De cómo vestir palabras y ahogarse en el intento

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La opinión de…

Juan Carlos Ansin

El lenguaje de la palabra hablada es muy distinto al de la escritura.   Cuando hablamos, usamos un tono de voz que fluctúa según el énfasis que ponemos en la intención con que deseamos expresar nuestras ideas.   Además, las palabras van acompañadas de un lenguaje corporal que en determinadas circunstancias expresan lo contrario de lo que se dice.

En estos días, un funcionario trataba de excusar la incapacidad administrativa para prevenir la crisis del agua potable, pero su mirada parecía vagar tras la corriente zaina de los ríos desbordados.    En ocasión de los sucesos de Arizona, el Sheriff del lugar apuntó hacia el lenguaje cáustico utilizado por políticos y periodistas.   Los comentaristas que lo criticaron, invirtieron el discurso con un cinismo tan descarado que terminó por invalidar sus opiniones.

Ciertamente, uno es esclavo de las palabras. Por eso considero que los méritos de la escritura son superiores a los de la oratoria. En principio, porque a la palabra escrita no se la lleva el viento. Queda allí. Es fiel testigo y prueba irrefutable de lo que uno piensa. No hay, o son muy pocas, las posibles coartadas para escapar de lo que ellas afirman. Hasta un signo de puntuación puede valer una condena.   Si leemos: El reo dice, el juez miente.   Es muy distinto a sentenciar: El reo, dice el juez, miente.

De modo que para escribir hay que tener tiempo para pensar qué se va a decir, cómo lo vamos a escribir y qué palabras vamos a escoger; pues entre todas, una habrá cuyo significado se adecua mejor a lo que se desea precisar. Tampoco olvidemos que la libertad de expresión seguirá siendo esclava eterna de la gramática.    No es fácil, por lo menos para mí, establecer concordancias correctas, ajustadas al texto y al contexto.   Siempre me quedan dudas y cuanto más consulto, más dudas tengo. Así es que, en cada escrito, no me queda otro remedio que tirarme al agua sin salvavidas. ¡Glup!

Aunque la oralidad ha invadido la escritura, todavía escribir resulta ser una pasión necesaria. También es un arte. Cada uno lo hace según su estilo y cada estilo revela una personalidad distinta. Dominar estilos es virtud de quien domina el arte. La poesía, la prosa y el ensayo requieren del suyo.   Pero todos poseen, como la música, una melodía secreta que revela los quilates del autor.

Tengo predilección por los escritos que me hacen pensar en matices. Me incomodan la banalidad, la chabacanería, los esperpentos y las afirmaciones dogmáticas, sobre todo en política, ciencia y arte. Prefiero las opiniones donde abunda el tal vez, el quizás y el acaso. Y como no siempre todo desnudo resulta erótico, a las palabras también hay que saber vestirlas para que sugieran más de lo que revelan.

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<>Artículo publicado el  30  de enero de 2011  en el diario El Panamá América,   a quienes damos,  lo mismo que al autor,  todo el crédito que les corresponde.
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