Los guardianes de desechos

La opinión de…

 

Paco Gómez Nadal

En el juego de la exclusión hay niveles. El autodenominado Primer Mundo excluye al denominado Tercer Mundo; en el Tercer Mundo latinoamericano se excluye a pobres, negros e indígenas; en la periferia de esta exclusión se instalan centros de reclusión para excluir a los pobres, negros e indígenas a los que una sociedad autodenominada democrática ha denominado antisociales; dentro de estos “vertederos humanos” los más fuertes excluyen a los más débiles… La cadena continúa un poco más, pero ya casi. Las cárceles son el fin de la vergüenza, el último muro entre lo que somos y lo que no queremos reconocer; son la frontera entre la humanidad y la deshumanización.

Explica Zygmunt Bauman en Vidas desperdiciadas que la modernidad capitalista genera “residuos humanos” y que la superpoblación del planeta nos ha dejado sin “vertederos naturales” donde quitarlos de la vista.   En nuestras sociedades, donde la basura es un problema permanente, hemos convertido en “basura humana” a una parte de la sociedad y su gestión es más difícil que la de Cerro Patacón.

La mayoría de la sociedad se queda tranquila al considerarse “no basura” y clasifica a la “basura humana” como “reciclable” (elegantemente conocido como “resocializable”) o como “no reciclable”. Pero, al igual que la mayoría no recicla papel o botellas por falta de fe en el sistema (o en la Alcaldía), tampoco confía en una posible resocialización de los humanos que considera “dañados”.

Si, tal y como se desprende de los testimonios de muchos ciudadanos, los jóvenes delincuentes no son “reciclables”, lo único que nos queda es aislarlos en vertederos seguros, lejos de la vista del resto de los ciudadanos de bien y sin que se hable mucho de ello.    Mulino, ese pobre humano vaciado de humanidad, tenía razón en estos días cuando decía –sin tacto político- que nadie quiere un basurero en su barriada, refiriéndose así al problema de ubicar predios para nuevas cárceles.

Una vez aislados se buscan guardianes, custodios, y se contrata a un par de psicólogas para mantener la apariencia de una sociedad moderna y bondadosa, creyente de la resocialización (o reciclaje). Pero esos custodios y esos expertos al entrar a las filas del Instituto de Estudios Interdisciplinarios se convierten a su vez en “residuos”, se manchan de la miseria humana y del olvido.   ¿A quién le importa el respeto de las condiciones laborales del personal penitenciario?    ¿Quién se preocupa de capacitarlos o de ayudarlos psicológicamente? ¿Para qué mejorar las instalaciones del basurero si nadie va a mirar hacia allá?

Entre muchos de estos funcionarios y los familiares pobres de los pobres reclusos se genera una cierta empatía, ya que son los únicos que se relacionan con los condenados al olvido y a la deshumanización.   Son los únicos que pagarían porque dentro de los penales la vida fuera de otra forma o, al menos, pagarían porque fuera vida. Hay funcionarios deshumanizados, contagiados por un ambiente ausente de todo lo que identificamos como humano. Pero los hay entregados, comprometidos y silenciados, avergonzados, ignorados, machacados por unos superiores que viajan en carro de lujo y que toman el té con la buena sociedad a la que comparten pequeños secretos del mundo de los vertederos.

A esta sociedad le importa poco lo que pase allá, en ese submundo que visité esta semana y cuyo olor todavía no me he podido sacar del alma.    A pocos nos importa la vida o la muerte de los “residuos humanos”. Por eso, ante la imposibilidad de decir nada más, les regalo un poema que, me temo, nos retrata de arriba abajo.  Me avergüenzo de ser humano, me avergüenzo de formar parte de esta humanidad si somos capaces de tratar al otro de esta manera y de justificarlo.

“Aquí no grita nadie. Desde hace mucho tiempo

esta ciudad es un caimán amaestrado,

un volcán sometido, sin rescoldos.

Es la paz, que ha colmado finalmente

-creedlo- todo el mundo.

 

Los mendigos meditan al cabo de la calle

y dan gracias a Dios por tanta buena suerte;

con las aguas benditas se deslavan los hombres

de color fastidioso -¿no sabría,

señor, tararear el blues de los rendidos?-

 

De los jardines públicos emanan los perfumes

de las adormideras, y el vientre de los perros

aprendió a ser puntual.

 

Aquí no grita nadie,

ni hacia Roma -¿qué Roma?-

ni hacia ninguna parte.

 

Sería impertinencia

turbar tanto esplendor con palabras de aristas

sin pulir, sería extemporáneo, sin duda, y delincuente.

 

Es hora –convengamos- de invocar las palabras

esféricas –albricias, consumación, futuro-

palabras de sirope dulcemente escandidas

en himnos polifónicos, es hora

de ser por fin poetas alegres

o no serlo.

Todo está bien, gozad, gozad, benditos,

del fragor de esta paz

la paz de los pazguatos”. Javier Velaza

<>
Este artículo se publicó el 1 de febrero  de 2011   en el diario La Prensa, a quienes damos,  lo mismo que al autor, todo el crédito que les corresponde.
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