¿Desmemoriada la Historia?

La opinión del Estudiante de Derecho…


Ariel Banqué Estrada

Dicen que “un pueblo sin memoria está condenado a vivir su pasado”, lo que es razonable. Pues el desconocimiento y la falta de análisis de nuestros anales puede incidir en que como país cometamos las mismas equivocaciones que de una u otra manera nos han ocasionado desavenencias vividas en otrora; sin embargo, me toca reconocer que es prohibido impidirle a alguien olvidar lo que razonablemente no conoce. Esto lo sostengo al percibir el desentendimiento del cual somos parte muchos ciudadanos a 47 años de ocurrida la gesta del 9 de enero del ’64 donde decenas de personas, entre estudiantes y ciudadanos istmeños, fueron abatidos a muerte por la policía zoneíta cuando intentaron hacer respetar el acuerdo que un año antes firmaran los presidentes Roberto Chiari y John F. Kennedy, sobre permitir que el pabellón panameño ondeara con donaire y gentileza al lado de la enseña de EE.UU.

 

Y es que todos no hemos perdido de la memoria los relatos de nuestra historia, sino que el descuido de unos cuantos, al no transmitirnos los hechos, da como resultado la apatía de nuestra gente al no dar el crédito necesario a esta heroicidad y, a la vez, nos hace cómplices e incapaces de ser voceros vehementes de nuestras próximas generaciones y darle a conocer proezas que como ésta son parte de la crónica de nuestra Nación.

 

Agradable sería, que con nacionalismo celebráramos las hazañas de panameños que dieron su vida por la completa libertad de nuestra República, como en otras latitudes crean conmoción las vidas de Eva Perón, José Martí, Miguel Hidalgo y Simón Bolívar para los argentinos, cubanos, mexicanos y venezolanos respectivamente.

Queda como reflexión, que el patriotismo o valor que podamos tener y cultivar en los demás se va inferir del conocimiento que ostentemos de las cosas y que el sentimiento y repudio hacia los actos de los norteamericanos es resultado de la instrucción que poseamos de los hechos o circunstancias que perciban nuestras mentes para alcanzar la civilidad y contribuir personalmente al progreso y bienestar común de nuestra sociedad, tratando siempre de ser patriotas a pesar del sin fin de problemas que se aspiran en esta bella tierra: Panamá….

 

<>Reproducción de nota publicada en nuestro muro en Facebook, el  09 de enero de 2011 a las 23:10 por el autor.  Este artículo tambien fue publicado el 12 de enero de 2010 en el diario El Panamá América, a quien damos todo el crédito que le corresponde.

Homenaje a Misterio

El relato de un crímen impune.  La opinión del Escritor…

Guillermo Sánchez Borbón

Recuerdo vívidamente uno de los artículos de Gil Blas Tejeira (publicado en un diario local hace más años de los que hoy me gustaría tener), en el que el gran escritor planteaba esta espantable posibilidad (cito de memoria): “¿Cómo sabemos que al barbero que nos está afeitando no le dará un repentino ataque de locura y de un tajo nos alivie de la cabeza?”.

A decir verdad, no lo sabemos. Lo único que podemos hacer es confiar en el favor de Dios, o en nuestra buena suerte, o en el azar que hasta ahora nunca nos ha expuesto a peligros superiores a nuestra capacidad de defendernos de ellos.

Pero Gil Blas tenía razón: vivimos expuestos a peligros espantosos. En cualquier momento se nos distrae el ángel de la guarda, y quedamos a merced de los locos, que son más.

Esto viene a cuento de las horrorosas actividades que desarrolló en Bocas del Toro el gringo William Dathan Holbert (Wild Bill). Todos los medios se han ocupado detalladamente del caso.   No es necesario, pues, repetir una historia de sobra conocida. Wild Bill evidentemente es un psicótico. Alternaba su placidez habitual con aterradores accesos de ira.   Conducta típica de su enfermedad, y me asombra que nadie haya sospechado la verdad, sobre todo después de que, súbita y misteriosamente, desapareció la dueña de la casa codiciada por Wild Bill.

Esto para mí es incomprensible, porque en esas regiones la gente vive pendiente de los demás, no por curiosidad, sino por aburrimiento. Alguien tiene que haberse hecho preguntas inquietantes. Me asombra mucho que nadie haya ido con el cuento a las autoridades, ni denunciado el hecho de que la dueña original de la finca hubiera desaparecido sin despedirse de nadie.   Para los que estamos familiarizados con las costumbres del campo, esto sencillamente es inexplicable.   Nadie en esos sitios puede darse el lujo de vivir en Babia. Sería, por ejemplo, la mejor forma de que una bushmaster nos mande al otro mundo de un certero picotazo.

La memoria es sobremanera caprichosa. Pierde en el olvido los hechos más importantes de nuestra vida, y conserva celosamente todas las nimiedades. Por ejemplo, a menudo me vuelven vívidamente a la memoria pasajes insignificantes de mi vida que creía haber olvidado. Sobre todo los más antiguos. Y tengo que hacer un esfuerzo sobrehumano para devolverlos al oscuro rincón en que se escondían de mí.

Uno de esos recuerdos es del Cracas, el primer caballo que monté en mi vida.  De lo viejo que estaba, ya había sido jubilado de los trabajos de campo.   Era el único que me permitían montar. Solía acompañarme –en breves paseos– Misterio Moreno, uno de mis ídolos (también era el mejor domador de la zona y el mejor jinete).   Él me montaba en el resignado animal (creo que estaba tan viejo, que ni siquiera tenía fuerzas para relinchar una protesta) y me llevaba a dar una vuelta. Luego me devolvía a la seguridad de mi casa, y dejaba en libertad al pobre Cracas. Hasta que un día, mientras Misterio desensillaba, alguien lo llamó. Se dio media vuelta para ver quién era. Momento que aprovechó el caballo para inmovilizarme poniéndome la pata sobre el pie derecho.  Yo traté de liberarme por mis propios medios del aterrador abrazo; pero el animal estaba tan cansado que no tenía fuerzas para levantar la pata o relinchar una protesta. Hasta que Misterio vino a devolverme la libertad.

No olvidaré la noche en que me despertaron los gritos de alguien que estaba en la orilla opuesta del río.   Mi padre, a impresionante velocidad, se levantó y fue a buscar un cayuco que lo condujo a la orilla opuesta del Teribe para ver el cadáver, todavía tibio, de su empleado y amigo, el rey de los vaqueros, mi admirado mentor. Alguien lo había decapitado de un certero machetazo.

Cuento esta historia para explicar por qué el comportamiento de quienes viven en el área (que conozco muy bien) me resulta incomprensible. Y sin embargo, todos los testimonios sobre la tragedia se ajustan ceñidamente a la verdad. Tal vez el asesino no permitía que los otros habitantes de la zona se acercaran a su reino de muerte; tal vez si alguien sospechó lo que realmente ocurría, el instinto de conservación le selló la boca.

Sospecho que nunca sabremos toda la verdad. Pero con los datos que tiene la policía basta y sobra para poner a este asesino a buen recaudo por el resto de sus días.

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Este artículo se publicó el 21 de agosto de 2010  en el diario La Prensa,  a quienes damos, lo mismo que al autor,  todo el crédito que les corresponde.

De sorderas y voces estruendosas

La opinión de la Comunicadora Social…..

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Berna Calvit

Hay varios tipos de sordera: profunda, leve, temporal o crónica. Algunas resultan por trauma, ruido excesivo y repetido o por el paso de los años, que debilita el nervio auditivo, que no es lo único que se debilita.   Y existe la sordera fingida, de conveniencia, común en la clase política; aqueja de forma marcada a los presidentes, que suelen estar rodeados de señores, no sordos que, cercanos a los oídos de los mandantes, los aturden con aplausos y palabras lisonjeras.

Si para remachar, el presidente no siente inclinación por prestar atención a las voces que se quejan o disienten, en algún momento, a veces demasiado tarde, esas voces serán tan estruendosas que tendrá que oírlas, le guste o no.

A lo largo de los más de 15 años que tengo de andar de “opinadora” por la libre, he escrito sobre el poder de la palabra y, con convicción y admiración, sobre la palabra escrita, más permanente que la palabra oral que con facilidad se lleva el viento, algo provechoso en campaña política; la tecnología, de la que tanto nos servimos hoy, salva la palabra y la lleva al papel, muy útil para rebobinar (discurso Martinelli en Apede).   Si el gobernante, sordo por conveniencia, tampoco lee los diarios (caso del presidente George W. Bush), estamos fritos.

Queda la esperanza de que le guste la televisión y allí vea las gráficas de las encuestas (coloreadas y con números fáciles de leer). Por tanto, a menos que al presidente Martinelli le venden los ojos, le desenchufen todos los televisores que tenga cerca, le taponen los oídos o se vaya del país por un tiempo, tendrá que seguir enterándose de lo que las encuestas indican. Su despectiva respuesta, de que no le impresionan ni le preocupan, indica que la última, realizada por la prestigiosa firma Dichter & Neira, si no la oyó, la leyó. Y no le gustó.

El presidente Martinelli tiene apenas siete meses en el poder, al que llegó con una cifra récord de votos. Decepcionado del gobierno de Martín Torrijos, que intentó mantener a su partido en el poder con una candidata cuyo pasado político resultó un lastre, el pueblo puso sus esperanzas en el cambio.   La encuesta realizada entre el 5 y 7 de febrero indica que el cambio prometido no ha empezado; los mazazos (en sentido estrictamente literal) perdieron efecto; el Gobierno pasa por una mala racha y debería preocuparle la significativa pérdida de popularidad del Presidente, y los “cuerazos” que recibe su gestión de gobierno.

El Carnaval llegó oportuno para pasar la encuesta a segundo plano; pasadas las fiestas, los “politólogos”, que se los encuentra uno hasta en la sopa cada vez que se publican estos datos, seguirán sacándole filo.   Sin cambiar el patrón, los simpatizantes del Gobierno le buscan la quinta pata al gato para amortiguar el ruido de la caída; y los de oposición celebran el resultado, más bulliciosos y alegres que murga de Carnaval.

La encuesta refleja el impacto del escándalo del Fondo de Inversión Social (FIS); cierto temor por la libertad de prensa; el proceso para sacar del paso a la procuradora Ana Matilde Gómez; el nombramiento de los dos nuevos magistrados y del procurador Bonissi; la concentración de poder; la imparable ola de delincuencia; el alza del ITBM y de los precios de la canasta básica; el contrato directo a una empresa de bordados de la familia presidencial; el caos del transporte colectivo, ¡y hasta la vestimenta informal del presidente Martinelli! En suma, que una conjunción de hechos negativos está afectando la imagen gubernamental.

Es error de los gobernantes menospreciar las preocupaciones de los que no tenemos “hacha que amolar”.   Nos deben escuchar y tomar en cuenta.   La reciente encuesta de Dichter & Neira recoge nuestro malestar; no lo inventa.   Para pulsar el descontento y la inquietud del pueblo basta ponerle atención a la radio, la televisión, los diarios, a los taxistas (excelente referencia para medir la temperatura del pueblo), o al hijo del vecino. Ningún buen panameño debería alegrarse de que el Gobierno ande descaminado. Nuestra imperfecta democracia debe mejorar.

Permitir que el país se desbarranque, es juego peligroso;  gobernar “a la brava” crea inestabilidad política, un riesgo que puede conducir a situaciones indeseables.   El presidente Martinelli está a tiempo para corregir los yerros. Es lo que a todos nos conviene. Si se hace el sordo, la memoria debería servirle para mirar hacia atrás y recordar, además de sus promesas, que el poder excesivo conduce a excesos.

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Artículo publicado el 15  de febrero de 2010 en el Diario La Prensa a quienes damos, lo mismo que a la  autora, todo el crédito que les corresponde.

Batallas por la memoria…

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La opinión de….

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Gilberto Marulanda

Durante las últimas décadas, se ha desarrollado el interés por el estudio de la memoria y sus representaciones. Acercándonos, de esta forma, a las maneras como las colectividades entienden su pasado y los problemas derivados del uso de esas memorias colectivas por los distintos grupos sociales, ya sea en procesos identitarios, de cohesión, forma de dominación o de resistencia ante hegemonías.

Aunque no existe una definición universal, podemos entender el concepto de memoria como la manera en que se recuerda, significa y resignifica el pasado en el presente. En esta dirección, Elisabeth Jelin en su escrito: Historia, memoria social y testimonio o legitimidad de la palabra, plantea que “los acontecimientos del pasado tienen sentidos y significados diversos para distintos grupos sociales en las sociedades que están saliendo de periodos de violencia y sufrimiento, y que las memorias del pasado están sujetas a conflictos entre interpretaciones rivales”.

Ejemplos de estas rivalidades, las observamos con claridad en la “teorías de los dos demonios” en Argentina, la cual caracterizó el genocidio vivido en este país en la década de 1970 como resultado del enfrentamiento entre dos fuerzas extremistas –terroristas de izquierda y derecha– eximiendo al Estado de su responsabilidad frente a los crímenes de lesa humanidad. También en las evidencias presentadas por el historiador estadounidense Steve J. Stern sobre las memorias de la dictadura de Augusto Pinochet en Chile, en donde quedó expuesta la hegemonía de las memorias de los vencedores y su declive tras la democratización del país a fines de la década de 1990.

Este hecho –denominado por Alexandra Barahona de Brito, Paloma Aguilar y otras autoras– como transición por ruptura, dio más fuerza a la memoria de salvación –liberación de la invasión, desplazada paulatinamente, por la memoria del olvido, convertida en política de la memoria por las élites políticas panameñas desde el Estado. La ausencia de actos oficiales, monumentos, conmemoraciones, la descalificación y desconocimiento de las víctimas, en fin, el ocultamiento de la verdad es piedra angular que valida esta afirmación. Las memorias, subalternas a las antes señaladas son: La memoria por la verdad y reivindicación de las víctimas y la memoria de añoranza del régimen anterior.

La primera es propiedad de las organizaciones sociales, intelectuales y sectores de víctimas. Exige que el 20 de diciembre sea declarado día de duelo nacional y una prolija investigación de lo acontecido. Se esfuerza por establecer “lugares de la memoria”, aunque no reivindican específicos héroes, sí hablan de los mártires de la invasión.

La memoria de añoranza del régimen anterior, es representada por medio de canciones, refranes e imágenes de Manuel Antonio Noriega.  No es extraño escuchar en las calles las virtudes de la “mano dura del general”, sinónimo, en este caso, de orden y disciplina frente a la criminalidad reinante y los abusos derivados de la liberalización de la economía post invasión. Los portadores de esta memoria son grupos sociales excluidos del goce de vivir en democracia e igualmente sectores de las víctimas marginalizadas.

El estudio de estas memorias se encuentra en su etapa inicial.   Lo cierto es que la batalla continúa.  Y tras 20 años de lo sucedido, vemos cómo la memoria de la verdad gana terreno en diversos espacios institucionales y de la sociedad civil; pero también la memoria de la añoranza del régimen anterior frente al evidente fracaso de las élites políticas y grupos de poder económicos en compartir los beneficios materiales de la democracia.

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Publicado en 1  de enero  de 2010  en el diario La Prensa a quien damos, lo mismo que al autor, todo el crédito que le corresponde.