La mujer del Metro con olor a gardenias

Un cuento de:

 

GEORGE KOURANY SKINNER

En la parada del Metro de Panama. -Habia una mujer alta-.

Espigada como un ramo de arroz, a punto de cosechar.

Tenia una silueta conformada; como una esfingie de Miguel Angel Buonarotti.

Al verla. ¡Me la imagine desnuda!.  -Sin una gota de grasa-.
Sin celulitus a la vista. -Toda fibra-.  Gracil en sus movimientos naturales.
-Nada calculado-.  ¡Claro!. -Era una utopia fantasiosa-.

¡La veia como una escultura hecha por los Dioses!. -Parecia desorientada-. Impávida ante la mirada de los transeuntes; que salian del subterraneo como arrieras hacia sus trabajos.

-Al pasar junto a ella-. Los hombres de buen vivir quedaban perturbados ante esa belleza de mujer. Y las mujeres cejaban. Con discrecion su admiracion. Y otras con su indiferencia e envidia.

“Ella”. Vestida con elegancia y sobriedad minimalista enrolaba en su cuello gacela. Una bufanda piel de culebra. A manera de imitacion; de Ava Gardner; decolaba en su cuello largo.  La seda de la seduccion. Sin ninguna marca de vanidad alguna.

-Piel cetrina lustrosa-. Ojos almendros aguamarinos. Delineados como una Nefertiti… Y labios carnosos. Esponjas de amor. Como nísperos en flor. “Envidia de Jolie”.

Gastaba un chal plateado. Rebozaba sus hombros redondeados y firmes brazos bronceados al natural.  Y un rubi colgaba de su cuello; en el entresijo de sus senos turgidos al natural.

La mañana. Estaba brumosa. Chispeaba una llovizna, medio fria.

-Me detuve a contemplar-. Lo que pocas veces sucede: (Tropezarte en lo fortuito con tal portento de dama).  Ameritaba la curiosidad de adivinar lo por acontecer. Dada la espera de la “Dama misteriosa”.

A una distancia prudente. -Me detuve-. Encendi un puro.  Avido. De esos cuyo aroma se extiende, arropando la soledad.  Jalé  unas cuantas bocanadas.  Hasta calibrado el fuego en el Habano Cohiba. -De esos esplendidos-. Cuyo anillo, saqué y puse en mi dedo meñique. -A manera de sortilegio-.

Adivinar: ¿Que le pasaba a la joven de la falda burgundy?, que caminaba de un lado para otro. Mirando el reloj. ¿Como si esperara?…. ¿Que el esperado apareciese por el portón de vidrio? Y la suerte le cambiara -el destino trashumante-,  de su vida de refugiada que a mi parecer  prejuzgaba que fuera: (Una de aquellas),  que huyen de las Dictaduras del Sur.  Y de las inseguridades de la violencia y la criminalidad que asedian, a sus paises.  Por cual tuvo. Que emigrar al “Panama”… “Pro Mundi Beneficio”.

Acorte distancia. Las volutas de humo; hacian giros en el aire. Una danza de vientos arremolinadores de vapores y llovizna leve comenzó a caer.

“Ella”.  ¡No se inmuto!.  Le vi los ojos. Llorosos. Tenia una tristeza que pesaba siglos. ¿Pense que la lluvia?. Habia nublado sus parpados.

-Pero no-.

¡Lloraba en silencio!. Apretando los labios. -No de rabia-. Sino de congoja.

Muy fina. Saco un pañuelo tejido. Blanco, como sus deseos de paz interior que no conciliaba.  Con los bordes. Intento secar esas lagrimas; que como perlas rodaban su rostro largo como las esculturas de Famiglietti hasta llegar a las comisuras de sus labios inferiores donde tenia un lunar.  -Negro como la noche-. Del crimen de su padre. “Un revolucionario clandestino”; Que luchaba contra la Dictadura Civil en Venezuela.

¡Me le acerque!. De buen Samaritano. Dándole muestras de auxilio solidario. Y preguntandole: ¿Porque lloras joven de las incognitas?.

Como estaba de espaldas. Dio un giro sobre sus tacones. Y del embaraso se le cayo la cartera.  -Rodo una pistola Beretta-. De aquellas de presicion y tiro certero.

¡Quede impavido!. -Igual que ella-..
La recogi. Y se la entregué de vuelta. Con el mango invertido. Para que no sintiera amenaza alguna.  Y discrecion para que no se aborchonase por tener un arma no registrada.

Sabiendo que estaba en tierras ajenas a su patria original. -Que no podria volver-. A la lucha clandestina.  Por qué  la apresarian “Por conspirar”… -Contra los satrapas que la usurpan-.

Le dije: “No se preocupe”. ¡Nadie vio nada!.

Y yo; “Estoy cegado por su belleza”.

El comentario. Le arranco una leve sonrisa de Mona Lisa.

iAy,….Señor!. ¡Perdone la molestia!
-Gracias espeto-. Bajo el rostro. ..
Y dio rienda suelta a su llanto.

¡Me senti abrumado de su dolor indescifrable!. Ofrecia interrogantes a mis conjeturas. ¿Por instante pense que eran deudas?. Otras….Usual por despechos.

¿Tal vez?. Por infelidades de su conyugue; o amante… ¡Terreno, que no podia abordar!  Pero si. Podia ofrecer: Ser, “Un amigo pared”: (De esos; que con la confianza precaria podria escuchar….y escuchar….y escuchar….Hasta que se agotara la rabia; o la frustacion; o el dolor de amores; que sufria en vias de morir. -Por inanicion unilateral-.

Como suelen suceder. Cuando te dejan: De querer. -Y tu sigues queriendo-.

Porque tu nobleza.- Es capaz de perdonar y reconstruir-.

Pero hay casos. Que el “imposible”.  El dolor.  Se posesiona como una garrapata, a chupar la existencia, y el despecho orilla.  A dejarse al abandono.

A “Ella”. A pesar.  De ser tan bella.  Militante y Conspiradora.  Con alto intelecto.
-Entro en un vacio-.

¡Fue abandonada!… Sin ninguna explicacion. Desde que decidió:
(Luchar contra la tirania).

¡Su compañero se acobardo!. Y la dejo sola. -Sin apoyo moral-.

-No era necesidad de sexo-.
¡Ni plata! Ni refugio.

“Ella”, habia aprendido a las ausencias de recursos y necesidades.

¡A cambio de un ideal!; razon de su existencia. “Que la mantuvo firme”.  Hasta el dia de hoy. Cuando supo. Que mataron a su hermano. De un tiro de un francotirador. Se desboronó.  Al leer el whatsapp en la parada del Metro de la Via Argentina.

Le dije: (No te preocupes mujer).  ¡Esta es una parada de la vida!. -El Tren va y viene-. ¿Ya sabras como montarte en el siguiente vagon?.

¡Se me quedo mirando!. Sin pestañear.

¿Como si quisiera abrir su alma?, y contarme pormenores. Le tome las manos. -Atrevido no fui-. Tenia el poder de la paz en la calidez de las palmas de mis manos.

Le dije: “Ven conmigo; “El”; “No va a llegar”. Volteo la mirada hacia la Entrada y Salida del Metro de Via España; frente al Minimax.

¡Miro un minuto en silencio derredor!

Sin embargo. -No me soltaba las manos-. Ni hacia repulsa alguna.
A mi osada aproximacion.

-El humo de mi puro-. Era de una fragancia masculina de seguridad.

Termino su reflexion intima. Fui adelantando pasos. Junto a ella. Sin hablar. Le dije: (Vamos a caminar).

¿Si quieres soltar lo que te aprisiona?,… “Puedes hacerlo”.
Vamos al Parque Andres Bello. Daremos una vuelta.

Allá….Nos sentaremos en una Banca.

Llegamos en silencio abismal.

Durante el trayecto….Su perfume me embriagaba. En contraste con el aroma de mi puro a media asta.
No dijo una sola palabra en el trayecto.

Temblaba sus manos. ¿Y yo sin nombre?. ¡Nunca le dije mi nombre!   Ni le pregunté el suyo.

Sentados al banco de la fuente. Un talingo, se daba una ducha silvestre.

Una hora hablamos. -Se tranquilizo-.

Soplo una brisa. -Se puso de pie-.  ¡Se fue!… (Sin decir palabra alguna).  Despacio. Buscando su destino.

Cuando miro hacia la banca. Donde estuvo sentada junto a mi. Me percaté de que se le había quedado algo. No fue involuntario.
Porque sonrió  a la distancia cuando vio mi expresion de asombro.
¡Me habia dejado un Camafeo!.  Un prenda que tenia prendada a la blusa ?. -Cerca de su corazon-.

Fue la forma de: (Expresar su gratitud).  ¡Nada le pedi!.  A veces en la vida… Se da.  -Sin pedir nada a cambio-.

Dias después. Yo tenia una moto Vespa roja escarlata. -Tuve un accidente-.

Rode de espaldas 6 metros en el pavimento de la glorieta que sale de Chanis al Corredor Sur.

Un carro. Me quedo a dos pies de mi cabeza.  Adolorido del trancazo. -No podia moverme con destreza-.

De repente. Una mano se extiende… Para ayudarme a levantar.

Era la mano de la “Mujer del Metro, con olor a las Gardenias”.

-Reconoci su olor-. A duras penas. Su rostro.

Porque el sol encandilaba mis ojos. Pero una vez de pie lastimado en caderas y columna.  Le di las gracias.

Ella. Me dio un beso en la mejilla. De saludo.

¡”Ella”… fue mi baston!. A pesar que la embarré de diesel y lodo. – Me levanto con una sonrisa-.

Adagio: “El mundo da vueltas rapido’.

-Lo menos que esperaba-. Era volverla a ver.   ¡Dios sabe lo que hace!.

Un beso fue mi moneda de recompensa.

GKS… el intelectual indigente.    -Que solo recibe amistad-.

<>  Publicado por el autor en su página de Facebook el 30 de mayo de 2017.

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Rosa pasión —A mi madre, quien me enseñó a rezar—

Todas las mañanitas, camino a la escuela, pasaba y recogía una rosa de ese rosal silvestre, que con gran cuidado conservaba la familia Busto, era la calle tercera, frente al parquecito. La fragancia que de esas florecitas emanaba era tan agradable, que mis compañeras de clases se prodigaban en alabanzas y piropos que me agradaban el corazón, como no faltaban los penosos comentarios que mis compañeros —’machitos’— en forma burlescas me gritaban, remarcando la supuesta ambigüedad sexual que mi gesto producía… llevar orgullosamente en el ojal de mi camisa una rosa de la que emanaba perfume de pasión.

Un tierno y conmovedor relato  del artista veraguense residente en Florencia, Italia…

ARISTIDES UREÑA RAMOS

 

Florencia, Italia, 9 de octubre de 2010.— Realmente no era un verdadero rosal el que se encontraba frente a mi casa, era una planta de rosas silvestres, que nacía de un solo tronco y se extendía, poco a la vez, en ramas que, a manera quebradiza y sinuosa, dibujaban la forma de una figura humana crucificada, en el intento de mimar en el espacio una danza de sufrimientos.

Además, se decía que la fragancia que despedía era debido a la combinación producida por el rocío matutino que filtraban las tejas de barro, los ladrillos de los zócalos de los portales y del añejo de maderas de cedros, con las cuales habían construido las casas de calle tercera… porque de esas partes y todas las calles que circundaban el parquecito los antiguos olores, como los perfumes intensos, nunca habían abandonado las viejas casas que fundaron nuestro Santiago de Veraguas.

Pero, entre los encuentros que tuve con los vecinos de mi calle, me vino la curiosidad de saber más sobre este rosal, el cual me comunicaron que había sido traído de otro jardín cercano, y que el pequeño huerto había sido adquirido (comprado) en un segundo momento por los actuales propietarios… y fue allí donde oí la primera versión de la Rosa Pasión de Santiago, que aquí les narraré…

Matilde, desde niña, había demostrado inclinación por el canto, su madre lo había notado, pues, cada vez que cantaban en la iglesia, la niña, extasiada, cantaba inmersa en una actitud divina, y la cosa no pasaba desapercibida por los demás… pero la niña desde su nacimiento había sufrido una serie de problemas de salud, que habían comprometido su crecimiento, procurándole discapacidades motoras, por lo que necesitaba de continua cura. Sin embargo, Matilde, pese a todo esto, era un pequeño ángel, que lograba encantar a los peregrinos con su bellísima voz.

La niña, debido a las graves dificultades económicas y de gestión de su padre, es poco a poco abandonada en sus necesidades primordiales de su salud y de su crecimiento físico, bajo la indiferencia social de todos sus vecinos y conocidos… la familia de Matilde había tenido una inesperada pérdida, su madre, encargada de las necesidades de la pequeña criatura, quien, por fatalidad del destino, murió inesperadamente de un ictus cerebral, dejando solo al padre inexperto para enfrentar las necesidades que la grave situación familiar presentaba… la enfermedad de Matilde, como cruel demonio, avanzaba rápidamente, devorando y deformando su frágil cuerpecito.

Fue un domingo que, en plena madrugada, la niña se agravó en forma tal que los médicos, que vinieron a controlarla, dieron un preocupante diagnóstico de la gravedad de la situación… y recomendaron que el frágil cuerpo de la criatura, por los menos, reposara en su casa… y así la niña, en su delirio, comenzó a cantar, pidiéndole a su padre que la acompañara ese domingo a la misa de los niños, la misa de las nueve de la mañana… y el padre eso prometió.

Dicen que el padre se durmió en su mecedora al canto de la niña, y no se dio cuenta de que esta bajó de su cama y arrastrándose por el suelo, como un animalito herido, con las pocas energías que tenía dentro de sí, impulsó su cuerpo hasta llegar al jardín de su casa… y allí, con el vestido sucio de lodo, semirroto, comenzó a cantar… pero le faltaba la voz, lo que le salía era un gemido delirante, un lamento doloroso que provenía de muy adentro del maltratado cuerpecito… la niña sabía que el tiempo se le había acabado y que no cantaría en la misa de las nueve.

Y fue allí, al nacer el alba, que la luz del cielo brilló con intensidad… la niña trató de alzar la mano para cubrir el brillo de tanta luz, y sintió la presencia de una señora, que lentamente se acercaba a ella; la señora, como madre experta, la tomó en sus brazos y comenzó a limpiar con su celeste manto la cara de la niña, comenzando a susurrar con dulce voz algunas palabras, que, moduladas en justos tonos, tranquilizaban a la criatura… y la niña, acurrucada en los brazos de la Señora, se elevó en el aire y desapareció entre las nubes.

Ese domingo, en la misa de los niños —misa de nueve— en la Iglesia de Santiago, se oyó la misa cantada más bella que ser humano haya escuchado. Se dice que fueron los ángeles a cantar junto al espíritu de Matilde, que para tal ocasión estaba acompañada de su madre. El padre, al despertarse y buscar a Matilde, siguiendo en el suelo el rastro dejado por el cuerpecito de la niña, llegó al jardín donde había nacido un rosal silvestre, con la forma de Rosa de la Pasión de Cristo… y por doquier se respiraba una fragancia de tranquila fe.

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<> Este artículo se publicó el 16  de octubre de 2010  en el Diario La Estrella de Panamá, a quienes damos,  lo mismo que al autor, todo el crédito que les corresponde.
Más del autor en:  https://panaletras.wordpress.com/category/urena-ramos-aristides/

‘Mujée Muleto’: Tía Iye y sus siete vidas…

La opinión del artista veraguense residente en Italia…

ARISTIDES UREÑA RAMOS

Mi tía Iye, bailaba el tambor como una lagartija, moviendo la cintura como borriguero, por eso la llamaban ‘Mujée Borriguera’, pero los más guapos y bonitos —aquellos que entraban en intimidad con ella— decían que tenía el cuerpo bello como un venado; que en el lecho corcobeaba y gemía como un muleto.

Florencia, Italia, 20 de setiembre de 2010.— Y fue en plena avenida Central, en la Placita, en el Mercado, como en cada lugar de Santiago, que los habitantes, abandonando sus quehaceres, fueron sorprendidos por el escándalo que poco a poco se regaba por toda la ciudad.

El fuerte sonido aumentaba su intensidad, como si se acercara un temblor, las personas perturbadas por el repentino alboroto, interrogándose entre ellas, trataban de darse una explicación de lo que estaba pasando y de pronto alguien, gritando a voz en cuello, señala con el dedo —allá, en el horizonte, sobre los techos de las casas— la sombra negra que a manera de nube oscura se acercaba rápidamente en el intento de cubrir el cielo… y fueron embestidos por un fuerte viento, por la oscuridad y el ensordecedor traqueteo que hacía trepitar fuertemente los corazones… eran el trinar y aletear de millones de totorrones y ribilines, que, junto a negros tilingos, pasaban como endemoniados por toda la ciudad, chillando, en su coral bullí’o, un extraño y bestial canto de alegría.

Tal cantidad de bichos raros había cubierto la luz del mediodía… y así mismo fue que en medio de tanta confusión las campanas de la iglesia comenzaron a tocar, movidas por la furia del viento… lentamente la nube de bichos raros abandona la ciudad… y solo las campanas siguen vibrando… en un continuo ‘ding, dong’, anunciando que el peligro ha pasado.

Iniciaron entonces, entre la gente sorprendida, las respuestas y explicaciones a tan extraño fenómeno, nunca visto en estas partes… que en verdad se supo proveniente de la morgue del hospital, pasando, por la iglesia y acabando en la casa de mi tía Iye, en las últimas casas alineadas en las afueras de Santiago, camino a Montijo.

Tía Iye era morena como el cacao, la más bella de todas mis tías, quienes provenían de los caseríos cercanos a Puerto Mutis… de aquellas zonas en donde todavía se custodian los secretos del rojo del achiote y los misterios del Panamá profundo… Pero de lo que en verdad pasó… aquí les narraré.

En las afueras de la ciudad de Santiago, camino a Montijo, existía una tienda, bien nutrida, propiedad de un emigrante español… este había comprado una pequeña y modesta finca, a 20 minutos a caballo de la ciudad… es así que cada día tenía que viajar para abrir su negocio y en las primeras horas de la noche regresaba a su finca… fue en uno de estos regresos, en una noche oscura, de viento y aguacero, que en el camino se topó con un misterioso acontecimiento… repentinamente el caballo se puso nervioso, no quería caminar… al mismo tiempo, desde los matorroles, algo comenzaba a venir hacia él, era como una presencia ruidosa, de ramas cortadas y una hojarasca violentamente arrancada del suelo… e iba de salto en salto, vio un rostro de mujer con cuerpo de bicho raro, que pasándole por la cabeza, le tumba el sombrero y le espanta el caballo, que sale corriendo como bestia enloquecida, hasta llegar a su finca… el bicho raro lo corretea hasta llegar cerca de su casa, chillándole como venado, silbándole como pájaro y gemiéndole como mujer en calor… por todo el camino.

La aparición se repetía cada vez que la noche era oscura, de vientos y vendavales… fue así que el español se fue a donde su paisano, el cura de Santiago, y allí hablaron… al día siguiente dicen que vieron al propietario de la tienda limpiando la escopeta y lo que no pasó desapercibido fue que cogía cada bala y la señalaba, rayándola con la señal de la cruz, esta operación de rayado la hacía con los dientes… bañando las mismas con agua bendita, que le había dado el paisano sacerdote.

Y… vino la noche y el español esperó las horas más tardías, que eran de chaparrones… se encamina hacía su finca montado en su caballo, embraza la escopeta lista para disparar… y como de costumbre, en el mismo lugar, se le presenta el bicho raro, que comienza a bramar desde el matorral, el español apunta su escopeta y aprieta su escapulario… apenas sintió la bestia sobre su cabeza le descargó todas las balas que pudo… se oyó el peso de un cuerpo que caía entre los matorrales… el español bajó a buscar la bestia para darle el tiro final…, pero… no encontró nada… regresó al día siguiente y encontró un charco de sangre…, pero ningún cuerpo… Allí el español bañó el suelo con agua bendita y puso una imagen de la Virgen del Carmen.

Ese día, en casa de tía Iye, había un gran ir y venir de familiares, solo le era permitido entrar a los más ancianos, todos se agachaban al orden severo de mi Mama Teófila (mi abuela)… también llegaron dos negros matreros cimarrones de los caseríos cercanos de Puerto Mutis, no se sabía qué había pasado, porque todo lo que sucedía era hecho en cerrada reserva…, pero nos habían dicho que tía Iye estaba grave, por morir… y fue así que vimos a tía Iye vestida de traje de lino blanco, en los brazos de los dos cimarrones, que la llevaban camino a la morgue de Santiago, le habían coronado la cabeza con un turbante blanco con pepitas de oro y flores de papo… y como encanto… los tilingos, totorrones y ribilines alzaron el vuelo… y comenzando a entonar un extraño canto de alegría.

La demás gente, que se había quedado en la casa, se encerró en el cuarto de tía Iye y solo se oía el canto y coro acompañado de un tambor, aquel tambor montijano… que, repicando antiguos tumba’os, hacía olvidar la tristeza, abriendo la puerta a la esperanza.

Dicen que el español regresó a la Madre Patria, porque enloqueció, incapaz de comprender a la gente criolla… y, pues…, de mi tía Iye les diré que… todavía sigue bailando como lagartija, viviendo sus restantes seis vidas, y que apenas oye una tamborera comienza a mover su caderas, transformándose en Mujée Muleto… meneando su bello cuerpo de venado… mientras la aparición de unos tilingos hace que algún viejo recuerde aquel día en que el cielo santiagueño se cubrió de tantos bichos raros como nunca antes se había visto…

<> Artículo publicado el 2  de octubre  de 2010  en el diario La Estrella de Panamá, a quienes damos,  lo mismo que a la autora,   todo el crédito que les corresponde. 

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El cholito Martín en los cañaverales

La opinión del artista veraguense residente en Italia…

ARISTIDES UREÑA RAMOS  

Corrían los años de 1970.— El Proceso Revolucionario panameño decide construir una planta azucarera para el procesamiento de la caña. Nace el Ingenio LA VICTORIA en el corazón de la República, una visión estatal que muchos hipotetizaron como de amplio respiro… los Países No Alineados trataban de encontrar vías alternativas, para desarrollar políticas autónomas, al dictamen de los grandes monopolios mundiales; la industria AGROALIMENTARIA era considerada una posibilidad para la creación de ‘economías locales’ y vías para salir del subdesarrollo.

Fue así que se transformó la geografía de los poblados de La Mata, San Pedro del Espino y otros caseríos, para dar terrenos aptos al cultivo de la caña de azúcar. En torno a esta realidad crecen pequeñas historias de hombres de fatiga, lejos de las crónicas nacionales.

En pleno mediodía, bajo el sol ardiente, en una silenciosa fila se encontraba el cholito Martín, todavía lo acompañaba el cansancio de haberse trasnochado por los pensamientos sobre la posibilidad de que le dieran un puesto de trabajo y esa misma preocupación se respiraba en torno a él.

Iniciaba la zafra en el Ingenio La Victoria y la peonada de cholos, bajados de las cordilleras de Chiriquí, Veraguas y Coclé se encontraba en desordenadas filas, alineados solo por las ansias laborales… por el afán de iniciar las jornadas de trabajo.

El cholito Martín era fuerte, joven, había bajado a trabajar, como lo habían hecho su padre, su abuelo y gran parte de su familia, es por eso que acariciaba el saco de nequen que, con mucha atención, apretaba en su espalda, debido a que el saco perteneció a su padre y como tal, herencia de inestimable valor; Dentro de este llevaba todo su mundo: Un machete, una totumita, una camisa y un frasquito con un ungüento que él llamaba ‘Ñunco’, una mezcla de mentolato, polvo de espinas de palma de pixbae y un triturado de hormiguitas candelillas, siendo esta la medicina usada para todos los dolores de cuerpo.

Fue así que el cholito Martín se encontró a lo interno del cañaveral en la dura faena del corte y tumbe de caña, hombro a hombro con la sudorosa cuadrilla de paisanos.

Y pasaron los días… fue al tercero de estas jornadas que sucedió lo siguiente:

—Apenas llegada la tardecita, la peonada se reunía y acomodaba en cada lugar que brindara amparo… bajo los pocos árboles que acompañan los senderos; igual, algunos se quedaban al costado del cañaveral, solución que escogía Martín… Era allí, al lado de los cañaverales, donde ‘a la mejor’ se cocinaba lo que cada uno ofrecía… Y Martín aprovechaba para refrescarse un poquito, sin nunca aceptar porción alguna de comida, porque no contribuía con ‘algún que’ de alimento. Y así por tres días —de Martín— no se sabía cómo se alimentaba, pero se comprendía el orgulloso rechazo, pues, hacía parte del carácter de las dignas personas procedentes de los altos de las cordilleras panameñas… el cholito Martín siempre, al momento de la comida, agarraba su totuma y desaparecía a buscar agua fresca.

Y llegó el anochecer, los peones se acurrucaban a reposar el cansancio… de repente, desde lo profundo del cañaveral, se comienza a oír un lamento ansioso y repetitivo que aumentaba cada vez más… y más… llamando la atención de toda la peonada… los más curiosos se pararon en el intento de comprender los lamentos y gemidos…, pues, lo que se escuchaba era un gran ‘juams, juammsss, hamms, hammss’… como si fueran suspiros amorosos, y la curiosidad invadió a toda la cholada que, levantándose, se acerca al lugar de donde provenía el gran trastorno de suspiros, y que parecían de quien se abandona en el acto sexual…, porque los suspiros eran profundos sollozos… ‘muaanzzz, muaanzz, muaaazz’, alternándose con gemidos de ‘hams, hams, hams’… con paso lento y pícaras miradas, los cholitos comenzaron a entrar en la cañada, tratando de no hacer ruido, para poder sorprender a la pareja de incautos enamorados, y, entre más se acercaban, más fuertes eran los gemidos: ‘Huuumsss, huuuumss, muuazz, muaaazz, muaaazz’… abren la última cortina de cañas que separaba la vista de la sorprendente escena… ¿y qué vieron?.. al cholito Martín dándole tremendas mordidas a un trozo de la suculenta caña cubana.

<>  Este artículo se publicó el 18  de septiembre de 2010  en el diario La Estrella de Panamá, a quienes damos,  lo mismo que al autor,  todo el crédito que les corresponde.

El petróleo de El Quiteño

La opinión del periodista….

ALEXIS   ATENCIO  GUTIÉRREZ

‘ Panamá puede tener petróleo y de existir sería en algunos recodos de los ríos’.

En El Quiteño, un lugar enclaustrado entre montañas al Noreste de David, se abrió un pozo y se sacó un líquido acuoso de color negro, que se transportó hacia la capital vía puerto Pedregal.   Hoy solo queda el pozo sellado, después de ese acontecimiento.

El Quiteño, un regimiento del corregimiento de Las Lomas en la ciudad de David, ubicado a diez minutos de la cabecera de la provincia en automóvil, allá por 1900, según lo cuenta Gustavo Castillo, descendiente de lugareños quien dice que ‘para entonces había más tranquilidad’. Y es que apenas había unas cuantas casas distantes unas de otras.

Castillo amplia su información añadiendo que a inicios del siglo XX llegaron unos hombres que decían ‘buscaban una mina’; como para entonces ya se usaban las carretas, ellos pagaban estas para traer de puerto Pedregal muchas cosas, entre ellas máquinas. Estos hombres decían que venían de Martinica y otros pueblos a trabajar en el lugar .

El relator señala que para 1913 se habían posesionado de las faldas del Cerro Negro, donde existía una quebrada que se conoció como El Vigía. Las carretas, cuenta, se dedicaron a transportar leña, la que servía para hacer mover una caldera, la que a su vez hacia funcionar un barreno que perforaba la tierra.

La historia advierte que el jefe general de la mina era Míster Johnson, al que atendía la caldera le decían ‘el fogonero’, Míster Pier, de quien quedaron varios hijos por estos lares. El señor Aurelio Diez era el jefe de todos los carreteros y José Diez era el segundo.

Las carretas llevaban a puerto Pedregal el producto que acomodaban en barriles. Era una masa negra que le denominaron petróleo.   La llegada del primer auto a Chiriquí ocurrió en 1914, era propiedad de Míster Johnson y lo trajeron del puerto en carreta.

Este pozo fue sellado y allí quedan las huellas y es de fácil comprobación.

¿De verdad era petróleo? ¿De qué tipo de líquido negro parecido a este pudo tratarse que le interesase a los extranjeros para venir al lugar?   ¿Cómo supieron de la existencia de la mina y del lugar?

Hoy El Quiteño es un pueblo próspero, ha crecido de caserío a un lugar de unas 1500 personas según lugareños, con escuela primaria, centro funerario, carretera de asfalto, subcentro de salud y con enormes perspectivas para mejorar sus condiciones sociales y habitacionales.

El día de mañana, puede convertirse en un lugar como en los tiempos de la California norteamericana, cuando se encontró oro en cantidades industriales.

La historia es grata, siempre hay quien le ponga empeño a las cosas y ayer como hoy vendrán gobiernos dispuestos a hacer las cosas bien, a investigar, a producir, a buscar fuentes alternas de energía, sin hacer daño a la madre naturaleza, a tratar de aminorar el costo de la canasta básica.

Será entonces que ese día se investigue si de verdad ese pozo de El Quiteño existe y si este tenía petróleo o eran cuentos de los ancianos o solo fue parte de una leyenda misteriosa que contaban los más viejos a sus hijos, sobrinos o nietos para hacer placentero el momento a la hora de dormir.

Le tocará al gobierno de Ricardo Martinelli realizar los estudios y buscar en sus investigaciones esas fuentes alternas de energía y, de encontrarla, beneficiar en todas las formas al lugar que les facilitó las cosas. Importante será no llegar con la arrogancia de los ricos imponiendo y haciendo sufrir a los más pobres. ¡He dicho!

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Este artículo fue publicado el  27 de julio de 2010  en el diario La Estrella de Panamá,  a quienes damos, lo mismo que al autor, todo el crédito que les corresponde.

La Cresta

La opinión de…

Edwin Rodríguez 

A las 2:00 p.m. sale un autobús de pasajeros desde Mano de Piedra con destino a la ciudad como todos los días, y en una de esas paradas de nuestra urbe, el bus se detiene, el 8B-06 tiene una falla mecánica relacionada con una fuga de gas, ocurriendo una fuerte explosión e incendiándose el autobús.

La gente que contó lo ocurrido lo hizo con lágrimas en los ojos, ya que fue algo horrible escuchar los gritos, lamentos y llantos de las personas que ardían dentro del autobús.

Los que lograban salir eran unas antorchas humanas, y la gente auxiliaba con lo que podía para apagar el fuego.

Las personas de este lugar donde ocurrió la tragedia dicen que todavía al día de hoy, en las noches, se escuchan esos gritos, llantos y lamentos desgarradores.

Así como salía un autobús en la tarde había otros; el último, el de las 11:40 p.m.    Salió con muchos pasajeros de la terminal, pero en Calidonia se desocupó el autobús viniendo solo el conductor, el cobrador y solamente 3 pasajeros que ocupaban los asientos delanteros.

Venían comentando, los dos, lo malo que había sido el viaje, ya que no había muchos pasajeros.   De pronto vieron que mucha gente afuera les pedía que se detuvieran en la parada; ambos se alegraron de que al fin de cuentas salvarían la vuelta.

Los pasajeros subieron y se fueron a la parte trasera del autobús, aunque al conductor le extrañó, ya que en esa parada nunca había mucho usuarios a esa hora, y se lo comentó a su ayudante, el cual comentó “han de ser estudiantes”. Y siguieron con el viaje por el Corredor Norte.

Al salir de una curva vislumbraron las luces de Los Andes, el operario encendió las luces del autobús, le dijo al muchacho: -Ya ve cobrando casi llegamos -.

Este caminó con la maquinita hacia atrás del autobús y no tardó en regresar.    Sin decir nada se paró junto al conductor el cual lo miró extrañado, y le preguntó: -¿Qué te pasa? ¿Se te olvido el cambio o qué?- ; el joven no decía nada, pero su semblante estaba muy pálido, parecía que se iba a desmayar. Pasaron unos minutos y el muchacho le dijo algo al oído al chófer y este solo exclamó: -Estás loco, no puede ser -.

El operario detuvo el autobús, fue con su ayudante a la parte trasera y comprobó lo que le dijo el pavo.   Se pusieron pálidos y el chófer les preguntó a los tres pasajeros que venían desde la terminal: -¿Ustedes vieron a los pasajeros que abordaron en la Martín Sosa?-

Todos contestaron: -Sí- y al voltear vieron que no viajaban en el autobús nadie más que ellos. Uno de ellos dijo:  -No puede ser, si todos vimos que subieron en La Cresta-.

Este es el nombre de La Parada donde el 23 de octubre de 2006, ocurrió ese fatídico accidente.

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Este artículo se publicó el  10  de julio de 2010 en el diario  El Panamá América,  a quienes damos, lo mismo que al autor, todo el crédito que les corresponde

Otra vez la tulivieja

Una historia que nos cuenta….

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Guillermo Sánchez Borbón

Cuando yo tenía tres o cuatro años de edad, me costaba mucho conciliar el sueño (no era insomnio propiamente dicho. Nadie padece de insomnio a esa edad. Era otra cosa, cuyo nombre nunca me fue revelado). La cocinera de la casa era la encargada de dormirme, y para conseguirlo, me contaba cuentos generalmente aterradores.

Tenía un arte extraordinario para la narración oral.  Cada vez que me refería la leyenda de la tulivieja, me recordaba que ella vagaba por la orilla del río buscando a su hijo perdido, pero que si no lo encontraba, se llevaría a cualquier niño que estuviera despierto a esa hora. Cosa que me agravaba el insomnio (para darle un nombre cualquiera), porque me aterraba la sola idea de permanecer despierto por si aparecía la tulivieja.

La solución que encontré fue apretar fuertemente los ojos, fingiendo que estaba dormido.

A los cinco minutos quedaba efectivamente dormido. Pero aquella mujer me inoculó una terrible obsesión con la tulivieja, que me duró años y años, y de la que no pude librarme completamente hasta que escribí El Ahogado.

Después me ocurrieron algunas cosas, a la cual más espantable. Nuestra finca (situada en la intersección de los ríos Changuinola y Teribe) se llamaba Zegla.

Una vez remonté en canoa el río Teribe hasta el último poblado (un sitio, en el que según decía Pedro García, se le habían acabado las semillas a Dios: no se veía un árbol por ninguna parte).

Por pura costumbre pregunté a varios indígenas qué significaba el nombre en su dulcísimo idioma. Nadie lo sabía. Hasta que alguien, -menos tímido-, me condujo a la casa de un anciano con cara de dios. Le pregunté qué significaba Zegla en antiguo teribe.

Respuesta:

-Casa de la tulivieja. ¿Sabe por qué? Porque allí vivió la tulivieja.

Me entró algo muy parecido al pánico.

Años más tarde, vino a trabajar (en el aserradero que habíamos instalado en Zegla) un excelente experto nicaragüense en la materia.

Era muy descreído, y se burlaba de todas las consejas, tildándolas de supersticiones. Lino –era su primer nombre– vino a vivir a una de las casas que había construido nuestro padre para sus trabajadores. Una noche, Lino se presentó intempestivamente a nuestra casa, despavorido.   Me dijo que la tulivieja rondaba la suya. En la mañana embaló todos sus bártulos y se instaló definitivamente en la nuestra.

Como a los dos años de este incidente, llegó a Zegla la maestra de primaria, que a la sazón funcionaba en una casa, –más grande que las otras–, que con ese fin había construido nuestro padre. Tenía una pequeña –aunque cómoda– habitación para que en ella vivieran las maestras. La maestra de esta historia también se mofaba de las supersticiones locales.

Una noche tocaron a la puerta de nuestra casa la maestra y su madre, ambas en estado de pánico. Me contaron que las había aterrorizado la tulivieja. Estuvieron refugiadas en nuestra casa; a los días regresaron a la capital, donde al parecer no hay tuliviejas. Y si las hay (cosa que no dudo mucho) al menos tienen la decencia de no espantar a las maestras de escuela primaria.

Aquí hubiera debido ponerle punto final a estos recuerdos, si no fuese porque quedarían truncos.

El ruido de la tulivieja (el ruido que los campesinos atribuyen a la tulivieja) no es un alarido espantable. Es más bien un breve y seco bú–bú–bú que se repite a intervalos regulares.

Ahora bien, la gente de campo identifica (sin equivocarse jamás) cualquier ruido que oye, de día o de noche, en la montaña.

A veces les va la vida en ello, porque el ruido puede provenir de un tigre o de un león malhumorados o hambrientos. Y ninguno de los campesinos se equivoca jamás.

Porque –como me explicó un viejo baqueano– el que alcanza a ver a la tulivieja es porque ya está en manos del Malo.

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Artículo publicado el 18 de marzo de 2010 en el diario La Prensa, a quienes damos, lo mismo que al autor,  todo el crédito que les corresponde.