Turismo religioso, una forma para educar

La opinión de…

Javier A. Arias Real

El pasado fin de semana me fui con mi familia a casa de unos amigos en Taboga, la famosa Isla de las Flores, llena de singular belleza, paradisíacos paisajes, cautivadoras veredas y una majestuosa vista hacia la entrada del Canal, donde no se ven los problemas de falta de agua y recolección de basura que afectan a la capital, y hogar del famoso escritor Bernardo Domínguez Alba, mejor conocido como Rogelio Sinán.  Debe ser por estas y muchas otras razones que la pequeña isla, a solo una hora de la capital, ha inspirado a tantos, como al artista Ricardo Fábrega, autor de la canción Taboga a escribir bellos poemas y melodías.

Pero, como dice el dicho, “no todo lo que brilla es oro”.   Nuestra primera sorpresa al llegar a casa fue notar que nos habían visitado los vecinos de lo ajeno, robándose el tanque de gas y otras cosas de la cocina. ¿Por qué haría una persona esto? Tal vez por hambre, dinero, drogadicción o travesuras juveniles.    Cualquiera que sea la razón, indica el nivel de deterioro de nuestra sociedad.

Cuando salimos a caminar por el pueblo para comprar un nuevo tanque de gas, los pobladores nos comentaban que ya se estaban dando muchos robos en la isla.   Lo preocupante de esto es que la inseguridad ya no es solo cosa de la capital y que los ladrones no tienen idea del daño que le hacen a la economía nacional, pues si alejan a los turistas, alejan también una fuente de ingresos para su comunidad.

Otra forma de robo, institucionalizado, es que los precios en la isla están por los cielos. Imagínense que el tanque de gas de 25 libras nos costó $50.00 y la bolsa de 8 panes de hamburguesa nos costó $4.00. Según los comerciantes locales, esto se debe a que el Gobierno les cerró el muelle fiscal, de donde sale toda la carga para las islas del archipiélago, y ahora les cuesta mucho más llevar mercancía a la isla.

En los tres días que estuvimos en la isla vi llegar muchos turistas a recorrer la isla, degustar platos caribeños y a observar aves. Estas atracciones generan empleo para los pequeños hostales, restaurantes y vendedores ambulantes. Pero sin duda alguna, una de las principales y más antiguas atracciones de Taboga es la iglesia de San Pedro, en honor a la Virgen del Carmen, Virgen de los pescadores. En esta acogedora iglesia me tocó recibir la bendición de esta semana y como Panamá es tan pequeña, sentado a nuestro lado en la misa del sábado estaba don Pedro Meilán, director de Acodeco, así que confío en que la entidad a su cargo pueda verificar los precios en la isla para comprobar si se está perjudicando a los comerciantes o si sencillamente éstos están abusando de los turistas.

Para los creyentes es sorprendente ver cómo la palabra de Dios se aplica a nuestra realidad. En la homilía, el diácono nos hablaba de cómo en esta semana celebrábamos el día de la Epifanía o manifestación de Jesús a todas las personas y el día del bautismo o iniciación del caminar hacia Dios, en donde nos ungen con el óleo de los catecúmenos (óleo del camino).

Así como el bautismo debe marcar en nosotros el inicio de nuestro caminar hacia Dios (aunque en el caso de los católicos, somos tan pequeños que recae en nuestros padres y padrinos la misión de guiarnos por el camino de Dios), así mismo el incidente del 9 de enero, que recordamos esta semana, sirvió de inicio para nuestro caminar hacia la soberanía, y provocó en los panameños una manifestación de fervor patriótico.

Por ende, todos debemos hacer un alto y pensar qué estamos haciendo con Panamá y si el sacrificio de nuestros 21 mártires y más de 500 heridos valió la pena. ¿Es el Panamá de hoy el que queremos para nuestros hijos? Estamos permitiendo que el cáncer de la inseguridad y el alto costo de la vida destruyan poblados tan bellos como Taboga.

Al finalizar la homilía, el diácono anunció que se está consiguiendo el apoyo de la pastoral de turismo para remozar la iglesia y que esta pueda ser utilizada para promover el turismo religioso en Taboga, que consiste en informarse y explicar a los turistas toda la riqueza cultural de la historia que encierra esta bella iglesia y el poblado que creció alrededor de ella. Vale la pena que el Gobierno dé seguimiento a esta nueva forma de inversión, que además de ayudar al desarrollo de nuestra cultura, ayuda a que los fieles conozcamos más los orígenes de nuestra iglesia, seamos mejores cristianos y, por ende, mejores ciudadanos panameños. Haciendo iglesia también hacemos patria.

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Este artículo se publicó el 21  de enero de 2011   en el diario La Prensa, a quienes damos,  lo mismo que al autor, todo el crédito que les corresponde.

¿Trato o truco?

Mientras el gobierno extrema esfuerzos por convencernos de que el aumento de la inseguridad es una percepción,   la policía nos amedrenta.

La opinión de….

Monica Miguel 

Hace un par de noches un grupo de amigos salimos a cenar y decidimos irnos varios en un solo coche.  Después de la cena, regresaba con uno de ellos al lugar donde había aparcado su auto. Háganse la idea, miércoles, once de la noche, barrio del Cangrejo, en una calle con acceso a varios de los restaurantes más importante de Panamá, con un hotel a media cuadra, y un teatro al lado.

La cosa es que al llegar a su carro aparqué correctamente el mío y seguimos hablando para terminar la conversación que traíamos hasta el momento.   Y me preguntarán ustedes, ¿por qué me extiendo tanto en estos preliminares?   Pues porque quiero que comprendan la intrascendencia del hecho, lo normal, habitual y banal del mismo.

Ni lugares apartados, ni discotecas, ni alcohol, ni horas de la madrugada, ni actitudes sospechosas.  Aún no habíamos pasado ni tres minutos dentro del carro, cuando a nuestro lado se detiene una patrulla.  De ella se baja un policía, con mirada suspicaz nos pide documentación, con toda la tranquilidad se la damos, hasta ahí todo normal. (Conste que a mí a esas alturas ya me estaba entrando la risa floja, ¡a mi edad!   ¡Detenerme un policía en el carro! ¡Si ni en la adolescencia lo hicieron!).

Nos preguntó qué estábamos haciendo allí y pareció poner cara de decepción ante lo prosaico del hecho y lo normal que todo parecía. Pero no desesperen señores, que ahora viene lo bueno, ante la mirada asombrada de mi amigo y la mía, el policía, a través de la ventanilla abierta, se puso a darnos un discurso aleccionador acerca de las medidas de seguridad a seguir en Panamá por la noche.

Nos dijo que ante la creciente inseguridad (sic) que había en las calles lo mejor es (atentos, abro comillas): ‘no andar por las calles más allá de lo imprescindible’.   Ahí les juro que yo ya no sabía si reírme o llorar.   Una vez que el agente del orden público montó en su patrulla, no sin antes hacernos casi prometer que terminaríamos rápido la conversación y nos iríamos rápido de allí, nosotros nos miramos alucinados.

Aún al día de hoy yo no salgo de mi asombro, o sea, el señor presidente y varios de los que lo rodean siguen gritando a los cuatro vientos que la percepción ciudadana del aumento de la delincuencia es culpa de los medios de comunicación; con algún medio de prensa escrita convertido en el tablón de anuncios de la policía, publicando montones de noticias cortadas y pegadas de los comunicados que estos mandan, diciéndonos quien fue aprehendido, donde y por qué delito se le buscaba, supongo que todo para hacernos creer que la policía trabaja mucho y que ya está poniendo a buen recaudo a todos los malos malosos que andan por ahí sueltos, mientras tanto, los de sus propias filas van por ahí amedrentando a la gente.

Porque díganme ustedes, si yo no fuera como soy y un policía me dice que lo mejor que puedo hacer es no salir de mi casa más allá de lo imprescindible,   seguramente lograría que yo me atrincherase en mi hogar y no volviese a asomar la nariz ni al portal. ¿Qué imagen pretende dar la policía? Después de esto quisiera que alguien me responda ¿tengo que tener miedo sí o no?

<> Artículo publicado el 26 de septiembre de 2010  en el diario La Estrella de Panamá,  a quienes damos,  lo mismo que al autor,   todo el crédito que les corresponde.

Declaraciones comprometedoras

La opinión del Analista Político…
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GIL MORENO

La percepción que tiene la ciudadanía es que las últimas declaraciones del Sr. Ministro de Seguridad, no son las más atinadas, al contrario son desafortunadas, peligrosas y denotan una gran falta de madurez política de un funcionario, quien por su alta investidura, debiera ser más consecuente. Panamá y Colombia se aprestan a combatir estos grupos insurgentes en un puño cerrado…, son amenazas que nos comprometen seriamente.

Tal como están las cosas en el país, con un índice de inseguridad tan alto, donde pareciera que el pandillerismo se ha tomado las calles; con un alto costo de la vida —cada vez más elevado—, con grandes sectores de la población que viven en pobreza extrema, mientras que una minoría privilegiada vive en opulencia y en pleno derroche de los recursos de la nación; con un gobierno que no da los mejores ejemplos de rectitud, seriedad y responsabilidad, por decir lo menos, con una inconformidad generalizada, debido a que el gobierno no está cumpliendo lo que prometió durante la pasada campaña electoral y, más bien, lo que campea en las instituciones del estado es la anarquía, la improvisación, la ineptitud, el irrespeto y la corrupción.

Y (como si esto fuera poco) el gobierno, con la creación de la ley 30,  las persecuciones, el hostigamiento a la clase trabajadora y las grandes injusticias cometidas a los pueblos indígenas en sus reservaciones, está creando las condiciones para que aquí se den situaciones que después tendríamos que lamentar, como los acontecimientos que se originaron en Bocas del Toro.

Y lo más lamentable sería que un país como el nuestro, donde los ánimos cada día se caldean más ante la falta de respuestas de los gobernantes, donde las condiciones socioeconómicas, en algunos aspectos, son muy similares a las de Colombia y, con esta abierta provocación de nuestras autoridades, no debiera causarnos ninguna sorpresa que estos elementos recojan el guante y extiendan sus operaciones hacia Panamá. Y digo esto por que ya en otras ocasiones han advertido que el gobierno de Panamá no debe involucrarse en el conflicto colombiano.

De acuerdo con las versiones de dirigentes indígenas, el gobierno no tiene la intención de derogar la Ley 30, porque se encuentra seriamente comprometido con empresas extranjeras para explotar las minas de cobre de Cerro Colorado y nos traerán un contingente de peruanos, italianos y de otras nacionalidades a trabajar en esa explotación.

<> Artículo publicado el 25 de septiembre de 2010  en el diario El Siglo, a quienes damos,  lo mismo que al autor,   todo el crédito que les corresponde.

‘La vida no vale nada’

La opinión de…

Patricia Pizzurno

El título de este artículo corresponde al de una película que filmó Pedro Infante en 1954, y a una canción que 20 años después compuso Pablo Milanés y cuya letra dice: “La vida no vale nada, si no es para perecer. La vida no vale nada, cuando otros se están matando. Y sigo aquí cantando, cual sino pasara nada”. También José Alfredo Jiménez abordaba la misma temática en una célebre ranchera.

Lo cierto es que esta triste sentencia, válida para lugares extremadamente violentos como la Colombia de la década de 1990 o la fronteriza ciudad Juárez, en México, sitiadas por los carteles de la droga, parece encajar hoy a la perfección en Panamá, ya no exclusivamente por las movidas del narcotráfico, sino y, fundamentalmente, por la extrema fragilidad institucional.

En diciembre de 2006 escribí un artículo publicado en esta misma sección: “¿Casualidad o causalidad?” en el que analicé el alcance social de la tragedia del incendio del bus y del envenenamiento con dietilene glycol por parte de los asegurados de la Caja de Seguro Social.

Eran tiempos difíciles para los panameños durante los cuales nos embargó un sentimiento de extrema vulnerabilidad y pesimismo, pese a lo cual aún guardábamos la esperanza de que tamaños desastres lograrían inyectar en nuestras instituciones y sus representantes, sobre todo en la justicia, sensibilidad social y sentido de responsabilidad. Hoy reconozco que estábamos equivocados.

El escenario de inseguridad ciudadana que nos enfrenta al surgimiento de sectores urbanos inaccesibles por la extrema violencia, así como diversas explosiones en la ciudad capital, producidas por fallas eléctricas o por estallidos de gas, sin olvidar las traumáticas toneladas de basura que nos inundan, nos sumergen en el siniestro círculo del miedo que es muy difícil romper. Una sociedad con miedo es una sociedad paralizada, confundida y altamente ineficiente. La conclusión es que la vida no vale nada, máxime “si cuatro caen por minuto”, como dice Pablo Milanés, y a nadie parece importarle.

La falta de regulaciones, la escasa presencia del Estado como gendarme y garante de nuestras vidas y del cumplimiento de las disposiciones existentes, la laxitud en el tratamiento de los problemas de seguridad ciudadana que aquejan a la sociedad en general, demuestran a las claras que aún estamos lejos de alcanzar los estándares de respeto por la vida humana imperantes en el primer mundo. Aunque obtengamos los grados de inversión de las calificadoras más reputadas y lleguen poderosos inversionistas a Panamá, debemos aceptar que si las instituciones no son capaces de garantizar la vida de los asociados, es seguro que esos capitales enrumbarán hacia otras latitudes donde la vida humana sí tenga valor.

El fracaso del sistema educativo no debe medirse por el desconocimiento del nombre del autor del himno nacional, sino por la absoluta ausencia de cultura ciudadana y urbana, escaso o nulo civismo y, sobre todo, la total ignorancia de lo que significa vivir en sociedad. Estas carencias hacen de Panamá una jauría humana intentando sobrevivir, aunque para ello tengamos que ensayar el devorarnos unos a otros. Aquella sentencia que nos enseñaban en la escuela: “Mis derechos comienzan donde terminan los derechos de los demás”, parece ya no tener valor, igual que la vida.

El tráfico es buen ejemplo de la barbarie que nos maniata, pero no es el único. Jóvenes agresivos que no saludan y ni siquiera conocen el significado de las palabras “gracias, por favor o disculpe”, adultos que empujan y avasallan para abordar un bus, pasan primero frente a una larga fila o se hacen atender antes en cualquier mostrador sin respetar a los demás, que abusan de los niños, los ancianos y los discapacitados, me indica que hemos construido una sociedad especialmente miserable de la que somos sus principales rehenes. Me viene a la memoria el cuento de Guy de Maupassant, La miseria humana.

El “juega vivo” y la ley del más bruto (el síndrome de Pedro Picapiedras) son los motores del escenario: el que grita más; el que tiene el 4×4 más grande para amedrentar al transeúnte; el más vulgar; el que tiene más dinero aunque sea mal habido, son las voces escuchadas y respetadas.

La vida no vale nada y cada vez vale menos, porque la institucionalidad está en crisis y no cumple sus funciones, sean cuales sean. Lo peor de todo es que la justicia no parece tomarse en serio a los muertos. “La vida no vale nada si yo me quedo sentado” dice Pablo Milanés, porque las muertes violentas en lugares públicos a los que asisten nuestros hijos, como antes lo hacíamos nosotros, los accidentes urbanos en edificios nuevos, las extorsiones telefónicas, la violación del domicilio, los secuestros express forman parte del paisaje cotidiano, de la normalidad de la vida y quedan impunes la mayoría de las veces.

Creo que debemos volver a creer que la vida es valiosa y a exigir, como dice el cantautor cubano, el derecho a “morirme en una cama”.

<> Este artículo se publicó el 22 de septiembre de 2010 en el diario La Prensa, a quienes damos,   lo mismo que a la autora,  todo el crédito que les corresponde.

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Entre la maldad y la benevolencia

La opinión de…

Penny de Henríquez 

Hay personas que van por la vida esparciendo preguntas impertinentes sin ningún tipo de embarazo, demostrando claramente que necesitan con urgencia un seminario de etiqueta y urbanidad.

Yo he sido siempre de constitución muy delgada, y eso aunado a que hago ejercicios y como poco y sano, contribuye a que siempre mantenga un peso ligero y saludable. Además, me gusta. Porque de lo contrario, todo lo que tendría que hacer es comer, comer y comer, ¡es tan fácil!

Quienes me conocen de siempre saben que eso es así, pero algunos no se acostumbran o no les gusta y no pueden callarlo.

¿Cuándo vas a engordar?, me espetó una señora robusta cual cerdito de Navidad sentada en una cafetería, mientras mordía una torta grasosa que sostenía en una mano.

Casi le contesto “cuando usted adelgace”, mas me fue imposible atentar contra las normas de los buenos modales que enseño día a día en mis seminarios.

Así mismo, me fascinan los zapatos con tacones altos. Son elegantes y nos hacen lucir muy femeninas.   Si a usted no les gustan o no puede usarlos, lo entiendo, pero a mí me encantan y como puedo manejarme muy bien con ellos, pienso usarlos hasta que la edad y sus achaques ya no me lo permitan. Mientras tanto, no se mortifiquen cuando vean a alguien trepada en medio metro de tacón, que si los lleva es porque no le molestan. Es cosa de modas y de gustos.

¿Cómo haces para andar con esos tacones?, me pregunta no sé con qué intención una conocida hace poco con cara de sorpresa, como si nunca en su vida hubiera visto algo igual.

¡Me los pego con Maco!, quise decirle, pero qué va, ¿y dónde quedaba mi buena educación?

Y así vemos cómo las jóvenes solteras son atacadas con la pregunta clásica: ¿cuándo te casas?   Tengo un sobrino que quiero presentarte, ¡está guapísimo!

Y luego que se casan no crean que allí termina el martirio; la cosa apenas comienza.

“Cuándo van a tener hijos, el tiempo pasa, es mejor tenerlos temprano, y ténganlos seguidos, no esperen”.

Es como si la consigna fuera atormentar a los demás.

Y estos son simples ejemplos, hay cientos de casos en los que la falta de respeto y consideración se asoman para mortificar con temas que no le conciernen a nadie.

A la joven mamá que acaba de dar a luz, y por consiguiente aún conserva algo de pancita, le dicen sin miramientos y sin pensarlo dos veces, ¿para qué fecha estás esperando?

Y a aquella que por ser muy delgada no se le nota la barriga, le preguntan ¿qué tuviste?

Hace poco fui testigo de una anécdota relacionada que parece inventada para reírse.

Una joven secretaria de un banco en donde estuve dictando una charla sobre imagen ejecutiva es muy dada a vestirse siempre de negro.

Se ve elegante y muy profesional, y en verdad a mí no me pareció nada mal su gusto por este color que está tan de moda, especialmente porque es joven y muy bonita.

A la hora del café, cuando todas conversaban sobre los temas de la charla, una de ellas la interroga. A propósito, ¿tú estás de luto? ¿Por qué?, le dice ella con aires de ingenuidad.

Ah, yo creía, como siempre estás de negro.

Esta vez no pude callarme y de manera cortés les expliqué que el luto ya no se usa, que el negro es hoy día el color de la elegancia y la distinción.

Y que aunque es cierto que no es el único que puede usarse para ese fin, las personas que les gustan no tienen por qué dejarlo de usar si se sienten bien y además, si les queda bien, como es el caso de la joven en cuestión.

Por supuesto que la preguntona sabía bien que no había tal luto, era solamente ese afán de fastidiar a los demás con cizaña y malas intenciones.

¿Por qué ciertas personas actúan de esta manera?

Tengo mi propia teoría: algo de malevolencia, bastante de inseguridad y mucho de envidia.

El ser humano vive atrapado entre la maldad y la benevolencia, y cada quien maneja uno de estos componentes de forma que anule al otro para lograr mantener a flote la clase de persona que desea ser.  Quienes se sienten seguros y a gusto consigo mismos no tienen la necesidad de molestar a los demás, porque son felices con lo que tienen y no les importa lo ajeno.

¿En qué grupo está usted?

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Este artículo se publicó el 31 de julio de 2010  en el diario La Prensa,  a quienes damos, lo mismo que a la autora,  todo el crédito que les corresponde.

Panamá: territorio fértil para la delincuencia

La opinión de….

GARRITT GENETEAU  

Los estamentos de seguridad en nuestro país han fracasado después de la invasión por el Ejército usurpador del imperio norteamericano. Panamá es tierra abonada para la entrada y salida, como una especie de oferta y demanda para delincuentes, facinerosos y traficantes de drogas.

Esta vulneración en el territorio nacional se debe a que ningún gobierno de la “democracia” ha organizado un buen estamento de seguridad, con la participación de profesionales capaces de enfrentar al crimen organizado. Hubo un genio como Ricardo Arias Calderón, que desmanteló toda la estructura de las Fuerzas de Defensa, que por lo menos en el tema de la seguridad daba resultados. ¿Cuál era la idea? Castigar a los militares corruptos, pero no a la institucionalidad de seguridad que ejercía esa institución de uniformados.

Esta situación ha permitido que nuestras fronteras sean caldo de cultivo para la entrada de alzados como las FARC y los mercaderes de la muerte.

El pueblo panameño vive en una tensión constante. Miren pues, lo que parecía una película de cine o televisión es realidad, el asesino en serie que era buscado por el FBI afortunadamente fue capturado, sin embargo, las autoridades de Migración, la seguridad del aeropuerto y los estamentos de seguridad nacional no se percataron cuando entró este psicópata William Cortez, quien era buscado por las fechorías cometidas.

En el caso criollo, el incremento de la inseguridad y del crimen se da por las desigualdades sociales. Esta amenaza social ha desencadenado este estado de cosas que está cobrando dimensiones de tal magnitud que muy pronto será difícil controlar o erradicar.

Y es que de los cerros de San Miguelito, de ese viejo centro de miseria que es Curundú, la ciudad de Colón y de otros sectores conflictivos, ha ido saliendo la violencia criminal, regándose por toda la ciudad capital; el interior no es la excepción.

Señores, sólo derribando las odiosas barreras que marginan a los pobres podemos brindar más justicia social al pueblo panameño, y al mismo tiempo, controlar la delincuencia.

Ningún gobierno en compromiso de campaña ha cumplido con este problema que afecta a la colectividad. ¿Hasta cuándo?

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Artículo publicado el 28 de julio de 2010 en el Diario El Siglo, a quienes damos, lo mismo que al autor, todo el crédito que les corresponde.

Inseguridad y despotismo

La opinión del Activista de Derechos Humanos…..

Miguel Antonio Bernal V.

Sudáfrica ha entrado a los hogares panameños. No para traernos el mensaje de Soweto, las enseñanzas de Desmond Tutu o el ejemplo de Nelson Mandela, sino el poder de la imagen, lo cual ha quedado demostrado, una vez más, en lo que va del campeonato mundial de fútbol.   Mientras tanto, en nuestro espacio nacional, la inseguridad crece a la sombra de un presidencialismo despótico que busca ser la imagen del poder, del poder que reprime, no del poder que previene.

No la imagen del poder que concibe la seguridad ciudadana como una política pública con referencia concreta a los Derechos Humanos, mediante el fortalecimiento de la participación ciudadana, de la democratización de las acciones de los Órganos del Estado, sino del poder que impone la presión y la represión punitiva, erosiona las garantías fundamentales, el poder de actitudes intolerantes y con una continua estigmatización de integrantes y organizaciones de la sociedad civil.

Y, en adenda a todo lo anterior, la imposición arbitraria y pseudoconstitucional de la “ley carcelazo”, del “pele police” y, ahora, de la “ley chorizo” que busca criminalizar la pobreza, agendar la “limpieza social”, sin dejar de favorecer y patrocinar la destrucción del medio ambiente y atomizar derechos laborales contemplados por las normas constitucionales desde la Constitución de 1941.

Y mientras que la población aún no se repone de la indigestión con represión que contiene la “ley chorizo”,   ahora se nos quiere hacer creer que con una ley que modificaría el rango de la pena aplicable a los menores de edad que hayan cometido crímenes violentos (elaborada a espaldas de la población por la denominada “Cruzada por la Paz”), y con un “Decreto que crea el Programa Nacional para la Prevención de la Violencia y Delincuencia Juvenil”, los panameños vamos a poder vivir libres de las amenazas generadas por la violencia y el delito.

Es necesario tener muy presente que las decisiones que viene tomando el Gobierno panameño en materia de seguridad, son totalmente contrarias a los estándares internacionales de Derechos Humanos y representan una amenaza directa contra nuestras garantías procesales y la protección judicial; contra el derecho a la privacidad y a la protección de la honra y la dignidad; contra el derecho a la libertad de expresión, la libertad de reunión y asociación y, también, contra el derecho a la participación en los asuntos de interés público.

Así lo recordó durante su reciente visita, el vicepresidente de la Comisión Interamericana de Derechos Humanos (CIDH), Paulo Sergio Pinheiro, al presentar en Panamá el informe Seguridad Ciudadana y Derechos Humanos http://cidh.org/countryrep/Seguridad/seguridadindice.sp.htm el cual contribuye a demostrar lo imperioso que es modificar las políticas públicas sobre seguridad ciudadana, cambiando el foco de atención de la represión a la prevención de la criminalidad y la violencia, de lo contrario este Gobierno, con sus leyes represivas, solo nos traerá más inseguridad y despotismo.

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Este artículo se publicó el  25  de junio de 2010 en el diario  El Panamá América a quienes damos, lo mismo que al autor, todo el crédito que les corresponde.