Hugo Torrijos Richa 1952 – 2010

Bitácora del presidente  – La opinión del Abogado,  Empresario y actual presidente de los diarios La Estrella de Panamá y el Diario el Siglo…

EBRAHIM ASVAT
easvat@elsiglo.com

Panamá nunca fue un país marítimo. Los panameños le dimos la espalda al mar desde nuestra separación de Colombia. Por cosas del destino y razones más de los americanos que de los panameños en 1925 se dictó una ley que permitía el registro de naves extranjeras en Panamá sin requerimiento de la nacionalidad panameña a sus propietarios y con flexibilidad laboral y exenciones tributarias.

El registro de naves en Panamá se convirtió con el pasar de los años en una fuente de ingresos fiscales para el país.   Sin embargo, la poca preparación técnica de los panameños en asuntos del mar exponía al registro a admitir naves sin las condiciones de navegabilidad. Era común cada vez que se producía un accidente en alta mar que la nave responsable fuese de registro panameño.

Si el país tuvo un personaje que podría denominarse como el arquitecto del desarrollo marítimo en Panamá (calificación que le dio la revista Fairplay) indiscutiblemente ese honor se lo lleva Hugo Torrijos Richa.

Su paso por la Dirección Consular y de Naves del Ministerio de Hacienda y Tesoro fue vital para limpiar el nombre de Panamá en el mundo marítimo, implementar los estándares internacionales para los buques panameños y levantar el registro panameño en el sitial de número uno en el mundo en la que hoy en día se encuentra. Hugo Torrijos no fue un hombre perfecto pero dentro de todas sus imperfecciones sentía una pasión por los negocios marítimos como ningún otro panameño.

Fue el artífice de la privatización de los puertos cuando dirigió la Autoridad Portuaria de Panamá. El que nos hayamos convertido en un centro de trasbordo de contenedores a nivel mundial se lo debemos a él.   Tenía una capacidad para visualizar negocios marítimos donde otros ni siquiera no los imaginábamos. Así fue como después en la esfera privada creo Panamá Maritime Group y toda una serie de empresas de servicios técnicos y de entrenamiento para el mundo marítimo internacional.

De sus últimos negocios le conozco la empresa de tercerización de estibadores para puertos. En algunos negocios tuvo su problemas legales por cuestionarse su posible conflicto de interés siendo los casos de Port Engineering   y   Ocean Pollution.

El siempre negó su participación en éstos. Pero fuera de estos dos particulares asuntos legales no se le puede quitar los méritos, el sacrificio personal y la pasión que sintió por Panamá y por elevar a nuestro país en los más altos sitiales del mundo marítimo.

Sin Hugo Torrijos la historia hubiese sido otra. Estará siempre en el recuerdo como un hombre que marcó la historia marítima del país.

 

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<> Artículo publicado el 13  de enero de 2011  en el diario  El Siglo, a quienes damos,   lo mismo que al autor, todo el crédito que les corresponde.

La niña que salvó a la tortuga

La opinión de…

Stanley Heckadon-Moreno

Septiembre es el mes de los océanos, pero la mayoría de las noticias sobre la salud de los mares son malas. En incesante aumento van la contaminación de sus aguas y la sobrepesca. Por ello, deseo compartir una buena nueva, la historia de una niñita de Colón que salvó a una hermosa tortuga marina, especie en peligro de extinción.

Días atrás, Mayron Cabrera, obrero del Puerto de Cristóbal, su esposa Glenda y su hijita Mayglen, fueron en su automóvil a visitar a sus familiares en Cativá, poblado a la vera del Caribe.    Mayglen tiene cinco años y estudia en la escuela “Momentos Felices”, un Centro de Orientación Infantil, en Colón. Ya de regreso, vieron en una casa cercana a la playa una tortuga maltratada y amarrada. Con angustia, la niña pidió a su papá averiguar por qué la criatura no estaba libre en el mar, nadando. Cuando se enteró que los pescadores que la cazaron la matarían para comérsela, la niña rompió a llorar y rogó a su papá salvar el pobre animal. Tras mucho regatear, los pescadores accedieron a venderla por 20 dólares.

Ya en casa de los Cabrera, la tortuga fue bautizada ‘Nancy’, como la abuelita de la niña. ‘Nancy’ estaba débil, no quería comer ni beber. La familia, sin saber qué hacer, se dedicó a darle cariño. La colocaron en una tina y la rociaron con agua. Pasaban las horas y se veía más débil e inmóvil.  Angustiadas, nuestras improvisadas veterinarias echaron a llorar.  En eso otra niña recordó que, durante un paseo de su escuela, visitó un sitio en la costa donde estudiaban el mar y cuidaban a las tortuguitas.  Los Cabrera colocaron a ‘Nancy’ en el baúl del carro y partieron en busca del sitio.  Tras varias vueltas dieron con el camino a Galeta.  Un funcionario de la Autoridad Nacional del Ambiente, en moto, los guió hasta el Laboratorio Marino de Punta Galeta, una estación de campo del Instituto Smithsonian de Investigaciones Tropicales, que desde 1959 estudia los ecosistemas costeros del Caribe y sus criaturas.

En el Laboratorio, ‘Nancy’ fue recibida por el biólogo marino Jorge Morales y el acuarista Gabriel Thomas. Se trataba de una tortuga llamada comúnmente caguama y científicamente, careta careta. Tan pronto fue colocada en una piscina de agua salada, ‘Nancy’ se avispó y comenzó a nadar, acompañada de ‘Molly’, ‘Denisse’ y ‘Oliver’, otras tortuguitas marinas salvadas por niños de Colón.   El personal de Galeta, sus guías naturalistas y voluntarios del Centro Regional Universitario de Colón cuidaron de ella, a tiempo y dedicación completa. Se le examinó, midió y pesó. Su caparazón indicaba que tenía 25 años y estaba en edad de poner huevos en las playas. Simultáneamente, entró en acción (vía internet) la red de especialistas en tortugas del Caribe que, desde otros países, preguntaban sobre su estado y aportaban sugerencias para su recuperación.

Tras dos semanas de cuido, la decisión fue devolverla al mar. Desde Costa Rica llegaron sus pequeñas marcas de identidad que se colocaron en sus aletas. Luego, la lancha del laboratorio llevó a ‘Nancy’ una milla mar afuera, donde se le devolvió a su casa, el Caribe.

Ante la magnitud de los problemas que afligen a los mares, quienes trabajamos en la investigación y la educación nos preguntamos si lo que hacemos tiene sentido. El rescate y liberación de ‘Nancy’ es una señal esperanzadora. Indica que la educación ambiental que, durante una década hemos impartido desde Galeta a miles de niños del país, tiene sentido; que aporta granitos de arena en la monumental tarea de salvar a los océanos y a sus criaturas.

<> Artículo publicado el 15  de septiembre de 2010  en el diario La Prensa,  a quienes damos,  lo mismo que al autor,  todo el crédito que les corresponde.

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Estulticia autodestructiva. Que luego no lloren

La opinión de…

MÓNICA MIGUEL FRANCO

YA CASI NO QUEDA MAR. Esta ciudad que desde su primera fundación se tendió gozosa al lado del Mar del Sur, ya casi no muestra el mar. El mar, ese mar espléndido en su inmensidad, que antes se veía desde casi cualquier lugar ( hay fotografías que lo demuestran, por lo menos nos queda eso) hoy está escondido detrás de monstruosos dedos de gigante. Esta ciudad, que durante años creció extensa a lo ancho pero no a lo alto, se ha convertido en otra selva, en una jungla donde los árboles están siendo sustituidos por extraños adminículos de hormigón y cristal, modernas colmenas donde los hombres quedan colgados de las alturas, asfixiados por otros mastodontes que crecen en cada esquina, en espacios inimaginables, en lugares extraños a escasos palmos de las ventanas del monstruo hermano. Mamotretos feos donde los haya, hormigueros inmisericordes donde se hacinan las hordas de ingenuos que creen que la belleza se mide por el color del cristal con el que se cubre su edificio.

Vemos edificios venerables caer bajo el mazo en aras del cacareado progreso, casa hermosas se derrumban, barrios enteros se han perdido, y entre adefesio y adefesio, a veces encuentras el tesoro de una casita que aún conserva el encanto, de verja, jardín y veranera, pero cuando apenas llega la sonrisa a tus labios te encuentras con el terrible cartel de ‘se vende’ colgado. Otro bocado más en las fauces del progreso, deben estar felices los snobs que aman caminar entre moles de cristal y acero, teniendo que doblar la cabeza en pose de niña de ‘El exorcista’ para poder mirar hacia el cielo. Así nos va, con el desarrollo grúa en popa a toda vela, sin planificación, ni inteligente ni de la otra, con alcantarillas que no serían suficientes ni en El Cairo; con edificios que se toman las aceras, que creen cubrir las necesidades de áreas verdes poniendo tres palmeras raquíticas al lado de la piscina panorámica con maravillosa vista hacia el área social del otro edificio. Avisperos llenos de gente que paga millonadas por apartamentos diminutos, con áreas sociales para quinientas personas que nunca usan, con piscinas a las que nunca bajan, con gimnasios que nunca estrenan, con plazas de garaje a las que no pueden llegar porque las rampas son tan estrechas que los carros no pueden doblar en las curvas.

Vivimos, y sufrimos, un desarrollo enloquecido que está terminando con lo auténtico, edificios históricos que se desvirtúan para poner un piso más, edificios nobles que se dejan derrumbar por codicia, ignorancia o estupidez (y a veces por todas las anteriores). Pero llega un día en el que la ciudad se inunda, y nadie sabe como ha sido, caen cuatro gotas, (u ocho, que vivimos en un país tropical y aquí la naturaleza no escatima agua) y todo colapsa. El agua no sabe para donde coger y recupera sus caminos ancestrales, quebradas secas que fueron cubiertas de hormigón, el agua recorre el camino que hizo siglos atrás y no le importa si ese camino es un lobby de lujo. El mar, que es rencoroso y antes o después recuperará lo que es suyo, de vez en cuando da pequeños mordiscos, llevándose áreas sociales con piscinas en las que ahora se bañan peces en el fondo de la bahía y amarraderos de yates de lujo que ahora amarran corales y cangrejos entre la caca que le desovamos al mar.

Un país tan arrogante que no conoce su propia naturaleza acuática, que no sabe de la fuerza del agua, de las tormentas y de los aguajes, un país tan soberbio que desperdicia su historia por unos metros cuadrados más de construcción, un país tan descerebrado que no sabe apreciar la belleza que tiene y trata de substituirla por acero y cristal, se merece el bofetón que llegará antes o después. Luego, cuando lo hayamos perdido todo, llorémosle a Papá Estado, y reclamemos a todos, arquitectos, ingenieros municipales y a todos los abajo firmantes en los planos y los permisos de construcción. A ver si ellos no se han ahogado y os responden.

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Artículo publicado el 6 de junio de 2010  en el  Diario La Estrella de Panamá , a quienes damos, lo mismo que a la autora, todo el crédito que les corresponde.