2011 el año de la vara para el cambio

*

La opinión de…

Luis Carlos Guerra 

Ha iniciado el nuevo año 2011, y al parecer no se vislumbra nada halagador, dado que el primer día del año entro a regir un alza de la gasolina, alza en la cuota de seguro social, aunado al hecho de las nuevas tasas e impuestos que pretende implementar el gobierno del supuesto cambio al pueblo, dizque para sufragar servicios de calidad en la disposición de la basura y rellenar el hueco económico de sus diatribas políticas en el Municipio de Panamá; paradójicamente, antes del año nuevo, los diputados y representantes capitalinos se subieron las cuantía de sus viáticos justificando alto costo de la vida.

La realidad del cambio sigue siendo más de lo mismo hasta peor, los escándalos de corrupción, las contrataciones directas, nepotismo, amiguismo; persecución directa e indirecta contra quienes enuncian alguna crítica contundente o simplemente no se adoctrinan a la culturización mediática de sublimación, de que si no crees que es bueno eres rebelde al cambio o si fuiste presuntamente delincuente en otro partido en el nuestro te bautizamos.

El ciudadano Ricardo Martinelli Berrocal, excelentísimo señor Presidente de la República de Panamá, y representante principal del gobierno del hipotético cambio, en su Discurso de Rendición de Cuentas a la Asamblea de Diputados, volvió a reiterar las mismas promesas y los mismos banderines de campaña, que si 100 a los 70, aumento a los policías, pero en todos los sectores de política estatal fue tan general que la imaginación se pierde tratando de auscultar lo concreto de lo ideal.

Me llama la atención que utiliza una terminología propia en el argot popular religioso para dirigirse al pueblo al expresar: “Yo les pido que nos midan con esa vara. Es una vara justa y realista.” Pero condiciona esa medición a sus criterios y no a lo que realmente el pueblo necesita y espera.

*
<>Artículo publicado el 11  de enero de 2011    en el diario El Panamá América,   a quienes damos,  lo mismo que al autor,  todo el crédito que les corresponde.

Panamá en competencia educativa con los grandes

La opinión del Docente Universitario y Ex Ministro de Educación….


JUAN BOSCO BERNAL
jbbernal@cwpanama.net

Por primera vez Panamá participa en la evaluación de sus resultados educativos, a la par de las naciones del mundo que mayores progresos registran en los aprendizajes. En efecto, nuestro país decidió integrase a la prueba PISA (Programme for International Student Assessment) en el 2009. Esta prueba es administrada por la OCDE (Organización para la Cooperación del Desarrollo Económico), cada tres años, desde el 2000 y evalúa las competencias obtenidas en los estudiantes de 15 años en las áreas de matemáticas, ciencias y lenguaje, no solo en contenidos curriculares sino también en desempeño para la vida. PISA permite dar a conocer los países cuyos estudiantes han logrado los mejores promedios y, al mismo tiempo, se convierte en un distribuidor de oportunidades que, cual espejo de varios lados, muestra a los menos favorecidos en los resultados, el tamaño de la ambición y esfuerzo que debe realizar hacia el futuro.

De los 65 países participantes, alcanzaron el mejor desempeño: Shangai – China, Corea, Finlandia, Hong Kong – China, Singapur, Canadá y Nueva Zelanda. Panamá ocupó la posición número 62 con un promedio de 371 puntos de los 600 establecidos como límite máximo en la escala de evaluación. Así, está por encima de Perú, Azerbaiján y de Kirgyzstán. En la prueba marca por debajo de Argentina, Brasil, Colombia, Trinidad y Tobago, México y Chile, únicas naciones de la región incluidas en este importante test.

A diferencia de los países descritos, Panamá compite por primera vez en esta prueba y aunque mostró un lugar muy bajo en la pirámide de resultados, su desempeño es más alentador que el de países como Chile y Colombia cuando iniciaron su experiencia en el PISA. De modo alguno, esta comparación significa autocomplacencia con el sistema educativo panameño que, coincidimos muchos, demanda una reingeniería total. Lo que deseamos resaltar es cómo, gracias al empeño de sus gobiernos y los parámetros que ofreció esta prueba, países hermanos ubicados en los últimos lugares en el pasado, hoy muestran posiciones más favorables.

Por ejemplo, en el área de lectura, Chile, que es el país latinoamericano que mejor desempeño mostró (en esta y otras evaluaciones), se ubica en el lugar 44 entre los 65 participantes, con un promedio 449 puntos, que significan 44 puntos por debajo del promedio de los países de la OCDE, que fue de 493.

Una de las variables que mide la prueba es la condición socioeconómica de las escuelas de los alumnos evaluados. Mientras que en Finlandia (3er lugar) tienen un desempeño entre 3 y 4, pues, en general, son de clase media, las panameñas son clasificadas entre 1 y 2, representada básicamente por escuelas pobres. En el caso de Chile, pese a sus buenos resultados relativos dentro de la región, uno de cada tres estudiantes no alcanza el nivel 2 de desempeño, ubicándolos en condición de no poseer las competencias que demanda su inserción efectiva en el mundo laboral y ciudadano. La condición socioeconómica ayuda a explicar los resultados, pero no representa un obstáculo insalvable para mejorar los aprendizajes, pues países como Brasil y la propia China muestran buenos resultados educativos en poblaciones pobres.

El buen desempeño de los estudiantes no puede improvisarse ni construirse a la ligera. Los sistemas que mejor responden a la evaluación son aquellos que poseen políticas educativas y normas claras, sostenibles y ambiciosas, ampliamente compartidas en esos países, acerca de las habilidades de pensamiento complejo de orden superior que deben lograr en sus alumnos. Es decir, las reglas del juego son explícitas acerca de lo que se requiere para obtener un buen desempeño en los aprendizajes. Aquí la calidad del sistema educativo y de sus escuelas no puede ser superior a la de sus principales actores: estudiantes y docentes. De esta manera, la condición de buenos docentes y estudiantes definen las posibilidades de éxito en los resultados de la formación de su capital humano.

Los consensos nacionales (empresa privada, ministerios de educación, hogares, gobiernos, asociaciones profesionales) acerca de las competencias que deben tener los egresados del sistema educativo, caracterizan un entorno y una cultura que proveen condiciones, incentivos y restricciones (cuando sea indispensable) a los procesos y resultados en los aprendizajes, tanto en la contratación de profesionales como en el reconocimiento social a los estudios realizados.

Una tendencia observada es la de pasar de los sistemas centralizados y burocratizados hacia organizaciones menos verticales, donde la gente participa más directamente en las decisiones pedagógicas y financieras de los centros educativos. Allí la transferencia de poder a las escuelas y a sus directores para determinar lo que se enseña y cómo se enseña y aprende, parece ser un factor que hace la diferencia en estas evaluaciones. Son entornos escolares donde el personal docente aprende a trabajar junto en impulsar las buenas prácticas educativas y realizar investigaciones que permiten verificar los procesos que aplican en sus aulas de clase, como medio de avanzar en el logro de los resultados deseados.

Panamá ha dado un primer paso importante en reconocerse a sí misma como sistema educativo frente a las naciones del planeta con mejor educación. Ahora corresponde tomar las decisiones y trabajar inteligente, responsable e incansablemente para alcanzar los estándares que la historia y la sociedad naciente demandan. Saludamos la entrada al juego de las grandes ligas.

*

<> Este artículo se publicó el 17  de diciembre de 2010  en el Diario La Estrella de Panamá, a quienes damos,  lo mismo que al  autor,  todo el crédito que les corresponde.

Índice de iniquidad

La opinión de…

Xavier Sáez-Llorens

Bienestar y desarrollo deberían ser palabras mutuamente incluyentes.   En la práctica, parecen conceptos antagónicos. Cuando uno lee que Panamá ocupa posiciones cimeras de América Latina en el índice de competitividad global, lo normal sería alegrarse.   Al analizar los factores ponderados, empero, la felicidad se convierte en tristeza.

Estamos en envidiables escalafones en lo que se refiere a mercado financiero, ambiente macroeconómico y adaptabilidad tecnológica, pero peleamos protagonismo con países africanos en educación,   transparencia institucional,  justicia y algunos aspectos de salud pública.   Estas iniquidades sociales son fina cortesía del clientelismo y corrupción de nuestros políticos durante dos décadas de democracia.

Como estoy harto de denunciar la mediocridad de gobernantes, diputados y magistrados o el “juega vivo” en las instituciones públicas, prefiero concentrarme en los ministerios sociales.   En el ámbito educativo, el foro económico mundial nos calificó mal en calidad de la enseñanza primaria, retención de estudiantes a nivel secundario, capacidad de los docentes y adiestramiento curricular en ciencia.    En materia sanitaria, salimos mal librados en prevalencia de infección por VIH, tuberculosis, malaria y mortalidad materno-infantil.    Estas deficiencias son espejo de nuestro fracaso con cumplir los Objetivos del Milenio para 2015. Una vergüenza.

La solución parece fácil, pero la ineptitud y soberbia de los tomadores de decisión dificulta progresar y propiciar el bien colectivo. La educación pública panameña requiere una urgente reforma, no selectiva sino integral. No basta con mejorar la cobertura escolar para toda la niñez panameña, incorporar novedosos métodos audiovisuales o impartir el idioma inglés en las asignaturas. Es imprescindible desarrollar el pensamiento crítico en los estudiantes, desterrar los misticismos, inculcar la investigación científica e impulsar una reflexión filosófica pragmática en las actividades del saber académico.

Las calificaciones en salud son inaceptables para un país tan pequeño y medianamente rico. Debemos minimizar la malaria en áreas indígenas y atacar de forma contundente la tuberculosis, enfermedad ligada a pobreza, hacinamiento, insuficiente atención primaria y circulación del virus del sida.   La cifra de infectados por el VIH se aproxima al 1% de toda la población.

Esta elevada prevalencia obedece al machismo, promiscuidad, escaso uso de preservativos, falta de información mediática, campañas ministeriales sutiles e intermitentes y educación sexual mojigata en los colegios.   Los resultados de una encuesta realizada por investigadores del Instituto Gorgas, bajo el liderazgo de la Dra. Ruth de León, muestran el gigantesco desconocimiento que existe en la juventud en el campo de la sexualidad.

La infidelidad, en ambos géneros, es notoria pero lo peor es que ésta se ejecuta de manera insegura. La gente no usa condones. Esta irresponsabilidad es similar a no vacunarse contra la poliomielitis, no ponerse el casco al viajar en moto o no utilizar el cinturón de seguridad dentro de un vehículo en marcha.   Además del riesgo de adquirir infecciones de transmisión sexual (la sífilis también anda en aumento), la mujer se expone a embarazos no deseados, cada vez más frecuentes en niñas jóvenes.

La mortalidad infantil ronda el valor de 20 x 1000 infantes menores de 1 año de edad.   Cuba, Chile, Costa Rica y Puerto Rico, con cifras inferiores a 10 x 1000, nos dan una bofetada monumental. Los lactantes panameños se están muriendo en comarcas, regiones rurales y bolsones urbanos marginados debido a desnutrición, infecciones prevenibles y a una reciente disminución en tasas de vacunación.

La mortalidad materna se acerca a niveles de 50 por cada 100 mil niños nacidos vivos y en este índice nos superan aún más países de la región. Embarazos de alto riesgo en adolescentes, inasistencia a citas de control prenatal y abortos clandestinos son las principales causas de las defunciones.   Tristemente, el fácil acceso a métodos anticonceptivos está diseñado para clases adineradas, no para los segmentos más desaventajados que más lo necesitan.

La ceguera de nuestras autoridades es deprimente. La educación sexual y reproductiva es urgente, tanto en eso que llaman “valores” (los que deben ajustarse a la generación actual) como en la prevención (estrategia más barata e impactante). Los púlpitos sirven para dictar sermones espirituales a creyentes, no para normar la educación y salud pública de la nación.

Proyectos modernos y civilizados como, por ejemplo, la esterilización de mujeres que lo soliciten o la no discriminación de la homosexualidad se enfrentan a oposiciones viscerales basadas en creencias retrógradas y actitudes machistas.   Tal parece que a la derecha religiosa infiltrada en este gobierno le conviene mantener a la colectividad en tinieblas para beneficio particular.   La historia debe pasarles factura por las muertes y secuelas evitables que ocasionen en sus años de mandato.   En el siglo XXI, la hoguera debería aplicarse a los hipócritas de moral única.  Amén.

<> Este artículo se publicó el 3  de octubre  de 2010 en el diario La Prensa, a quienes damos,   lo mismo que al autor,  todo el crédito que les corresponde.

*

La falacia de la historia del ‘año pasado’

La opinión de…

Hedley Knewjen Quintana

Los periodistas y las autoridades de diversas áreas, al hablar de estadísticas, se refieren al “año pasado” como punto para comparar el “progreso” de un fenómeno dado: accidentes automovilísticos, epidemias, hechos violentos, márgenes de ganancia, etc. Hacer dichas comparaciones puede ser bastante peligroso y desviado de la verdad. Un ejemplo claro de esto es decir que el número de infecciones respiratorias del año 2010 es igual o “parecido” al del año pasado, 2009.

Si recordamos la historia, en 2009 emergió una nueva de cepa del virus influenza A(H1N1) cuyos primeros casos acaecieron en México y hubo una pandemia (término relacionado al número de casos). Los estudiosos en la materia en Suecia, donde estudié el año pasado, quedaron sorprendidos por la baja virulencia (término relacionado al daño hecho por el virus) de esta nueva pandemia.

En este caso particular, comparar con el año pasado es absurdo y contraproducente, pues estamos comparando los casos contra una “epidemia” y en relación al número usual de casos, creando confusión entre la población panameña.

Para abordar este fenómeno, se debe hacer un estudio de al menos un lustro para poder entender lo que ocurre. Para ver estos cambios, se requieren medidas de tendencia central y gráficos de tendencia.

En la vida cotidiana, el panameño no utiliza las medidas de tendencia central. Hay tres medidas de tendencia central: el promedio, la mediana y la moda.

Curiosamente con la más “complicada” de éstas, que es el promedio, se calcula la nota final de cada asignatura en todo nivel educativo: desde primaria hasta la universidad.

El promedio es la sumatoria de los datos entre el número de datos. Por ejemplo si en historia en un examen gano 5, en otro 4.6, en el tercero 4.6 y como no estudié bien, en el último gano 2.2; el promedio sería 16.5 (que es la suma de las notas) dividido entre cuatro (que es el número de datos) y el promedio final sería 4.1.

La mediana es más sencilla, pues consiste en ordenar los datos y señalar el del “centro”, en este caso la mediana de mis notas es 4.6 (5, 4.6, 4.6, 2.2; 4.6 representa el “centro” de mis datos). La medida de tendencia central (moda) es 4.6, también, porque es la que más se repite, 5 y 2.2 aparecen una sola vez. En los gráficos de tendencia se grafica contra el tiempo, y en el caso de mis notas de historia hay una clara tendencia a la caída de las mismas.

La mejor forma de ilustrar cualquiera fuere el fenómeno, no es ver el año pasado, sino más bien las medidas de tendencia central y los gráficos de tendencia de los últimos cinco o más años.

Hay otras medidas parecidas a la mediana, los percentiles y cuartiles, que son bastante útiles para definir epidemias. La percepción del pueblo panameño es bastante atinada y si se queja, por algo es. Con una buena base estadística, la cual no es algo complicada, se puede dar cimiento y credibilidad a las autoridades; pues ocultar los síntomas del mal no es mejorar el problema, sino más bien empeorarlo.

<>

Este artículo se publico el 7 de julio de 2010  en el diario La Prensa,  a quienes damos, lo mismo que al autor,  todo el crédito que les corresponde.