Semblanzas históricas sociales y ecológicas de Panamá

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La opinión del Educador…

Luis Camargo Broce 

De los innumerables mundos que pueblan el universo uno de ellos es la Tierra. Según la Biocosmología existe mundos de gran evolución donde las supercivilizaciones prevalecen como faros de luz espiritual. La Biocosmología nos dice de un patrón genético cósmico del Big-Bang, explosión que origino la creación del universo cuyos habitantes (de esos mundos elevados) también tendrían forma humana.

Mi planeta después de edades y eras geológicas planetarias (peces, anfibios, reptiles, aves, primates, homínidos prehistóricos), aparece el hombre (homo sapien sapien), el hombre pensante. Surge la historia dejando una estela de continentes prehistóricos desaparecidos como es el caso del que la ciencia oficial llama Congwana, y otros envueltos en la leyenda como la Atlántida y Lemuria (océano Atlántico y Pacífico, respectivamente). La Atlántida es mencionada por el filósofo griego Platón. En el transcurso de la historia vemos pueblos como Egipto, Roma, Persia, Babilonia, China, India. Todo un escenario histórico: Asia, Europa, Mesopotamia, África, América. Se da en Europa una Edad Media, Renacimiento, Reforma, Contra-Reforma, Siglo de las Luces, etc. Jesús aparece en Palestina hace 20 siglos. El Cristianismo surge en Jerusalén 30 años después de Cristo. Tenemos pueblos del mundo con sus propias religiones-cosmogonías y mitologías.

La historia de Panamá como pueblo no se ha logrado opacar por los grandes intereses de las grandes empresas transnacionales. La conciencia nacional se expresa con resplandor eterno como son los mártires del 9 de enero de 1964 y del 20 de diciembre de 1989.    Siempre existirán un Bayano, Urraca, Teribe, Victoriano Lorenzo, Rufina Alfaro.

Ahora, oscuras fuerzas tratan de borrar a las nuevas generaciones de jóvenes, para convertirlos en vegetales débiles sin flores ni frutos morales. Al ampara de tenebrosos designios se fomenta el desempleo, el hambre, la miseria, la educación ineficiente. Se aniquila la salud del pueblo desfigurando el rol popular creado por estadistas como Belisario Porras (Hospital Santo Tomás), Arnulfo Arias (Seguro Social), Omar Torrijos (centros de salud urbanos y rurales). Existe una conspiración secreta para destruir los Tratados Torrijos-Carter y a la niñez se les deja en las garras del vicio, narcotráfico, crimen organizado, el sida.

Se le niega al panameño tierras para construir su hogar. Como gozan nuestros niños con el Teorema de Pitágoras en las aulas de clases, allí se habla de la hipotenusa del triángulo rectángulo, es que ellos (los niños) son la hipotenusa del mañana patrio. La delincuencia es sencillamente una falta administrativa, nada más. Panamá social es el canto revolucionario, canto celestial de un mañana promisorio.

Panamá surgida de una era geológica llamada Cenozoica, de lo profundo del mar continúa su curso existencial con su Independencia de España el 28 de noviembre de 1821, Separación de Panamá de Colombia el 3 de noviembre de 1903. Su himno nacional es un canto al campo y al trabajo, no un simple bolero o música de salsa. Historia de amor y fe: Fray Escoba y Santa Librada de Las Tablas. Librada nos fortalece en nuestra lucha por la libertad. La Flor del Espíritu Santo, orquídea que crece silvestre a orilla de los ríos en tierras altas, ella esculpe con sus pétalos uno de los misterios de Dios.

A Simón Bolívar se le conoce como el caudillo de la libertad de América y crea el Congreso Anfictiónico de Panamá en 1826. Precisamos: es menester un aumento general a los jubilados, a todos, sino es un generacidio. Si se invita a Su santidad el Papa Benedicto XVI debe hacérsele honor a su inquietud por la igualdad, justicia social, amor y paz que el proclama. El escritor Víctor García nos dice que Panamá es el único país del mundo donde el sol nace y se oculta en una sola dirección, la aurora es nuestra hora sagrada, en el Escudo Nacional, la hora de la libertad.   En nuestro país los extranjeros son dioses y los panameños son los parias (clase inferior).

 

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<>Artículo publicado el  17 de diciembre  de 2010  en el diario El Panamá América,   a quienes damos,  lo mismo que al autor,  todo el crédito que les corresponde.

Para fortalecer la identidad

La opinión del Comunicador Social….

ERNESTO  A.  HOLDER
ernestoholder@gmail.com

No pretendo dejar el tema de la invasión y de los muertos del 20 de Diciembre de 1989.   Me anticipo a la fecha para reconocer un hecho que, desafortunadamente, los gobiernos que han existido después de ese fatídico acontecimiento, no han colocado en un sitial de respeto y merecedor de la consideración nacional. En ocasiones anteriores habíamos puntualizado que: ‘1— No hemos madurado lo suficiente como para dejar de evaluar el violento acto de invasión sencillamente como el derrocamiento de la dictadura militar de Manuel Antonio Noriega (…) y 2— por la fecha en que se dieron, van en contraposición con la usura y las especulaciones económicas y comerciales de la época’.

Ahora que se planifica la modernización y desarrollo del área de El Chorrillo y Barraza para convertirlo en un destino de la élite internacional, se debe recordar que allí desaparecieron o murieron cientos de inocentes panameños que hoy sucumben al olvido y al desinterés.

Mi profesor de gerencia estratégica a nivel de maestría solía animar su clase con repentinos interrogantes. Un buen día para ilustrar un punto, preguntó: ‘¿Quién aquí es patriota?’. Entre un poco más de 20 profesionales adultos que ocupaban puestos en instituciones públicas y privadas de la ciudad, únicamente el profesor y yo levantamos la mano. Esto ocurrió en 1994.

Para los que suelen contextualizar los eventos en un marco muy restrictivo, la invasión del 20 de Diciembre de 1989 acabó con los años de dictadura y se reinstauró la democracia.   Eso ha sido suficiente para muchos y eso lo han repetido y repetido como papagayos programadas durante estos 21 años. Para este servidor acabó con mucho más.   Acabó con un sentido de pertenencia y de compromiso con la nación, para fortalecer una conducta de individualidad destructiva que se refleja hoy en todos los círculos sociales.

Veintiún años después nos debatimos en un triste y desalentador ambiente político. La disertación, el debate y la retórica no están al nivel intelectual de una nación que se jacta de estar encaminada a un nivel más elevado de desarrollo. El compadrazgo, amiguismo y el clientelismo son la norma establecida y no hay indicios de cambio alguno.

El tráfico y consumo de drogas está fuera de control, ligado a la lucha entre carteles internacionales y pandillas locales que se pelean los mercados, los canales y el territorio. Se adelantan investigaciones sobre el blanqueo de capitales y la infiltración de la actividad en las estructuras económicas del país.

En educación, desarrollo cultural y cuidado del ambiente tenemos graves problemas. Un sistema educativo desfasado amenaza con mantenernos rezagados indefinidamente en cuanto al desarrollo intelectual de esta generación de panameños.   Esto con la ayuda de la pobre utilización de los medios de comunicación. El ambiente en que debemos vivir y en el cual nuestros vástagos deben crecer, está tristemente amenazado por un concepto y visión de desarrollo enmarcado en la construcción de edificaciones de cemento, acero y vidrio en perjuicio de las necesidades de convivir en ambientes que conjuguen la comodidad con las necesidades naturales de supervivencia armónica con el planeta. Recordemos los desastres de la semana pasada.

Muy pocos países han tenido la oportunidad de casi partir de cero como la tuvo Panamá. Oportunidad para reestructurar cada pieza que tiene que ver con las circunstancias de desarrollo de la nación. ¿Por qué no se aprovechó la destrucción de la institucionalidad para integralmente resolver los problemas en el sistema judicial?   ¿Por qué persisten los problemas del sistema educativo? ¿Por qué los problemas en el sistema de salud? ¿Por qué los problemas de seguridad nacional?

El gobierno de Martín Torrijos en 2007 realizó un tímido intento por darle algo de reconocimiento a la fecha. La Asamblea Nacional de Diputados de aquel entonces, aprobó el proyecto de ley que declaraba el 20 de Diciembre ‘Día de Luto y Reflexión Patriótica’.   La ley también creaba la Comisión de la Verdad y por la Reconciliación Nacional, que investigaría las muertes que se dieron a razón de la dictadura militar y de la invasión. La aprobación en asamblea se dio ante la presencia de familiares de los caídos el 20 de Diciembre que se presentaron a la cámara legislativa vestidos de negro. Dos meses después el presidente Torrijos vetó la ley.

A Noriega se le encausó y condenó en Estados Unidos y ahora pasa pena en una cárcel de Francia. Muchos sienten que, con haber realizado comicios electorales libres en cuatro ocasiones, tenemos democracia.   Yo lo veo de otra manera: los eventos que dieron paso a la invasión y a la subsiguiente destrucción de las estructuras político—administrativas de la Nación, ofrecían oportunidades y desafíos más prometedores que no hemos aprovechado. Es hora de retomar el reto para fortalecer el crecimiento y la identidad nacional.

 

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<> Este artículo se publicó el 13 de diciembre de 2010  en el Diario La Estrella de Panamá, a quienes damos,  lo mismo que al  autor,  todo el crédito que les corresponde.

Del sancocho y del sentimiento

La identidad nacional en nuestros países ha servido muchas veces (¿o siempre?)  para colonizarnos internamente.  La opinión de….

LUIS PULIDO  RITTER
luispulidoritter@gmx.net

Una de las grandes taras del continente americano ha sido la fragmentación atávica y el provincialismo que siempre nos ha amenazado como la espada de Damocles.

Muchas veces, como han dicho otros, nos ignoramos mutuamente. Pero no es necesario apelar aquí a un latinoamericanismo ramplón y chabacano, a un nacionalismo cultural, que por décadas nos ha empobrecido con sus golpes de pecho de pertenecer a una cultura original, a una tradición indio-hispánica, a una civilización con una misión especial en la historia como quiso hacerlo Vasconcelos en su día.

Y creo que, en este sentido, nos hemos quedado atrapados en la visión dualista y maniquea que se inaugura con el ensayista Rodó sobre la identidad cultural latinoamericana.

En efecto, la identidad nacional en nuestros países, para decirlo con toda claridad, ha servido muchas veces (¿o siempre?) para colonizarnos internamente, borrar las diferencias étnicas y culturales, en fin, crear la ilusión de que con la nación nos igualaremos.

Pero, finalmente, el racismo, la exclusión y la marginalidad, es lo que termina encubriéndose. Y al contrario de Pedro Luis Prados (La Estrella, 21 de noviembre), no creo que la unidad de la nación, es decir, “compartir propósitos comunes” deba levantarse sobre la “superación” de las diferencias étnicas y culturales,   porque la pregunta aquí consiste en quién define lo que es la unidad de la nación, qué discurso mitificador y encubridor se pone en circulación para no discutir lo que hay que plantear: lo que ha significado la exclusión racial y cultural en Panamá.

Para este encubrimiento no han dejado de prestarse los discursos de clases, nacionalistas y populistas en el país, discursos, al fin y al cabo, esencialistas.

En otras palabras, ninguno de estos discursos en Panamá se ha alejado del eje romántico y centralista, identificar la nación con un tipo de construcción cultural, por ejemplo: nos identificamos panameños por gustarnos tal o cual música. Y la “cuna” de la nación está en tal o cual pueblo.

Habría pues que separar la nación de la cultura para entrar a pensar este problema de manera diferente.   En Panamá, Armando Fortune, con su teoría del sancocho y del sentimiento, hizo una propuesta para salir de ese atasco romántico.

Y coincido plenamente con Prados con respecto al folklorismo. Esto está suplantando el debate necesario que habría que realizar en Panamá sobre nuevos modelos de convivencia, de identidad tanto individual como colectiva.

Pero, por otra parte, no debe dejar de decirse que la globalización implica nuevos retos a todos. Y no vamos muy lejos si la demonizamos. Lo que se entiende como globalización –que tiene muchas connotaciones– también ha significado la oportunidad de millones de seres humanos para, finalmente, salir de la pobreza en los últimos veinte años.

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<> Este artículo se publicó el 12 de diciembre de 2010  en el Diario La Estrella de Panamá, a quienes damos,  lo mismo que al  autor,  todo el crédito que les corresponde.

Una cédula inculta

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La opinión de…

ELIECER  RODRIGUEZ
Hace poco acudí a la Dirección General de Cedulación a retirar mi nuevo documento de identidad y confieso que parece bastante seguro y fuerte para los quehaceres cotidianos en nuestro inclemente medio.

Al ver esta nueva versión, creo que la cuarta en los últimos 20 años, rescaté de la memoria aquellos emotivos momentos cuando el Honorable Magistrado Pinilla regresó de Nueva York, adonde había acudido para una presentación de la nueva cédula panameña, aquella que tenía como fondo las esclusas del Canal de Panamá.

A su juicio éste era un documento imposible de falsificar, suplantar o adulterar. La alegría del Magistrado era radiante, algunos preguntaban si era porque verdaderamente estábamos ante el documento más seguro del mundo como le habían vendido o por el primer viaje que lo estrenaba como nueva autoridad del Tribunal Electoral, institución donde sus dignatarios suelen viajar a menudo.

La historia es ya conocida, la inviolable maravilla vivió apenas un par de años para contarlo. Le sucedió otro modelo y a éste el actual.

Lastimosamente, el recién estrenado documento exhibe errores ortográficos imperdonables. Por ejemplo, mi nombre y apellido llevan acento, pero la cédula los omite. Mientras cursaba la primaria, me llevé varios feroces reglazos, cuando aquello era permitido, por omitir las tildes a tan preclaro sustantivo.

Al inquirir sobre las razones de semejante gazapo, la atenta servidora electoral me respondió que a juicio de la Directora General de Registro Civil, los nombres propios no tienen regla gramatical y por lo tanto no llevan tilde.

Sorprendido por la respuesta nuevamente indagué cómo pronunciaban ustedes el nombre del anterior Director General de Registro Civil, el Escipión moderno que al mejor estilo de Pompeyo recibió como herencia una de las tres legiones del Tribunal Electoral: Dámaso, Damasó o Da Mazo.

Luego de una breve pero contagiosa risa, coincidimos en que quizás la nueva mandamás de Registro Civil tenga algo de razón, pero lógicamente con relación a sus dos nombres y sus dos apellidos que se campean entre Estados Unidos de Norteamérica y Francia, pero no para el resto de los mortales.

Si lo que dispone el Registro Civil es un mandato para todos, entonces el Ministerio de Educación tendrá que considerar en su reforma o transformación curricular esta nueva norma de hecho y detener la masacre que los docentes de educación primaria cometen contra indefensos niños que reciban como identidad un nombre en español como por ejemplo, María y no Maria, Néstor y no Nestor, Emérita y no Emerita, Caifás y no Caifas, Agustín y no Agustin, y mil etcéteras más, cuando sus impróvidos discentes decidan omitir las tildes por pereza o por ignorancia.

Gracias a Dios la cédula panameña es un documento doméstico que apenas sirve para identificarnos ante los policías, que por fortuna o desgracia son agentes con limitada educación o ante los cajeros en los bancos, que están allí no precisamente por tener los niveles de educación más elevados o ante los registradores de partidos políticos que tampoco exhiben un connotado historial académico. Si tuviésemos que presentarla ante personalidades académicas, sobre todo fuera de Panamá, dudarían mucho acerca de nuestra cultura o por lo menos cavilarían en cuanto a la lengua oficial del país.

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<>Artículo publicado el  5 de diciembre  de 2010  en el diario El Panamá América,   a quienes damos,  lo mismo que al autor,  todo el crédito que les corresponde.

Panamá: se queda sin identidad nacional

La opinión del Periodista y Docente Universitario…


GARRITT GENETEAU
ggeneteau@yahoo.es

Lamentablemente Panamá está perdiendo su identidad como nación. Productos tradicionales como las comidas típicas, tales como tamales, tortillas, hojaldres, los aceites, dulces, pastillas, las cervezas y otros que eran fabricados por empresas nacionales están pasando a manos de grandes capitalistas extranjeros. El sabor característico de esos comestibles y bebidas se ha perdido. Por ejemplo, ahora las tortillas se están convirtiendo en arepas venezolanas y el sabor de las cervezas, que el Mayor Alemán y el inolvidable locutor Víctor Julio definieron como ‘pan líquido panameño’, ahora tiene sabor colombiano.

Después de la Segunda Guerra Mundial comenzaron a surgir empresas de considerable magnitud que daban ocupación a miles de panameños, pero con el advenimiento del neoliberalismo y el libre mercado comenzó la invasión de consorcios extranjeros muy poderoso, ya no procedentes de los Estados Unidos como era lo habitual desde que Panamá suscribiera el Tratado Hay-Bunau Varilla, sino que países latinoamericanos como Venezuela, Brasil, Colombia y México han comprado las pocas empresas panameñas.

Industriales de los países mencionados encuentran campo propicio para invertir en Panamá, lo cual aplaudiríamos si otras fueran las circunstancias. Pero, en vez de contribuir al desarrollo del país, están explotando nuestros recursos sin ningún beneficio significativo para nosotros.

Son empresas que traen sus propios empleados, incluso la mano de obra no calificada. Si se limitaran a importar personal idóneo que contribuyera a capacitar a nuestros trabajadores, veríamos con buenos ojos esta situación. Pero, no es así. Lo que están haciendo es provocar más desempleo, y por consiguiente creando problemas al Gobierno Nacional. Ahí están, por ejemplo, las continuas huelgas, manifestaciones/piqueteo de desempleados que antes laboraron en las contadas industrias que teníamos.

La situación geográfica siempre ha traído problemas y pocos beneficios para los hijos de este país. Desde la época colonial española hasta el colonialismo estadounidense, pasando por la dominación colombiana, este país ha visto desfilar cuantiosas riquezas que van a parar a manos extranjeras mientras nuestra población humilde sufre privaciones. Y últimamente sucede algo inconcebible en el Siglo XXI, hay niños que mueren de desnutrición mientras los millonarios foráneos acumulan riquezas que depositan en cuentas cifradas en Suiza. Y se preguntarán, ¿no hay leyes que frenen esta piratería? Claro que las hay, pero en Panamá abundan legislaciones de todo tipo, ¿ pero quién las hace cumplir?

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<> Artículo publicado el 1 de diciembre  de 2010  en el diario  El Siglo, a quienes damos,   lo mismo que al autor, todo el crédito que les corresponde.

 

Cultura e identidad

La opinión del Psicólogo y Docente Universitario…

Javier Comellys

 

Tanto la cultura como la identidad son dos conceptos que están íntimamente relacionados, funcionan como elementos cohesionados dentro de los grupos sociales y actúan entrelazados para que los individuos que la forman puedan fundamentar su sentimiento de pertenencia.

Ambos tienen que ver con el conjunto de rasgos distintivos: espirituales y materiales, intelectuales y afectivos, valores y tradiciones, símbolos y creencias, modos de comportamiento, etc.

Por otro lado, algunos antropólogos consideran la cultura y la identidad, como la vida misma, una totalidad de bienes y vínculos, una red de funciones de producción y reproducción social, un código de lectura y de acción, un tejido de convivencia, un enfrentamiento cuerpo a cuerpo con la naturaleza y con los demás.

Su importancia radica en que a través de la cultura el ser humano puede expresarse libremente, sin coacción, dogmas ni imposiciones que le impidan ejercer sus derechos en la búsqueda de la perfección y la realización. Es decir, cada cual debe tomar conciencia de quiénes somos y cómo somos.

En otras palabras, la cultura y la identidad son todas aquellas expresiones que el hombre ha ido incorporando a su naturaleza, como humano a lo que necesita saber para poder sentir, actuar y pensar de manera correcta dentro de su grupo social.

Dentro de la práctica cultural existe lo que se denomina la conciencia de una identidad común, ella implica que hay un motivo hacia la preservación de esa identidad y hacia la preservación de la cultura. De ahí que la identidad cultural es similar a todo aquel conocimiento que hemos adquirido, compartido y transmitido de generación en generación y que hemos puesto en práctica como un aprendizaje heredado de nuestros antepasados.

A lo largo de la historia de la humanidad, los pueblos han sufrido el fenómeno de la transformación cultural, la aculturación y la deculturación. La primera se refiere al proceso mediante el cual una cultura receptora asimila e incorpora elementos procedentes de otra cultura o de otros grupos con los que ha estado en contacto directo y continuo durante cierto tiempo; la segunda es la pérdida de los elementos de la propia cultura original.

Cuando los grupos humanos son absorbidos por otra cultura más dominante. Estos procesos se entienden en la actualidad como una forma de colonialismo y neocolonialismo, un proceso de intercambio cultural en el que una cultura dominada asimila los rasgos de otra dominadora.

Durante el periodo de la conquista y colonización de América se dieron estos fenómenos por arte y parte de las potencias europeas, que no vieron en estas tierras más que una fuente de enriquecimiento, hecho ocurrido durante y después del siglo XV. El descubrimiento de América y las consecuencias de la conquista llevaron a los pueblos indígenas a su deshumanización, casi a su extinción; millones de amerindios murieron en nombre de la colonización y evangelización.

Las poblaciones indígenas de América fueron utilizadas por las potencias europeas como carne de cañón, tratados poco menos que como seres salvajes por el simple hecho de andar con taparrabo y tener una identidad cultural distinta a ellos. Fue un verdadero holocausto lo que ocurrió en América durante la conquista, con el exterminio de millones de indígenas.

El descubrimiento de América y sus consecuencias culturales devastadoras llevaron a la europeización forzada de las colonias y a lo que se denominó el “Nuevo Mundo”.

Otra forma de transformación y extinción de la identidad cultural la encontramos en los regímenes y sistemas totalitarios, dictatoriales y autoritarios. Es cuando el dictador impone las reglas del juego en lo político, en lo social, en la educación en lo cultural en todo lo relacionado a las actividades diarias en que se desenvuelve la sociedad.

Cuba, por ejemplo, ha sufrido por más de medio siglo un proceso paulatino de deculturación. El pueblo cubano ha perdido los elementos propios de su cultura, su idiosincrasia, su religión, sus estereotipos, su manera de sentir, pensar y actuar, por la imposición de una ideología ajena a su sistema cultural, el marxismo leninismo.

A Fidel sólo le faltó reemplazar la bandera cubana por la hoz y el martillo, traicionó los más nobles y legítimos ideales del patriotismo y nacionalismo, dejando a su pueblo sin identidad propia.

Con la dictadura militar en Panamá ocurrió algo parecido, Torrijos, sin una verdadera conciencia nacionalista trató de cubanizar nuestro país, con reformas al sistema educativo, con los denominados asentamientos campesinos, la estatización de empresas privadas, la expropiación de las tierras a los campesinos, todo esto aunado a un siglo de asimilación de la cultura del imperionorteamericano contribuyó a extinguir la identidad cultural del panameño, su nacionalismo y con ello su idiosincrasia.

Hoy en día, nuestra juventud no sabe qué se celebra el 3 de noviembre, desconoce nuestros símbolos patrios, le da igual que el escudo nacional lleve impreso una pica una pala, un azadón o un mazo; que la bandera ondee con los colores invertidos o que el himno lo canten como si fuera un regué.

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<> Este artículo se publicó el 20  de noviembre de 2010  en el diario La Prensa, a quienes damos,  lo mismo que al autor, todo el crédito que les corresponde.
Más artículos del autor  en: https://panaletras.wordpress.com/category/comellys-javier/

Verdad histórica

La opinión de…

 

Roberto Arosemena Jaén

La historia son los hechos que sucedieron y que tienen significado en el presente que se vive y se proyectan al mañana. La filosofía de la historia se orienta más a criticar lo sucedido y a buscar un hilo conductor de lo que debe suceder con base a lo sucedido.

La historia, cada vez más, es una ciencia y en esa medida, la filosofía se podrá ajustar más a la realidad investigada. Una cosa es la historia y otra cosa la historia digna de ser contada, la narrativa histórica o la historia interpretada.

Una filosofía que hace filosofía desde una mentira histórica “indigna de ser narrada” tendrá que aceptar que sus conclusiones son producto de la imaginación, antes que del conocimiento de la realidad.

La crítica histórica ha concluido que las “filosofías de la historia” sin un esfuerzo hermenéutico son cuentos, fantasías y constructos ideológicos para encubrir la realidad, agudizar las crisis políticas que se enfrentan y ofrecer salidas caprichosas y autoritarias.

Un hecho tan lamentable como la Segunda Guerra Mundial se está interpretando como una patología propia de la ciudadanía liberal que se empezó a definir desde la lucha contra el despotismo laico o religioso. Atento, malas interpretaciones ocasionan catástrofes humanitarias.

En este caso se apunta a la “hipocrítica” de lo político y a la hipercrítica de lo moral. La solución natural era “ la moral al poder”. El poder sometido a la moral del gobernante. La solución fue sencilla pero totalmente fantasiosa. La soberanía del déspota pasaría a la soberanía del pueblo o de la nación, como sociedad política y culturalmente organizada.

Y surgieron los totalitarismos del siglo XX y el Consejo de Seguridad de las potencias nucleares. La falacia era la del “buen salvaje”, “el malestar de la cultura” y la dialéctica entre poder, sexo y verdad. El realismo de la dictadura del buen revolucionario para construir la humanidad de los derechos humanos o la sociedad universal comunista era la mentira histórica de la acción humana basada en la moral, la cultura y la educación. Jesús había solucionado el problema con menos filosofía: “Al César lo que es del César” a la esperanza, al amor y a la verdad insobornable (Dios) lo que le pertenece”.

El problema de la historia y de una filosofía no ideologizada es terriblemente complejo. Hay que partir del hecho que han demostrado los sociólogos clásicos: el hombre se mueve por valores y por intereses. De allí la importancia de la ética o de los principios universales de la conducta humana, al menos a nivel procedimental de una democracia constitucional de derecho.

En el caso nuestro, Panamá tiene su historia y como tal tiene que ser investigada. Pero no como observador de lo que sucede como hacen los extranjeros, sino como participante de los que padecen los acontecimientos y los hechos históricos. Esta metodología de participante se da en un contexto de diálogo, comunicación y debate permanente. Panamá es un país histórico y con historia propia que ha venido estructurando desde hace siglos. Los pueblos originarios con más tiempo a sus espaldas son tan panameños como los generados desde ellos.

¿Qué diferencia hay entre un antecesor con más de 500 años y un antecesor de 1964 que tiene medio siglo de haberse comprometido con la constitución de una patria libre, soberana y sin bases militares y con los testigos mudos de la invasión de 1989?   ¿Tiene el habitante del pasado más identidad nacional que el del presente y el del futuro?   O la nación no es más bien un diálogo entre generaciones, entre contemporáneos, antecesores y sucesores. ¿Puede hacerse historia sin expectativas de futuro permaneciendo solo en la experiencia del pasado?

La historia sucedida tiene que ser escrita y debatida para que la memoria y el recuerdo renueven el presente no como algo acabado sino como un conocimiento crítico de lo que es y pudo no haber sido y un proyecto o compromiso de lo que sucederá porque queremos que suceda o porque estamos destinados a sufrirlo.

La historia no es maestra, ni manipuladora del pasado ni del futuro, es solo un conocimiento verdadero que nos advierte de lo que vendrá sino nos decidimos a construir el futuro. No caigamos en el triunfalismo. La historia como conocimiento es solo una oportunidad para actuar ética y políticamente en el mes de la patria y en los meses venideros.

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<> Este artículo se publicó el 17 de noviembre de 2010  en el diario La Prensa, a quienes damos,  lo mismo que al autor, todo el crédito que les corresponde.
Más artículos del autor  en: https://panaletras.wordpress.com/category/arosemena-jaen-roberto/