El testamento del año 2010

La opinión de…

 

Magela Cabrera Arias

En varios países –especialmente Colombia y Ecuador– se hace un muñeco con trapo y cartón que personifica el año que finaliza y que a medianoche del 31 de diciembre es calcinado en medio del jolgorio de todos. La hoguera donde se quema el Año Viejo es parte de una suerte de rito que expulsa energías negativas del ciclo que finaliza, al tiempo que deja el camino libre a las energías positivas del Año Nuevo; al final se lee un testamento –que a modo de catarsis y de forma irónica– alude a figuras políticas a los que el agónico año viejo deja una herencia.

Soy el año 2010 moribundo. ¡Hijos, acérquense a escuchar mi testamento!

A mi querido Juan Pueblo le pido perdón por dejarle muertos, ciegos, desahucios, educación y salud de mala calidad, inundaciones, más impuestos y pobreza.

En esta hora fatal, a mi hijito Ayú le dejo una Constitución para que le sirva de guía y pueda mantener el rumbo sin perder la hidalguía cuando le toque el turno de discutir la reforma y de dejar la silla.

A mi hijo Bosco le quito la consola de videojuegos y los guantes de boxeo y le dejo una copia del derecho a la ciudad de Brasil, para que juegue a hacer una ciudad con patrimonio cultural e histórico y amplios espacios públicos.

A mis nietos, los honorables diputados, les dejo unos lentes bien potentes y de marcos importados para que vean bien las leyes que aprueban y que luego no aleguen –como en el caso del chorizo– que no supieron ni vieron.

A mi sobrino Javier le dejo la película Una verdad Incómoda para que la disfrute junto a Carmencita, Raisa, Gabriela y Alida.

A mis cuñados los fiscales les dejo una atarraya de kriptonita para que la usen sobre el sistema de justicia para tapar hoyos, lagunas y puertas por donde se cuelan los peces más gordos.

A mi compadre Gustavo le dejo un Lamborghini que, aunque ajeno, lo hace lucir vigoroso; eso sí con la promesa de que arroje muy lejos el pele police que deja sueltos a los rabiblancos y agarra a los rabiprietos.

A mi sobrino Salo le dejo un hotel para que aloje gratis a los funcionarios de la Unesco que quieran visitar al Casco Antiguo antes que le quiten el título de Patrimonio de la Humanidad.

A mi hijo Ricardito le dejo una laptop con internet de banda súper ancha para que pronto se entere de lo que dice Wikileaks, y prepare sus discursos con rapidez y destreza.

A mi hijo Federico le dejo un helicóptero para que acuda raudo y veloz a dar discursos bonitos, alejándose así de los tranques infinitos.

A mi hijo Carlitos le dejo una casita de muñecas para que con un bono de vivienda disfrute del amplio espacio de las urbanizaciones en la periferia.

A mi hija Alma le regalo un trabajo en las bananeras bocatoreñas para que pele el ojo bajo el candente sol.

A la Autoridad de Aseo le dejo unos camiones muy bonitos –casi nuevos–, ya que los $80 millones alcanzaron para pintarlos de colores patrios.

A los amantes de la cultura les dejo un billete de lotería premiado para que creen editoriales, museos y hasta una concha acústica para la cinta costera, así apoyarían a escritores, pintores, escultores y músicos panameños.

A los amantes del deporte les dejo energía y el campo libre para que organicen los próximos Juegos Centroamericanos y Panamericanos; a cambio me llevo a Franz y, a los Miguelitos, a unirse con Melitón.

A Juan Pueblo le dejo ¡optimismo! Y unas palabras sabias de Frei Betto: “Tengo la certeza de que nada vuelve a una persona más feliz que el empeñarse a favor de la felicidad ajena; y esto vale tanto en la relación íntima como en el compromiso social de luchar por ‘otro mundo posible’, sin desigualdades insultantes y en el que todos puedan vivir con dignidad y paz. El derecho a la felicidad debiera constar en la Declaración Universal de los Derechos Humanos. Y los países no debieran ansiar en adelante el crecimiento del PIB, sino el del FIB: la Felicidad Interna Bruta”.

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Este artículo se publicó el 6  de enero de 2011   en el diario La Prensa, a quienes damos,  lo mismo que a la autora, todo el crédito que les corresponde.

¡Herencia!

La opinión de…

 

Luis Alberto Castrellón Oller

Distintos diccionarios y enciclopedias definen la herencia según varias acepciones, entre las cuales tenemos las de tipo biológico, legal o de derecho, cultural e histórico.

Desde el punto de vista biológico, herencia es el conjunto de caracteres que los seres vivos reciben de sus progenitores, lo que se estudia a través de la genética, y que se dice es el conjunto de caracteres fenotípicos y del genoma que transmite un individuo a la descendencia.

Bajo la visual del derecho, es el conjunto de bienes, derechos y obligaciones que, al morir alguien, son transmisibles a sus herederos o a sus legatarios. En el aspecto cultural son los rasgos históricos, científicos, ideológicos, sociales que, habiendo caracterizado a alguien, continúan advirtiéndose en sus descendientes o continuadores.

A los tipos enunciados añado la herencia de valores, que es la que se debe transmitir al individuo o ciudadano desde el seno familiar, por ejemplo, los buenos modales y maneras. El respeto a nuestros semejantes, ya sean menores, coetáneos o mayores. La rectitud de ánimo, integridad en el obrar, ser decente o decoroso, probo, recto, que es honestidad. El ser claro es evidente que se comprenda sin duda ni ambigüedad, en definitiva, que es ser transparente. Con dedicación, ocuparse en cualquier actividad física o intelectual, que es trabajo o ser bueno, que no es más que obrar en beneficio del prójimo.

Estos valores y otros más son los que deben ser la inspiración para beneficio y futuro de nuestra sociedad, desde la célula fundamental de la misma, la familia y en la base de transmisión de conocimiento, que es la escuela a través de un nuevo sistema educativo; así podremos tener gente de bien en nuestra nación para combatir y eliminar el juega vivo y la corrupción que corroe los cimientos de nuestra sociedad. Ahora bien, ¿cómo hacemos esto? Sencillo, dialogando, concertando y aprobando cambios profundos para nuestra sociedad.

Si queremos tener una mejor nación para las presentes y futuras generaciones de panameños, tenemos que realizar una tarea nacional impostergable, que es corregir todo lo ocurrido en los primeros 100 años de nuestra vida republicana, ya que en un siglo hemos tenido cuatro constituciones, la de 1904, 1941, 1946 (la mejor) y 1972 (la del retroceso histórico) y cinco emparchamientos a la de 1972 realizados por actos legislativos en 1978, 1983, 1993, 1994 y 2004.

Entre los asuntos que requieren corrección y reestructuración tenemos el Órgano Legislativo, con diputados provinciales y nacionales dedicados hacer las leyes adecuadas para el país. La elección de magistrados para cualquier corporación que requiera estos cargos. La designación de procuradores. La presentación de informes económicos, de administración de los bienes del Estado y rendición de cuentas trimestralmente de parte del Órgano Ejecutivo. Reorganización de todo el sistema educativo. Y aquellas circunstancias que ameritan ser revisadas y corregidas.

En consecuencia, si queremos dejarle a nuestros hijos, nietos, bisnietos y siguientes generaciones una herencia para un Panamá mejor, tiene que cumplirse la tarea de forjar una “nueva y moderna Constitución para los próximos 100 años y más, la cual debe ser producto del consenso nacional.

 

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<> Este artículo se publicó el 3  de noviembre de 2010  en el diario La Prensa, a quienes damos,  lo mismo que al autor, todo el crédito que les corresponde.
Más artículos del autor  en:   https://panaletras.wordpress.com/category/castrellon-o-luis-a/

De herencias y justicia

La opinión del Ingeniero Industrial y Analista Político…

MARIO A. ROGNONI

Las preocupaciones de todo hombre económicamente exitoso al final se reducen a dos, cómo preservar su fortuna y a quién heredarla al morir. Muchos millonarios han enfrentado su dilema de distintas maneras, desde la respuesta favorita de don Roberto Motta, a quien le preguntaba ‘¿Qué piensa hacer con tanto dinero al morir?’, a lo que respondía ‘si no me lo puedo llevar, no me muero’,    a la posición de otros que simplemente dicen ‘una vez muerto, no me importa lo que ocurra’. Pero la gran mayoría, invariablemente, busca dejar establecido lo que habrá de suceder con sus fortunas.

El problema presenta condiciones críticas, por el hecho de que una vez muerta la persona no puede hacer nada para hacer valer su voluntad. Peor aún, personas inescrupulosas pueden tratar de variar sus últimos deseos. Por algo los testamentos escritos se conocen como ‘la última voluntad’ del difunto, y al final toca a autoridades velar por el cumplimiento del deseo expreso recogido en su testamento.

Algunas fortunas han tenido la suerte, o previsión, de ver repartido el patrimonio en vida de quien lo generó y poseía, muchas veces evitando así las posibles disputas familiares propias de una herencia en discusión.   Otros casos famosos se han dirimido en juicios de sucesión intestados, es decir, sin testamento conocido.   Pero aún con testamentos, la historia recoge cantidad de casos donde se producen duplicados,  se impugnan documentos y casos donde se cuestiona la autenticidad de otros.    Al final, toca a los tribunales dirimir la suerte de fortunas y herederos.

Recientemente Panamá vivió un caso que llegó a los medios y fue discutido en todos los círculos de opinión.   En junio de 2006 falleció el empresario jubilado norteamericano William C. Lucom, radicado en nuestro país por años. A Lucom quienes lo conocimos sabemos que era el típico ‘redneck’ norteamericano, conservador y expresión moderna del imperialismo norteamericano.   Lucom trató de formar un grupo para traer las bases militares gringas de vuelta a nuestro país, donde, según el, tenían el derecho de estar, porque para él existíamos como país gracias a ellos.   Su discurso político era republicano,  Carter había sido débil en devolver el Canal, la revolución de octubre era de izquierda, para él había comunistas detrás de todo árbol.    Era rico y disfrutaba su fortuna. Casado con Hilda Pizza, quien fuese la esposa de Gilberto Arias G.,   entraba a los mejores círculos sociales del país por su esposa.

Si algo no se conoció en su vida fue la preocupación por la pobreza de los niños de Antón, área frecuentada por la familia por haber readquirido la Finca Santa Mónica. Por ello, cual no fuese la sorpresa cuando a su muerte aparece un ‘supuesto’ testamento donde el archiconservador Lucom, amante de los Estados Unidos, deja su fortuna estimada en más de 30 millones de dólares a una Fundación ‘supuestamente’ creada por él para los Niños Pobres de Antón. No es de extrañar que abogados de USA, conocidos de Lucom en Panamá y otros argumentarán a favor de la ‘Fundación’, conscientes de que podían quedar a cargo de su administración.

Omar siempre nos decía que las leyes no podían ir contra el sentido común, por eso cada caso que yo veo en litigio trato de descifrarlo con sentido común, no con leyes.   Cuando se inicia el litigio por la herencia del viejo Lucom, para mí era claro: Un hombre que nunca expresó preocupación por los niños pobres de Antón, que pudo en vida haber dado parte de su fortuna o haber arreglado en vida su distribución para favorecerlos y no lo hizo, versus dejarle su fortuna a la mujer con la que vivió los últimos años de su vida, que le dio una vida nueva, distinta, en Panamá y con la que compartía todo al final de su vida.   No dudo que William C. Lucom quiso dejarle todo a doña Hilda. Es lo lógico, lo que el sentido común indica.

Cuatro años más tarde, los tribunales de justicia de Panamá fallan finalmente todos los recursos interpuestos y declaran como heredera a su viuda. Con el fallo de la Corte Suprema de Justicia en agosto de este año se cierra este caso, que sirve de lección a todos los ricos, cuyo problema, al final, es el mismo, que se les respete su última voluntad.

<> Este artículo se publicó en 7 de septiembre de 2010 en el diario Estrella de Panamá, a quien damos, lo mismo que al autor, todo el crédito que les corresponde.

El testamento final de Wilson Lucom

“.. –hablan de 50 millones– a una fundación cuyo propósito era “alimentar a niños con necesidades en Panamá”.  La opinión de…

R. M. Koster

Wilson Lucom, diplomático e inversionista norteamericano, se radicó en Panamá en 1991 después de ganar una batalla contra el cáncer. Era muy rico, pero había nacido pobre y sus gustos eran sencillos. Prefería el interior a la capital. Compró una finca en Antón, y con Chinchorro Carles y otras amistades coclesanas llegó a conocer rincones como Toabré y La Pintada. Como he visto pasar a menudo con paisanos míos, parecía tener más aprecio por Panamá que muchos panameños.

Lucom se casó dos veces, pero nunca tuvo hijos propios. Le preocupaba la falta de oportunidades para los jóvenes del campo, y el juega vivo de la política criolla. Se preocupaba por Panamá.

Cuando murió, en junio de 2006, a los 88 años, dejó un condominio y un cuarto de millón anual a su viuda, sumas menores a varios otros, y el grueso de su fortuna –hablan de 50 millones– a una fundación cuyo propósito era “alimentar a niños con necesidades en Panamá”. Era el legado más grande para una obra de caridad en la historia del país.

El legado iba a salvar muchas vidas. Según el Fondo de las Naciones Unidas para la Infancia (Unicef), “Panamá es uno de los dos países de América Central que han experimentado en los últimos años un aumento en la desnutrición crónica de los menores de cinco años”.   En 2007, la Asociación Nacional Pro Nutrición Infantil estimaba que en la comarca Ngäbe Buglé dos niños morían de desnutrición cada tres días.

Lucom habla en el testamento de habilitar a las escuelas de lugares necesitados para dar almuerzos a los alumnos. Así era que el legado iba también a ayudar a la economía interiorana.

Iba a mejorar las vidas de todos los que vivimos en el istmo, y de muchos no nacidos todavía. Por el legado de Lucom, íbamos a tener más ciudadanos responsables entre nosotros y menos delincuentes. Iba a corregir un poco la injusticia económica a la cual el presidente Martinelli se refirió en su campaña cuando dijo que, “Panamá es el tercer país con la peor distribución de riqueza en el mundo”. Más importante aún, iba a dar esperanza y reducir ira.

La Corte de Sucesión aceptó el testamento de Lucom el 5 de julio de 2006, declarando que la fundación era el heredero principal.   Poco tiempo después, la viuda de Lucom presentó un incidente para anular el testamento y para que ella fuera nombrada heredera universal –es decir, única– de Wilson Lucom.     El 4 de mayo de 2007, el Tribunal Superior de Panamá confirmó la validez del testamento de Lucom.   La viuda apeló e interpuso un recurso formal de casación.  El caso fue a la Corte Suprema.

La Corte falló el 6 de agosto.   Señaló en el fallo que Lucom, en su testamento, se refirió a quien hoy es su viuda como su “amada esposa”.   Estas palabras, decidió la Corte, indican “que aún después de la muerte del causante [es decir, Lucom], éste se preocupara por el bienestar y la posición socioeconómica de quien al momento de su muerte tenía la condición de cónyuge, situación que no puede inferirse pueda tener una fundación”.  Por esto, la Corte declaró a la viuda heredera universal.

Al morir Wilson Lucom, la República de Panamá tenía casi 103 años de existencia.    Aunque dure otros 103 siglos, no tendrá en su tierra a nadie tan bobo de tratar de dar su fortuna a los pobres.

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Este artículo se publicó el 19 de agosto de 2010  en el diario La Prensa,  a quienes damos, lo mismo que al autor,  todo el crédito que les corresponde.

Justicia arbitraria y desigual

La opinión de…

Betty Brannan Jaén

WASHINGTON, D.C. –Me alegra mucho que hayan soltado de la cárcel al periodista Carlos Núñez, pero su liberación no hace más que confirmar, nuevamente, que lo que se hace pasar por justicia en Panamá es en verdad un sistema injusto plagado de arbitrariedad, manipulación y conceptos obsoletos.   Eso es en el mejor de los casos, porque el peor involucra franca corrupción.

La arbitrariedad está confirmada por el hecho de que de un día a otro, repentinamente, la condena muy severa de un año de prisión que se le había impuesto a Núñez quedó reducida a una multa irrisoria de 68 dólares (o sea, 34 días multa a razón de dos dólares por día).

Como Núñez ya llevaba 19 días preso, solo tuvo que pagar 30 dolarcitos para recuperar su libertad y poner fin a toda la pesadilla.   Si partimos de la premisa de que uno de los requisitos de la justicia es que el castigo sea justamente proporcional al delito, es inexplicable que un año de prisión sea equivalente a 68 dólares de multa.

O la primera sentencia era arbitrariamente severa o la segunda era arbitrariamente liviana. O –y esta tercera posibilidad es para mí la explicación correcta– las dos fueron totalmente arbitrarias, para nada fundamentadas en lo que debe ser justicia.

Además, me luce obvio que consideraciones ajenas a la justicia influyeron en que se redujera la sentencia de lo catastrófico a lo ridículo.

Como organizaciones internacionales en Estados Unidos y Europa criticaron el encarcelamiento de Núñez y la comunidad periodística panameña también brincó a su defensa, creo que las autoridades judiciales panameñas se sintieron presionadas a liberar inmediatamente a Núñez.

No alego que hubo “manipulación política” en el sentido tradicional, pero sí creo que se quiso manipular el caso para lograr un desenlace menos “políticamente incorrecto”, como dicen los estadounidenses.

¿Por qué era “políticamente incorrecto” encarcelar a Núñez? Porque en la mayoría de países civilizados, la difamación se resuelve por pleito civil, no por caso penal y mucho menos con condena de prisión.

Es cierto que hay algunos países que todavía tienen leyes de difamación penal, pero la tendencia es reconocer que criminalizar la libertad de expresión es inconsistente con democracia.

Por ello, la tendencia es eliminar estas leyes, además de que en países avanzados, un caso de difamación (incluso por vía civil) requiere que la información sea falsa y que haya sido divulgada deliberadamente y con malicia; no hay difamación si la información es veraz o si fue emitida por error o en “buena fe”. Que nuestra legislación omita esos requisitos es un ejemplo de cómo la justicia panameña se aferra a conceptos obsoletos.

Mientras tanto, hay otro caso en Panamá que esta semana atrajo la atención muy crítica de una ONG en Washington. Es el caso de Wilson Charles Lucom, un multimillonario estadounidense que murió en Panamá en 2006, dejando su fortuna de 50 millones de dólares para crear una fundación para beneficio de los niños pobres de Panamá.

La batalla sobre su testamento ha sido feroz y está muy lejos de resolverse, pero lo que quiero destacar hoy es que el Consejo de Asuntos Hemisféricos (Coha) emitió un comunicado el lunes sentenciando que el embrollo ilustra las fallas de la justicia panameña.

Según Coha, el caso “sugiere que hay diferentes grados de justicia para los distintos panameños, dependiendo de su estatus social y político”. Hay indicios de “un aparato judicial anacrónico y oscuro, cuya estructura lo hace altamente vulnerable a manipulaciones políticas”.

Por ello, subraya Coha, no es sorpresa que Panamá haya recibido muy mala nota cuando el Barómetro Global de Corrupción de 2009 preguntó a los panameños cómo califican su aparato judicial.

En un esquema donde “1” significa no corrupto y “5” significa extremadamente corrupto, los panameños dieron nota de “4.4” a su aparato judicial. (Nota de “4.6” para los partidos políticos y la Asamblea; “2.8” para los medios).

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Este artículo se publicó el 18 de julio de 2010  en el diario La Prensa,  a quienes damos, lo mismo que al autor,  todo el crédito que les corresponde.

La herencia del ‘Army’

La opinión de…..

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Juan Méndez


Siendo José Miguel Alemán ministro de Relaciones Exteriores (1999–2003), el Gobierno de Panamá llevó a cabo la justa, digna y obligatoria labor de reclamar a Estados Unidos la remoción de la peligrosa contaminación militar abandonada por el ejército de ese país en territorio nacional. Y se lograron| avances importantes. Entre otras cosas, una propuesta para la destrucción de las armas químicas que yacen en el suelo de isla San José, y la promesa del entonces secretario de Estado Colin Powell de “hacer lo correcto” en cuanto a los explosivos sin detonar en tierra firme. Eran importantes avances desde que el Gobierno de Estados Unidos había mantenido que este era “un caso cerrado”, a pesar de que la propuesta no cumplía cabalmente con los requisitos fundamentales, y que Panamá cesó la presión para que hicieran “lo correcto”.

Son más de tres mil hectáreas en la orilla oeste del Canal que permanecen densamente contaminadas con municiones sin explotar. Hay desde bombas de dos mil 500 libras a granadas de 40 milímetros, en total se estima en los cientos de miles el número de explosivos sin detonar en Emperador, Balboa oeste y Piña.

Tal es el peligro que en una visita en 2002 que hizo el ejército americano y funcionarios del Departamento de Estado, acompañados de personal del Gobierno de Panamá al área de los llamados “polígonos”, los militares se negaban a entrar a pesar de que se recorrían zonas seguras patrulladas por vigilantes de la antigua Autoridad de la Región Interoceánica. Costó un mundo llevarlos más o menos cerca de donde pudieran apreciar algunos de los nefastos pertrechos de guerra que según ellos ya habían limpiado.

En isla San José permanecen siete bombas químicas vivas, una de 500 libras y seis de mil libras, verificadas como tales por especialistas de la Organización para la Prohibición de Armas Químicas. Estas son unas pocas que se lograron ubicar sin mayor esfuerzo durante la administración Moscoso.

Lo cierto es que el Tratado del Canal de Panamá de 1977 en el numeral cuatro, artículo IV del Acuerdo para la Ejecución del Artículo IV, establece sin ambigüedades la obligación de Estados Unidos de eliminar las armas convencionales abandonadas en tierra firme. Y es más clara, si cabe, la Convención de Armas Químicas en cuanto a la responsabilidad de Estados Unidos de destruir las armas químicas en isla San José.

No obstante lo anterior, todo indica que en 2003 se abandonó la tarea de hacer cumplir al gobierno de Washington con su obligación jurídica y moral.

Con el cambio de gobierno en 2004 se habló de un cambio de “prioridades”, y el Ministerio de Relaciones Exteriores se volcó al logro de un tratado de libre comercio de debatibles ventajas para nuestro país.

De ahí en adelante no se oyó una palabra más de los explosivos sin detonar, los que presentan un claro peligro para la población, y que inutilizan el uso de esas tierras.   Es más, ya son algunos los millones que se ha gastado la Autoridad del Canal limpiando tierras contaminadas para efectos de la ampliación del Canal.

La pregunta cajonera es: ¿Qué haremos con la herencia del Army?

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Publicado el 7 de marzo de 2010 en el Diario La Prensa, a quienes damos, lo mismo que al autor, todo el crédito que les corresponde.

Las diferencias individuales (II)

La opinión del Pedagogo, Escritor y Diplomático…..

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Paulino Romero C.

Tradicionalmente se ha considerado que las dos fuentes básicas de las diferencias individuales son la herencia y el ambiente. Aunque es cierto que la herencia y el ambiente influyen en los rasgos humanos, también ejercen influencia entre sí y los rasgos humanos no pueden ser divididos entre aquellos que dependen totalmente de la herencia y los que dependen completamente del ambiente. Para cualquier individuo, la presencia o la ausencia de una estructura hereditaria de determinado tipo puede proporcionar o limitar las oportunidades para su desarrollo, pero no puede asegurar que se manifieste o no una clase especial de comportamiento. Los genes de una persona ayudan o reducen la oportunidad, pero no determinan lo que se hará de tal oportunidad.

Aunque todos los rasgos manifestados por los seres humanos son, en parte, debidos a la interacción de factores genéticos y ambientales, para todos los fines prácticos, ciertas características físicas como el tipo de sangre, pueden ser atribuidos a la herencia y ciertos rasgos de conducta, como hábitos y lenguaje, al ambiente. Otros rasgos, estatura y color de la piel, por ejemplo, son afectados muy sensiblemente por ambos factores, los genéticos y los del medio. Las características genéticas son más similares entre las razas humanas, de lo que la mayoría de los biólogos y psicólogos pensaron hace siete décadas. Es, sin embargo, interesante saber que exceptuando a los gemelos idénticos, cada persona humana sobre la Tierra es, probablemente, desde el punto de vista genético, única.

Algunos factores del ambiente posnatal que influyen en el desarrollo del niño son, la posición económica y social de la familia, las actitudes que él percibe en sus padres y otras personas adultas, su posición en la familia y las relaciones del niño con sus hermanos. El ambiente escolar también es importante, especialmente durante los primeros años del niño. Cada niño, de acuerdo a su nivel de comprensión capta su ambiente, contribuyendo éste a la formación de su marco de referencia y actitud hacia el aprendizaje. Las relaciones entre alumno-maestro y entre alumno-alumno, están íntimamente ligadas con la estructura de las personalidades relacionadas con la situación escolar.

Varias de las más evidentes clases de diferencias individuales, están relacionadas con la clase social a que pertenecen las personas. Los adelantos en la escuela, especialmente en materias académicas, tienen una relación muy estrecha con la clase social a que pertenecen los alumnos.  Generalmente los niños y jóvenes de la clase media sobrepasan a los de la clase baja.  Lo mismo sucede con los logros en las pruebas de inteligencia y otras aptitudes académicas.

La nueva pedagogía aspira a dar al niño una educación a “la medida”, esto es, atendiendo a su personalidad. ¡He ahí la importancia de las diferencias individuales en el proceso de enseñanza-aprendizaje!

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Publicado el 11 de enero de 2010 en el Diario El Panamá América, a quienes damos, lo mismo que al autor, todo el crédito que les corresponde.