Un choque, dos choques, tres choque

La opinión de…

 

MARTA  SEGOVIA

Hace algún tiempo, cuando mis hermanos y yo éramos niños jugábamos en la carretera al interior “a contar tortuguitas”; se trataba de contar cuántos Volkswagen Beatles veíamos en la carretera. Ahora, sin tantos de estos curiosos carros, ¿a qué pueden jugar los niños cuando se aburren, digamos, de estar metidos en el tranque de todos los días?,   pues yo tengo una sugerencia: pueden jugar a “contar choques”.

Es lamentable el día a día que estamos viviendo los panameños, a cualquier hora, en cualquier calle, podemos ver choques. Hoy en día puedo contar muchísimos más choques que “tortuguitas” en mis tiempos. ¿Qué está pasando en esta ciudad?   ¿Por qué esta tan caótica?  He tenido la oportunidad de hablar con algunos turistas, muchos de ellos de ciudades enormes, como México DF, y la observación que me hacen es la misma “¿Por qué manejan tan mal en Panamá?”.

¿La respuesta? Solo puedo suponer que es la mezcla de muchos factores y, definitivamente, no todo recae en el Gobierno o en la mala planeación urbana, también es la falta de cortesía y del juega vivo que, lamentablemente, nos distingue a los panameños; falta de respeto por las leyes de tránsito, falta de educación y de tantas cosas que de escribirlas podría tocar susceptibilidades. ¿Qué nos está pasando? ¿En qué clase de país nos estamos convirtiendo? Y es que la educación y la cultura de un país también la podemos medir en la manera como se comportan las personas al tomar un auto y conducir.

Hace unos días recibí un choque por detrás, ¿por qué paso esto?, porque la persona que me chocó no le quiso dar pase a alguien que se le estaba metiendo en su carril, así que para evitarlo aceleró y terminó frenado por mi carro que iba justo unos metros delante de él.   Descortesía, descuido, “mala fe”, podríamos encontrar muchos adjetivos ante esta situación que ocurre tan frecuentemente que las personas que se enteraron de mi choque, como consuelo, me dijeron: “Tranquila, que no es ni la primera ni la última vez que pasa”. ¿Y el consuelo?  Es nulo, solo obtengo frustración.

A mí la verdad me da mucha pena con los turistas que están llegando a esta hermosa ciudad, esperando encontrar una ciudad moderna, cosmopolita, con personas corteses y educadas (justo como están vendiendo la imagen de Panamá en el extranjero) y la impresión que se llevan es que somos personas tercermundistas, sin educación, ni cortesía y, lo peor, que nos jactamos de que “si manejas en Panamá, puedes manejar en cualquier parte del mundo”. Y esta afirmación es de todo… menos cierta.  ¡Más frustración!

 

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<> Este artículo se publicó el 25  de noviembre de 2010  en el diario La Prensa, a quienes damos,  lo mismo que a la autora, todo el crédito que les corresponde.
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Cortesía en el manejo, ¿qué cosa es eso?

La opinión del Abogado…

Silvio Guerra Morales

Me afectó mucho, como a cientos de miles de panameños, el accidente ocurrido en Veraguas en el que perdieran la vida tantos inocentes. Los medios informaron que ese mismo día del accidente en la misma provincia ocurrió otro en el que murieron más personas. La semana pasada un busito colegial también tuvo un accidente en el que murió una inocente criatura. La noche del día martes la hermana de mi secretaria también tuvo un accidente siendo el vehículo que conducía arrollado por una mula y que, de milagro, salvó su vida.

En la ciudad de Panamá, a diario y de noche, transitar unas horas nos permite ser testigos constantes de atropellos, colisiones, vuelcos, etc. El conducir un automóvil se ha convertido en una pesadilla. Los constantes tranques se han convertido en uno de los primeros disparadores del estrés que da al traste con la vida de las personas mandándolas a los hospitales con problemas renales, hepáticos, cardiacos, pulmonares, en fin.

Sin embargo, independientemente de todas estas situaciones, he podido advertir una causa que, estimo, también está contribuyendo al caos vial que tenemos en este país.   Hablo de la falta de cortesía en el manejo. Esa falta de cortesía se traduce en irrespetos, violencia verbal, violencia física –caso de un taxista que con un hierro en mano estuvo a punto de agredir a un conductor que simplemente le había advertido manejara ordenadamente-;   obscenidades a montón, sin dejar por fuera que te mientan la madre cuantas veces les venga en gana y cuando no sacan a relucir un revólver o pistola en señal de darte un tiro y mandarte al sueño eterno.

Esa falta de educación también traduce una impaciencia singular manifiesta en competencias de conductores revestidos de un juega vivo que persigue, cómodamente, ubicarse en el primer lugar de la larga hilera de autos que pacientemente respetan el semáforo y éstos pasan como si nada pasara, fríos e indiferentes.   Qué decir del conductor del diablo rojo que le vale guayaba el área de la intersección en los semáforos y que graciosamente se ubica en ella impidiendo que nadie avance aún cuando la luz verde de los semáforos les favorezca.

Es hora, pienso, de demostrar cultura, buenos modales, educación, urbanidad vial, y no poner en el timón de los vehículos todas las penas y culpas de nuestros males; no depositar en el acelerador de los carros nuestras frustraciones, traumas y dolores; mucho menos llevar en el vagón o maletero de ellos el cúmulo de nuestra incultura, falta de fe, de esperanzas y desavenencias personales.

Se impone colaboración, capacidad de comprensión, ser nobles en el manejo, verdaderamente personas de cortesía. Ayer, sin ir tan lejos en búsqueda del ejemplo, pude presenciar a cuatros sujetos, en la vía Tumba Muerto, que pensé se iban a matar entre ellos. La causa: que un conductor no le permitió al otro salir primero de un estacionamiento. Afortunadamente, todo quedó en amagos.

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<>Artículo publicado el 29 de octubre de 2010  en el diario El Panamá América,   a quienes damos,  lo mismo que al autor,  todo el crédito que les corresponde.
Más artículos del autor en: https://panaletras.wordpress.com/category/guerra-morales-silvio/
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Dar las gracias y ser agradecido

La opinión de un miembro del Club Rotario de Panamá…

Lidia Samudio

De pequeños, entre las primeras cortesías sociales que nos enseñan nuestros mayores es a “dar las gracias’. Cuando preguntábamos que quiere decir? Nos explicaron que venia de formalismos antiguos en los que uno le deseaba “gracias” (bendiciones) a la persona a quien se las dedicaba. Recuerdo en mi infancia cuando después de un cumpleaños nuestra madre nos perseguía hasta que hubiéramos llamado a cada uno de nuestros tíos y otros allegados, para agradecer el regalo recibido.

Tendemos a confundir una cortesía con un compromiso moral. Si alguien nos regala una flor, chocolates, un libro, damos las “gracias” -es una cortesía-.    Cuando alguien hace algo por nosotros, nos da su tiempo, sus contactos, su energía, nos ayuda a cruzar una calle, nos da un trabajo, nos consigue una entrevista, nos beneficia con sus conocimientos, nos saca de un aprieto, debemos además de dar las gracias, ser agradecidos.

Es una obligación humana. Al “dar las gracias” le reconocemos verbalmente a quien nos entrega algo, que nos agrada el gesto o lo recibido. En el momento en que una persona nos da su tiempo, se sale de su camino, se arriesga o quema sus contactos por nosotros esta dando de sí un regalo que merece una apreciación mucho mas allá del instante en que le decimos “Gracias!”.

Ser agradecido es hacerse leal a quien nos ha beneficiado. Es tener un compromiso de consideración hacia la persona que nos ha favorecido. Es tratar de reciprocar en la medida de nuestras posibilidades. Es desear sinceramente poder retribuir en la misma medida o más de lo que hemos recibido. Aunque nunca suceda, lo importante es sentirlo y no olvidar. Tantas veces que alguien hace algo por nosotros pensamos que decir gracias no logra abarcar el sentimiento profundo de agradecimiento que nos embarga. Ser “Agradecido” es conservar y recordar el momento de ese sentimiento profundo.

Y en un plano más personal, hay tanto por lo que estar agradecido en la vida.

Levantarnos sin dolores. Tener un trabajo. Poder ver a través de nuestros ojos. Oír y disfrutar una canción que probablemente nos trae recuerdos. Y recordar es también una bendición.

Tener siempre cosas o momentos que anhelar. La posibilidad de alegrarle el día a otra persona, así solo sea saludándole. Poder sonreír. La sonrisa depende de usted. Está bajo su control. Úsela y es un regalo que le dará a otros.

Sea agradecido. No olvide.

<> Artículo publicado el 30 de septiembre de 2010 en el diario El Panamá América, a quienes damos,    lo mismo que al autor,   todo el crédito que les corresponde.

Los placeres perdidos

La opinión de la Psicóloga  Especialista de la Conducta Humana…

GERALDINE EMILIANI

A veces se confunden los buenos modales y la cortesía como algo pasado de moda o banal; y, eso tiene que ver con los valores que nos distinguen como personas. Digo esto, porque con el uso del BlackBerry, apenas se presta atención a una amena conversación, se distrae contestando las llamadas o simplemente enviando y recibiendo los muy famosos ‘chats’.   Se deja de notar y ver a la persona que tienes a tu lado, y te desconectas dejando pasar esa pequeña oportunidad placentera de ser bondadosos y hasta ‘románticos’ en el caso de una pareja.

Otros detalles muy de moda, la falta de caballerosidad de los hombres que no detienen la puerta para darle el paso a una mujer, el eludir dar las gracias, los buenos días o, las disculpas debido a algún tropiezo, el no ofrecer el asiento ni siquiera a las embarazadas, y los ataques de ira en los conductores de nuestra urbe capitalina. Hay muchos otros ejemplos, pero estos son más que suficientes como respuesta a la falta de humanidad que nos absorbe sin siquiera darnos cuenta. Estos desagradables momentos se van transmitiendo de generación en generación.

Los buenos modales no tienen nada que ver con la educación académica ni es exclusivo de un grupo elitista. La gente la relaciona con cierto grupo social, con un nivel socioeconómico alto o de gran cultura; y, no se dan cuenta de que es algo que nos afecta a todos, sobre todo, en nuestras relaciones interpersonales.

La falta de modales, así como la falta de destrezas de comunicación entre el personal al servicio del cliente de una institución pública o empresa privada afecta la productividad en el trabajo que se realiza. Esto puede apreciarse en la forma en que un ejecutivo contesta el teléfono, en el lenguaje corporal, o en cómo se comporta ante el usuario.

En mi país es muy dado el ‘síndrome del amor’ con frases tales como: ‘Mi amor’, ‘mi reina’, ‘nena’, ‘corazón’. Con ello, los empleados creen que están siendo más amables o que están dando un buen servicio, pero es todo lo contrario, porque el uso de estas frases denota falta de modales. Amén de la mirada que parece desvestirte.

De otro lado, la falta de buenas maneras al contestar el teléfono se percibe cuando la persona no se identifica, o cuando tutea al interlocutor sin conocerlo, o cuando hay una filtración excesiva de la llamada y la pasan de persona en persona. Incluso hay casos de indiscreción cuando el empleado contesta que la persona que uno procura está en el baño. La indiscreción se ve, se oye y se siente. La vestimenta y la apariencia dicen también mucho de la cortesía que impera en nuestro comportamiento.

Los buenos modales son la expresión de lo mejor que cada uno tiene en su corazón para dar a los otros. No es simple romanticismo o cursilería. Es por esto que es importante: Aprender a sonreír, independientemente de tu temperamento; tener el hábito de saludar; vigilar el tono de tus palabras para no ofender al otro; de que los gritos deben evitarse al comunicarse con la pareja y los hijos; que las carcajadas te hacen parecer vulgar, porque se puede reír con muchas ganas sin necesidad de hacer escándalo; y, saber comportarte en el lugar que te encuentres.

No es lo mismo saludar con la alegría de saber que vas a un encuentro con otros, a saludar porque es una costumbre. La verdadera relación con los otros se construye desde las potencias espirituales y requiere de un esfuerzo interior para hacer de un saludo simple, una canción de bienvenida para los otros. La vida interior, añade un velo especial al alma del ser humano. Te hace más sensible, más cálido, más humano.   El corazón se vuelve frondoso y ansioso por crear nuevas formas de relacionarse con los demás.   La vida interior te va rebelando en dónde necesitas mejorar humanamente y te capacita para tener un espíritu abierto y generoso, el cual es el terreno abonado donde pueden arraigar las buenas costumbres.

Desde pequeños se debe enseñar que cada otro ser humano, por el hecho de serlo, tiene una condición diferente a la del resto de la creación. Cada persona posee el sello de lo divino, de lo delicado, de lo tierno de su creación. Los padres debieran sembrar sentimientos delicados en los corazones de aquellos que son sus hijos. Hay que enseñarles el respeto hacia sus semejantes, hacia los niños de su misma edad y hacia los mayores. Por último, un consejo que no está de más. Los buenos modales se demuestran en gestos, igual que en palabras y hechos. Su distintivo es la sonrisa. El poeta Horacio lo decía: ‘Nada impide decir la verdad sonriendo’. Piénselo.

<>Artículo publicado el 15 de septiembre de 2010 en el diario La Estrella de Panamá, a quienes  damos,   lo mismo que a la autora, todo el crédito que les corresponde.

¿Propina obligatoria o evasión de impuestos?

La opinión de…

VICTORIANO  RODRÍGUEZ  S.

¿A qué empleado público o de empresa el usuario o cliente tiene que dar propina por el servicio que presta?

Pregunta relacionada con vendedores de servicio o quienes atienden público, tales como: empleadas de almacenes, quienes están detrás de un escritorio, al empleado de casas de materiales que llevan productos a las casas o construcciones, el mesero que atiende en restaurante; en fin, a todas las personas que atienden público y brindan un servicio.

Las leyes panameñas omiten y no hacen obligatorio el cobro de “propina” por el servicio de atención a clientes, sin embargo, es una buena práctica ciudadana que, “después de recibir un excelente servicio”, el cliente le ofrezca una cortesía discrecional al mesero.

Producto de esta sana norma de atención, algunos restaurantes -principalmente de comerciantes extranjeros- han instituido entre el 10, 20% o más del consumo como una obligación del cliente como propina.

Nuestras leyes no contemplan tal aberración, por lo cual algunos restaurantes, como modalidad, incluyen en su menú “la información del porcentaje obligatorio que el cliente debe pagar como propina”.

Presuntamente, la Autoridad de Protección al Consumidor (ACODECO) no puede interferir en ello porque su ley la limita.   Para nuestro humilde entender, es dar la espalda a una realidad. Téngase presente que posiblemente estamos frente a dos o más violaciones de nuestras leyes, independientemente se anuncie o no en el menú, además, a futuro pudieran utilizarse como mecanismo de discriminación racial o social.

La razón es sencilla. Por una parte se hace al cliente responsable por el mejor pago de la planilla, emolumento que el empresario debe solventar de sus ingresos, y por la otra, la empresa pudiera estar evadiendo impuestos tales como: CSS, seguro educativo y recaudaciones de impuestos, perjudicando al empleado en su retiro, despido o jubilación.

Generalmente los empleados de restaurante devengan salarios bajos, pero multiplican con creces su ingreso mensual producto de las “propinas”, situación que aprovechan los comercios para no aumentar salarios y mantenerlos en el mínimo. Históricamente altos jerarcas del Ministerio de Trabajo “revuelven la mirada…” para no inmiscuirse, porque algunos fueron parte de esa travesura, igual de la CSS y el Ministerio de Economía y Finanzas (MEF), pero “ahora le toca al pueblo” y esperamos ver qué hacen, si es que hacen algo. ¡Dios te salve Panamá!

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Artículo publicado el  15  de julio de 2010 en el Diario El Siglo, a quienes damos, lo mismo que al autor, todo el crédito que les corresponde.

Hablemos de cortesía

La opinión de….

Alfredo Spiegel Calviño

Cierta personalidad subió a un transporte público y quedó extrañado de la exquisita cortesía que demostró tener el conductor del vehículo. Y su asombro fue todavía mayor, cuando vio que todos los pasajeros se comportaban de la misma manera. Queriendo conocer el motivo que lo impulsaba a ser tan atento, se dirigió al hombre y le dijo: “Dispense mi curiosidad, pero me gustaría saber la causa por la cual usted emplea maneras tan gentiles con el público”.

El conductor contestó: “Pues, verá usted, hace unos cinco años leí en un periódico que alguien había legado una fortuna a un extraño por el único hecho de ser cortés.   Desde entonces comencé a tratar a los pasajeros de la mejor forma posible. Y lo curioso es que ello me produce tanta satisfacción que ya no me importa heredar o no una fortuna”.

El Diccionario de la Real Academia define cortesía como “demostración o acto con que se manifiesta la atención, respeto o afecto que tiene una persona a otra”.

¡Qué gusto da cuando llegas a la puerta de un local comercial, escolar o de las oficinas públicas y, por el solo hecho de ser adulto, los jóvenes, los estudiantes, las personas ceden el paso amablemente! Es una expresión de civilización, de respeto.

¿Es tan difícil regalar una sonrisa, una palabra amable, un mínimo de buenas maneras? ¿Sabes lo mal que nos sentimos cuando somos atendidos de mala forma? ¿Nunca han estado del otro lado?   El que juega vivo, el que se cuela, el que le quita el estacionamiento o el que tira por el suelo papeles y latas vacías denota, a los ojos de todos, indignidad.   No deja de ser un pobre hombre.

Las señales de buena educación, tales como saludar al acceder a un establecimiento, dejar salir antes de entrar, sujetar la puerta al que va detrás de nosotros, despedirse al salir, pedir las cosas por favor y agradecerlas, ceder el asiento a las personas mayores o con impedimentos físicos, no masticar chicle mientras se habla, etc., denotan respeto a los demás, cortesía y buenos modales.

Recuerdo las clases de urbanidad y buenas costumbres que recibíamos en la escuela; además, a las jóvenes les enseñaban “manualidades y educación para el hogar”. Hoy, tengo entendido, estas materias han desaparecido del currículum escolar, pero la educación no solo se da en la escuela, se educa en el hogar.

Las buenas maneras hablan de la formación que hemos recibido en nuestros hogares y, muchas veces, quedará claro que tristemente no hacemos honor a la que recibimos de nuestros padres. No se puede generalizar, pero el irrespeto y las palabras gruesas que han ingresado en el léxico de la juventud dejan mucho que desear. ¿Qué decir del chatear y hablar por celular en la mesa, el cine, en una reunión o iglesia?

Como dijo un educador: “Hasta los progresos de la ciencia conspiran para suprimir los últimos vestigios de la urbanidad, pensemos en los altoparlantes actuales que deberían más bien llamarse ‘altoaullantes’. ¿No es todo esto una demostración de que la vulgaridad ha entrado a formar parte de las costumbres actuales?”. Definitivamente la vida era más sencilla sin celular.

Podemos aplicar, también, normas de cortesía en los automovilistas. Con muchísima frecuencia, al cambiar a la luz roja, vemos como algunos conductores se la “roban”, otros no se detienen antes de la raya blanca, impidiendo totalmente el cruce de peatones. En otros países, aun sin la luz roja, los vehículos se detienen para que el transeúnte cruce la calle a salvo. Y “ojo” si vas detrás de un taxi, pueden parar en media calle o avenida, en cualquier momento y sin ningún aviso, para bajar o recoger pasajeros, amén de los gritos, insultos, bocinazos, gestos vulgares entre conductores y/o peatones, la distracción cuando manejan al hablar por celular, etc. Innumerable sería la lista de faltas de cortesía en el manejo.

Y es que hay que entender que estas faltas de cortesía pueden tener graves consecuencias, porque tener un vehículo es como poseer un arma letal. Es un arma con la cual podemos quitarle la vida a cualquiera. Las leyes existen, si llegas a atropellar a una persona eso se considera un atentado a la vida que, fácilmente, te puede costar un par de años en la cárcel. Pero aquí, generalmente, no le pasa nada al conductor imprudente, pero al peatón imprudente, le puede costar la vida.

En 1956 el papa Pío XII exhortaba así a los automovilistas: “No olvidéis respetar a los usuarios de la carretera, observar la cortesía y la lealtad con los otros pilotos y peatones, y mostrarles vuestro carácter servicial. Gloriaos de saber dominar la impaciencia, con frecuencia muy natural, sacrificando a veces un poco de vuestro sentido del honor, para hacer triunfar esa gentileza que es signo de verdadera caridad. Así no solo podréis evitar accidentes desagradables, sino que contribuiréis a hacer del automóvil un instrumento incluso más útil para vosotros y para los demás, y capaz de ofreceros un placer de más alto nivel”.

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Este artículo se publico el 28 de junio de 2010 en el diario La Prensa, a quienes damos, lo mismo que al autor,  todo el crédito que les corresponde.

“Permiso, buenos días y esas otras tonterías”

La opinión de….

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JORGE ZÚÑIGA SÁNCHEZ

Por un momento imagínese la escena del valiente luchador que, montado a caballo, atraviesa el territorio del enemigo llevando en alto una bandera blanca.   Con este acto cesan las hostilidades, y no se le ocurra pensar que la reacción la motiva el del color del emblema, y mucho menos que por arte de magia el que la empuña queda transformado en un ser poderoso.    Por el contrario, se trata de prácticas de cortesía de vieja data inspiradas en el riguroso código de ética que respeta el guerrero que aspira la paz.

Eso explica que una vez concluida la campaña los caballeros emplearán comportamientos que reafirmarán ante el que hasta ayer fuera su mortal contrincante que no desenfundará sus armas en su contra.

Los buenos modales poseen un inconfundible sello clasista. Las mayorías prohijaron las formas de conducta de la élite, buscando obtener las ventajas que veían que se obtenían del sólo hecho de actuar como la “gente” de bien. Eran los tiempos en los que los individuos se sentían precisados a mostrarse como personas “de modales”, sin importar sus carencias de fortuna.

Pero, como lo bueno está condenado a desaparecer, las personas descubrirían también que podían exigir respeto sin respetar a los demás, y surgió así la idea aceptada por muchos de que el respeto se puede imponer a los demás por medio del temor. A partir de ese momento, si saludas o te disculpas respetuosamente, estarías dando una muestra de debilidad, pues el poderoso ni el temido se disculpan ni piden permiso.

Entonces, en nuestro medio se identificará con claridad estos dos grupos: el de las mayorías, que creen que por sus atributos y cualidades personales merecen absoluto respeto, sin ofrecer nada a cambio; y el de las minorías, que insistimos en mantener vigente eso de los “buenos días” y de “permiso por favor”, pues aspiramos ser mejores personas cada día.

La intolerancia es descendiente directa de la decisión equivocada de echar de lado los buenos modales. Como no se puede distinguir entre el saludo que escuda una mala intención de aquel que es un convite sincero a la paz, preferimos entonces dudar. Las calles están llenas de enemigos que ni siquiera se conocen, y que tampoco tienen razones de peso para desatar su hostilidad.

Estamos en un punto de la evolución de la humanidad en el que decidimos enfrentarnos en una batalla campal por la supervivencia, sin reglas ni réferis, en el que para nuestra desdicha no habrá ni vencedor ni vencido. Ésta es la génesis de la violencia que todos deploramos, la que a falta de frenos, terminará por arrastrar todo a su paso… y a todos.

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Artículo publicado el  23  de mayo de 2010 en el Diario El Siglo, a quienes damos, lo mismo que al autor, todo el crédito que les corresponde.