Hospital Nicolás A. Solano: Banana Republic Hospital

La opinión de…

 

ALEXIS SÁNCHEZ 6805-2152
a2twin@msn.com

Había escuchado testimonios de personas que han acudido al Hospital Nicolás Solano de La Chorrera para recibir atención médica, y por las historias uno pensaría que son parte del realismo mágico.

Sin embargo, tuve que pasar por una situación como las que me habían contado, para entender que es cierto.

El pasado 31 de enero, me vi en la necesidad de solicitar atención médica en el hospital por una lesión en la rodilla derecha que me causaba un fuerte dolor impidiéndome caminar. Es en ese momento que reconocí que me encontraba en un mundo ‘Kafkiano’, digno de las mejores obras del autor Franz Kafka. O algo parecido, a Tiempo de Morir, el cortometraje de García Márquez.

La odisea inició cuando al llegar a los estacionamientos del HNS, alrededor de las 8:10 de la mañana, un norteamericano que conocía, me deseó suerte.

Más adelante, cerca a la puerta de acceso a la cafetería, habían un enfermero y un funcionario que, al verme saltar en el pie izquierdo, no se inmutaron en abrirme la puerta por la que tuve que entrar, pues el auto que me había traído se había dañado en el estacionamiento.

No conforme con eso, al pedirles una silla de ruedas, me dijeron que me había equivocado de entrada y que debía entrar por URGENCIAS, pues era ahí que estaban las sillas de ruedas.

Tomé un descanso y le pedí a un conocido que labora en el hospital que me comprara un café. Traté de avanzar, pero se me hacía difícil…

Quise intentar entonces con otro funcionario que trapeaba el piso pidiéndole una silla de ruedas; sin embargo, éste me dijo que yo me encontraba en un área administrativa, a lo que le pregunté si lo que trataba de decirme era que si en dado caso estuviera apuñalado con las tripas afuera, me moría por no entrar por Urgencias y este me contestó ‘¡Así es, se muere!’.

El dolor se hacía más intenso, y le pedí el favor a un aseador llamado José Marín, que me consiguiera una silla de ruedas y humildemente, me dice: ‘yo se la busco señor’, dejando el trapeador y, cual buen samaritano, salió en busca de la misma… En el camino a Urgencias, se cruza una enfermera, quien al ver que en la parte trasera de la silla decía Ortopedia, murmuró que esa silla no podía pasar para allá, pese a eso seguí mi camino…

Ya en la sala de Urgencias, llegó a buscarme el señor Marín, para verificar si había llegado y de paso a buscar la silla de ruedas. Le agradecí el gesto, pidiéndole su nombre, advirtiéndole que se lo agradecería y quizás el ministro de Salud se enteraría de que aún quedan humildes trabajadores que saben ayudar al prójimo.

Minutos después, le digo a la enfermera que no soporto el dolor y necesito que me atiendan. ¡Y es aquí cuando comienza lo Kafkiano!.. ‘Tiene que registrarse primero’, me dijo la enfermera.

Me registro con todas las generales, mientras el dolor se agudiza y se refleja claramente en mi rostro. ‘échese a un lado y espere que lo llamen’, me gritó…

El tiempo pasaba y el dolor cada vez era más fuerte. Entonces pasa un médico, y le digo: ‘doctor, me duele mucho, por favor atiéndame’, este pasó, me miró, y siguió de largo, tratándome con el látigo del desprecio, sin decirme una palabra. A la hora volvió a pasar el mismo doctor, y le volví a repetir que me atendiera, porque me dolía mucho, igual que la vez anterior, llamándome la atención que no hablaba, a lo que asumí que era mudo.

Me acerqué a la ventanilla donde anteriormente me tomaron los datos, y observé al médico a quien pedí auxilio haciendo señas a unos jóvenes estudiantes varones y mujeres, pero como no escuchaba, me convencí que era mudo.

Entonces decidí pedir el directorio telefónico, para tratar de resolver mi problema en otro lugar, porque por el tiempo que había transcurrido desde mi llegada, no veía que a corto plazo me iban a atender.

Por recomendación de un médico amigo, acudí a otro doctor recomendado en el hospital, pero éste dijo que tenía muchos pacientes por delante… y no podía atenderme, porque tenía que salir de emergencia.

Fue entonces que decidí abandonar el Nicolás Solano y buscar asistencia médica en otro lugar. Me dirigí a una enfermera, comunicándole que iba a otro sitio, pero ésta me señaló al jefe de Urgencia, le dije que tenía más de tres horas de estar en el hospital y que creía que el doctor era mudo, porque le había solicitado ayuda, pero no me había dirigido la palabra. Fui hasta donde la joven que tomó mis datos, y le dije que iba a tener que abandonar el hospital y buscar asistencia en otro lugar, porque no aguantaba el dolor.

Esta también me sugirió que hablara con el jefe, señalándome a quien me había dirigido en busca de auxilio en dos ocasiones, y le dije que debía ser mudo, porque en dos ocasiones le señalé que tenía mucho dolor y ni siquiera me contestó. Le pregunté el nombre del médico mudo, y me dijo ‘Gabriel Sánchez’ y al preguntarle si hablaba, me dijo que sí y que no era mudo.

—Se cuenta, que siendo ministro de Salud, el eminente médico Camilo Allen, se presentó de imprevisto una tarde y se sentó en la sala de espera de urgencias como un usuario cualquiera para enterarse de las atenciones en el Nicolás Solano. Y allí ardió Troya—. Igual le recomiendo al actual ministro de Salud, que se presente un día, de incógnito, y se percate de lo que es la atención en Urgencias del Nicolás Solano.

Al intentar salir del hospital, busqué la manera de que algún funcionario recibiera la silla de ruedas y lo hizo un funcionario muy atento. Al salir saltando en un solo pie, mientras el otro lo tenía en alto, unos funcionarios tendieron su mano para prestarme los primeros auxilios, a quienes desde este artículo les extiendo mi gratitud por su ayuda desinteresada, al igual quiero darle las gracias al humilde señor Marín, a quien pido al ministro Vergara valorar a este funcionario.

Me fui a la Policlínica Santiago Barraza, donde recibí las atenciones médicas que calmaba mi dolor.

Pero no todo termina ahí, una vez afuera del Hospital Nicolás Solano, me volví a encontrar con el amigo norteamericano, y al preguntarme si me habían atendido, le expliqué lo que me había pasado, limitándose a decirme: ‘¡Ey men, this is a Banana Republic Hospital!’, en su Inglés de Brooklin. Definitivamente, el realismo mágico está ahí.

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Este artículo se publicó el 4 de febrero  de 2011   en el Diario La Estrella de Panamá, a quienes damos,  lo mismo que al  autor,  todo el crédito que les corresponde.

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