Vidas por cruzar

La opinión de…

PACO GÓMEZ NADAL
paco@prensa.com

Evelin Acosta Rengifo murió a las 2:43 a.m. del 24 de diciembre junto a otras 40 personas que habían subido al bus que las debía llevar de Quito a Manta, en Ecuador.

Unas horas después, en Boca de Briceño, en la misma provincia ecuatoriana de Manabí, una abuela sonríe discreta al ver a su familia reunida, preparando la comida que compartirán para celebrar la vida o lo que resta hasta la muerte (que no siempre es lo mismo).

Ese mismo día, unas 300 personas se aprestaban a pasar la Nochebuena en el impersonal aeropuerto Charles de Gaulle de París, atrapados por la nieve y el caos.

Ninguno de ellos sabía que mientras buscaban un emparedado cuasiplástico para pasar la noche, en otra esquina del planeta un hombre que responde al nombre de Giuseppe Bonissi, renunciaba a un cargo que nunca fue suyo como procurador.

En Costa de Marfil, las familias de 173 personas lloran en silencio lo que allá no puede ser público: el asesinato de sus seres queridos en los días previos al 24 de diciembre en medio del caos postelectoral debido a la negativa de Laurent Gbagbo a dejar el poder.

Los corazones se rompen la noche del 24 de diciembre, según la Universidad de Duke, Estados Unidos, que ha hecho un estudio para demostrar que esta es la fecha del año en que se producen más fallos cardiacos.

Las vidas paralelas son la norma y las vidas cruzadas, obsesión. No sabemos, no imaginamos, casi nunca pensamos para no caer al abismo, que junto a nosotros, en la casa cercana o en el país remoto, acontecen otras vidas, complejas, hermosas, necesarias todas, prescindibles todas también.

Los puntos de cruce no son siempre azarosos.  Las vidas se encuentran porque provocamos la yunta. Leo que un experto sociólogo anuncia que mientras en la era del teléfono una persona se relaciona con otras 125 en un mismo momento de su vida, en estos tiempos de redes sociales, internet y paranoia velocípeda llegaremos a una media de 500 relaciones a la vez.   Pero… ¿haremos que nuestras vidas se crucen de verdad?, ¿nos dolerá lo que le duele al otro?,   ¿sonreiremos con el otro?,   ¿nos atreveremos a intervenir,   a cruzar la frontera de la persona, para influir en la vida ajena?

En estos tiempos de individualismo extremo, la vida ajena es una paralela que se va convirtiendo en vida ausente conforme se aleja del punto de fuga que es el interés egoísta.   Este siglo de la movilidad (claro, sólo para una élite) nos permite estar en muchos sitios y conocer a mucha gente. La pregunta que hoy me hago es si nos cruzamos realmente con esas personas, si dejamos que nos permee su realidad.   No creo. Tengo la sensación de que, cada vez más, las historias de los otros son parte del noticiero, del mortecino archivo de la realidad.

Reconectarnos, ponerle cara a las noticias, ponerle alma a la vida debería ser tarea urgente si queremos que vivir en sociedad sea algo amable que nos genere seguridad. Para eso, suena como imperativo retomar la confianza en los otros. Si no confío en que mis vecinos también están pensando en mi bien, por qué voy a poner yo más carne, más esfuerzo, en cultivar esas relaciones.

Entrelazar las vidas es, básicamente, restablecer los lazos de confianza que este mundo de urbanizaciones atrincheradas, rejas en las ventanas y sospecha permanente. Si ya no podemos confiar en nuestros políticos (mentirosos profesionales), confiemos en las gentes normales, como nosotros. Tratemos de sentir un poco de dolor al leer de la muerte de Evelin o al imaginar el cruel asesinato de los marfileños, imaginemos cómo echar una mano al vecino que ya está mayor y tiene problemas para abandonar su casa o, simplemente, hagamos la vida más amable a todos los que se cruzan con nosotros.

Les aseguro que este texto no tiene nada que ver con el espíritu de la Navidad, una comercializada celebración que ya pocos dotan de sentido. Las palabras vertidas tiene más que ver con las ventanas abiertas los últimos días, con la estúpida manía de imaginar la vida del otro y realizar que, detrás de máscaras y cortinas, se esconde una humanidad como la nuestra.

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<> Este artículo se publicó el 28 de diciembre de 2010  en el diario La Prensa, a quienes damos,  lo mismo que al autor, todo el crédito que les corresponde.
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Con los sentimientos no se juega

La opinión de la Psicóloga Especialista en la conducta humana….

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GERALDINE EMILIANI

El sentimiento es el resultado de una emoción y, el tema de las emociones negativas que generó el drama humano en Bocas del Toro, me permito analizarlo desde la perspectiva de la ‘psicología de masas’.

Cuando un pueblo se siente fracasado, maltratado, olvidado o con la posibilidad de muy pocas satisfacciones personales, con el pasar de los años se ha de desarrollar ese sentimiento de ‘mal querencia’ y cualquier violación a sus derechos como ciudadano, en un país que se dice ejercitarse en la democracia, encuentra como vía de escape cualquier tipo de violencia como un llamado de atención al gobierno, porque espera de él que le brinde las compensaciones que en su vida cotidiana no puede obtener.

Y, si las tan esperadas compensaciones no se dan, la frustración aumenta y sobreviene la ‘histeria colectiva’, que es la manifestación de emociones primarias y aparece disimulada en medio de la furia de la multitud que destruye lo que encuentre a su paso.

Y, si los llegas a reprimir lisiándole una parte de su cuerpo ya lacerado por las inclemencias del tiempo, del hambre, educación y salud, la herida emocional será muy difícil de subsanar.   Y, si de muertes y discapacitados hablamos,  lo podría catalogar como un ‘autosuicidio del grupo gobernante’.

Esto ha de suceder cuando te identificas con el ‘ícono’ y, que en su momento de éxito, como si fuera el tuyo propio, lo cuidaste e idealizaste; pero, apenas surge el primer desliz o equivocación del hasta ese momento ‘tu héroe’, no le perdonas, y aparece una fuerza enorme de rechazo profundo que había quedado atado detrás de esa identificación ‘mal habida’.

Porque necesitaste de alguien que te dijera lo que tenías que hacer. Porque querías liberarte de toda responsabilidad y que recayera sobre precisamente esa persona que una vez la transformaste en ‘tu ídolo’.

Ante esta realidad, al ídolo se le destruye, no se le absuelve, siempre es culpable de su imperfección, porque se le está prohibido equivocarse como los demás seres humanos.   No se le da tiempo, se lo carga de ansiedad y sobreexigencia que no es más que una sobreexcitación de un pueblo que nuevamente se ha de sentir burlado y pisoteado.

Destruir a los ídolos forma parte del temperamento melancólico, y es propio de los pueblos que no tienen quién les respete sus sentimientos ciudadanos y mucho menos sus sentimientos humanos.   Y, muchas veces, en el derrumbe del ídolo creemos encontrar la justificación del propio fracaso. He aquí la complicidad de parte y parte. Las personas suelen ampararse en el derrumbe del otro para justificar su propia frustración.

Formamos parte de un pueblo individualista y que vive constantemente en la antinomia; en lugar de unirnos nos transformamos rápidamente en enemigos unos contra otros.   El fuerte individualismo que predomina en nuestro país no permite una verdadera elaboración ni reflexión del porqué de los fracasos, entonces éstos se repiten constantemente.

He allí el peligro.   Porque el respeto por el otro se desvanece. No hay sentimiento de solidaridad.   En lugar de unirnos, surge la hostilidad.  El narcisismo exacerbadamente individualista y no comunitario hace que no haya conciencia social; y, es necesario concienciar que el poder solo es verdadero si es colectivo, de grupo, de pueblo, de comunidad.

Luego de los sobresaltos sociales que se multiplican a gusto, el país ha ingresado a vivir dos grandes hechos que juegan con la vida del país y de los cuales nadie puede quedarse al margen ni desinteresarse: se archivan las exigencias del bien común o se esgrimen supuestas argumentaciones legales, ignorando la dignidad y las exigencias del mismo pueblo y, se resquebraja el ser de un pueblo al exacerbar sentimientos de grupos o regiones.

Es mucho lo que hay que hacer y, mejor si lo hacemos entre todos defendiendo los derechos históricos de nuestros pueblos indígenas sobre sus tierras y formas de organización social y cultural y que no puede traducirse en privilegios de casta y discriminación social.   En torno a esto hay expectativas, algunas que provocan temores, y es urgente crear ámbitos de consenso para evitar los miedos y sembrar ilusiones distractivas.

Hay que mantener un equilibrio emocional y mental en medio de la agitación y convulsión.   Este no es el país de un solo hombre o una clase, es el país de los buenos panameños que nos esforzamos por abrir nuevos caminos y luchamos porque se respeten nuestros sentimientos, porque:  ‘Dejar de luchar, es comenzar a morir’.

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Este artículo fue publicado el  21 de julio de 2010  en el diario La Estrella de Panamá,  a quienes damos, lo mismo que a la autora, todo el crédito que les corresponde.