De Túnez a Egipto ¿y nosotros?

La opinión de la Jurista y Ex Diputada de la República…

MIREYA  LASSO
mireyalasso@yahoo.com

 

Redacto este artículo cuando los sucesos en Egipto contra el régimen de Hosni Mubarak, parecen todavía demasiado fluidos pero, independientemente del desenlace final, hay ciertas semejanzas que nos traen recuerdos vividos en Panamá hace 22 años.    Dios nos libre de que eventos como esos vuelvan a ocurrir en nuestro país y sería irresponsable no haber aprendido la lección.    Las imágenes que presentan los medios de comunicación social son alarmantes y trágicas para quienes las viven en carne propia.   Aquí las sufrimos igual.   Los jóvenes deben conocer esa historia.

Todo comenzó en Túnez, donde protestas y revueltas populares recién derrocaron el régimen gobernante y expulsaron a Ben Alí, a pesar de haber sido reelegido tres veces: en 1989 y 1994 con 99% de los votos y recién en el 2009 con el 89%. Presumiblemente fueron revelaciones crudas en WikiLeaks la chispa que incendió el descontento latente causado por demandas insatisfechas y frustraciones de una población gobernada con mano fuerte durante 24 años.

Y el ejemplo fue copiado sin tardanza en Egipto, impactando a una población gobernada también con mano dura durante 30 años. En la revuelta egipcia participa la clase media con preparación académica, la clase humilde y necesitada, jóvenes, mujeres, desempleados. Reclaman derechos políticos y económicos: democracia, empleo, asistencia social.   A diferencia del Panamá del 1988-1989, el ejército no avasalla a la población; se limita a evitar saqueos pero la policía es agresiva.   A la fecha se cuenta más de un centenar de caídos.

La novedad hoy revela el poder de redes sociales, como Facebook y Tweeter, y en los celulares, mediante los cuales la gente se mantuvo informada de los acontecimientos y decidida a salir a las calles para respaldar las protestas.   La respuesta del régimen fue bloquear el espacio cibernético para impedir las comunicaciones pero el esfuerzo resultó un bumeran porque enfureció a los activistas y recrudeció el fervor contra el gobierno. Acá en 1988 cuando se allanaban periódicos y se atacaban radioemisoras y televisoras, se exacerbaban aún más los ánimos de los ‘sediciosos.’

¿ En qué nos afectan hoy, a tantos kilómetros de distancia, esas revueltas?   Aparte del apoyo moral a tunecinos y egipcios –y a cualquier pueblo que luche por su democracia y sus libertades ciudadanas– esos desórdenes podrían repercutir acá encareciendo el costo de la vida si el tránsito de petroleros por el Canal de Suéz se viera dificultado u obstaculizado, aumentando el precio del barril de petróleo, del combustible que importamos y de la canasta básica.    En ese mismo sentido hay analistas políticos que advierten que sería aún más peligroso si una violencia mal dirigida se regara descontrolada por otros países árabes, como Algeria, Líbano, Libia, Jordania y Yemen; en tanto que si surgieran regímenes árabes agresivos que amenazaran la estabilidad del Estado de Israel, se añadiría un elemento muy preocupante en muchos sentidos, que nos afectaría a todos por muy lejos que creamos estar.

Una riqueza mal distribuida y un cerco político han sido el caldo de cultivo, latente, silencioso, lacerante que en Túnez y en Egipto han causado el levantamiento tan violento y espectacular de las masas populares en ambos países.   No se trata, como se pudo pensar, de un levantamiento con raíces en un fundamentalismo islámico.    Se trata de que las oportunidades del auge económico reciente en Egipto no ha llegado al ciudadano común y eso, unido a un régimen dictatorial asfixiante que ha gobernado con mano dura por mucho tiempo sin una real apertura democrática, han sido los detonantes que fueron inflamados por la crudeza de la información confidencial revelada por WikiLeaks.

En Tiananmen, en Túnez, en El Cairo, como acá en Calle 50, el sentimiento ha sido igual: el ser humano exige libertad, demanda oportunidades y debe tolerar las opiniones de otros pero tiene que respetar las reglas de la democracia sin recurrir a la violencia.   Debemos defender el don de la tranquilidad que hoy disfrutamos, recordando que ‘nadie sabe lo que tiene hasta que lo pierde.’

<>Este artículo se publicó el  2  de febrero   en el Diario La Estrella de Panamá, a quienes damos,  lo mismo que al  autor,  todo el crédito que les corresponde.
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