La bichera del Domingo de Carnaval

La opinión del Artista Veraguense residente en Florencia,  Italia…


ARISTIDES UREÑA RAMOS – –
aristides_urena@hotmail.com

La misa fue interrumpida por los gritos que se intercambiaban Jacinto y Tobías, que venían corriendo por pleno llano, acercándose a la Capilla.. entrando en el templo Santo y arrodillándose frente al Cristo en Cruz, con los ojos espantados, temblando del terror, repetían a voz alta:   ‘!El más feo eres tú!.. ¡el más feo eres tú!’, acusándose entre ellos.

El cura y los fieles que esa mañanita, en muy tempranas horas, celebraban la misa de Domingo de Carnaval, en la Capilla de Martín Grande, un caserío que se encuentra a orillas del camino a Montijo, quedan sorprendidos…   El cura toma a Jacinto y Tobías por las orejas, se los lleva atrás del altar y con voz autoritaria comienza a regañarlos, porque nada en este mundo, ni ninguno, se puede permitir interrumpir la Santa Misa… pero nota, con gran asombro, que los malaventurados muchachos temblaban de pavor, tanto, que el cura comienza a preocuparse por comprender el porqué de tanta agitación.

Tobías, que lloraba, comenzó a hablar y a tratar de contar lo sucedido, interrumpido por Jacinto, que, con voz trémula y ojos espantados, entre sollozos, pide al cura que le deje decirle lo ocurrido, con la condición de que al terminar le dijera con mucha franqueza:  ¿cuál de los dos era el más feo?.. El cura se agachó, abrazando a ambos, improvisando un confesonario, comenzó a escuchar lo siguiente:

Dice que el día anterior —que era sábado— Jacinto y Tobías llegaron a Santiago a celebrar las fiestas del Carnaval y, como siempre, dejaron amarrados sus caballos en el cementerio, porque era el lugar donde nadie osaba robar nada… y así dejaron sus caballos en las afueras del muro empedrado que hace muralla al campo santo.   Y como era de tardecita, y habían llegado temprano, se fueron al jardín a tomarse sus cervecitas… preparándose para la llegada del baile nocturno. Y poco a poco llegó la noche… y de la cerveza se había pasado al aguardiente.

Mientras, allá en el Chichemito —un barrio de Santiago— había una gallada de muchachos jovencitos, que acostumbraba a hacer ‘BICHERAS’, y solo esperaban que vinieran estas fiestas de carnavales, para arrasar con todas las frutas de los patios del vecindario… dos de ellos, de los más adultos, habían notado que en el cementerio había un palo de marañón, colmado de frutos que, debido al sitio donde se encontraba, ninguno osaba a recoger, porque la tierra donde crecían era tierra de muertos y de sepulturas, por eso ninguno tocaba los suculentos frutos del cementerio.

Fue así que planearon que, apenas llegara la madrugada y a escondidas de ojos indiscretos, cuando la gente estaba empeñada en el baile y en la chupadera, ellos irían a recoger todos esos maravillosos frutos… poniendo atención a que ninguno se diera cuenta, pues, habían pensado llevarlos a vender en los bancos del mercado municipal de Santiago.

Y así fue que, en plena madrugada, entraron al cementerio, saltando el muro, a cumplir con su planificada ‘bichera’… el árbol de marañón estaba adentro del cementerio, pero cerca del muro, donde casualmente… del lado de afuera, Jacinto y Tobías habían amarrado sus caballos.

Apenas dentro del cementerio, los suculentos frutos del palo de marañón fueron tumbados uno a uno, operación que tomó mucho tiempo, debido a la oscuridad de la noche, por lo que los muchachos lograban a duras penas distinguir los marañones… apenas terminada esta operación, iniciaron a dividirse el botín, poniendo mucha atención en la repartición, que tenía que ser en partes iguales, en número y con atención a la calidad del marañón.

Para Jacinto y Tobías habían llegado las altas horas de la madrugada, decidiendo regresar al cementerio para recoger sus caballos y regresar a Martín Grande, pero cuando caminaban se dieron cuenta de que estaba muy jumados… y, tambaleándose de esquina a esquina por las calles de Santiago, llegaron a donde habían amarrado sus caballos… y allí decidieron tomar un reposito, darse una dormidita, para que se les pasara la juma… porque reposándose… en las primeras horas de la mañana regresarían a su casa.

Y así se echaron al costado del muro de piedra del cementerio entre los caballos, el muro y las ramas del palo de marañón que daban afuera del cementerio. Y se dispusieron a dormir.

De repente, Tobías se despierta, pues, oía una discusión y un murmurar proveniente del interior del cementerio… y antes de despertar a Jacinto, se pone a escuchar y oye lo siguiente: —’Uno pa’ ti, uno pa’ mí… uno pa’ ti, uno pa’ mí’ —eran los muchachos del Chichemito, que se repartían en partes iguales los marañones—, pero asustado, Tobías despierta a su compañero Jacinto: ‘oye, oye… escucha… ¿qué está pasando en el cementerio?’, y Jacinto, medio borracho, le responde:  ‘!Ay Dios mío!.. son San Pedro y Lucifer que se están repartiendo las almas del purgatorio, hoy Domingo de Carnaval’… y los dos abrazados de terror, siguen escuchando lo que sucedía dentro del campo santo… y parece que los muchachos no estaban de acuerdo, porque a uno le habían tocado los marañones más feos y es así que uno de ellos dice: ‘¡No seas tramposo!, ¿por qué me has dado los más feos a mí y tú tomas los más bonitos para ti?’— y la discusión cogía fuego, hasta que uno de ellos dice: ‘Bueno, tú pareces hijo del mismo demonio, vamos a cerrar esta discusión de una vez. Hoy, como es Domingo de Carnaval… de esos dos que cayeron afuera del muro, junto a los caballo amarrados, déjame el más bonito para mí y el más feos te lo llevas tú para el mismo infierno’… no habían terminado de decir esto cuando Jacinto y Tobías salieron huyendo, corriendo como locos, hacia Martín Grande, y como de loco eran los gritos y acusaciones que se daban entre ellos.

 

Este artículo se publicó el 12 de febrero  de 2011   en el Diario La Estrella de Panamá, a quienes damos,  lo mismo que al  autor,  todo el crédito que les corresponde.
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