La vocación de custodio penitenciario

La opinión de la Docente Universitaria…

MARITZA MOSQUERA DE SUMICH
msumich@gmail.com

Recuerdo que cuando éramos pequeños y jugábamos al policía y al ladrón nunca mencionábamos al carcelero, hoy llamado custodio.   La pregunta que surge es la siguiente: ¿existe la vocación de carcelero o custodio penitenciario?

La respuesta es no, jamás se es carcelero. Es una actividad que, como iniciamos en este artículo, ni siquiera surge como una vocación lejana e interior de los primeros años de nuestras vidas. Me atrevo a señalar que se trata más que nada de una oportunidad laboral para contribuir con el servicio penitenciario, una especie de servicio social o una misión social que se adquiere para la readaptación de quienes delinquen.

De acuerdo a un estudio sobre las prisiones en América Latina, el personal de este sector sabe que con los medios y servicios que cuenta, ligado a las cárceles atiborradas de seres humanos, le es imposible hacer algo que dignifique y estimule su profesión. En muchas ocasiones suele sentir vergüenza y menoscabo social por su actividad en las cárceles, lo que se traduce en desidia y ésta, de modo invariable, en ineficacia.

Por regla general, indica el estudio, la mentalidad del carcelero está adscripta a la disciplina y a la seguridad. Es más, en algunos países de la región, la administración carcelaria está dirigida por fuerzas militares o policiales, lo que en nuestro país ha sido modificado.

Quienes están en contacto con los privados de libertad, son los custodios que están frente a ellos, no el personal jerárquico. Son presos al revés, del otro lado de la reja, que están sujetos a las órdenes de sus superiores jerárquicos, por un lado y las presiones de los privados por el otro.

Si muchas veces, provienen de sectores marginados de la sociedad ¿qué les ofrece la cárcel?: un sitio donde trabajar y dormir varios días a la semana, donde comer y trabar amistades.

El estudio precisa: ‘en el deseo de escalar algún peldaño en la escala social o en la distribución de oportunidades, no advierten que son sometidos a un proceso de sumisión de características parecidas al que son sometidos los presos. Son víctimas instrumentales de un sistema que los impele como victimarios, absorbidos por la escenificación del simulacro, atentos a los subterfugios de los presos y los artilugios de la huida, sirviendo a sus superiores y condicionados a su escaso nivel educacional y no pocas veces intelectivo’.

Esta es la doble selectividad que se opera en el sistema penal. Privados de libertad provenientes de los estratos sociales más bajos y carecientes y custodios en su mayoría de igual procedencia social.

El custodio, quien da la cara por estar en inmediación con los reclusos, suele creer, como pocos en la cárcel, que está prestando un servicio y que la sociedad espera mucho de él.   Fallar es una traición al cuerpo penitenciario que los cobija y muchas veces enfrentan decisiones muy difíciles.

La educación del personal de custodia es un tema muy poco tratado por los medios de comunicación y a la vez muy importante y pertinente en estos momentos.   En mi opinión, hemos visto muchas películas que nos muestran el tema de las cárceles, pero de una forma mitificada que no desvela el real funcionamiento de las mismas, lo que nos lleva a tener un enfoque distorsionado y a veces unilateral sobre este delicado asunto.

Mi pregunta final es: ¿Estamos enfocando el problema de las cárceles de una manera integral? ¿Conocemos las verdaderas condiciones sociales, económicas, físicas y sicológicas por las que atraviesa este personal tan importante para la sociedad?

Abordar el tema de manera integral nos daría la posibilidad de enfrentar y resolver esta crisis de una vez por todas y creo que existe la voluntad y las condiciones están dadas para el cambio.

*

Este artículo se publicó el  11  de febrero   en el Diario La Estrella de Panamá, a quienes damos,  lo mismo que a la  autora,  todo el crédito que les corresponde.
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