El testamento del año 2010

La opinión de…

 

Magela Cabrera Arias

En varios países –especialmente Colombia y Ecuador– se hace un muñeco con trapo y cartón que personifica el año que finaliza y que a medianoche del 31 de diciembre es calcinado en medio del jolgorio de todos. La hoguera donde se quema el Año Viejo es parte de una suerte de rito que expulsa energías negativas del ciclo que finaliza, al tiempo que deja el camino libre a las energías positivas del Año Nuevo; al final se lee un testamento –que a modo de catarsis y de forma irónica– alude a figuras políticas a los que el agónico año viejo deja una herencia.

Soy el año 2010 moribundo. ¡Hijos, acérquense a escuchar mi testamento!

A mi querido Juan Pueblo le pido perdón por dejarle muertos, ciegos, desahucios, educación y salud de mala calidad, inundaciones, más impuestos y pobreza.

En esta hora fatal, a mi hijito Ayú le dejo una Constitución para que le sirva de guía y pueda mantener el rumbo sin perder la hidalguía cuando le toque el turno de discutir la reforma y de dejar la silla.

A mi hijo Bosco le quito la consola de videojuegos y los guantes de boxeo y le dejo una copia del derecho a la ciudad de Brasil, para que juegue a hacer una ciudad con patrimonio cultural e histórico y amplios espacios públicos.

A mis nietos, los honorables diputados, les dejo unos lentes bien potentes y de marcos importados para que vean bien las leyes que aprueban y que luego no aleguen –como en el caso del chorizo– que no supieron ni vieron.

A mi sobrino Javier le dejo la película Una verdad Incómoda para que la disfrute junto a Carmencita, Raisa, Gabriela y Alida.

A mis cuñados los fiscales les dejo una atarraya de kriptonita para que la usen sobre el sistema de justicia para tapar hoyos, lagunas y puertas por donde se cuelan los peces más gordos.

A mi compadre Gustavo le dejo un Lamborghini que, aunque ajeno, lo hace lucir vigoroso; eso sí con la promesa de que arroje muy lejos el pele police que deja sueltos a los rabiblancos y agarra a los rabiprietos.

A mi sobrino Salo le dejo un hotel para que aloje gratis a los funcionarios de la Unesco que quieran visitar al Casco Antiguo antes que le quiten el título de Patrimonio de la Humanidad.

A mi hijo Ricardito le dejo una laptop con internet de banda súper ancha para que pronto se entere de lo que dice Wikileaks, y prepare sus discursos con rapidez y destreza.

A mi hijo Federico le dejo un helicóptero para que acuda raudo y veloz a dar discursos bonitos, alejándose así de los tranques infinitos.

A mi hijo Carlitos le dejo una casita de muñecas para que con un bono de vivienda disfrute del amplio espacio de las urbanizaciones en la periferia.

A mi hija Alma le regalo un trabajo en las bananeras bocatoreñas para que pele el ojo bajo el candente sol.

A la Autoridad de Aseo le dejo unos camiones muy bonitos –casi nuevos–, ya que los $80 millones alcanzaron para pintarlos de colores patrios.

A los amantes de la cultura les dejo un billete de lotería premiado para que creen editoriales, museos y hasta una concha acústica para la cinta costera, así apoyarían a escritores, pintores, escultores y músicos panameños.

A los amantes del deporte les dejo energía y el campo libre para que organicen los próximos Juegos Centroamericanos y Panamericanos; a cambio me llevo a Franz y, a los Miguelitos, a unirse con Melitón.

A Juan Pueblo le dejo ¡optimismo! Y unas palabras sabias de Frei Betto: “Tengo la certeza de que nada vuelve a una persona más feliz que el empeñarse a favor de la felicidad ajena; y esto vale tanto en la relación íntima como en el compromiso social de luchar por ‘otro mundo posible’, sin desigualdades insultantes y en el que todos puedan vivir con dignidad y paz. El derecho a la felicidad debiera constar en la Declaración Universal de los Derechos Humanos. Y los países no debieran ansiar en adelante el crecimiento del PIB, sino el del FIB: la Felicidad Interna Bruta”.

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Este artículo se publicó el 6  de enero de 2011   en el diario La Prensa, a quienes damos,  lo mismo que a la autora, todo el crédito que les corresponde.

Basta ya

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La opinión de la Doctora en Medicina …

Marisín Villalaz de Arias 

Hasta cuándo los panameños continuaremos quejándonos de todo, porque sí o porque no, la cuestión es quejarnos y criticar, lo cual me aburre ya que Panamá no puede avanzar con negativismo. Una sociedad que no se da totalmente a los adelantos, a los cambios y a la modernización, no colaborará al adelanto del país donde vive.  El ejemplo lo tengo en mi persona que, a mi edad, uso computadora y no aprovecho más la tecnología por razones de limitaciones por edad.

Hace unos días escuchaba en la radio que el gobierno arreglaría las calles de la ciudad, pero el tranque sería monstruoso. Nos quejamos cuando caemos en los huecos de las calles y si las van a arreglar, también protestamos. Queremos mejores calles, sacrifiquemos algo cada uno o sigamos como estamos. Esto es a todo nivel, privado, público, de periodistas, de grupo o individualmente. Analizando los comentarios debo pensar que nuestra sociedad se está acostumbrando a llevar la contraria a todo, solo por oponernos. Según los psicólogos, el negativismo nos lleva, no solo a atraer lo malo sino también a que los demás lo reciban porque nos da la gana de pensar en NO. Nuestro país tiene tantas cosas bellas no solo para verlas nosotros sino todo el que quiera venir a Panamá. No se qué atractivo tenemos, pero mucha gente quiere vivir aquí.

Entonces, permitamos que el gobierno haga lo que debe, que los panameños felices trasmitamos esa alegría de vivir a los demás y que salgamos delante de la pobreza.  No pocos panameños se conforman con lo que tienen sin buscar superarse para salir de esa pobreza, ser alguien mejor y llevar a su familia a un grado superior de evolución. Ellos continuarán viviendo en la pobreza, conformes con enviar a sus hijos a escuelas públicas en vez de que superen las etapas para ser mejores y tener acceso a los poderes económicos, políticos y sociales. Miremos con positividad y conforme a nuestros pensamientos lo que tenemos delante sin conformarnos solo con lo que nos depara la vida en estos momentos.

La felicidad está en nuestro interior, no en lo que nos rodea sino en lo que sentimos y pensamos para mejorarnos. Basta ya de resignarnos a tener poco y busquemos tener mucho. Serás lo que quieras ser, lo que aspires ser; entonces, piensa en grande y verás cómo se abre tu camino para llegar a lo más grande de tu vida. Házlo y verás la diferencia.

<> Artículo publicado el 13  de octubre de 2010 en el diario El Panamá América, a quienes damos,    lo mismo que a la autora,   todo el crédito que les corresponde.
Más artículos de la autora en:
https://panaletras.wordpress.com/category/arias-marisin-villalaz-de/

Más felicidad con menos consumo

La opinión del Empresario…

RAFAEL CARLES 

¿Alguna vez ha conocido a alguien que ande montado en un ciclo de trabajar—gastar de nunca parar?    Bueno, recientemente leí sobre una pareja en Estados Unidos que tenía un apartamento de tres habitaciones, dos coches y suficiente porcelana para servir a dos docenas de personas, además de trabajo con sueldos superiores a los 60000 dólares al año. Lo tenían supuestamente todo, sin embargo, no eran felices. Y así como ellos, hay millones de consumidores en todo el mundo.

Cansados de buscar en las compras esa felicidad que por años los había esquivado, la pareja decidió cambiar su estilo de vida. Primeramente, se mudaron y comenzaron a donar sus pertenencias a la caridad. Después, regalaron ropa, zapatos, libros, ollas y sartenes, incluso la televisión. Y finalmente, se deshicieron de sus dos automóviles. Los vecinos lo llamaron locos, pero tres años después de haber cambiado sus hábitos de consumo, viven cómodamente en Oregon, en un estudio de 40 metros cuadrados con una cocina de buen tamaño.

Él es ahora doctor en medicina y ella trabaja feliz desde su casa como diseñadora web y escritora independiente. Juntos son propietarios de cuatro platos, tres pares de zapatos y dos ollas. Y entre los dos tienen ingresos superiores a los 25000 dólares al año, suficientes para cubrir sus cuentas. Todavía están sin automóviles, pero han comprado bicicletas. Otra cosa, ya no tienen 30000 dólares en deudas.

Ciertamente, este estilo de vida pudiera asustar a cualquiera. Pero ahora la pareja tiene dinero para viajar y, debido a que su deuda fue saldada, trabajan menos horas, dándose tiempo para disfrutar al aire libre y practicar deportes. Y al hacerlo han erradicado la idea de que es necesario tener más para ser felices, así como que tampoco la adquisición de bienes materiales trae consigo la felicidad.   Como consecuencia, cada día miles de consumidores están reconsiderando sus propios estilos de vida y están pasando de un consumo conspicuo —que es comprar por comprar— a un consumo calculado. O sea que ahora ahorran más, gastan menos, comparan precios y buscan ofertas y rebajas.

Existen estudios que correlacionan el consumo responsable con la generación de alegría, en el sentido de que las personas son más felices cuando gastan el dinero en experiencias en lugar de objetos materiales, cuando disfrutan lo que planean comprar mucho antes de comprarlo, y cuando dejan de tratar de superar a los vecinos. El consumo conspicuo ha sido un objeto de fascinación que se remonta a 1899, cuando el economista Thorstein Veblen publicó ‘La Teoría de la clase ociosa’, un libro que analiza, en parte, cómo la gente gasta su dinero con el fin de demostrar su condición social. Y, desde entonces, ha sido común reconocer que el dinero ayuda a hacer la vida un poco más fácil, porque permite satisfacer las necesidades básicas.

Pero, ¿de dónde proviene realmente la felicidad para los consumidores?   Los estudiosos no han podido determinar si un Mercedes Benz pone la sonrisa más grande que un Toyota, aunque existen algunos hábitos de consumo que afectan la felicidad a largo plazo. Un hallazgo importante, y todos en algún momento lo hemos sentido, es que gastar dinero en una experiencia —entradas a un partido de fútbol, clases de idioma o cocina, o una habitación de hotel en Mónaco— produce mayor satisfacción que gastar dinero en cosas improvisadas sin formato.

Thomas DeLeire, profesor de la Universidad de Wisconsin, recientemente publicó un estudio examinando nueve grandes categorías de consumo, y descubrió que la única categoría que se relaciona positivamente con la felicidad era el ocio: Vacaciones, entretenimiento, deportes y equipos como los palos de golf y cañas de pescar. Es decir, si el dinero no lo hace feliz, entonces significa que no lo está gastando inteligentemente.

Si bien es improbable que la mayoría de nosotros termine reduciendo los gastos como lo hizo la pareja de Oregon, lo cierto es que la ansiedad generada por el costo de la vida ha provocado un movimiento de consumidores que está regresando a lo básico, a un punto que les produce un renacimiento emocional y los conecta con una forma trascendental de vida que va más allá de paliar cualquier situación económica o crisis recesiva.

Lo fundamental aquí es reconocer que el gasto en ocio fortalece los lazos sociales y ayuda a ampliar la felicidad. Y esto es muy importante para todos nosotros como consumidores, independientemente de que terminemos regalando nuestras pertenencias o donando a la caridad.

<> Este artículo se publicó en 7 de septiembre de 2010 en el diario Estrella de Panamá, a quien damos, lo mismo que al autor, todo el crédito que les corresponde.

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¡Usted tiene derecho!

La opinión y el Mensaje de Monseñor…


Rómulo Emiliani

El sistema tenebroso imperante le ha hecho creer que usted no tiene derecho a la felicidad, ya que ella es imposible, inalcanzable, fruto de ilusiones falsas. Heredamos una mentalidad fatalista, basada en la creencia de una impotencia radical que arrastramos, en la que frases como “no es posible”, “jamás lo lograrás”, “otros lo han intentado y han fracasado”, “yo no puedo”, “solamente algunos privilegiados pueden”, nos mantienen anclados viviendo en una rampante mediocridad.

Hay una especie de hipnosis colectiva mantenida por muchos elementos que componen las fuerzas de poder mundanas, en la que se nos ha hecho creer que solo los de una raza, condición social, o países determinados pueden triunfar. Creemos, y esa es nuestra falsa visión de la realidad, que valemos por el color de la piel, las cosas materiales que tenemos y el poder humano que podemos adquirir.  ¡Qué falso es eso!   Satanás, el padre de la mentira nos mantiene así engañados.

El poder de la sugestión, por el cual algunos hipnotizadores hacen que una persona tirite de frío en un lugar de 30 grados de temperatura, o viceversa, hacer sudar a una persona en un ambiente de 2 grados, o inclusive hacer levitar horizontalmente, es una fuerza impresionante que puede enfermarnos o sanarnos inclusive.   Todo depende de cómo usemos esa energía mental. Usted tiene una fuerza interior, la misma que animó a Bolívar a cruzar los Andes con su ejército, a San Ignacio de Loyola a fundar la Compañía de Jesús, o a Francisco de Asís a dejarlo todo y crear la Orden de los Frailes Menores.   La misma de Einstein, Teresa de Calcuta, Pavarotti, Gabriela Mistral, Churchill, Pablo Neruda y otros que han hecho tanto bien a la humanidad en diferentes campos.

Usted tiene derecho a romper estos esquemas mentales, estos barrotes del alma que no nos dejan usar la imaginación, visualizar una situación mejor, y usar nuestras fuerzas interiores para desarrollarnos mentalmente. La felicidad se vive en los pequeños detalles. Usted tiene derecho a sentir complacencia diariamente en algunas cosas que están ahí y que merecen ser festejadas, desde un desayuno con su familia, a respirar el aire fresco, tener un rato de quietud en la oración, o tener una lectura profunda de su autor preferido.

Usted tiene derecho a investigar el porqué de las cosas y a adquirir un sentido crítico de la realidad y pasar por el filtro de su razón todos esos mensajes externos e internos que intentan degradarlo.

Tiene derecho a preguntarse con frecuencia: ¿quién soy yo? Tiene derecho a responderse y decirse que: “yo soy un ser inteligente, único, irrepetible, grandioso por ser imagen de Dios,  hijo del Padre en Cristo, con capacidad para decidir mi futuro, con hambre de eternidad y un puesto en la historia”.

“Soy una persona con un caudal de fortaleza muy grande que se activa con la pasión por hacer algo que valga la pena”.

“Soy un ser que todavía no me descubierto en todo lo que puedo ser capaz, ya que mi energía y cualidades vienen de ese pozo infinito de vida que es Dios”.

Tiene derecho por lo tanto a romper el mito creado por miles de mensajes del mundo y suyos que han bajado su autoestima, que va acompañada por palabras negativas como “soy un aburrido, fracasado, torpe, perezoso, feo, perdedor, despreciable y fracasado.” Estas palabras se repiten muchas veces en un día y crean una imagen negativa suya.

Tiene derecho a vivir el momento presente, “el ahora” y dejar el pasado de recuerdos ingratos y condicionamientos paralizantes, muriendo a ellos para nacer de nuevo. “Deja que los muertos entierren a sus muertos y ven y sígueme” dijo Jesús, buscando la vida que solamente puede gozar en el presente. Goce de su “ahora” pensando que ya es la eternidad vivida fragmentariamente.

A toda experiencia vivida en el “ahora” le puede ver su lado maravilloso: por ejemplo, “estoy hablando con mi madre, qué privilegio encontrarme con quien me dio la vida. Puedo saborear su dulzura: siento el amor que doy y recibo de mi mamá. Capto la belleza del encuentro pero también su transitoriedad y por lo tanto vivo el despego: algún día ella se irá y se puede vivir seguir viviendo. Todos somos necesarios, pero no imprescindibles. Puedo experimentar un encuentro con el Ser, con Dios, a través de esa relación. Dios está en mi madre.” Puedo unir todas esas experiencias en un solo encuentro y eso es la felicidad.

Usted tiene derecho a reclamar los momentos que Dios le regala y que el espíritu del mal le quiere arrebatar. Pídale al Señor le dé fuerzas para realizarse plenamente en la vida, ya que con Él usted es invencible.

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Este artículo se publicó los días  14 y 21  de agosto de 2010 en el diario  El Panamá América,  a quienes damos, lo mismo que al autor, todo el crédito que les corresponde.

Los panameños necesitamos cambiar

La opinión de…

Priscilla  Delgado

Es lamentable observar cómo estamos sumidos los habitantes de este país en lo que se le denomina “malas energías”, producto de nosotros mismos que nos hemos ido encargando poco a poco de destruir nuestra riqueza que ha consistido en el activo principal del que siempre nos hemos preciado los panameños. Nosotros, los costeños de puertas abiertas y con el corazón grande, para recibir al amigo y al extranjero que llegan a Panamá, con los brazos abiertos.

Ahora las noticias solo dan cuenta de lo mal que estamos todos los días, con muertos, con extorsiones, con todo tipo de violencia con laque ya ingresamos a las estadísticas de los ciudades más peligrosas de América.

¿Es esto verdad? ¡Puede ser! La reflexión la debemos hacer individualmente reconociendo, claro está, la violencia existente y que nos tiene prácticamente secuestrados en nuestras propias casas. Pero más allá de eso también nos estamos encargando de recurrir a las historietas de terror para destruir este país hermoso bañado de dos océanos y que ha sido bendecido siempre.

Parece que navegamos en dos discursos diferentes: el de los extranjeros que viven aquí y que ven el país de las oportunidades y el de los propios panameños que prácticamente no vemos nada bueno, ni en el gobierno ni en la empresa privada.

Parece ser que la única forma de complacernos es cuando se acercan los carnavales y los días libres porque el resto del tiempo parece sentirse un odio enconado de todos contra todos.

No hay reconocimiento ciudadano, aunque se haga el mejor trabajo del mundo, pero sí lo hay para descalificar libremente y casi sin pruebas a cualquiera. Es terrible usar el famoso lema “cuando el río suena es porque piedras trae”, porque sabemos que hay muchos construyendo esas piedras… Este parece ser la constante diaria y ya no hay inocentes; ahora hay que probar que lo somos.

En nuestro país todos los días pasan cosas buenas que no son motivo de satisfacción ni de aplauso para los panameños y las noticias se ocupan muy poco de lo bueno que acontece en el país, para dedicarse casi que completamente a examinar con lupa lo que hacen los gobiernos, pues no es solo con este.

Esto se viene dando desde la recién estrenada democracia que nos permitió decir y escribir libremente lo que pensamos. Desde allí hay un irrespeto total por las autoridades, nadie habla bien de nadie, siempre se deja un margen de duda al referirnos a la reputación de cualquier persona medianamente pública. Se deja entrever que la decencia está en extinción, que los panameños somos los peores ciudadanos del área, y que no se puede confiar en nosotros.

No señores, no es así. La mayoría de este pueblo es generoso, es espontáneo, es entregado y sin malicias. Los malos son menos.

A partir de esta premisa no perdamos la capacidad de inocencia que hemos tenido por años; esa capacidad de asombro que tenemos cuando llegamos a la meta cada año en la teletón 20-30, en donde estoy segura de que el pesimismo abriga siempre diciendo que “este año no se llegará…” Siempre se ha llegado con creces porque el pueblo responde ante las causas nobles y esta es una.

Todos los días hay personas apostando por proyectos innovadores que sin duda cambiarán la sociedad; tenemos los mejores atletas de los que siempre nos sentimos orgullosos; una calidad de vida que la envidiarían habitantes de cualquier ciudad del área, pero nos seguimos quejando a diario y esto nos lleva al resultado de decretar que en efecto vivimos en un caos constante, cuando no es así.

Nuestro maravilloso pueblo vive y se satisface de las pequeñas cosas que aún conservamos; nuestras fiestas del interior, nuestros ríos, nuestros pequeños avances culturales. Somos un país en crecimiento, pero debemos asumirlo, fortaleciendo la democracia de manera individual, fortaleciendo nuestra cultura ciudadana con respeto y con orden y aprendiendo de los que ya han superado muchas crisis.

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Este artículo se publicó el 3 de agosto de 2010 en el diario La Prensa, a quienes damos, lo mismo que a la autora, todo el crédito que les corresponde.

Vivir y expresarse con coherencia

La opinión de…

Marcelino González T. 

Existe una realidad que toca las hondas raíces del deseo humano: ser feliz. En no pocas ocasiones la deseamos obtener siendo deshonestos y nos olvidamos de los principios y criterios que hablan bien del ser humano como ente racional. ¿Cuántas veces hemos actuado de este modo?

La honestidad es una cualidad humana que consiste en vivir, comportarse y expresarse con coherencia y sinceridad de acuerdo con los valores de la verdad y la justicia. Una persona que no es honesta consigo misma, tampoco lo es con los demás. Si eres honesto, puedes pedir honestidad a los que te rodean y a la vez evitar caer en el autoengaño, ya que sabrás reconocer tus errores, corregir tus faltas y ser digno de confianza, porque es mucho más fácil construir la confianza que reconstruirla cuando has sido deshonesto.

La persona honesta es grata y estimada, es atractiva en su carácter, y quien es honesto es bondadoso, amable, correcto, admite que está equivocado cuando lo está; sus sentimientos son transparentes, su buena autoestima la motiva a ser mejor, no aparenta lo que no es, lo que proyecta a los demás es real. La honestidad es una forma de vivir congruente entre lo que se piensa y lo que se hace, conducta que se observa hacia los demás y se exige a cada quien lo que es debido. Si podemos hacer un listado de las cualidades que nos gustaría ver o, mejor aún, poseer, seguramente diremos que la honestidad garantiza confianza, seguridad, responsabilidad, confidencia, lealtad y, en una palabra, integridad.

Si eres honesto tendrás el reconocimiento de los demás, porque el interior y el exterior son el reflejo el uno del otro. No existen contradicciones entre los pensamientos, palabras o acciones. Esta integración proporciona claridad y ejemplo a los demás; ser interiormente de una forma y exteriormente de otra ocasiona daños y conflictos, porque no se puede estar cerca de los demás ni los demás querrán estar cerca de una persona que no es confiable o digna de confianza. El valor de la honestidad es visible en cada acción que se realiza.

Cuando existe honestidad y limpieza en lo que se hace, hay cercanía; sin estos principios la sociedad no puede funcionar, esto significa nunca hacer un mal uso de lo que se nos confía.

La persona comprometida con el desarrollo y el progreso mantiene una actitud honesta como un principio para construir un mundo de paz. La persona íntegra vive lo que predica y habla lo que piensa.

La falta de integridad se quiere justificar diciendo que todos actúan así, o que es la única forma de salir adelante, es necesario vivir según los principios, aunque esto suponga ir “contracorriente”.

Ser honesto es ser transparente; es necesario desprenderse de las máscaras que el ser humano se pone para ocultar sus inseguridades o miedos. Una falta de honestidad, de veracidad, es aparentar una imagen que no corresponde con la realidad. Termino alegando que decir la verdad no implica ser irrespetuoso con nadie.

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Este artículo se publicó el 26 de julio de 2010  en el diario La Prensa,  a quienes damos, lo mismo que al autor,  todo el crédito que les corresponde.

¿Y cuál es el camino?

Un Mensaje al Corazón que nos envía Monseñor….

Rómulo Emiliani, cmf.

Si usted quiere ser feliz, aspiración de todo ser humano, debe buscar el camino que llegue a ese término y le expongo en estos pasos unas pistas para encontrar tal sendero.

1. Tome conciencia de que no hay felicidad plena ni estable aquí en la tierra y que además la misma no consiste en obtener desesperadamente cosas, sino en mantener un equilibrio emocional y mental en medio de la agitación y convulsión de un mundo caótico y la satisfacción profunda al sentir que se está cumpliendo una misión que lo trasciende a uno.

Uno debe sentirse llamado por el misterio amoroso del Padre providente que lo ubica a uno en la historia para contribuir al crecimiento pleno de la humanidad y de la creación entera.

Para eso cualquier profesión, trabajo u oficio tienen un puesto esencial en el plan de salvación divino. Ser carpintero, mecánico, médico, ama de casa o ingeniero, todos tenemos un lugar en la historia. Inclusive el enfermo postrado en una cama ofreciendo su dolor por la salvación del mundo, cumple una misión sagrada.

Todos somos importantes en el mundo, y un niño que tenga lamentablemente parálisis cerebral es también indispensable y necesario, es un miembro vivo de este cuerpo místico que trasciende el universo y en el cual todo ser humano brilla por sí mismo, tiene un alma preciosa, única, irrepetible.

2. La felicidad está en sentirse conectado con la vida que en armonía se manifiesta en todo el universo y de la cual uno forma parte y es protagonista de su desarrollo. No estamos solos y vivimos íntimamente enlazados con todo lo que es y desde el respirar con ánimo, el caminar con brío, el pensar positivamente y el amar incondicionalmente, todo lo que hagamos repercute para bien del Todo. Por eso la extrema importancia de hacerlo todo con buena intención y que sean rectas las acciones. El rechazar cualquier pensamiento y acto malo ennoblece a uno y a la humanidad entera, por esa conexión vital que tenemos con todo lo creado. La felicidad consistirá en cultivar pensamientos y sentimientos buenos, los más puros posibles y purificar todo aquello que pueda destruirlo a uno mismo y a otros.

3. La felicidad consiste en tener tan mala memoria de todo lo malo que nos ha pasado, desechando en el basurero del olvido ofensas, ultrajes y fracasos, sabiendo perdonar a los que han actuado mal y perdonándose uno a sí mismo, sabiendo que lo negativo del ayer es una carga muerta tan pesada que arrastrarla nos impide seguir el camino. Nadie puede ser feliz recordando con amargura sucesos y personas que le ocasionaron daño, ya que el recordar es “volver a vivir” lo sucedido y experimentar el “golpe” nuevamente. Más bien vale la pena recordar sucesos positivos que nos han hecho la vida más agradable y han influido en nuestro crecimiento. No recuerde lo negativo sino solamente para aprender alguna lección del pasado.

4. La felicidad tiene que ver con no esperar obsesivamente resultados, porque estos dependen de tantos factores externos que no podemos controlar. Donde hay que estar atentos es en hacer las cosas lo mejor posible, llevando con pasión y organización, perseverancia y buen ánimo los proyectos en donde estamos involucrados, poniéndonos en las manos de Dios y “esperando siempre lo mejor, pero estando preparados para lo peor, por si ocurre”. Esto es la vida. Es ingenuo pensar que se puede triunfar siempre.

5. “Muéstranos al Padre”, le dijo Felipe a Jesús y él respondió: “Quien me ve a mí, ve al Padre”. Y también dijo:” Yo soy el camino, la verdad y la vida”. Cristo es el camino hacia el encuentro con el Dios vivo, santo e infinitamente amoroso. Una sana espiritualidad, sin fanatismos, abierta a las insondables vivencias del Señor, quien a través de nuestros encuentros con Él nos va indicando el sendero de la plenitud, de la santidad, es necesaria para encontrar la felicidad. Pero lo paradójico en el cristianismo es que la felicidad se consigue envuelta en sacrificios, persecuciones, renuncias, estando siempre vigilantes para no caer en tentación, llevando la cruz de cada día. Porque ser feliz consiste en amar a Dios con todo el corazón, con toda el alma, con toda la mente y todas las fuerzas y en amar al próximo como a uno mismo. La felicidad entonces consiste en: amar, amar y amar sin esperar recompensas, asumiendo todas las consecuencias de esa entrega total, en donde nos vamos inmolando por la causa del Reino, hasta consumirnos, gastarnos y desgastarnos como Jesús, quien vertió por nosotros hasta la última gota de sangre y agua. Así seremos invencibles a la depresión.

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Este artículo se publicó en dos partes:  el  17  de julio y el 24 de julio de 2010 en el diario  El Panamá América,  a quienes damos, lo mismo que al autor, todo el crédito que les corresponde.