Los panameños necesitamos cambiar

La opinión de…

Priscilla  Delgado

Es lamentable observar cómo estamos sumidos los habitantes de este país en lo que se le denomina “malas energías”, producto de nosotros mismos que nos hemos ido encargando poco a poco de destruir nuestra riqueza que ha consistido en el activo principal del que siempre nos hemos preciado los panameños. Nosotros, los costeños de puertas abiertas y con el corazón grande, para recibir al amigo y al extranjero que llegan a Panamá, con los brazos abiertos.

Ahora las noticias solo dan cuenta de lo mal que estamos todos los días, con muertos, con extorsiones, con todo tipo de violencia con laque ya ingresamos a las estadísticas de los ciudades más peligrosas de América.

¿Es esto verdad? ¡Puede ser! La reflexión la debemos hacer individualmente reconociendo, claro está, la violencia existente y que nos tiene prácticamente secuestrados en nuestras propias casas. Pero más allá de eso también nos estamos encargando de recurrir a las historietas de terror para destruir este país hermoso bañado de dos océanos y que ha sido bendecido siempre.

Parece que navegamos en dos discursos diferentes: el de los extranjeros que viven aquí y que ven el país de las oportunidades y el de los propios panameños que prácticamente no vemos nada bueno, ni en el gobierno ni en la empresa privada.

Parece ser que la única forma de complacernos es cuando se acercan los carnavales y los días libres porque el resto del tiempo parece sentirse un odio enconado de todos contra todos.

No hay reconocimiento ciudadano, aunque se haga el mejor trabajo del mundo, pero sí lo hay para descalificar libremente y casi sin pruebas a cualquiera. Es terrible usar el famoso lema “cuando el río suena es porque piedras trae”, porque sabemos que hay muchos construyendo esas piedras… Este parece ser la constante diaria y ya no hay inocentes; ahora hay que probar que lo somos.

En nuestro país todos los días pasan cosas buenas que no son motivo de satisfacción ni de aplauso para los panameños y las noticias se ocupan muy poco de lo bueno que acontece en el país, para dedicarse casi que completamente a examinar con lupa lo que hacen los gobiernos, pues no es solo con este.

Esto se viene dando desde la recién estrenada democracia que nos permitió decir y escribir libremente lo que pensamos. Desde allí hay un irrespeto total por las autoridades, nadie habla bien de nadie, siempre se deja un margen de duda al referirnos a la reputación de cualquier persona medianamente pública. Se deja entrever que la decencia está en extinción, que los panameños somos los peores ciudadanos del área, y que no se puede confiar en nosotros.

No señores, no es así. La mayoría de este pueblo es generoso, es espontáneo, es entregado y sin malicias. Los malos son menos.

A partir de esta premisa no perdamos la capacidad de inocencia que hemos tenido por años; esa capacidad de asombro que tenemos cuando llegamos a la meta cada año en la teletón 20-30, en donde estoy segura de que el pesimismo abriga siempre diciendo que “este año no se llegará…” Siempre se ha llegado con creces porque el pueblo responde ante las causas nobles y esta es una.

Todos los días hay personas apostando por proyectos innovadores que sin duda cambiarán la sociedad; tenemos los mejores atletas de los que siempre nos sentimos orgullosos; una calidad de vida que la envidiarían habitantes de cualquier ciudad del área, pero nos seguimos quejando a diario y esto nos lleva al resultado de decretar que en efecto vivimos en un caos constante, cuando no es así.

Nuestro maravilloso pueblo vive y se satisface de las pequeñas cosas que aún conservamos; nuestras fiestas del interior, nuestros ríos, nuestros pequeños avances culturales. Somos un país en crecimiento, pero debemos asumirlo, fortaleciendo la democracia de manera individual, fortaleciendo nuestra cultura ciudadana con respeto y con orden y aprendiendo de los que ya han superado muchas crisis.

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Este artículo se publicó el 3 de agosto de 2010 en el diario La Prensa, a quienes damos, lo mismo que a la autora, todo el crédito que les corresponde.

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