1932

La opinión de…

 

PACO  GOMEZ  NADAL
paco@prensa.com

Va a resultar que la historia sí es circular, que los fantasmas de la humanidad tienen la mala costumbre de levantarse de la tumba mal sellada y tentar a los vivos a repetir sus errores.

También vamos a estar de acuerdo en que los seres humanos hemos cultivado poco el sentido de la memoria. Creemos, con una ingenuidad miedosa, que la historia comienza con nosotros y que los acontecimientos que nos tocan vivir son los más increíbles, en su hermosura o en su perversidad.

La realidad es un poco más compleja y algo más lamentable. En 1932 un tipejo con bigote estreñido y la mente podrida se presentaba como candidato a la presidencia de Alemania.

Eran tiempos de crisis, de resaca bélica, de valores quebrantados y cualquier loco que levantara el ánimo y la economía tenía posibilidades de triunfar ante el silencio cómplice de la mayoría y el grito atónito de los temidos por revoltosos.

El del bigote se llamaba Adolf Hitler y en ese mismo año su gran amigo Mussolini celebraba sus 10 años en el poder con una tierna y entrañable audiencia con el papa Pío XI.

Era 1932 y los vientos del fascismo soplaban con fuerza. También lo hacían los huracanes sociales, en Honduras con la revuelta de los trabajadores bananeros, en el Chaco con la patética y cruel guerra entre Bolivia y Paraguay, el movimiento inquilinario en Panamá… Hay momentos en la historia que son así: puntos de quiebre en el que los locos tienen más posibilidades de prosperar y en el que personajes otrora deleznables se hacen con el poder y con el poder del poder.

Esta semana de 2011 recuerda un poco a 1932, aunque para ello haya que torcerle el pescuezo a la linealidad pretendida de la historia. David Cameron, el primer ministro británico, tiene las agallas de decir la siguiente fantochada: “Necesitamos menos de la tolerancia pasiva de los últimos años y más de un liberalismo muscular activo”. Con esa frase enterró lo que quedaba del intento de fomentar una sociedad multicultural.

Claro, no lo dijo en cualquier sitio, sino que aprovechó una cumbre sobre seguridad en Alemania (es decir una cumbre de adeptos del control y del pensamiento único) para criticar a aquellos que han querido ver en el otro (en el caso de Cameron, en el Islam) una cultura respetable. El mismo día, en la misma Europa en crisis y acrítica, intelectuales y artistas italianos (ñángaras seguro, según los recalcitrantes locales) se reunían en Milán para defender “el honor nacional” ante la vergüenza y el repudio que les genera su primer ministro, Silvio Berlusconi.   En uno de los discursos se escuchaba: “Los italianos quieren legalidad, no connivencia; quieren seguridad, no protección; quieren ser ciudadanos, no clientes. No pueden más de esta situación”… ¿les suena a algo cercano?

Europa, como buen jugador dominante, goza de una buena doble moral que le permite ver a los tiranos ajenos (como el de Egipto) cuando ya no les hace falta o cuando ya no tiene remedio su caída. El peligro de este momento, es que ante la caída ajena se radicalizan las posturas locales, los nacionalismos, los discursos de barricada que cercenan la libertad para, supuestamente, garantizar el orden y la seguridad nacionales.

En Panamá llevamos ya un año y medio de discursos –y acciones – que serían denominados como neofascistas si las manecillas del reloj pudieran ir marcha atrás. El guión es plenamente fascista si escuchamos al ministro de Seguridad o si juzgamos el actuar del jefe de la Policía; pero igualmente radical y peligroso es el actuar y el poco discurso –no tiene más– del presidente y algunos de sus corifeos radiales (incluidos los adeptos a la quelación).   El discurso neofascista tiene una característica muy interesante. Siempre alude a la moral, a los valores o a la ética para justificar los ataques verbales o físicos a terceros, aunque en el ejercicio del poder esos paladines de la moral sean corruptos, autoritarios, violentos o ineficaces.

El discurso neofascista gusta a los pueblos. Gusta porque señala enemigos, porque apunta con el dedo a los culpables de todos los males sin definir muy bien cuáles son sus “pecados”.   Y los pueblos necesitan enemigos, odiar para descargar el incomprendido dolor que les supone la pérdida de libertades a cambio de empleos miserables o de cuentos de hadas sobre el futuro. El discurso neofascista siempre habla de futuro, porque en el presente sólo maquina acumular más poder confiando en la causalidad de la historia. 2011 y vamos hacia atrás en este planeta…

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Este artículo se publicó el 8 de febrero  de 2011   en el diario La Prensa, a quienes damos,  lo mismo que al autor, todo el crédito que les corresponde.
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