el crédito que les corresponde.

Las cosas puntuales ignoradas

Una  reflexión  de…

Donatilo Ballesteros S. 

La convulsión que los últimos acontecimientos han generado en el acontecer nacional pone de manifiesto el manejo carente de principios básicos en el desarrollo de un país que se precia de ser democrático, inteligente y emprendedor.   No niego que tenemos personas de una inteligencia brillante, creativas y que disponen de agilidad y solidez profesional, pero ciertamente no son las que dirigen, ni pretenden hacerlo.

El rechazo a la legislación aprobada ha obligado a rectificar los puntos más conflictivos para atenuar las protestas. Si los reporteros hubiesen preguntado a los dirigentes, que vociferaban frente a las cámaras, el texto y número del artículo que les incomodaba, estoy seguro de que no lo conocían, no lo habían leído, ni sabían la razón de su protesta.

En el intermedio de esta vorágine de protestas orquestadas, surgió el asunto de una jueza acusada y eliminada del sistema por razón de un fallo emitido en una petición que era de su exclusiva competencia. Los tribunales superiores y las salas y el pleno de la Corte Suprema están llenos de recursos de apelación contra decisiones de las instancias judiciales inferiores.

Queda en entredicho la independencia judicial, tan cacareada en seminarios sobre la administración de justicia. Vale la pena preguntar: ¿Dónde está la famosa asociación de jueces? ¿Qué ha hecho para defender la independencia judicial?   ¿Para qué sirve esa asociación que ante medidas arbitrarias contra sus miembros guarda silencio cómplice? ¿Será que ya desapareció? No podemos ignorar estas situaciones, que forman parte inevitable de acontecimientos que nos atañen a todos los que aspiramos a la independencia judicial plena y transparente.

La libertad de expresión y de protesta también está lacerada por el abuso, la arbitrariedad de los dirigentes y los altos riesgos a los que someten a sus seguidores. Lo ocurrido en Bocas fue el resultado de acciones desmedidas, donde sus gestores no corrían ningún riesgo, pero expusieron a otros, a la masa, a los explotados y utilizados por la dirigencia, a situaciones cuyos resultados se conocen.

El cierre de vías, instituciones y empresas públicas o privadas infringe el derecho de quienes no participan de esa forma de protesta. En nuestro medio hemos abusado de tales medidas, imponemos por la fuerza y nos quejamos cuando en la misma medida se nos reprime.

Hemos renunciado al diálogo constructivo y procuramos condicionar la participación en reuniones, a la aceptación de nuestros criterios, por errados que sean.

Caemos en la diatriba, la procacidad y exaltamos la calumnia como arma idónea para ilustrar sobre hechos, que con mejores vocablos podemos defender y exponer.   Es impostergable la necesidad de elevar cultural, moral y profesionalmente, nuestro comportamiento como dirigentes, políticos, miembros de una agrupación, estadistas, educadores y ciudadanos de un país que reclama su posición en el mundo civilizado.

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Este artículo se publicó el 18 de julio de 2010  en el diario La Prensa,  a quienes damos, lo mismo que al autor,  todo el crédito que les corresponde.

Discrepancias

La opinión del Sacerdote Jesuíta…..

Rosendo Torres 

Dejo en claro que escribo como un ciudadano observador atento a una discrepancia que se le ha dado publicidad entre las muchas que existen y deben existir por aquello que decía Sócrates: Discuto para aprender. Por otro lado los intersticios legales se los dejo a los letrados.

Aludo a las divergencias que han surgido entre el COP y Pandeportes, admiro los razonamientos que aducen ambas partes, pero en el fondo percibo una ironía y una materia de reflexión no ya religiosa sino de tipo ético.

A veces confundimos la moral con la religión, y no son la misma cosa.  La religión tiene como base la fe y las prácticas piadosas junto con las distintas creencias que cada uno pueda tener y que ojalá tenga.   La moral tiene que ver con las “mores”, es decir la costumbres dentro de un contexto social y normalmente tiene en cada religión ciertas normas que atañen a la conciencia de los actores.

Digo esto porque según le escucho en televisión a la Directora de Pandeportes a quien le atribuyen ciertas dificultades en el manejo del deporte, responder a los cargos.

Según la directora fuera de otras funciones que velan por el desarrollo del deporte, maneja sobre todo parte del presupuesto nacional destinado al ejercicio del deporte en sus distintas federaciones, estas a su vez lo administran asignándolo a los distintos compromisos nacionales e internacionales pero con la obligación de rendir cuentas, de acuerdo con la descripción de los posibles gastos previstos y presupuestados.

Por lo visto, aquí surge la divergencia. Y aquí me sonrío yo. Porque como dice la Directora aquí es donde viene parte del mencionado “cambio” político. Hay que cambiar de método de organizar nuestras representaciones deportivas al exterior y atenerse a un presupuesto.

Con frecuencia leíamos en el pasado más o menos en estos términos, “salió la delegación nacional al extranjero en tal deporte, llevando dos o tres atletas, pero la delegación la componían federados, directores, kinesiólogos, esposas de funcionarios, etc., eran más que los mismos atletas.” Y al final participábamos sin pena ni gloria y eso repetidas veces. Y lo que siento es que como se trata de deportes como que la praxis de la ética como que no entra aquí.

Veo en la discrepancias que ojalá llegue a término feliz una ocasión de que se discrepe antes de embarcarse en gastos suntuarios de ir a pasear en vez de ir a competir sanamente y lograr algo. Ojalá todos los atletas fueran Saladino, lo cual es imposible.

Veo que muchos países iguales al nuestro en luchas económicas no suelen enviar delegaciones a otros países no porque no tengan atletas sino porque pesan antes qué clase de papel va a hacer. Uno no puede estar peleando siempre o casi siempre por el último puesto.

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Este artículo se publicó el  27  de junio de 2010 en el diario  El Panamá América a quienes damos, lo mismo que al autor, todo el crédito que les corresponde.

Ética y moral: Valores vs virtudes (II)

La opinión del Filósofo…

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MARCOS A. PAREJA

Ya definí los términos ‘ética’, ‘moral’, ‘valores’ y ‘virtudes’. A continuación: ‘educación’, ‘deberes’ y ‘derechos’, para establecer cómo y por qué están relacionados entre sí.

Educación: del latín ‘e-ducere’ extraer, hacer salir a la luz el potencial que se encuentra oculto. O de ‘educare’, que significa ‘conducir, guiar u orientar’. En este sentido surge la pedagogía del griego ‘paidos’, ‘niño’, y ‘gogós’, ‘llevar’, ‘conducir’. ‘Ciencia de la educación’.

Deberes: conjunto de responsabilidades u obligaciones que tiene un individuo para con su entorno familiar, social y/o religioso. Derechos: garantías básicas e inalienables que posee un individuo por el solo hecho de pertenecer a la especie humana (enfoque naturalista); conjunto de normas facultativas que permiten o posibilitan conductas (enfoque positivista).

Lo interesante es que los derechos son proporcionales a los deberes, por ende no se pueden exigir derechos quien no cumple con sus deberes. Ni tampoco esgrimir mis derechos por encima de los del prójimo, pues eso provocaría anarquía, libertinaje y caos. Por eso: ‘El respeto al derecho ajeno es la paz’, Benito Juárez.

Muchas veces hemos oído esa famosa frase que dice que la educación comienza en casa y que el hogar es como el nido donde el infante se nutre de los valores y principios éticos de su entorno familiar. Para bien o para mal, pues, la familia está en crisis.

La educación como tal, cuya crisis solo es un apéndice de una crisis mayor, la de la sociedad enervada por el materialismo, el consumismo, la corrupción y el juegavivo.

La ética se ha disociado de la política; la educación se ha vuelto mediocre y conformista; los hogares parecen islas segregadas donde cada cacique manda en su televisor. Por otro parte, los padres han perdido autoridad, indefensos ante el chantaje de los hijos con llamar al famoso númerito.

Todas estas falencias y malcriadeces las reciben los docentes, sobre todo en los niveles básicos. Estudiantes que golpean a sus profesores e insultan a sus padres. En este sentido podemos hablar de una inversión de los valores, el antivalor se ha convertido en el valor por excelencia, la mentalidad mercantil (todo tiene un precio) y el libertinaje ético. Se ha perdido el respeto a las canas. La irreverencia es latente, como nos dice Kant: ‘Nuestra época es ciertamente la época específica de la crítica a la que todo debe someterse’ y no solo a la autoridad, sino a la autoridad legítima.

La educación en virtudes implica que la vida se entienda como un proyecto hacia la perfección moral de la persona. Para esto se debe tener un proyecto definido con valores firmes: un objetivo y una meta. Derechos, pero con Deberes, libertad con responsabilidad.  Formación, conciencia crítica y conocimiento = Educación.

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Artículo publicado el 6 de junio de 2010  en el  Diario La Estrella de Panamá , a quienes damos, lo mismo que al autor, todo el crédito que les corresponde.

Ética y moral: Valores vs virtudes (I)

La opinión del filósofo…

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MARCOS A. PAREJA

Existe una confusión general cuando se utilizan estos dos términos como si fueran sinónimos. Es sumamente álgido dilucidar estos conceptos, dada la llamada crisis de los valores que sobre la sociedad se yergue, en donde se habla también de falta del talante ético en esta sociedad laica, post-moderna, y post-religiosa actual. Trataré, partiendo de una definición etimológica e histórica, dar luces sobre la materia.

La Ética, del griego ‘ethos’, que significa ‘costumbre’, ‘tradición’. Filosofía de la Moral; Disciplina filosófica que estudia la moral, específicamente el acto moral, tratando de analizar los fundamentos y principios que sustentan el carácter ético o no de un acto (el Bien, el deber, la utilidad, la promesa hecha, el placer individual o de las mayorías, la felicidad, etc.). Por otra parte, la moral proviene del latín ‘mos moris’, que significa ‘costumbre’. Conjunto de normas, valores, patrones de comportamientos y principios que comparte un grupo u organización social.

La moral es acrítica, se aprende por su práctica consuetudinaria dentro de un entorno social dado, por ende varía de cultura a cultura; de religión a religión. En contraposición, la ética es la reflexión crítica del acto moral per se. En este sentido se puede hablar de una moral cristiana, musulmana o partidista, ciudadana u obrera.

Así mismo, términos como ‘ética cristiana’ son inapropiados, pues la religión se basa en la fe ‘credo quia absordum’… ‘creer sin reflexión’.

Un dilema y una controversia se presenta cuando analizamos los dos siguientes conceptos en la antípoda—aporía valores vs virtudes, pues cada una representa una opción ética disímil a la otra, pero válida.

Los valores del griego ‘axios’ ideal o valor cualitativo de un objeto. Los valores valen, las cosas son. Cualidades no físicas, más bien estimativas; Preferencias de los objetos en base al grado de aceptación o rechazo que provocan en quien los valora.

Sean estos subjetivos relativos al individuo que los valora u objetivos trascendentales al sujeto. No obstante, el concepto es ambiguo, porque hay valores económicos, el valor como valentía y los valores éticos como tal.

Las virtudes, del griego ‘areté’ y del latín ‘virtus’, acción o destreza de bien. Habilidad o excelencia para desarrollar un potencial en la práctica. Hábitos operativos buenos, que buscan la perfección moral como una meta por alcanzar. Se dividen en virtudes naturales, intelectuales (ciencia, sabiduría, inteligencia y técnica), morales (prudencia, justicia, fortaleza y templanza) y teologales espirituales (fe, esperanza y caridad).

Los valores son ideales éticos del deber ser que se estiman como apropiados para una sociedad; Las virtudes implican el esfuerzo constante en la práctica moral.

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Artículo publicado el 5 de junio de 2010  en el  Diario La Estrella de Panamá , a quienes damos, lo mismo que al autor, todo el crédito que les corresponde.

¡Hacia un gobierno moral!

La opinión del Pedagogo, Escritor, Diplomático…..

Paulino Romero C.

Así como no hay moral pública sin moral privada, de la misma manera puede afirmarse que nada compromete más la moral de los de abajo que el mal ejemplo que les ofrecen los de arriba. Cuando el hombre y la mujer del pueblo observan que quienes se hallan en las posiciones más expectables faltan al cumplimiento de sus deberes, exhiben una conducta deshonesta y muestran un ávido afán de ventajas personales, disimulado todo bajo retóricas invocaciones a la libertad, la honradez y el patriotismo, caen en un descreimiento que los torna fáciles presas de los mendaces prometedores de utópicos paraísos.

La responsabilidad primera y mayor corresponde al hombre de gobierno, que está obligado, como ningún otro, a regir los actos de su vida oficial y privada con arreglo a los principios que en todo lugar y en todo tiempo y circunstancia definen una conducta intachables.

Entre sus virtudes cardinales se hallan la probidad más celosa y la austeridad más acrisolada. Probidad consistente no solo en el escrupuloso manejo de los caudales del fisco y en el acatamiento estricto de la ley, sino permanecer al margen de todo aquello que pueda llevarlo a utilizar la influencia de su cargo en provecho de sus intereses personales. Austeridad para no comprometer el decoro de su investidura con exhibicionistas equívocos, ni adquirir compromisos, así sean de los simples vínculos familiares y amistosos, capaces de apartarlo del recto cumplimiento de sus obligaciones.

También ha de mostrarse legal el gobernante con los principios de la moral en el manejo de las relaciones exteriores, a fin de que la convivencia de las naciones sea una convivencia honorable, de gente de bien y no de aventureros, en la que los derechos de los pueblos se respeten y los tratados contraídos con otros gobiernos en beneficio de la paz no sean un simple papel y merezcan un absoluto acatamiento.

Y sería baladí agregar que debe ser en su trato y manera de conducirse espejo de buena educación y modales urbanos, si no tuviese fresco en la memoria de los Estados el episodio de que fue actor el primer ministro de la Unión Soviética, cuando en una lejana asamblea de las Naciones Unidas, en Nueva York, se despojó de uno de sus zapatos y golpeó con él, airadamente, su pupitre, en manifestación de repudio hacia lo que expresaba en esos momentos un orador.

Lo que aquí decimos debe hacerse extensivo a todos los grados de la función pública, especialmente a los diputados, jueces y magistrados, que por razón de su alto ministerio han de ofrecer, en su despacho y fuera de él, un modelo de comportamiento a través del cual la majestad de la patria y la justicia no sea una mera frase sino una viviente realidad.

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Este artículo se publicó el  31  de mayo de 2010 en el diario  El Panamá América a quienes damos, lo mismo que al autor, todo el crédito que les corresponde.

Valores cívicos y morales

La opinión de…..

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MARISÍN VILLALAZ DE ARIAS

El Club Rotario de Panamá inicia una columna periódica a través de este diario para comunicarse con la comunidad en el tema de los valores cívicos y morales. Dentro del Club se nombró una comisión para desarrollar el tema, ahora que los valores están trastocados.

Aquello que antaño aprendíamos en casa y en las escuelas, actualmente va cambiando y la manera de verlos y ponerlos en práctica se ha hecho diferente. Lo que antes se tomaba como un valor moral, hoy pareciera una tontería poco digna de tenerse en cuenta, sobre todo para los jóvenes quienes necesitan aprenderlos. Por esto, consultamos la necesidad de que niños y adultos retomemos el aprendizaje con respeto, dignidad y honestidad, para aportar nuestro empeño en esta campaña para este propósito.

Esta columna será escrita por un cuerpo de compañeros rotarios como colaboradores, que aparecerá, como ya dije, periódicamente en este diario.   Buscamos llegar a cada hogar, a los padres que luego sirvan de agentes multiplicadores para enseñarlos a sus hijos; igualmente va dirigido a los educadores de manera que, a través de nuestro programa, inicien el aprendizaje y la enseñanza de los valores a sus alumnos.

Es un llamado casi desesperado a todos y cada uno de los panameños conscientes para cambiar el rostro de nuestro país, para desaparecer tanta violencia, tantos vicios y la distorsión de la seriedad en nuestra sociedad, así como traer nuevamente la seguridad y la paz a nuestro pueblo.  La enseñanza de estos valores permitirá detener delitos cometidos por menores de edad que no encuentran en sus hogares, en las escuelas, ni en los gobernantes la guía por el camino ordenado que debieran seguir. Esto solo lo lograremos con buenos ejemplos, con autoridad moral y con el deber cumplido a través de nuestro comportamiento como adultos.

Consideramos esta columna como una semilla del Club Rotario de Panamá en la recuperación de los valores cívicos y morales, porque sin valores no encontraremos la vida correcta ni el camino que debemos seguir para darnos las oportunidades que se nos presentan y a las cuales estamos ligados por la obligación de practicar valores en todo momento, porque ellos nos liberan de malos entendidos y costumbres para llegar a lo más bonito que se nos ha dado: una vida llena de placeres y satisfacciones de un deber cumplido por actuar con corrección y debidamente.

Agradecemos a este medio de comunicación su colaboración a nuestro programa pro Valores Cívicos y Morales.   Si nos lees, cooperarás con nosotros.

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Este artículo se publicó el 27 de mayo de 2010 en el diario La Estrella de Panamá, a quien damos, lo mismo que a la autora, todo el crédito que les corresponde.

Reciedumbre Moral

La opinión de…..

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Guillermo Márquez Briceño

Con la mejor intención de que los lectores que nos honran con la lectura de esta columna la compartan con sus hijos, hoy ofrecemos un ejemplar modelo de moral y de honradez del que supimos cuando éramos aún bastante jóvenes.

Hacía los finales de la década del los años 30 o comienzos de los años 40 del siglo pasado, había un médico panameño, famoso ginecólogo y muy respetada persona, llamado Luis Prieto.

En un viaje que hizo él a la ciudad de Colón, mostró interés en comprar un inmueble con cuyo dueño se puso en contacto. Fueron a verlo, y convinieron en la venta y el precio. Era un día viernes. El doctor Prieto le dijo al propietario y vendedor del edificio que regresaría el lunes con el cheque respectivo para pagarle e ir ante notario para formalizar la compraventa del edificio ya que aquel podría considerar el bien como vendido y regresó a Panamá.

Desventuradamente, en la noche del día sábado el edificio se incendió y quedó totalmente reducido a cenizas. El doctor Prieto, para sorpresa del propietario, se presentó el lunes ante él en Colón para entregarle el cheque extendido a su nombre por el valor que habían pactado y manifestándole que habiéndole empeñado su palabra, para él la compra era un hecho desde el viernes.

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Este artículo se publicó el  9  de mayo de 2010 en el diario  El Panamá América a quienes damos, lo mismo que al autor, todo el crédito que les corresponde.