Cárceles literalmente infernales

La opinión de…

Betty Brannan Jaén
LaprensaDC@aol.com

“… Nadie conoce realmente cómo es una nación hasta haber estado en una de sus cárceles”. Nelson Mandela, 1994.

Por más de 20 años he criticado que las cárceles panameñas son un “infierno”, pero jamás pensé que ese término pasaría de lo metafórico a lo literal. Lo ocurrido hace tres semanas en el Centro de Cumplimiento de Menores de Tocumen es escalofriante y vergonzoso, como también es criminal.   Tenemos que exigir completa responsabilidad penal por la inmolación sin piedad de esos muchachos –cinco de los cuales han muerto-. Dos chivos expiatorios no bastan, tratándose de una crueldad salvaje que obviamente se ha nutrido de mucha complicidad institucional.    También, creo, se ha nutrido de la impunidad.

Los lectores de cierta edad recordarán que en 1996 hubo una crisis parecida cuando una cámara de televisión captó a custodios que golpeaban duramente a reos desnudos en la cárcel Modelo. Se le formularon cargos a 10 custodios, que fueron enjuiciados en 1998 (sin haber estado presos mientras esperaban sus procesos). Su defensa fue que estaban “siguiendo órdenes”. ¿Qué pasó con ellos? ¿Fueron condenados? ¿Enviados a la prisión? ¿Hubo reformas genuinas?

Los hechos repugnantes de este mes sugieren que no, y la razón es que ningún gobierno post dictadura se ha preocupado por componer la crisis en las cárceles (que tiene 20 años de arrastre).    Siempre las medidas son huecas o cosméticas en vez de profundas.   Cuando se dio la golpiza de la cárcel Modelo, por ejemplo, la reacción oficial fue tumbar la cárcel, lo que me pareció absurdo.   Escribí esto: “La solución no es demoler la cárcel Modelo porque el hacinamiento en la cárcel Modelo es solo una parte de un problema mucho más grande, además de que las paredes de la cárcel Modelo no tienen la culpa de esta crisis.

Lo que hay que demoler no son paredes, sino actitudes retrógradas, procedimientos absurdos y un sistema de justicia penal que hace mucho tiempo dejó de funcionar”. (4 de agosto, 1996). No ayudó que en ese entonces tuviéramos a un fiscal (Rosendo Miranda) que había dicho que “los detenidos no tienen derechos constitucionales” y a un presidente (Ernesto Pérez Balladares) que había afirmado que “cada centavo que se gasta en mejorar las condiciones en las cárceles es un centavo menos que se gasta en programas de beneficio social”. Irónicamente, los gobiernos siguientes han utilizado la demolición de la cárcel Modelo como excusa por el hacinamiento en las cárceles.

El gobierno de Mireya Moscoso no atendió la crisis, mientras que Martín Torrijos tuvo una ministra de Gobierno (Olga Gólcher) que afirmó ante la Comisión Interamericana de Derechos Humanos (CIDH) que “el sistema penitenciario de Panamá es respetuoso de los derechos humanos de los privados de libertad”. Felizmente, eso provocó que una estudiante panameña de derecho en Harvard (María Luisa Romero) lanzara una investigación devastadora de las cárceles panameñas que fue presentada ante la CIDH y actualizada solo el mes pasado. (La Prensa, 12 de diciembre de 2010.) Ahora se han involucrado el Instituto de Criminología de la Universidad de Panamá y representantes de la sociedad civil, horrorizados por lo que encuentran al recorrer las cárceles.

En otras palabras, tras una crónica de crisis anunciada que lleva más de 20 años de estarse escribiendo, hemos vuelto al mismo punto crítico en el que estábamos hace 15 años (1996) tras la golpiza en la cárcel Modelo (solo que este último incidente fue mucho peor).   Sigue siendo cierto que la crisis se debe en buena medida a falta de recursos –lo cual de por sí confirma la falta de voluntad gubernamental en rectificar la situación— pero no dejemos que eso nos distraiga de algo aún más fundamental: criterios retrógrados y un sistema de justicia penal que consiste básicamente en tirar los reos al calabozo y botar la llave al mar.

Mientras no rectifiquemos eso, el “infierno” de esos calabozos seguirá siendo tanto literal como metafórico, para vergüenza nuestra.

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Este artículo se publicó el 30  de enero de 2011   en el diario La Prensa, a quienes damos,  lo mismo que a la autora, todo el crédito que les corresponde.

Los orígenes de la delincuencia

La opinión de…

 

Mauro Zúñiga Araúz

El Gobierno Nacional dice estar preocupado por el aumento de la delincuencia y, para tratar de calmar la angustia ciudadana, ha orientado su mirada hacia la ley y hacia las cárceles. Con las modificaciones a la ley ha aumentado las penas y disminuido la edad para aplicar las sanciones.   Con aumentar el número de cárceles persigue recluir a un número mayor de personas. Atendiendo estos dos parámetros, el Gobierno piensa dar solución al conflicto que tiene atemorizado al país.   Con esta política se cae en un reduccionismo que choca con la inteligencia.

A propósito de Mulino, le tengo dos buenas noticias. Vamos a iniciar una colecta de dignidades. Creo que en muy poco tiempo recogeremos la mitad de una, suficiente para que la utilice el tiempo que toma escribir una firma sobre la carta de renuncia.   La segunda: muchos empresarios me preguntan si el problema es económico; de ser ese, ellos le pueden subvencionar hasta la jubilación, porque me dicen que no puede haber una mente racional que entienda por qué este sujeto no se ha ido para su casa.

El feto desde los siete meses de gestación percibe los estímulos del mundo exterior.   Si vive en un entorno hostil a esa temprana edad, las redes de cableado eléctrico que conectan las neuronas se van marcando con señales negativas, y si ese ambiente se mantiene durante la infancia y la adolescencia, se va a formar un adulto con trastornos cognitivos, de memoria y de comportamiento. Un niño que vive en un ambiente agresivo, y por tanto maltratado, al menos psicológicamente, produce continuamente las hormonas del estrés, entre las que el cortisol ocupa el primer lugar.

Pero aparte del maltrato psicológico, los ambientes agresivos son proclives para el maltrato físico y sexual, y para el peor de ellos:   el abandono o la negligencia, que es el que menos se describe.    El aumento constante del cortisol afecta una región del cerebro que es rica en receptores para esa hormona, como es el hipocampo.  Las lesiones en esa área del cerebro producen un incremento de la agresividad y la disminución en la consolidación de la memoria. La pobreza en sí no está categorizada como causal de maltrato infantil, pero los problemas que acarrea como la frustración y la angustia sí son desencadenantes de conductas agresivas. Además, la pobreza en una madre gestante, disminuye las reservas de grasa del recién nacido, quien con una dieta carente de nutrientes óptimos se convertirá en un niño con déficit de conocimientos y alteraciones de conducta.

En nuestro país, el índice de Ginni que mide la distribución de la riqueza no ha mejorado en los últimos 30 años. A pesar de que la pobreza y exclusión social son inherentes al modelo neoliberal, si no tuviéramos un gobierno con voraz apetito por el dinero y poder, se podrían diseñar políticas públicas destinadas a crear entornos enriquecidos para el buen desarrollo físico y emocional de nuestra juventud.   Pero esta idea en un hombre que piensa con el bolsillo no es viable. Le propuse al ministro de Salud que hiciéramos un pacto ético por la salud, (La Prensa, 12/1/2011), pero en vez de hacer la convocatoria se fue a la televisión a decir que el gobierno de Ricardo Martinelli era el único en el mundo que hacia prevención construyendo hospitales.   Franklin, esas son incoherencias.

Otra causal de delincuencia es el consumo del alcohol.   El alcohol inhibe la corteza prefrontal del cerebro, la encargada de hacer los juicios de valor y de frenar los impulsos agresivos. En Panamá vivimos la cultura del alcohol.   No falta en ningún evento social. Aparte de su efecto deletéreo e irreversible en el sistema nervioso, su consumo agudo predispone a la violencia.   El Gobierno tiene la iniciativa de eliminar toda publicidad que promueva este agente tóxico, tal como se ha hecho con el tabaco. Sería bueno que el vice dé el ejemplo con sus licores.

Otras fábricas de delincuentes son las cárceles. Muchas veces se envía a la cárcel a un trasgresor de la ley por un delito trivial y allá se mezcla con los profesionales del crimen por un tiempo lo suficientemente grande (por la lentitud del proceso) para que se aprenda los oscuros e intrincados caminos de la mafia.

En esa escuela del delito confluyen todos. Entra un transgresor y sale un delincuente, con el agravante de que este delincuente, en muchas ocasiones, se incorpora como parte de la ilegitimidad del poder: soplones, grupos paramilitares, infiltrados en manifestaciones y protestas populares, etc.   Parece que el poder necesita de las cárceles para que le provea de individuos para hacer el trabajo que a los uniformados les está prohibido. Aunque, con la consolidación del fascismo y la nueva ley de la Policía, ya los agentes de protección ciudadana tienen licencia para matar.  Lo ocurrido en el centro de menores el pasado 9 de enero es el mejor testimonio de mis palabras.

Miembros de la asamblea de la sociedad civil visitaron las cárceles de menores.   Los videos y las fotografías son dantescas. El término infrahumano se queda corto, porque a ningún animal se le dispensa ese trato. ¿Interés de las autoridades? Cuando enterraban al quinto quemado, el excelentísimo estaba en Davos disfrutando de la buena champaña.    Fue lo único a lo que viajó, porque en sus escasas intervenciones a los participantes se le perdían las miradas detrás de las nevadas montaña. Esquiaban.

¿Y Gustavo Pérez? Me ha dicho garganta profunda, el ministro informante, que el excelentísimo ha señalado que primero se va él que su guardaespaldas.

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Este artículo se publicó el 9 de febrero  de 2011   en el diario La Prensa, a quienes damos,  lo mismo que al autor, todo el crédito que les corresponde.

La verdad desnuda o una defensa a destiempo

La opinión de…

Dicky Reynolds O’Riley

Cuando pensé que lo peor había pasado, aún reverberan en mi conciencia las imágenes de la paliza de la Cárcel Modelo o en términos eufemísticos “La calle de honor” o simplemente, “el correctivo”, en el código, no escrito, de la retórica policial. Hecho deleznable bajo cualquier punto de vista.

Situación que deploro. Quince años después me persiguen esos fantasmas y las ulteriores consecuencias en mi vida privada, profesional, demeritándolas, sin darle valor o crédito a otras actuaciones más loables de mi existencia. Siento el escarnio de la vindicta pública que me ha condenado.

Ese estigma que me acompañará hasta mi última morada. No quiero imaginar mi final lapidario, quizás diga aquí yace el “Torturador de la Modelo”, Noir du merd o “Un Noriega de bolsillo”. No soy “San Dicky” y no me motiva conmoverlos de pesar y mucho menos de lástima ni tampoco atizar el fuego de la morbosidad que recae en un tema tan humano como el trato hacia una persona privada de su libertad, no importa por qué motivos esté restringida.

Cuando se inició todo este periplo judicial para encontrar a los responsables de la barbarie de la Modelo –como han adjetivizado en la opinión pública los medios de comunicación social este hecho–, los agentes instructores de otrora no tuvieron posturas para sindicar a los verdaderos responsables, a quienes mostré con pelos y señales. Me negaron el derecho de carearme con ellos para restregarle la verdad en el rostro. Creyeron que era importante no afectar la renovada imagen policial que venía ya señalada por sus desaciertos en materia de derechos humanos en tiempos no tan remotos. Nefasta decisión. Sabíamos que el tigre no iba a ser vegetariano.

Hay una realidad, soy “reo convicto”, infame honor me persigue, una especie de letra escarlata. Se preguntarán ¿Por qué rompe el silencio hasta ahora? Tardía autorreinvidicación. ¿Temor o complicidad? ¿Sacar provecho mediático para exorcizar sus demonios? U otras conjeturas, que, cada quien es libre de hacer. Mi candidez fue pensar que los jueces serían equilibrados y justos, que se practicarían las pruebas, más allá de las solas vistas televisivas y las declaraciones de los agentes policiales, quienes por ese temor reverencial no se atrevieron a señalar a sus jefes y prefirieron “cargar con el muerto”.

Sumado a la complicidad de quienes editaron y sacaron de contexto mis deposiciones para favorecer a sujetos innombrables, que, luego por efectos de las leyes del karma, se vieron señalados en otros acontecimientos bochornosos que trascendieron a las esferas administrativas y penales. Pequé de ingenuo, pero pecado al fin y al cabo que me somete diariamente al acicate como responsable.

La confabulación de siniestros personajes que se aprovecharon de mi sentido de lealtad a idearios políticos, al punto de arriesgar mi vida y mi honor por el partido. Me dejé llevar por la falsa sensación de amistad de los que decían esta tormenta pasará, solo resiste. No lo niego, me desinteresé de mi suerte en lo judicial y he aquí las consecuencias. Me dejaron solo en el baile, como se dice en el argot panameño, mientras que los policías cerraron filas con sus unidades, principio rector de la institucionalidad.

No se puede llorar sobre la leche derramada. Ya no puedo evitar ser tema de debate, por que aquí no cabe el término, como se dice en derecho, que este asunto es “cosa juzgada”. Creía en la máxima que rezaba: “A los amigos no hay que darle explicaciones, porque no las necesitan y a los enemigos tampoco, porque no los convencerás”. En realidad, estoy cansado que me estén asoleando todos los días en los medios, aunque sé que estos son los frutos de decisiones propias y ajenas. Cargo esa enorme roca como Sísifo en su tragedia griega.

Motivo estas reflexiones, extraídas del inventario de mi vida, como introducción al hecho de la masacre del Centro de Cumplimiento de Menores de Tocumen, acaecido el pasado 9 de enero, solo comparable con el suceso de la Modelo, porque ese fue el preámbulo de esta dantesca escena.

Nuestra sociedad, con su doble moral, critica a la Policía, pero tampoco quiere leyes que trate a los menores infractores como a los niños cantores de Viena, se queja de los beneficios que le da su condición de minoridad. Hay quienes, solapadamente, han aplaudido el clásico “bien hecho”, por mal portados. Somos dados al actuar efervescente, situación que disipa soluciones estructuradas, permanentes y a largo plazo, sobre todo en el tema del internamiento y resocialización de las personas. Nos acordamos de ellos cuando surgen eventos como este y una vez neutralizada la disconformidad, epitelial, de la opinión pública no se vuelve a hablar del asunto.

Mi preocupación, sin sesgo, resentimiento ni actitud de bandolero redimido, va encaminada en el sentido que se haga una investigación, prolija y sin ambages de estos hechos y, más allá de la condena mediática, que el largo brazo de la ley alcance a los verdaderos responsables. Si ello no se lleva a cabo, la justicia estará pagando las consecuencias por su andar timorato, ya bajo cuestionamiento. Creo, que, sin pecar de inmodesto, tengo la catadura moral para decirlo. Dicho en términos más románticos, la voz de la experiencia.

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Este artículo se publicó el 5 de febrero  de 2011   en el diario La Prensa, a quienes damos,  lo mismo que al autor, todo el crédito que les corresponde.

‘Preciosa’ y el derecho a la vida

La opinión de…

Raúl Leis R.

Claireece Precious Jones. Negra. Pobre. Obesa. Solo 16 años de edad. Analfabeta funcional pues fue forzada a abandonar la escuela.   Violada por su propio padre y en cinta por segunda vez. Residente en un gueto neoyorquino junto a una madre despiadada, abusadora y maltratadora. Aislada del mundo, con una autoestima en el piso y sin apoyo de nadie. Ya empieza a cometer pequeños robos. Luego descubre algo terrible: la han contagiado del virus del sida.

Ella está tocando fondo y lo sabe, pero surge una oportunidad a través de un programa de educación alternativa de jóvenes y adultos, donde encuentra a la joven maestra Rain, quien a través de un proceso integral, participativo grupal, logra avanzar no solo en la lectura y los temas básicos educativos, sino en una trascendencia ética que le permite que Preciosa crezca en capacidad, dignidad, construyendo un nuevo e intenso camino de posibilidades de existencia.

Esto resume el guión de la película Preciosa (Precious) basado en la novela Push de Sapphire, ganadora de 50 premios de cine, y que debería ser vista y debatida en nuestro medio.   Pero no hay que ir muy lejos para encontrar situaciones similares e incluso peores en nuestro medio, y los recientes sucesos y situación actual del Centro de Cumplimiento de Menores así lo demuestran.

Los menores privados de libertad, tanto los que fueron asesinados a través de una ejecución extrajudicial como los que aun sobreviven en condiciones infrahumanas, son producto de una cadena de exclusiones sociales, económicas, políticas, generadas por la sociedad en que vivimos, asimétrica y desigual. Más de la mitad de la población panameña es menor de 25 años pero el 57% de los pobres tiene menos de 20 años.

Mucha de la responsabilidad de lo que sucede con muchos jóvenes es de nuestra sociedad que no les proporciona las necesarias oportunidades, los invisibiliza y hasta estigmatiza. También suma un acumulado de años de errores y desidias gubernamentales, agravado hoy por un gobierno de corte autoritario y prepotente, que ha apostado más al castigo que la prevención y resocialización, y ha blindado de impunidad a la fuerza pública, estimulando así desmanes y represiones como las ocurridas en Changuinola y Tocumen.

La situación la plasmó diáfanamente Justo Arosemena, hace siglo y medio, con palabras que tienen plena vigencia hoy en día: “El sistema penal es más propio para empeorar que para corregir a un delincuente.    Nuestros presidios son focos de infección física y moral, escuelas de perversidad, en donde el hombre todavía sano se corrompe, y el malvado se perfecciona en el crimen perdiendo el último resto de pudor […] Vista la urgencia, ¿cuál es la esperanza de una reforma completa, general y concienzuda de nuestro cuerpo de derecho?”.

El informe de la Asamblea Ciudadana (31 de enero) sobre las condiciones inhumanas de los centros de cumplimiento y custodia da cuenta del abandono y la indiferencia, y contiene valiosas recomendaciones inmediatas para superar el estado de cosas: Se declaran vigilantes ante esta crisis en el sistema carcelario que viola los derechos humanos de la población privada de libertad, así como del procesamiento de los responsables y culpables directos e indirectos del crimen cometido. Piden la demolición del centro de cumplimiento y la adecuación del Centro Arco Iris garantizando que sólo puedan atender a los reclusos para los cuales tienen la capacidad física y técnica. Un mecanismo institucional vinculante, con recursos y presencia de organismos de sociedad, con un plan a corto y mediano plazo para evitar que se sigan construyendo escenarios de improvisación institucional y de malgasto de recursos públicos.

Un eje de transparencia e integridad que permita prevenir actos de corrupción y tráfico de influencias. La capacitación de todo el personal del sistema en materia de derechos humanos, en especial los relacionados con los menores. Seguimiento de las mejoras al sistema en el que estén representados Gobierno, técnicos del sistema, organismos nacionales e internacionales de DDHH, y en el cual tengan voz permanente representantes de los reclusos.

Gente como Preciosa tiene derecho a la vida al igual que todas las víctimas de la violencia y la criminalidad, y nos enseña que, en conjunto con los cambios estructurales profundos a la justicia, la apuesta educativa es fundamental en el proceso de rescatar a nuestra niñez y juventud. Un modelo educativo que conjugue los cuatro grandes pilares del Informe Delors: “aprender a aprender, aprender a hacer, aprender a vivir juntos, aprender a ser”, a lo largo de toda la vida.

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Este artículo se publicó el 3 de febrero  de 2011   en el diario La Prensa, a quienes damos,  lo mismo que al autor, todo el crédito que les corresponde.

Cero tolerancia con el abuso de detenidos

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La opinión del Abogado…

Alberto E. Fadul 

Cinco fallecidos y dos aun pendientes de saber que les pasará; de seguro, se corta el sentir positivo sobre su delicada situación y los orígenes de la misma.   Que nuestro Señor les ampare. 

Lo ocurrido en el centro de detención de menores, dada las gravedades del caso y sus tristes secuelas, es porque nos hemos enterado de lo sucedido.    Sepa Dios cuantos horrores ocurren en las cárceles panameñas en cuanto al maltrato de los detenidos y no nos enteramos.

Los delitos tipificados en nuestro Código Penal con privación de la libertad, no indican que, en adición a la misma, los presidiarios serán maltratados, en ninguna forma, como consecuencia de esta. El hacinamiento y en general las condiciones carcelarias negativas, no son parte de la naturaleza del castigo por delitos cometidos.

Recuerdo como si fuese ayer, el comercial televisivo generado durante el periodo del difunto Presidente Endara mostrando, con lujo de detalles, el trato brutal de los encarcelados y los argumentos que sustentaron semejante barbaridad:   Si no quieres que te pase a ti, cuídate de cometer delitos con pena de encarcelamiento. ¡Qué horror! La situación no sufrió mejora alguna; todo lo contrario, está cada vez peor.

Nuestra Carta Magna nos expone la función de resocialización para los encarcelados.   Sus detalles son bastante claros y precisos. El resultado de su no aplicación: las cárceles son las escuelas de la criminalidad en todas sus agobiantes formas.    ¿Quiénes se preocupan del no cumplimiento de tales atribuciones? ¡Nadie! No lo hace la sociedad pues en ella solo hay un sentido de profundo disgusto: ¡El que la hace que la pague a como de lugar! ¿Se preocupa la iglesia? No, la política le es más interesante. ¿Qué hace la Defensoría del Pueblo?

Después de todo, la metodología para la resocialización es un derecho violado a diario. Claro ahora el peso de la ley le caerá a todos los involucrados. ¿Y luego qué? Es de esperar que la muerte de los jóvenes no sea en vano y sirva de algo para entrar en un proceso serio de recomposición a nivel constitucional, legal y reglamentariamente sujetos a una real necesidad.

Los presos son seres humanos que deben pagar por sus delitos, sin estar envueltos en una cultura de odio y abusos constantes de toda índole.

Presidente, esto también debe ser parte del cambio, hacia una sociedad más valorativa y consciente de que la equidad nos abarque a todos.

Mi más sentido pésame a los familiares de los fallecidos.   Ojalá no queden en el olvido.

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<>Artículo publicado el 23  de enero de 2011    en el diario El Panamá América,   a quienes damos,  lo mismo que al autor,  todo el crédito que les corresponde.

 

No es Carandiru, esto pasó en Tocumen

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La opinión del Estudiante de Derecho…

Rodney Saavedra Navarro 

Les cupo en suerte, utilizando la ironía de la frase, el infierno de la hoguera, montada de improviso en una pequeña celda, donde reinaba el hacinamiento y la ausencia absoluta de una rehabilitación responsable, amotinados por la carencia de agua y comida, estalló la justa rebeldía de los jóvenes.

 

En el patio contiguo a la celda aparece en escena el verdugo, un gorila desalmado introduce por un orificio del brete, el dispositivo incendiario, en cuestión de segundos se alza con ira la llama, la escena es confusa, se escucha a Erick o Benjamín, quizás José, — “el laopesillo está dead, dead, dead, loco”, “Justicia nos quemamos”, “Ayúdame viejo”… –

Por los barrotes se abría paso el humo negro de carne y foam, se escuchaban los chillidos desesperados de lo que ya debía ser una sola masa de fuego, segundos eternos asándose en el infierno de esa celda tan fría por las noches que temblaban las quijadas, minutos más tarde, cuando ya estaban a punto de cocinarse para ser servidos en las mesas de la morgue del Hospital Santo Tomas, un policía de verbo macabro les dice -“no son hombrecitos aguanten ahora”-. Me recordé en ese momento de una película brasileña “Carandiru” y no lo creía, no lo creíamos una compañera y yo, con los ojos pelados de indignación.

Un custodio espetó, o no se quien, ya la cámara solo enfocaba la luciferina imagen del asador humano -“muéranse”-.

No es Brasil, no es el Callao o San Quintín, es el sistema penitenciario de Panamá hecho trisas, desde tiempos de la Cárcel Modelo y la isla penal de Coiba, sumado a la barbarie, de los curadores de los centros de seudo-rehabilitación, hechos academias del crimen.

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<>Artículo publicado el 28  de enero de 2011    en el diario El Panamá América,   a quienes damos,  lo mismo que al autor,  todo el crédito que les corresponde.

Hacinamiento y ocio: violencia carcelaria

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La opinión del Abogado, Criminólogo, Odontólogo, Decano de la Facultad de Odontología de la Universidad de Panamá…

Omar O. López Sinisterrra

Las cárceles o recintos de internamiento para convictos en nuestra América Latina se caracterizan por problemas que se inician en ocasiones con la escogencia de un sitio que no guarda las especificaciones para constituirlo en un penal o recinto carcelario.

Estos sitios de internamiento llegan a ser utilizados ya con cierto grado de deterioro producto del tiempo que llevan en uso para esos y otros fines. Allí disponemos de ciertas áreas que se constituyen en espacios carcelarios que inicialmente alojaban a uno o dos convictos, pero con el aumento progresivo de la población, el desarrollo y las migraciones hacia los centros urbanos, se van masificando constituyendo lo que conocemos como el “Hacinamiento carcelario”.

El crecimiento de la población carcelaria irrumpe con el desarrollo de los programas de Resocialización que se pretendan porque el personal especializado llámese trabajadoras sociales, sociólogos, criminólogos, psicólogos, custodios, educadoras sociales y psiquiatras constituyen una cifra irrisoria para atender todas las necesidades de estos jóvenes y adultos inmersos en los centros carcelarios. A esto podemos adicionar los recursos humanos necesarios para administrar los centros, el personal de cocina, de lavandería, educadores, bibliotecarios, educadores y profesionales del deporte y de los diferentes programas vocacionales existentes en el centro.

Pero para poder cumplir con la devolución de este contingente humano a la sociedad ya resocializado, necesitamos de una férrea voluntad política que reconozca esta problemática y que desee solucionar la misma con carácter de urgencia en el país.

Esto significa la inyección de un presupuesto acorde con estas necesidades y con las pretensiones científicas que yacen en la Resocialización. Dejar de lado estas necesidades en momentos ordinarios y de suma urgencia es facilitar la Violencia Carcelaria, la cual puede ocurrir entre los convictos, con el personal custodio o con el personal técnico que allí labora. Como seres humanos y sobretodo en los Centros de Cumplimiento, hay que procurar a los jóvenes las necesidades mínimas de convivencia humana sin violentar los Derechos Humanos del Niño y del Adolescente.

El Hacinamiento y el Ocio son amigos de la violencia pues catalizan reacciones que generan la misma y que finalmente culminan en episodios tristes y lamentables para nuestra sociedad.

Recordemos que hay que voltear nuestras miradas hacia las zonas de riesgo y sobre aquellos hogares que necesitan ayuda urgente para salvar a nuestros jóvenes en peligro.

 

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<>Artículo publicado el  25  de enero de 2011   en el diario El Panamá América,   a quienes damos,  lo mismo que al autor,  todo el crédito que les corresponde.

Organizar la rabia

 

La opinión de…

 

Paco Gómez Nadal

Hay lágrimas de muchos tipos. No se crean que en temas lacrimógenos hay monopolios o absolutos, pero sí algunas categorías. Las lágrimas de alegría son un mordisco a un buen chocolate negro, caliente, con un punto amargo pero enseguida dispuesto a conquistar con dulzura. Estas a veces mutan a sonrisa disimulada y a veces a risa con carcajadas.

Hay lágrimas de dolor físico, involuntario chorro de agua salada que trata de aliviar el instante con húmedo acompasar de narices y glándulas. Las lágrimas de emoción, de ternura, parecen sacadas de una partitura de Bach, con esa solemnidad, lentitud y evolución propias de la música que conmueve a quien solo está ahí, quieto, dejándose permear.

Pero están las lágrimas de frustración, las de dientes apretados, las que contraen el cuerpo con trompicones propios de un motor dañado. Y estoy cansado de esas en estos días. Ya son demasiadas lágrimas.

Las he visto despeñarse por los rostros de mujeres (a los hombres nos prohibieron el necesario alivio de las penas)   frustradas porque en este país no pase nada después de que se haya asesinado a los adolescentes recluidos en el Centro de Cumplimiento de Tocumen, después de comprobar que las mamás de las víctimas no tienen plata ni para enterrarlos; frustración al fin por la injusticia llevada a su extremo y que no provoca una reacción en cadena de la sociedad.

La frustración es peligrosa. Más que Mulino y sus salidas de machito (detrás de un machito siempre hay un cobarde); más que Martinelli y sus disculpas en “cadena” y sin consecuencias políticas ni legales (cuando se tira de la “cadena” ya sabemos lo que pasa); más que la ruidosa indiferencia de la mayoría. La frustración es un sentimiento individual que no logra traspasar el ámbito de lo privado y que, muchas veces, sume a la persona que la vive en la depresión o, cuanto menos, en la tristeza.

La frustración por el momento dramático que vive el país (así es, sin eufemismos) hay que convertirla en rabia. Dice el estribillo de un tema del grupo David vs Goliath que hay que “defender la alegría y organizar la rabia”. ¿Qué significa este juego de palabras?

Lo primero es que la tristeza no sirve de nada excepto para escribir buenos poemas (si está acompañada de genialidad y de un par de rones) o generar compasión.   Hay que defender la alegría, la energía vital de este pueblo, la alegre tarea de cambiar nuestra realidad, de vivir y hacerlo desde la vereda en la que nos sabemos hermanos y ya, solo eso, debería provocarnos alegría. Lo segundo es que la rabia, a diferencia de la frustración, es un sentimiento externo, siempre es hacia fuera, siempre busca la forma de manifestarse. La rabia desorganizada lleva a reacciones extremas e inútiles, normalmente salpicadas de violencia o de inútil valentía. Pero la rabia organizada es la que logra los cambios que nuestra sociedad precisa.

Defendamos la alegría, transformemos la frustración en rabia y organicémosla para darle forma de pueblo y de ideas. No hay tiempo ahora para lamentarnos, sino para reaccionar, para impedir que mientras unos cuantos siguen haciendo dinero a costa de este Estado enflaquecido y desprestigiado Panamá se deslice hacia el gorilismo policial y la autocracia (tal y como ha confesado por escrito el Presidente).

Si aquí el único que manda es Martinelli (aunque debería aprender de la máxima boliviana de “mandar obedeciendo al pueblo”), organicemos la rabia para exigirle que asuma su responsabilidad sobre las persistentes violaciones de derechos humanos, sobre el desastre del agua (parece muy fácil echarle la culpa al cambio climático), sobre el deterioro de la seguridad en el país, sobre la conversión de la administración en el narcoestado que nos olemos o sobre el incumplimiento de sus promesas de campaña.

En Davos hace demasiado frío para pensar; quizá nuestra rabia organizada debería recordarle al presidente que este pueblo tiene sangre en las venas y que no quiere ver más de esa sangre regada en las calles… o en las cárceles.

Hemos empezado el año con muy malas noticias (la de la renuncia de Ebrahim Asvat ha confirmado lo peor) y ante este panorama: ni una lágrimas más, ni un instante más de silencio, ni un medio de comunicación censurado, ni una duda ante la urgencia de lo que se avecina.

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Este artículo se publicó el 25  de enero de 2011   en el diario La Prensa, a quienes damos,  lo mismo que al autor, todo el crédito que les corresponde.

Atención, ministra Méndez

La opinión de…

Jorge Gamboa Arosemena

Los acontecimientos que padece nuestra sociedad degeneran en absurdos abominables como los de la quema de seres humanos, en el llamado Centro de Cumplimiento de Menores. Entiendo que la ministra Roxana Méndez ha dedicado, gran parte de su vida, al asistencialismo social, lo que denota una vocación especial.

Hoy día, la ministra Méndez está en un cargo político de mando y jurisdicción del Estado panameño, cargo que puede ser tumba o pedestal en ese ingrato escenario que es la política.

Toda la barbarie de las escenas fílmicas de la quema de estos menores infractores estoy seguro de que, aunque en el ejercicio de cargos como el de la ministra Méndez hay múltiples elementos de distracción del eje de los acontecimientos, por ese humanismo por ella externado, esa barbarie la tiene que tener indignada, por decir lo menos.

Debe tenerla en un conflicto de conciencia con actitudes de varios de sus compañeros de gobierno, como las del otrora civilista Mulino, que en lugar de acongojarse por exabruptos criminales como la represión de Changuinola y ahora la quema de menores, con saldo de muertos en ambos acontecimientos, espeta comentarios producto de la desorientación que causa el embriagarse de poder, atacando al viceministro Hincapié.

La ministra Méndez tiene el deber de ser el motor que, si a este gobierno le queda algo de buena voluntad, rehaga sus pasos mal andados y comience a rectificar. Este gobierno se salva de una repulsa popular porque la crisis es tan profunda que un pueblo con poca cultura política en todos los estamentos sociales -los de arriba, los de abajo y los del medio- no es capaz de discernir lo correcto.   Además, un pueblo con un espíritu subalterno logrado al haberse desvirtuado la participación democrática en política con el clientelismo apuntalado en la compra de conciencias y con una ilegal e inmoral propaganda demagógica abrumadora que tiene como fin ganar la aceptación del amo por el esclavo.

Tal vez la ministra Méndez pueda encontrar apoyo en esa tarea de revertir las abominaciones de este gobierno, en la sensibilidad que debiera tener otra dama del Gabinete, la ministra Molinar, porque ella debe conocer de cerca esta sociedad injusta que discrimina a etnias, a mujeres y a cuanto no cumple un anacrónico estereotipo del poderoso y porque además –entiendo- es laica comprometida.   La tarea que le solicito a la ministra Méndez es grande pero no imposible.

Si la intenta puede obtener solo dos resultados: que sus compañeros de gobierno enmienden y podamos dirigirnos hacia mejores días, sin autoritarismo, con respeto democrático al pueblo, o que la rechacen, con lo cual tendría que renunciar, denunciar y activarse en lo que estamos varios ciudadanos, denunciando y proponiendo un Panamá mejor donde los puestos sean dados por méritos y no por vínculos políticos, familiares o amicales, donde el erario se preserve con manejo a través de licitaciones y no de contrataciones directas, donde se priorice obras encaminadas a atender, realmente y no demagógicamente la pobreza de la mayoría y no la opulencia de la minoría.

Hay dos ejes que deben impulsarse: el eje de rescate a la familia que formaría buenos ciudadanos que no delincan desde la vida comunitaria ni delincan desde los cargos públicos;  sin una institución familia, que sea la forjadora de buenos ciudadanos, no podremos ordenar nuestra sociedad.

El otro eje, una reforma política donde los líderes sean servidores y no pelechadores, no se logrará mientras no tengamos mejores ciudadanos, pero mientras eso ocurre, como medida de contención al desgreño actual, se pueden establecer medidas para que contrarresten el clientelismo y la baja cultura política, como topes austeros para las campañas, que la propaganda en medios masivos sea racionada, que se elimine la reelección para todo cargo hasta que hayamos avanzado hacia una sociedad madura políticamente, que solo los puestos de los despachos superiores de las diferentes entidades sean de libre nombramiento y remoción y que todas las otras direcciones o jefaturas sean por concurso y sin filiación política desde un tiempo prudencial anterior al concurso. La ministra Méndez puede ser la última oportunidad de un gobierno antidemocrático, antinacional, antipopular, de tráfico de influencias, de improvisaciones, un gobierno que de cambio no tiene nada.

Que la abominación de las imágenes y voces de los menores quemándose nos muevan a todos y tengamos una aliada en la ministra Méndez. ¡Basta ya!

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Este artículo se publicó el 22  de enero de 2011   en el diario La Prensa, a quienes damos,  lo mismo que al autor, todo el crédito que les corresponde.

La literatura redime

La opinión de…


Ricardo Arturo Ríos Torres

Durante tres años coordiné ad honórem el Círculo de Lectura del Centro de Cumplimiento, entidad que alberga a los menores sentenciados por sus delitos. A esos jóvenes los conocí en un acto organizado por la Lotería en ocasión de la semana del libro; participaban también estudiantes de algunos colegios secundarios de la capital.

De allí nació la idea de compartir con ellos mis experiencias del Círculo de Lectura de la USMA. El equipo de profesionales que dirigía el centro acogió con entusiasmo la iniciativa. Mis estudiantes de la USMA visitaban el centro de cumplimiento y ellos acudían a las reuniones del círculo de lectura tanto en la universidad como en la librería Exedra.   Luego los llevé a las dos primeras ferias internacionales del libro celebradas en nuestro país.    Además participaban en nuestras presentaciones de libros e incluso fueron protagonistas cuando Rose Marie Tapia realizó la gala de Roberto por el buen camino.

Ninguno de los jóvenes del centro se evadió; eran un equipo, una familia, eran conscientes de la oportunidad que se les ofrecía. Trabajaron un boletín informativo como el Huellas de la USMA. Escribieron poemas, cuentos y el inicio de una novela. En una ocasión los llevé a una conferencia internacional sobre lectura que se celebró en el hotel El Panamá. Allí dieron testimonio de sus experiencias. Fue inolvidable; los expertos de distintas latitudes se emocionaron con ellos, muchos lloraron ante sus vivencias.

Tanto en las reuniones de la USMA como en Exedra analizaban los libros con tal propiedad que muchos creían que eran universitarios. Aprendieron a comunicarse, a pensar lógicamente, a compartir con naturalidad su pasión por la literatura. Ninguno de ellos reincidió; estudiaban en la secundaria e incluso en la universidad; era parte del programa de resocialización. Se habían humanizado pues se les trataba con respeto y aprecio. Aclaro que en ese grupo todos los delitos estaban presentes.

Comprobamos que eran chicos sin hogar, carentes del amor y cariño de una familia formal. Pero todo cambió cuando Martín Torrijos asumió el poder Ejecutivo y su ministra de la Familia [Desarrollo Social] removió al equipo de profesionales que dirigían con dedicación, responsabilidad y mística el centro de cumplimiento. El Panamá político consideró esa entidad como otro de sus espacios.   Nada detuvo a la ministra de turno; barrió con las trabajadoras sociales, psicólogo, la directora, e incluso con los custodios de amplia experiencia.

El círculo de lectura desapareció, luego la ministra fue premiada por el Presidente y la integró a su equipo de asesores.

Ante la tragedia que hoy conmueve a la sociedad panameña reiteramos nuestro reclamo ciudadano, que el Panamá político renuncie a considerar como espacios partidistas las instituciones públicas. Necesitamos un director de la Policía que sea un profesional especializado y nunca un militar como el que tenemos hoy. Actualmente, la policía militarizada avasalla al ciudadano común. Recordemos Changuinola y los asesinatos de los obreros. Que el equipo de las cárceles se integre confuncionarios profesionales ajenos al clientelismo político.

La tragedia de los adolescentes quemados en el centro penitenciario nunca más debe  repetirse. El Panamá político es el responsable de ese crimen institucional.

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Este artículo se publicó el 20  de enero de 2011   en el diario La Prensa, y el 5 de febrero de 2011 en la Estrella de Panamá,  a quienes damos,  lo mismo que al autor, todo el crédito que les corresponde.  El resaltado fue hecho por el Editor.

Pena de muerte

La opinión de…

Carlos Guevara Mann

El artículo 30 de la Constitución panameña proscribe la pena de muerte. El artículo 28, a su vez, sustenta el sistema penitenciario “en principios de seguridad, rehabilitación y defensa social”.

La misma disposición “prohíbe la aplicación de medidas que lesionen la integridad física, mental o moral de los detenidos” y dispone que los menores de edad sean “sometidos a un régimen especial de custodia, protección y educación”.

La proscripción de la pena de muerte y la regeneración de los reclusos son principios con profunda raigambre en el constitucionalismo panameño.   El primero se remonta a 1918, cuando una reforma constitucional dispuso: “no habrá en Panamá pena de muerte”. El precepto se mantuvo en las constituciones de 1941, 1945 y 1972, actualmente vigente.

En cuanto al trato que deben recibir los privados de libertad, el artículo 45 de la Constitución de 1904 indicaba: “Las cárceles son lugares de seguridad y expiación, no de castigo cruel; por lo tanto, es prohibida toda severidad que no sea necesaria para la custodia y enmienda de los presos”.

Lo mismo disponía la Constitución de 1941 y, con ligeras variaciones, la de 1946. Ambos principios, además, son parte del derecho internacional. El artículo 4 de la Convención Americana de Derechos Humanos de 1969, ratificada por Panamá en 1978, estatuye: “No se restablecerá la pena de muerte en los Estados que la han abolido”.

Mediante el Protocolo de 1990 a esa convención, relativo a la abolición de la pena de muerte, los Estados Partes se comprometen a no aplicar “en su territorio la pena de muerte a ninguna persona sometida a su jurisdicción”.

Panamá ratificó dicho protocolo en 1991. En el Sistema de las Naciones Unidas, el artículo 5 de la Declaración Universal de Derechos Humanos de 1948 y el artículo 7 del Pacto Internacional de Derechos Civiles y Políticos de 1966, ratificado por Panamá en 1977, proclaman que “nadie será sometido a tortura ni a tratos o penas crueles, inhumanos o degradantes”.

Más específicamente, la Convención contra la tortura de 1984 exige, en su artículo 2, que todo Estado Parte tome “medidas legislativas, administrativas, judiciales o de otra índole eficaces para impedir los actos de tortura en todo territorio que esté bajo su jurisdicción”. Dicha convención fue ratificada por Panamá en 1987. En el derecho internacional americano, la Convención Interamericana para prevenir la tortura de 1985, ratificada por Panamá en 1991, prohíbe los tratos crueles, inhumanos y degradantes. El documento sobre Principios y Buenas Prácticas sobre la Protección de las Personas Privadas de Libertad en las Américas (2008) establece, entre otras obligaciones, la siguiente:

“Toda persona privada de libertad que esté sujeta a la jurisdicción de cualquiera de los Estados Miembros de la Organización de los Estados Americanos será tratada humanamente, con irrestricto respeto a su dignidad inherente, a sus derechos y garantías fundamentales, y con estricto apego a los instrumentos internacionales sobre derechos humanos”.

Aunque estas normas son de obligatorio cumplimiento en Panamá, bajo la dictadura castrense la ley fue supeditada a los designios de quienes usurparon los destinos del país. Sucedieron numerosos casos de tortura y ejecuciones extrajudiciales—penas de muerte en todo menos en nombre—según fue documentado en los informes de la Comisión Interamericana de Derechos Humanos de 1978 y 1989, así como en el informe de la Comisión de la Verdad (2002).

Como en una democracia no hay lugar para violaciones de los preceptos señalados, los panameños teníamos motivos para esperar que incidentes como los que ocurrieron durante el régimen militar jamás se repitieran. Por eso los acontecimientos del 11 de enero en el Centro de Cumplimiento de Menores —con un espantoso saldo de siete reclusos quemados, cuatro de los cuales ya fallecieron— han causado estupor en la comunidad.

Es alarmante que formen parte de la Policía Nacional individuos tan carentes de las más elementales nociones de derechos humanos, que promueven abominables contravenciones de la Constitución y el derecho internacional como las que transmitieron las cámaras de televisión.

En su falta de humanidad y cultura democrática radican las semillas del autoritarismo militar, que indudablemente germinarán a no ser que erradiquemos de la fuerza pública tan ilegales y perversas inclinaciones.

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Este artículo se publicó el 19  de enero de 2011   en el diario La Prensa, a quienes damos,  lo mismo que al autor, todo el crédito que les corresponde.

El discreto encanto de la tontería…

La opinión de…

Daniel R. Pichel
dpichel@cardiologos.com

No tengo la menor duda de que si Luis Buñuel viviera aún, y conociera nuestro país, se mandaría una obra de arte surrealista de esas que hubieran ganado innumerables premios en cuanto festival se inscribiera. Aunque, pensándolo mejor, pudieran no reconocerle esta obra maestra, por considerarlo un exagerado. Pero pensemos un poco en el guión de esa película que pudiera llamarse como la columna de hoy…

La película comenzaría con una escena a media luz, en la que se escucharía a lo lejos “panameño, panameño, panameño, vida mía… yo quiero que tú me lleves donde abunda tontería…” . En ese momento, se escucha la voz del cónsul en Miami diciendo, con acento afrancesado, que “la malaria, se llamaba fiebre amarilla en 1902 y que, por culpa de un mosquito, Lesseps no hizo el canal…”. Al aumentar la luminosidad de la pantalla, se vería la entrada de una esclusa, mientras retiran un aviso que dice “cerrado por exceso de agua”. Entonces, en el medio de una oscura noche se acerca, desde Corte Culebra, la luz producida por un barco radiactivo, que pasaría a tres centímetros de distancia de la estructura del Canal, mientras que en la cámara paralela, espera su turno un supertanquero con un letrero de “altamente inflamable”, escoltado, a su vez, por un crucero de pasajeros, en el que ocho mil personas estarían en la cubierta esperando tomar una foto en el mismo momento en que se produjera el hongo atómico… Mientras, un carro bomba, con un letrero que reza… “no hay agua, porque llovió mucho” es detenido por los custodios del centro de rehabilitación juvenil, mientras le gritan a los marinos del tanquero: “si son tan machos apaguen ustedes el fuego…”.

Según Cancillería, parece que la solución a los exabruptos de nuestros representantes es prohibirles hablar a los funcionarios del cuerpo consular y diplomático de temas que no dominan (lo bueno es que algunos callarán para siempre). Me tomo la licencia de sugerirle a nuestras máximas autoridades, que la solución a este problema no es mandarlos a callar. Es, simplemente, no nombrar en estos puestos a amigos, sino a personas con un mínimo de capacidad (no pido más, sólo el mínimo), para hablar en nombre del país si fuera necesario. Me cuesta trabajo aceptar que inventar un eslogan sea una credencial adecuada para ser nombrado representante de la Nación en el extranjero.

Otro capítulo de la película sería el que tiene que ver con el agua. Al aeropuerto de Tocumen llegan los turistas leyendo un letrero que dice: “Panamá, el país con la mejor agua del mundo”… francamente, no sé si es la mejor, pero sospecho que, hoy por hoy, es la más chocolatita. Mientras, el director del Idaan explicaría que se ha llegado a un acuerdo con Godiva Chocolatier para mezclar “el vital líquido” con un extracto de cacao al 72% para mejorar el colesterol bueno de los consumidores… Así, el Canal, el Idaan, el puente Centenario, los cultivos en Chiriquí y quién sabe cuántas cosas más, han dejado de funcionar por exceso de agua (en el trópico). Por un momento, ¿se imaginan lo que pasaría si nos azotara un huracán? ¡Aterrador! … En nuestra película se vería a los panameños, cada uno construyendo un arca y metiendo dentro diputados, cónsules, alcaldes y políticos, esperando el diluvio. Este capítulo de la película termina con una imagen en los culecos en los carnavales de Las Tablas y Penonomé, en el que cada persona moja a quienes están a su alrededor con botellas de Volvic, Evian, Boss, Mondariz y Perrier. Un camión cisterna rotulado por un lado, “Aqua Cristalina”, y por el otro, “Panama Blue”, rocía con una manguera a una ferviente multitud que grita entusiasmada “agua, agua, agua, weeeeee…”.

Para terminar, unos invertebrados genuflexos, ante un montón de policías con uniformes, charreteras y rangos rimbombantes, gritan, desaforados: ¡no a la extradición!, ¡no a la reelección! y ¡no al autoritarismo!, en una manifestación en la que llevan pancartas con una foto de Billy Ford, ensangrentado, y dicen “defendamos la democracia y la libertad de expresión”. Al pasar por la Plaza 5 de Mayo, se escucha a un grupo de inquilinos del Palacio Justo Arosemena, que propone una ley que condena a cuatro años de prisión a todo aquel que vilipendie a cualquier funcionario que ocupe un cargo de elección popular. En ese momento, uno de ellos pregunta: ¿qué significa vilipendiar? … y otro contesta: “yo qué sé,  pero suena bien…”.

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Este artículo se publicó el 16  de enero de 2011   en el diario La Prensa, a quienes damos,  lo mismo que al autor, todo el crédito que les corresponde.