Con el libro no se meta, Alcalde

La opinión de la Jurista…

Priscilla Delgado

Panamá por años ha sido catalogado como el país donde no se lee; se han esgrimido toda clase de razones para justificarlo y una de las más poderosas es que el libro aquí es muy costoso.   Reconociendo que el libro es costoso en todas partes del mundo por las diferentes alzas en las cadenas que tienen que ver con este elemento cultural, es imperativo que se conozcan las razones de por qué no se puede gravar con un nuevo impuesto.

Panamá cuenta apenas con una docena de librerías y como mucho cinco editoriales nacionales que hacen grandes esfuerzos por editar sus obras y luego venderlas en un mercado local en el que la población lectora es inferior al 10%, debido a que aún, y pese a todos los esfuerzos colectivos que se han desarrollado en el sector privado, como las ferias del libro, no se ha podido llevar la lectura a la gran población y sigue siendo el privilegio de unos pocos.

Ahora bien, si nos vamos a argumentos rígidos que sustentan el no a un aumento a la tasa que se paga en todos los comercios y que no exime a las librerías, tendría que decir que Panamá es signatario del acuerdo de Florencia de 1950 y ratificado en 1976 por el protocolo de Nairobi, en el que se dice textual y literalmente que Los estados contratantes se comprometen a no imponer gravámenes a la importación y venta de libros, favorecer el conocimiento y facilitar la libre circulación de las ideas por medio de las palabras” Con este compromiso, esta ley viola lo firmado por nuestro país.

Pero además y para tal efecto la Cámara Panameña del Libro hace buen rato lleva adelante el proyecto de ley del libro que persigue eliminar todo tipo de trabas, tanto arancelarias como para-arancelarias, y establecer estímulos tributarios a fin de que este pequeño sector crezca y se fortalezca, tal como debe ser y es en la mayoría de países.

No puede ser que se miren todos los sectores involucrados en esta ley que aumenta el gravamen a los comercios sin mirar cada uno por separado y las implicaciones que tienen los diferentes gravámenes en la economía.

El Alcalde debería hacer excepciones con reglas muy claras y de una vez por todas dejar de manifiesto la eliminación del impuesto existente, toda vez que casi todas las empresas dedicadas a la venta de libros lo tienen que hacer a crédito, con un ingreso que no corresponde al real, debido a que al libro se le otorga crédito de meses y a en el caso del placismo (venta de libros de gran formato) hasta años. Con este nuevo impuesto, sin la menor duda, el pequeño sector del libro tendrá que cerrar muchas de sus puertas porque significa que no podrán continuar operando.

Por las razones arriba expuestas y porque la ganancia en el caso de que se vendiera al contado, tal vez es uno de los márgenes de ganancia más estrechos del mercado, en donde la utilidad de un libro no supera jamás el 30%.

Si queremos una población más inteligente, más productiva, más sensata y que tenga la opción a través de la lectura de focalizar mejor sus ideas y de tomar mejores decisiones, créame, Alcalde, el libro es un instrumento valioso y me parece que usted es un fiel creyente de esta teoría.

Dicho esto, le solicito respetuosamente, que no toque al libro, objeto consagrado por la Unesco como bien inmaterial de la humanidad.

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Este artículo se publicó el 27  de enero de 2011   en el diario La Prensa, a quienes damos,  lo mismo que a la autora, todo el crédito que les corresponde.
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Asuntos del ámbito humano, de Pedro Rivera

La opinión de la Psicóloga y Catedrática Titular….

 

YOLANDA  CRESPO  DÍAZ
zedirto@cwpanama.net

No es tan difícil saber cuales son las verdaderas intenciones de Pedro Rivera al abordar desde una perspectiva biopsicocultural una variedad de temas sociales, políticos, culturales e, incluso, literarios en su nuevo libro ‘Asuntos del ámbito humano’.    No hay duda de que lo que pretende el poeta es examinar en forma integral, con el aporte de cada ciencia, tanto social como físico-biológica, el comportamiento humano.

En su nuevo libro de ensayos, el poeta, cineasta y escritor comprometido, ganador en más de cinco ocasiones el Premio Literario Miró trata asuntos concernientes a las estructuras socioeconómicas de Panamá, a la democracia, a la conducta cotidiana y al trabajo creativo de dos escritores en particular, uno panameño, Dimas Lidio Pitty, otro colombiano: Gabriel García Márquez. Lo singular es que aborda cada tema con elegancia, sabiduría, claridad y belleza. Otros ensayos, en esa misma línea, se refieren a la cultura de la pobreza —producto de esa misma herencia colonial— que mantiene a los panameños empantanados en un callejón sin salida, incrementando las diferencias sociales en forma exponencial, como si la una, la riqueza, no pudiese vivir sin la otra, la pobreza.

Uno de los ensayos más destacados del libro tiene que ver con la Caja del Seguro Social. El autor, después de examinar el origen del sistema, propone el uso de ese recurso como punta de lanza de una estrategia de desarrollo nacional. Según su punto de vista la Caja de Seguro Social está ‘privatizada’ por los distintos grupos que usufructúan de sus recursos. Habría, en consecuencia, que ‘desprivatizarla’, Pasar de la propiedad virtual a la propiedad real. Despojarla de su condición de ‘coto de caza’ que tiene actualmente y devolverla a sus verdaderos dueños —a los cotizantes— para que le den mediante inversiones inteligentes ‘el mayor uso colectivo posible’.

El poeta examina el embrutecimiento sistemático de las muchedumbres a través de algunos medios de comunicación social, principalmente la televisión, a los que califica como ‘caballos de Troya’. La metáfora alude al hecho de que estos aparatos, instalados en cada hogar, construyen la conciencia de los individuos a través de noticiarios, programas de acción y telenovelas de pésima calidad intelectual y moral.

Tal vez el ensayo más significativo del libro es el que tiene que ver con su percepción personal sobre Panamá, específicamente sobre la existencia de cuatro países en uno, a los que identifica como ‘transitista’, ‘agrario’, ‘marginal’ y ‘excluido’. Se trata de cuatro bifurcaciones socioculturales, perceptibles a simple vista, heredadas del sistema colonial.

Según esta percepción, el país ‘transitista’, el más privilegiado, está vinculado a la macroeconomía del primer mundo. Se trata de capas sociales acomodadas, rodeadas de lujo, cuyas residencias están enclavadas en barrios exclusivos necesariamente excluyentes, egoístas y arrogantes. Controlan un sistema multimodal de industrias y servicios, bancos y compañías multinacionales, amén de un mercado interno de alta capacidad de consumo.

El agrario, un país de segundo escalón, todavía no alcanza los niveles requeridos para ostentar rango hegemónico en las áreas de producción. El país marginal, con toda su novedad de códigos lúmpenes, promovidos por las políticas de consumo, incrementa los bolsones de violencia en las áreas metropolitanas, urbanas y rurales, convirtiéndose en un peligro para la convivencia humana. Y por último tenemos los indígenas que representan un 90% de la pobreza extrema en nuestro país.

Según explica Rivera, una de las razones por las cuales estas desigualdades perduran y tienden a eternizarse es la ‘resistencia al cambio’. Según su punto de vista, la gente se acostumbra a vivir de la manera como vive, acepta la vida tal como la conoce, encuentra natural la miseria que la rodea y objeta, en consecuencia, cualquier intento por transformarla.

Siempre, a lo largo del libro, Pedro Rivera hará referencia a la compleja conducta humana: instintiva, emocional y racional al mismo tiempo. Estos referentes deben ser tomados en cuenta cada vez que se examinen temas vinculados con la pobreza, la violencia y la inseguridad.

La explicación —agrega— se encuentra en los códigos. Lo que significa que la pobreza sea mucho más que carencias, falta de oportunidades y equidad. Según su punto de vista la pobreza es un sistema de vida codificado por la costumbre, la exclusión y la marginalidad. Una sociedad codificada por un sistema de desigualdades es muy difícil de cambiar. En el fondo todo el mundo acepta las desigualdades como algo lógico, natural.

La definición de Pedro Rivera es muy clara: El ser humano es un ser físico-biológico dotado de psique, que vive en sociedad y que es capaz de crear cultura. No resulta nada desatinado que con una definición tan clara e irrebatible de lo que es un ser humano, como esta, el abordaje de cualquier tema no tenga carácter biopsicosociocultural. Por eso el autor de ‘Asunto del ámbito humano’ sostiene que las conductas humanas son hijas de las circunstancias, resultado de la acumulación histórica y deben ser abordadas con los aportes de todas las ciencias si quieren ser objetivas.

 

 

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<> Este artículo se publicó el 4  de enero de 2011    en el Diario La Estrella de Panamá, a quienes damos,  lo mismo que a lA  autorA,  todo el crédito que les corresponde.

Eficacia democrática

La opinión de…

 

Betty Brannan Jaén

WASHINGTON, D.C. –A Winston Churchill se le atribuye el famoso comentario que “democracia es el peor sistema de gobierno, excepto por los otros que se han intentado”. En Panamá ciertamente hemos aprendido que democracia es mejor que dictadura, pero también sabemos que nos falta mucho por tener la calidad gubernamental que queremos.

El viernes, en Washington, se presentó un nuevo libro titulado Gobernancia Democrática en Latinoamérica que arroja algunos datos interesantes sobre lo que hemos logrado en estos 20 años de democracia, comparado con los demás países de la región. (Editado por Scott Mainwaring y Timothy Scully. Publicado por Stanford University Press).

Hay que partir del hecho de que Panamá en los años 60 –antes del golpe– mostraba excelente crecimiento económico, por amplio margen el más alto de Latinoamérica. Entre 1960 y 1970, el producto interno bruto per cápita creció a ritmo de 4.98%, comparado a un Estados Unidos que estaba creciendo a solo 2.87%.   En segundo lugar en Latinoamérica estaba Brasil con 4.23%, seguido de Perú (3.73%) y México (3.28%). (Cifras tomadas del libro).

Pero ese crecimiento se perdió durante la dictadura.   Cayó a 3.35% en la década de los 70 y entonces a –0.69% en los 80.   Al terminar la dictadura, el crecimiento se repuso (con tropiezos) y ahora mismo, Panamá está mostrando el más alto crecimiento de toda la América Latina.   No es casualidad, señala el estudio, que Freedom House (ONG estadounidense que mide libertades ciudadanas) también le otorga a Panamá muy buena nota en cuanto a democracia, porque hay una marcada relación entre democracia y crecimiento económico. Aunque haya excepciones –Singapur o Chile bajo Pinochet– la regla general es que libertad trae prosperidad.

Con este crecimiento, Panamá en democracia también ha hecho una buena labor en reducir pobreza –de 49% en 1991 a 29% en 2007. De la América Latina, solo Chile supera a Panamá en este renglón. Pero en generar empleos en el sector formal, por contraste, no lo hemos hecho muy bien.   El porcentaje de la fuerza laboral en el sector formal cayó de 55% en 1991 a 54% en 2005; ojalá que las cifras de los últimos cinco años estén mostrando un repunte considerable.

No les sorprenderá saber que tampoco andamos muy bien en cuanto a ausencia de corrupción, estado de derecho, y fortaleza institucional, elementos cruciales a la “buena gobernancia” democrática.    En esto, no encontré que las cifras están muy claras pero sí vi que Chile, Uruguay y Costa Rica nos ganan en todas las mediciones y que Panamá está por debajo del promedio mundial en las puntuaciones, aunque no en mala posición comparado a los demás países latinoamericanos.

Uno de los señalamientos del libro es que percepción y realidad difieren mucho cuando se trata de política. Entre otros ejemplos, los panameños muestran gran preocupación por su seguridad personal aunque Panamá es un país mucho más seguro que otros en la región. En Panamá, 91% de los encuestados dijeron sentirse personalmente afectados por el nivel de criminalidad, aunque el país solo muestra 12 homicidios por cada 100 mil habitantes (cifras de 2000). Eso hay que compararlo con El Salvador (61), Guatemala (45), y Colombia (52).

Claro que diferencias entre percepción y realidad no ocurren solo en Panamá y en cuanto a seguridad, una razón es que “el problema de la criminalidad se ha politizado de manera perversa”, opinó Daniel Brinks, autor de uno de los artículos en el libro. Este también señaló que varios países del continente han descubierto que los más exitosos programas de seguridad ciudadana dependen de “inclusión, no represión”. Yo diría que esto es muy aplicable a Panamá.

Para concluir, hay que distinguir entre calidad democrática y eficacia democrática; gobernar según principios democráticos no es igual a gobernar eficazmente. Creo que Panamá es deficiente en ambos aspectos y quisiera encontrar cifras mucho más claras al respecto

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<> Este artículo se publicó el 7  de noviembre de 2010  en el diario La Prensa, a quienes damos,  lo mismo que a la autora, todo el crédito que les corresponde.
Más artículos de la autora  en: https://panaletras.wordpress.com/category/brannan-jaen-betty/

El profesor universitario

75 años Aniversario de la Universidad de Panamá.  La opinión del Pedagogo, Escritor y Diplomático…

Paulino Romero C. 

Nuestro homenaje rendido a la Universidad de Panamá, con motivo del septuagésimo quinto aniversario de su fundación (7/10/10), consiste en llamar la atención de sus catedráticos; nos referimos a la calidad del profesor universitario: pensamos en “La Nueva Universidad” que, al mismo tiempo que exige de sus catedráticos un máximum de trabajo, les proporciona un máximum de dignidad material y moral para su subsistencia.
No hay nobleza de conducta de parte de quien exige, si es que exige aquello para lo cual no proporciona las condiciones indispensables de trabajo.
Un profesor universitario es un hombre que vive en sociedad, y no solo una actividad docente;   hay que poner en sus manos todo el material de enseñanza, pero también hay que emanciparlo de inquietudes económicas y dignificarle su vida de familia con una posición decorosa.   Imponer al catedrático un trabajo enfadoso y apretarle su horario hasta la angustia, es precisamente dar oportunidad a que no pueda cumplir con una sola de sus obligaciones.
No puede honestamente atenderse un cargo de tal naturaleza en semejantes condiciones, sin defraudar al estudiantado y sin que el profesor mismo pierda su propia dignidad. La cátedra universitaria supone no una erudición adquirida, sino una erudición que nunca termina de adquirirse; vale decir, que para ser profesor universitario, se necesita estar al corriente de las más nuevas doctrinas en el extranjero y realizar al mismo tiempo una labor personal de investigación y de publicidad.
Las clases de un profesor universitario que quiera serlo con propiedad, no puede ampararse en ningún libro de texto ni siquiera en varios libros de consulta.

 

El profesor universitario debe hacer de su lección un acopio de ideas, de experiencias y de sugestiones personales, que dan por resultado la originalidad del asunto. Esto tampoco quiere decir que quien no sea investigador original, no puede ser catedrático; puede serlo también todo aquel que con preparación suficiente y voluntad de trabajo disimule la ausencia de esa cualidad que muy pocos alcanzan.

 

La propiedad de la cátedra, a la cual tiene derecho el profesor hasta el momento de su jubilación; la opción de los cargos por concurso de títulos, méritos y antecedentes; la docencia libre, son otros tantos temas que no podemos aquí desarrollar por falta de espacio.

 

Diremos, en cambio, que “La Nueva Universidad” funciona como un laboratorio: no se trata de enseñar la verdad, de transmitir la sabiduría, como a la antigua usanza, sino de estudiar, profesores y alumnos en colaboración, a fin de investigar las verdades parciales hasta lograr un mejoramiento progresivo de la humanidad.

 

¡Ya no es el libro la fuente de la receta milagrosa! El libro es un instrumento de trabajo para la acción, y ésta tiene que desarrollarse mediante un concurso de voluntades.

<> Artículo publicado el 11  de octubre de 2010 en el diario El Panamá América, a quienes damos,    lo mismo que al autor,   todo el crédito que les corresponde.

¿Educación para qué?

La opinión del  Escritor…

Guillermo Sánchez Borbón

En aquellos tiempos, mucho más felices que los que hoy corren, cuando ingresabas a la escuela primaria la maestra le entregaba a cada alumno el Libro Primero de Lectura, cortesía del Estado. No tenías que pagar ni un centavo.   Te recomendaban, eso sí, que lo devolvieras cuando pasabas a segundo grado para que otro alumno pudiera usarlo. Y si no lo devolvías, nadie se tomaba la molestia de reclamártelo, motivo por el cual casi todos los alumnos devolvían sus ejemplares en buen estado el último día de clases, a fin de que la maestra se los entregara a los que venían después de ti. En segundo grado recibías un nuevo texto, que a su vez devolvías a fin de año. Y así, hasta que te graduabas de la escuela primaria.

Esto respondía –se ha explicado muchas veces– a la concepción liberal de la educación como un vehículo de movilidad social. Después destruyeron este sistema tan bueno, ya probado, para reemplazarlo por otro experimental asombrosamente revolucionario. En la escuela les impartían a los niños conocimientos tan útiles como el dominó y el siete once. ¿Quién ha dicho que hay que saber leer y escribir para graduarse y luego triunfar en la vida? Cuando las personas sensatas intervinieron para rectificar las cosas, el daño ya estaba hecho, un daño irreparable, que todavía estamos pagando. Destruir es mucho más fácil (y, por lo visto, más divertido) que construir.

Los liberales se preocuparon de que la educación llegara a todos. Es la razón por la cual los libros que venían al país estaban libres de impuestos. Entre otras razones más nobles, porque el liberalismo panameño, hasta su consunción, siguió creyendo en la educación igual para todos. Por eso no gravaban los libros. Esto fue así hasta que llegó al poder el señor Martinelli y decidió encarecer el conocimiento, hasta ponerlo fuera del alcance de las personas con modestos ingreses.

Me acabo de desayunar con la nueva de que el actual gobierno ha gravado prohibitivamente los libros para (supongo) ponerlos fuera del alcance de los pobres, a fin que no tengan una conciencia clara de su propia miseria. En cambio, ha abaratado escandalosamente la destrucción de la naturaleza, entregándole tierras hermosas y productivas a la voracidad de quienes están destruyendo nuestros suelos para que los que vengan después reciban un peladero. Ignoro quién es el autor de este desaguisado, pero sea quien fuere, el paíspagará un precio prohibitivo por semejante maldad (o simple estupidez, o aún más simple codicia) del nuevo gobernante.

Me enteré de este horror por pura casualidad. No es un secreto bien guardado que yo he escrito varios libros. Periódicamente los reedito en pequeñas ediciones de 25 o de 50 ejemplares, que demoran una eternidad en venderse. Cuando, por fin, misteriosamente se agotan, vuelvo a reeditarlos con el mismo modestísimo tiraje. Una que otra librería acepta a consignación tres ejemplares, que tardan otra vez años en venderse.

Días atrás llevé a un establecimiento tres ejemplares de la última reedición de uno de mis libros. Por primera vez en mi vida me pidieron un documento en que consten la naturaleza y precio del libro, nombre del autor y no recuerdo cuántas otras estupideces.    Total, que regresé a mi casa con los tres ejemplares de mi último parto para (como creo recodar que escribió Carlos Marx en el prólogo de uno de sus libros) “entregarlo a la crítica [literaria] de las polillas”, polillas que tienen más sesos que el ilustre gobernante que nos gastamos.

No sé por qué me vienen a la memoria ahora viejas películas que vi en mi infancia y adolescencia. Su argumento general –con mínimas variantes– era el siguiente. Había un hermoso país situado en una vaga región. Sus habitantes (preternaturalmente dotados para la música) vivían cantando y bailando por las calles y plazas de la ciudad. Hasta que el buen rey moría un buen, digo mal, día. Y su bilioso hijo, que secretamente siempre había odiado la música, al asumir el mando supremo prohibía –bajo pena de muerte– la música tocada, cantada o bailada. Y la noche más negra caía sobre el reino. Yo –que secretamente siempre odié la música– simpatizaba con el hosco tirano. Los habitantes del país, un día no aguantaban más el silencio, entonces aparecía el hijo verdadero y auténtico primogénito del difunto rey, derrocaba al tirano y asumía él el poder.

¿De dónde salía este hijo? Nunca lo explicaban, nunca lo supe, pero cuando ya tuve edad para eso, sospechaba que era un hijo por fuera de un rey que al parecer no era tan casto como nos habían hecho creer.   Y volvía a retumbar la música en todo el reino para felicidad de sus habitantes.

Dedico esta edificante historia a nuestro iluminado (casi radiactivo) presidente.

<> Este artículo se publicó el 25 de septiembre de 2010 en el diario La Prensa, a quienes damos,   lo mismo que al autor,  todo el crédito que les corresponde.

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Semana del Libro en Panamá

La opinión del Periodista….

Modesto Rangel Miranda 

Las naciones se enriquecen cuando sus habitantes proliferan el verdadero camino de la sabiduría cuando descubren que la enseñanza se concentra en pequeños caminos proyectando el sendero de la luz que ilumina la carretera hacia el conocimiento humano. Es verdad que en ocasiones nunca llevamos un buen libro, pero lo esencial es descubrir cuáles son sus deleites enriquecedores para enfocar los desajustes literarios individualista, en las naciones donde se caen en errores mentales cuando no queremos leer un libro.

Es por ello que en Panamá se instituyó desde 1942 el Comité Pro Difusión del Libro y Fomento de Bibliotecas, que organizó la primera Semana del Libro, la que culminó el 11 de julio de 1942, con la inauguración de la Biblioteca Nacional.

En 1943 se celebró la primera Feria Nacional del Libro y se fundó la Sociedad Amigos del Libro promoviendo la creación de un concurso literario en los géneros de novela, cuento y biografía, que puede considerarse como el antecedente del Premio Nacional del Literatura Ricardo Miró. Fue entonces que mediante decreto No. 237 del 27 de mayo de 1957 y por iniciativa del Dr. José Daniel Crespo se estableció la Semana del Libro que se efectúa desde entonces del 22 al 29 de septiembre.

No obstante, los libros no han sido siempre lo mismo. Desde la más remota forma de nuestro progreso, los libros, o los que hacían las veces de un libro, que no estaban hechos ni de papel, ni con papiro, estaban grabados en pequeñas tabletas de arcilla, incluyéndose la mano del artesano que con esmero propio, y a punta de punzón, dejaba grabado para la posteridad el mensaje o recuerdo de algún gran hecho, de una acción o de una obra.

En la gran Babilonia, existían los repositarios, es decir, enormes bibliotecas donde reposaban cuidadosamente las tabletas. Eran unas escrituras en parte fonética y en parte ideográfica, combinándose habilidosamente para que personas de lenguas distintas pudiesen comprender el mensaje de los escritos dentro de los primeros libros o papiros.

Uno de los problemas que confronta Panamá es el verdadero empobrecimiento cultural, cuando nuestros jóvenes no desean compartir el sano conocimiento en la lectura. Es importante señalar que toda transformación humana y social, se basa en el verdadero entendimiento del conocimiento de la palabra, buscando conocimientos que les permitan a la juventud entender el libre entendimiento de las cosas cotidianas en el diario vivir. Ojalá que en esta Semana del Libro, se profundice el deseo de ínvestigar en las aguas del conocimiento para que la sociedad panameña pueda transformar a la juventud panameña, creciendo en un verdadero entendimiento cultural y en sabiduría humana.

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<> Artículo publicado el 24  de septiembre de 2010 en el diario El Panamá América, a quienes damos,    lo mismo que al autor,   todo el crédito que les corresponde.

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Lágrima de dragón

La opinión de…

MODESTO A. TUÑÓN F.

Una escritora con una probada calidad poética, había sido hasta el 2009 Consuelo Aurora María Tomás Fitzgerald, quien en su tarea incursionó en el verso, cuento y en el teatro. Su literatura está llena de un lenguaje que ha sabido reflejar sus visiones y sentimientos en torno a una realidad—irrealidad y a múltiples referentes que han motivado su inspiración.

Desde hace aproximadamente cinco años ella enhebraba una historia más larga y diferente a sus trabajos anteriores. Su proyecto era un texto novelesco que describía o le permitía observar un momento crucial en la historia del istmo panameño.

Quería referirse a ese instante, pero en la perspectiva de una encrucijada donde se encontraran o coincidieran varias crisis. Además, apremios personales con implicaciones sociales y en medio de una circunstancia también caótica.

El escrito expone acontecimientos alrededor de una epidemia en una urbe llamada Marítima, semejante a la capital panameña, y en medio de ésta, un episodio que pone en evidencia la discriminación hacia la comunidad china.

Lágrima de dragón es el título con el que Tomás Fitzgerald se introduce en este escenario para a través del absurdo, relatar cómo el personaje Capitán De Obaldía, que tiene bajo su responsabilidad la seguridad sanitaria de la ciudad, enfrenta a un niño —Fang Lu— de ascendencia oriental y se establece una relación desigual entre ambos.

Esta fue la obra ganadora del premio literario Ricardo Miró en la categoría novela en el 2009 y fue presentada hace unos días durante la Feria Internacional del Libro.

El argumento describe el estado de epidemia que se desenvuelve en la ciudad donde tienen lugar las peripecias que reúnen a los personajes para poblar los hechos que la autora detalla, provista de un conjunto de técnicas retóricas, cuyo dominio está consignado por su experiencia precedente en la literatura.

El texto de Tomás es bastante corto. Son dos capítulos que alcanzan casi 150 páginas y cada uno está dividido en una especie de viñetas que puntualizan detalles de la historia.  La autora utiliza una referencialidad muy específica y uno puede buscar aspectos particulares, por ejemplo las historias de cada uno de los personajes.

En la primera parte o capítulo se narra en tercera persona los acontecimientos que se desenvuelven y relacionan a todos en un microcosmo. Aquí hay un punto de vista omnisciente de la exposición.   En el escenario de esa ciudad en caos, hay odios, persecución, conflictos raciales, las andanzas de la hermana Sarmiento por dar racionalidad en el medio de la crisis y así culmina una etapa.

El segundo capítulo es diferente; años después se revisa lo sucedido con otra perspectiva y estilo. Vamos a encontrar primero una multiplicidad de puntos de vista. Uno de los personajes cuenta en primera persona. También hay un narrador; pero además, a través de cartas, de documentos, de monólogos se completa el laberinto que constituye la crónica de lo sucedido para empatar al final un cierre que da respuesta a las interrogantes que quedaron desde la primera parte.

En cuanto al estilo, hay un ejercicio creativo que Tomás sigue con la finalidad de componer ese universo narrativo, donde aquello que se expone contrasta con el enfoque que la autora le brinda. Hay un manejo de las figuras retóricas como el símil, la metáfora, la metonimia y la hipérbole para mencionar algunos.

El lenguaje de Tomás no descansa en crear imágenes en este su universo específico y que tamiza la resequedad de los conflictos, lo inconcebible del destino y de la crueldad como se manifiestan las relaciones humanas; pero sobre todo, el absurdo.

El texto narrativo se introduce en fondo y forma en un estilo propio de la autora, a través de una estética que se apropia del rejuego de la brevedad y del enfoque testimonial; no se puede olvidar que ella ha pasado por los afanes periodísticos.

La autora crea un clima que se acerca a la opción existencial de Albert Camus en La Peste, publicada en 1947 y que utiliza este panorama de la vida de los hombres en el contexto de una crisis que no se puede controlar, con la finalidad de discutir sobre la fe de los humanos y la posibilidad de vivir según un código de valores. Ella utiliza el esquema, pero con objetivos propios.

Este primer trabajo novelístico de Tomás Fitzgerald le lleva con pie firme a esta etapa de la literatura y de la que se esperan otros títulos con historias llenas de vitalidad como esta breve, pero aleccionadora obra, tanto conceptual como narrativa.

<>Este artículo se publicó el 1 de septiembre de 2010 en el diario Estrella de Panamá, a quienes damos, lo mismo que al autor, todo el crédito que les corresponde.